LAS FILIGRANAS DE PERDER
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septiembre 04, 2007

El Examen Secreto - Colaboración desde España


EL EXAMEN SECRETO
Daniel Gómez

Yo pasaba por la calle Ituzaingó, la cuadra de la iglesia. Iba por las mañanas, bien en la madrugada, a veces con lluvia. Estaba todo silencioso, siempre oscuro. Yo iba con la bicicleta de Tanque, mi patrón.

Nunca supe, dicho sea de paso, porqué le decíamos Tanque. Era un buen tipo, muy afable, muy sensible, y a mí creo que me tenía mucho aprecio. Pero también era un leche hervida, y no se andaba con miramientos si llegabas cinco minutos tarde a algo. Así que yo hacía ese reparto de diarios como dirigido por el mismo ejército prusiano, con una disciplina espartana.

Andaba, pues, por todo el barrio, antes de volver al kiosco a rendir cuentas a Tanque sobre el reparto. Toda la gente estaba durmiendo; yo dejaba los diarios y seguía con la bicicleta. Y así, en silencio, tenía tiempo para pensar, y pensaba y pensaba, y justamente se me azuzaba la imaginación en la calle Ituzaingó. Ahí, en efecto, estaba la casa de la profesora de inglés: la profesora Dina, como le decían.

No hacía muchos años que yo había aprobado aquel curso de inglés; un poco —y un poco repito— gracias a ella, aunque yo en ese tiempo todavía no lo sabía.

Su casa, en Ituzaingó, estaba a un lado de la enorme iglesia. Yo, cuando dejaba el diario, tan temprano, deseaba furtivamente que de aquella casa alguien saliera, que alguien se despertara, que alguien se diera cuenta de mi presencia. Pero nada. Yo guardaba a, pese a todo, mala conciencia.

A los pocos meses de empezar en ese trabajo de repartidor, ahí en la casa de la calle Ituzaingó, en lo de Dina, empecé a ver luces, y tan temprano. Como que alguien no podía dormir en paz. Esa luz encendida me alegró el corazón, pero después me preocupó, no sé porqué.

Un día tuve suerte. Ese día, como yo vivía cerca, fui a verlo a Tanque en el kiosco, de gaucho, de amigo, para ver qué tal le iba, porque el tipo andaba con sus cosas. A veces me agarraba para hacer algo.

—Uy, Ari, venís justo, che. Llamaron por teléfono a los muchachos del kiosco de golosinas. Quieren una revista unas cuadras más allá.

—Se ve que nos conoce.

—Es una clienta de muchos años. Se llama Dina. Así que no tardes mucho: tenés que llegar a tiempo.

—Ya está: Dina; y no hace falta que me digas la dirección.

Agarré la bicicleta del kiosco y con negros presagios, me fui para Ituzaingó, con el sol del mediodía bien alto en el cielo, mientras empezaba, mientras ya empezaba a recordar otra vez…

Era un muchacho de diecisiete años. En aquel tiempo todo era confuso para mí, incluso con sufrimiento. Sin embargo, como había pasado mucha agua bajo el puente, no eran tan desagradables los recuerdos mientras iba para la calle Ituzaingó otra vez, algunos años después…

Me recordé así de muchacho aunque no hace demasiado tiempo, con la carpeta, silbando por la calle, mirando los árboles de mora, las hojas del otoño, o el sol que se filtraba de las nubes. A veces volvía a mi casa por la noche, y la luna bien blanca, ahí arriba. Y yo que tenía la juventud en el corazón, y entonces no todo era malo, no todo.

Bueno, y la profesora Dina era muy amable conmigo: eso para empezar… Yo había notado que andaba flojo de inglés en el colegio y tenía que pasar de año. Me habían dicho de esa profesora particular; quedaba a unas cuadras de mi casa. Y yo no estaba inconforme con ella: era en verdad una buena profesora, y me atendía con consideración, con suma consideración…

Y entonces yo hacía ese camino hacia Ituzaingó, cuando tenía diecisiete años, y el mundo me latía, sí, me latía en el corazón, aunque pocos lo sabían, porque yo era más bien reservado, y con dificultades de comunicación. Sin embargo no era así, no era tan así con Dina. Ella era distante, aunque, a diferencia de muchos, me trataba con un respeto sacrosanto, si bien yo no era más que un muchacho. Y me explicaba todo con mucha seriedad, pero sin ser severa. Parecía ella, sin embargo, algo demacrada, cansada. Oí decir que una hija, hacía un año, se le había muerto de cáncer…

Yo me acuerdo de ese silencio, de ese silencio espiritual que encontraba en esa casa, mientras estudiaba mis lecciones. Todo mi ser se calmaba, y encontraba allí como un refugio, en ese respeto taciturno, en esa bienvenida respetuosa. Todavía me acuerdo de sus cabellos rubios, sus ojos celestes; tenía unos cuarenta años, pero parecía más. Su apellido, creo, era Brown.

Poco a poco se fue abriendo conmigo, y a veces me preguntaba por mis cosas, cómo me iba en el colegio. Yo contestaba cortante; yo era áspero. Pero creo que ella me entendía el aire, porque solamente se sonreía, se sonreía. Y después seguía con esa seriedad, esa seriedad puntillosa, enseñándome las lecciones y tomándome tan en serio como si estuviera dando cátedra en la Sorbona o en Oxford.

Un día tuve una señal de ella. Yo me olvidé mi carpeta en su casa, y pensé que tendría que conformarme con ir a buscarla al día siguiente, cuando fuera a las lecciones particulares. Pero aquella tarde —una tarde gris, opresiva— la profesora Brown apareció por mi casa, porque sabía mi dirección; y había venido caminando para darme la carpeta.

—Te la olvidaste —me dijo sencillamente, en el umbral de la puerta, antes de irse sin pasar adentro.

Parecía querer decirme algo más, pero no dijo nada. Y yo se lo noté, se lo noté. Además estaba delgada, muy delgada; y algo triste: demasiado triste, sí, tenía los ojos…

Al día siguiente estaba yo allá, con mi cabecita llena de las imágenes de los serenos árboles de mora de esa cuadra, y las hojas del otoño como bailándome en la mente, y todos los sabores de la juventud en mi sangre.

Pero ella me despertó, de pronto, de todo eso:

—Vení a decirme si aprobaste o no el curso.

Lo dijo de forma muy seria y un poco dulce. Yo se lo prometí solemnemente, aunque no le di demasiada importancia al asunto.

—¿Cuándo tenés el segundo y último examen para pasar el curso? —me preguntó, cuando yo juntaba mis cosas para irme. Y se lo dije.

—Bien —dijo—, llegamos a tiempo. Yo me opero recién al mes siguiente.

Yo me quedé quieto, así muy tenso, pesaroso y ominoso. Y ella me entendió, me entendió otra vez el aire.

—Andá —me dijo—. Andá tranquilo.

A la semana, estaba yo caminando hacia la calle Ituzaingó, sin preocuparme demasiado por el asunto, más bien por inercia; y escuchando la brisa del otoño y oliendo a mora, y viendo las nubes grises.

Había dado el primer examen, solamente el primer examen: no era necesario decírselo. Pero había algo que me hacía ir para allá. Entonces llegué a la casa y ella estaba en el jardín exterior regando las plantas, y apenas me vio, puso como una cara de interrogación. Y yo dije, con algo de indiferencia:

—Profesora, aprobé el primer examen.

Pensé que no iba a reaccionar de ninguna manera especial, y ya estaba arrepentido, pensando en decirle que solamente pasaba por ahí como de casualidad. Pero para mi sorpresa, después de un instante, ella soltó una risa muy sincera y muy simpática, muy de corazón. Y pegó también dos saltos, dos saltos en el aire nomás.

Bueno, eso me puso inquieto. Yo no le conocía ese carácter. Pero después se serenó, aunque no podía borrarse la sonrisa de la cara, mientras yo pensaba, pensaba esa frase: Me aprecia, me aprecia de en serio.

Y me preguntaba cómo había sido el examen, y yo, claro, estaba ya tenso e incómodo, pero ella me entendía, ella me entendía.

—Andá —me dijo—. Andá nomás.

El segundo exámen no lo aprobé, y repetí el año…

No me acerqué más a la calle Ituzaingó, y en mi dolor ya no me daba ni para arrimar la sombra por ahí. Pero al año siguiente, cuando por fin aprobé ese curso de inglés, el primer examen nuevamente y el segundo examen también —ese último examen secreto en fin—, me hice cargo:

Yo tendría también mis culpas. Y se me ocurrió entonces ir a decirle que, de todas maneras, al fin y al cabo, y a la larga, sí que había aprobado el curso. Pero… por alguna razón no lo hacía. Por alguna razón no lo hacía.
No sé si me entienden…

Y yo me acordaba, y me acordaba de todo eso; mientras tenía todavía el aire de mora como en el aliento, y el sol en la piel. Entonces, ya algunos años después, nadie contestaba al timbre en aquella casa.

Dejé tiradas la bicicleta y la revista en el césped de la vereda. No sé porqué me acerqué a la iglesia que estaba a un lado. Vi la puerta como entreabierta y tuve un presentimiento. Así que entré.

Siempre las iglesias me parecieron un lugar de lo más pacífico, piadoso. Yo me hice la cruz, y en efecto adelante, casi sobre el altar y parada, había una figura humana. Estaba con una simple bata, y sola, porque no había oficio. No parecía rezar; solamente miraba, miraba fijamente al altar, y con la luz del mediodía filtrándose por las ventanas.

Yo me acerqué lentamente. Entonces ella se dio vuelta, la profesora Brown se dio vuelta: estaba flaca, flaca y pálida, y algo se me habrá notado, porque ella, sin mostrar que ya me había reconocido, me sonrió con dulzura cuando yo me acerqué por fin, y señalándose el rostro me dijo con sencillez:

—Es que me estoy muriendo.

Y yo, rápido como un segundo, rápido como un relámpago, le dije:

—Profesora, ya aprobé el segundo examen.

Ella sonrió, con esa dulzura suya tan respetuosa, y un aire resignado, cansado, raramente feliz. Y yo, con el corazón temblando entre esas imágenes piadosas, me fui de ahí sin esperar más y agarré la bicicleta, dejando a la revista tirada en el césped. Y me fui por la calle, como quien deja algo que muy en secreto había querido y guardado durante muchos años en el corazón.

Y me fui, en fin, pensando en Tanque; siempre tan puntilloso con los horarios. Y pensaba en decirle: “Creo que llegué a tiempo, Tanque, creo que llegué a tiempo…”

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julio 20, 2007

De Pestañas, Uñas Y Senos De Cereza - Colaboración desde España


DE PESTAÑAS, UÑAS Y SENOS DE CEREZA
Daniel Gómez

Cae la noche,
ya veo la sombra sobre tus ojos,
y como un azul de mar
herido
por nocturnas olas de cielo.
Ahora vistes
de párpados tu mirada.
Labios en la penumbra,
cosidos
en las agujas del hierro
del silencio.
Ahora es la luna,
amada,
que va subiendo por tu piel,
y en la grana y la sangre
de los besos,
que dejaste
como rojas tormentas
en mi cuerpo.
Pálida,
senderos y caminos de cal;
pálida como rocíos de jazmín,
o las blancas estrellas
nevando
bien arriba
entre las negras nubes.
Ya de mis dedos
bebí tus senos de cereza.
Ya en mis oídos
la brisa cálida de tu voz.
Tus alientos de pájaro;
tus uñas como pétalos
deshechos,
en rosadas migajas
y en el cuenco de mis manos…
No volverás. No.
Nunca te has ido en verdad:
Pálida mujer. Pálida de caliza.
Pálida,
y pálida como palomas en la luna.
No desciendas
de esas alas de mujer.
De tus alas
de pestañas,
uñas
y senos de cereza.

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julio 06, 2007

Ardes como la Luna Llena - Colaboración desde España


ARDES COMO LA LUNA LLENA
Daniel Gómez

El ocaso
se asoma en sus labios;
y en las venas de clavel,
en las uñas de malva.

Por la noche
se desnuda y brilla como las estrellas,
la bruma en luz, y la luna.
Yo la voy besando
en mis dedos;
voy besando
uno a uno a sus dedos,
deshojando pétalos de lirio,
contando gotas,
como migajas
de olas en blancas crestas.

Caen de sus ojos
lágrimas,
monedas
de vidrio azul,
cuando ella siente la brisa
de la aurora,
y con el rosado sol sobre la nuca.

O el murmullo del aire
en el oro
de unas ramas en alba.
Corazón que crece,
como un jardín
de flores sudorosas;
brotando un jugo
de sus labios de pétalos,
cuando me ama
por todo el cuerpo, y todo el cuerpo…

Yo bebo; me embriago
en los viñedos de su boca;
y las uvas del pezón, y el oro leonado del cabello.
Mis pupilas
flotan como la palabra o como el aire:
viajan por las espumas
de sus brazos, el sendero blanco
de su cuello,
fino como un tallo de flor,
como un junco de azúcar.

El mundo, entonces, se desnuda,
como la verdad y la mentira.
Semejantes al dulce río que huye, sí,
de mis manos condenadas
en los infiernos de su cuerpo.

En el viento está tu alma,
en tu cuerpo mis ojos…
Desnuda,
ardes en blancas llamas.
Y ardes como la soledad
y la luna llena…

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junio 14, 2007

Ríes - Colaboración desde Gijón, España


RÍES
Daniel Gómez

Ríes como blancas mariposas;
rocío de alas y dientes,
como caricias de arena blanca
deslizadas por el viento.

Como dientes en mármol,
forjados
en la fragua de tus besos.

Amada,
ríe tus dientes y tus labios;
pues te ríes, sí,
y te vas riendo
empapada de sangre y de plata.

Te ríes
con la luna entre tu boca.
Te ríes,
y te ríes con esa risa
de azúcar, de espuma, de niebla.

Mas no sonrías;
y no sonrías más…
No entierres a tus risas
en mi corazón,
no me remuerdas con ellas,
como una fruta prohibida…

Sin embargo,
yo he de beber de esas risas,
sí;
y habré de mezclarlas,
como la miel en el agua;
para el cálido y rojo hueco
de tu boca…

La tarde se hunde,
nada en los lagos azules,
en los hielos de tus ojos.
Tus manos ríen, y tus ojos ríen;
toda tu piel se ríe de mí,
amada.

Ya reirás;
hasta que la luna
caiga,
como una noche cerrándome los ojos.

Cerrarás dientes con labios,
risas, risas en gotas de sangre,
rocío y sudor de lápiz rojo.
Tus albas en mi cuerpo…

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mayo 28, 2007

La Sala De Mecanografía - Colaboración desde España


LA SALA DE MECANOGRAFÍA
Daniel Gómez


Mis relaciones con la profesora Rossi —rubia, algo alta, de ojos claros— no podían ser mejores, y nuestro entendimiento era perfecto. No se puede pedir más, pienso yo, de una relación alumno-profesor: yo la despreciaba y ella me despreciaba a mí. Y, por si no fuera suficiente, ella sabía que yo la despreciaba y Dios sabe que yo sabía que ella me despreciaba a mí. Por supuesto que semejante contubernio culminaba en un ambiente idílico, una verdadera luna de miel: yo reprobaba siempre la materia, mecanografía —aunque muchas veces la llaman también taquigrafía—, y tenía que hacer horas a la tarde —porque yo no tenía máquina— en el colegio, practicando en esa larga, ominosa y opresiva sala de máquinas.

Y ahí entraba yo, por las tardes, después del largo viaje en colectivo; asomaba la cabeza en ese lugar y era como si al sol le salieran las nubes y los truenos: porque ahí estaban ellas, mis enemigas, las condenatorias hileras de aterradoras máquinas de mecanografiar, listas para reírse de mi desdicha toda la tarde. No me quedaba más remedio para mi ánimo que Herrmann, el arreglador de las máquinas.

Todavía puedo verlo, inclinado en los misteriosos engranajes del paciente, es decir, de la máquina rota: tenía las manos sucias, como si alguien se las hubiera masticado con los dientes llenos de tinta. Tenía unos anteojos de vidrios gruesos y tan viejos como si los hubieran hecho los antiguos vidrieros de Ámsterdam. Lo recuerdo entrando silencioso, el pelo rubio y desarreglado, y me saludaba con un áspero acento del norte. Una vez, el director del colegio –hombre democrático, dialogante, de soltura en la palabra, un hombre progresista por donde lo mires, siempre que tuviera a mano un público mucho más masivo y poderoso que Herrmann, las máquinas y yo- entraba un rato a la sala y decía con una sequedad imperial:

—Herrmann, mire que ya termina el siglo.

Y entonces Herrmann, y así me enteré yo de su apellido, se afanaba un poco más con sus sucias enfermas de grasa y tinta: las viejas máquinas para escribir que teníamos en el colegio. Y yo, entretanto, también trabajaba duro, trabajaba durísimo, no había segundo en que no estuviera trabajando. Ya que, y no me queda más remedio que confesarlo y vaya a la buena salud de mi probidad y honra, durante cada media hora, más o menos, me decidía, audaz y con el ceño amargo y en un dechado de supremo esfuerzo, a escribir una palabra, mas luego sacaba bonitamente el papel de la máquina y hacía un bollo con él; y así puedo dar mi propia sangre en prueba y honor de que no dejaba en paz el papel, hasta hacer por lo menos cincuenta veces jueguito con los pies. Ya ven que el estudio siempre sirve y la letra con la sangre entra. Después de largas horas de estudio con los bollos de papel, me volví bastante competente en hacer jueguito con la pelota. A mis amigos, claro, les encantaba el arduo y paciente fruto de mis estudios, pero a mi profesora no le hacía chiste verme después, otra vez en los exámenes para recuperar. Porque para la profesora Rossi, no era precisamente uno de los eventos favoritos de su vida el verme a mí en los exámenes de verano, cosa que yo le correspondía vehementemente y de todo corazón, y no le interesaban mis progresos con los bollos de papel. En todo caso, pienso que el fútbol es como una ciencia exacta, y muy fácil de calificar. Un gol es un gol, como uno y uno son dos: nadie podría discutir esas notas. Pero nunca fue el fútbol muy popular en los programas de estudios de los profesorados, y así la profesora Rossi podía proseguir reprobándome con un entusiasmo conmovedor, verdaderamente conmovedor para mí.

Recuerdo la sala de máquinas: a mí me parecía gigantesca, pienso que las paredes de una mazmorra me hubieran parecido igual que esa condenada sala. Tenía el suelo de baldosas tan aseado y pulcro que era como una pista de hielo; pero no para patinar, sino para tener la estupenda e imperdible ocasión de partirte el espinazo por uno de cada tres pasos que dabas ahí. El mismo Herrmann me lo decía. En el piso se reflejaban las luces de los tubos, como la luz de la ciencia. Para confirmar el parangón carcelario, ahí, a un lado, estaban las ventanas, sólidamente prohibitivas con sus barrotes de fierro, que lograban que uno se hiciera agua la boca con el paisaje de afuera. Yo veía el sol, y por ahí se escuchaban, en una plaza cercana, los gritos de los chicos; y parecía que por momentos yo hubiera sido capaz de salir por en medio de la bendita pared de cemento. Así que andaba en cómo escaparme de ahí, mientras el alemán estaba afanado en la labor. Claro que no sabía yo que, en efecto, había una forma en este mundo de superar esa pared, esos barrotes, de traer hasta mí todo ese paisaje de fuera, con árboles y sol, libre de sufrimientos y ataduras y obligaciones. Ese alemán, así taciturno sobre las máquinas, sabía cómo hacerlo; pero, haciendo gala de su reserva germánica, él nada me dijo hasta que yo hube instaurado una silenciosa y extraña confianza de unos meses en común: él trabajando y yo estudiando, o teniendo la intención de estudiar a veces. Mes tras mes, apilado uno sobre el otro; él no me dijo nada, hasta una buena pila de meses amontonados en mi corazón, del verdadero secreto de la sala de mecanografía, y acaso del secreto del mundo…

Yo continuaba, en accesos de honradez, escribiendo; a veces, con un frío tal que esos botones, o teclas o como se digan, eran como yunques helados por debajo de mis dedos, y las palabras en las hojas iban tan lentas y tan mal escritas como los agobiantes discursos que decía nuestro demócrata de marras en el patio del colegio, en las fechas patrias, con su cuidadoso lenguaje progre. Y otras veces hacía ahí un calor tal que no había mejor lugar para freír huevos que el metal de esas dichosas máquinas, o salchichas, o chorizos; seguro que podría haber hecho todo un asado ahí, en verano. Pero yo tenía que trabajar, así que me resultó simpático y un alivio el alemán Herrmann.

Herrmann me hablaba con su acento alemán rioplatense, digamos; tan difícil que ya les digo que no voy a intentar imitarlo acá. Lo recuerdo mientras me charlaba; me iba tirando la jerga así sin mirarme, con las manos metidas en las entrañas de alguna máquina, y yo mientras tanto absorto, distraído de las cadenas y del yugo, por un rato, con el parloteo del alemán. Me hablaba de sus cosas, de cuando era más chico, al llegar al país; después empezó con Alemania. Era muy vago y circunspecto en su condición de alemán, y era tan y tan alemán que parecía dolerle cada una de sus palabras puestas a mi luz, como si tuviera que extirpárselas para mí. Pero seguía y seguía; porque me malicio que él no me debía ver de buen ánimo y trataba de arrimarse un poco a mí.

—Debe ser feo estudiar por las tardes—, me decía a veces, con su simpatía taciturna.

Entonces vuelta a vuelta se me salía por la política. Creo recordar que estábamos en tiempo de elecciones, con carteles y mentiras y esas cosas; encontrabas políticos hasta en las pulgas de los perros. Era un mes intenso en otros sentidos, además: no se por qué, pero los profesores parecían disfrutar con tareas, exámenes y esas aficiones suyas. Estaban sinceramente entusiasmados con el mero y habitual hecho de reprobarme. Se notaba que se empleaban a fondo, que lo hacían de corazón conmigo, de puro amor a su arte, con una intensidad amateur en suma. Y recuerdo a nuestro demócrata, después de incitar un poco a Herrmann, que me decía:

—Giusti, por ahí sus hijos puedan aprobar mecanografía: quién sabe, cosas peores se vieron en la guerra…

Y Herrmann me sonreía, me sonreía cómplice.

Así que el alemán andaba con lo de la política…

—Me acuerdo —me dijo un día, con aire de darse espacio y tiempo —de un político de allá, de Alemania. Se subía a todos lados; si él veía un montoncito de tierra un poco por arriba, se subía nomás y mandaba un discurso. Se lo veía en las iglesias, era protestante y católico a la vez; era de derecha y de izquierda al mismo tiempo. Besaba a los chicos, consolaba a las viudas, daba alegría a los viejos, en fin, toda la melodía. Era un tipo muy simpático, y un completo charlatán. Un día, estaba dando un discurso, creo que era en la plaza del pueblo, subido a unos cajones: yo era muy chico y miraba todo como el astrónomo que encuentra una estrella nueva. Y entonces el tipo estaba dele que dele con las promesas, con las cosas que se podían hacer; no se le podía hacer dar fin a toda esa novela que nos estaba pintando. Y entonces uno del público, no me acuerdo quién, por fin se rió y, habiendo escuchado todas esas raras promesas, le preguntó al político si entonces hasta un río se podía traer al pueblo. Y el político, después de un largo silencio, dijo: sí, hasta un río…

Entonces yo me reí a carcajadas de lo que dijo Herrmann; y pensé que ahí terminaba la historia. Pero el alemán se mantenía serio, muy serio. Y me dijo:

—Yo me reí también entonces —, dijo con rara severidad en la voz; —puede que todos nos reímos. Pero, por alguna razón, y aunque ese político era un perfecto sinvergüenza, la cosa me quedó: de otra manera no te la estaría contando.

Se hizo silencio; yo preguntaba con la mirada.

—Yo estaba muy curioso —me dijo Herrmann, con la misma suave severidad, aunque nostálgica.—Una tarde me lo encuentro al político en la calle; y me acerco, y con mi inocencia, y acordáte que yo no podía votar, le pregunté si era posible eso del río. Si no estaba mintiendo. Y después de un largo y grave silencio, él me dijo que era posible traer un río, en efecto; pero que yo no debía decir a nadie dónde se podía ubicar, agregó. Y yo le pregunté que adónde pensaba poner el río. Y él me dijo: acá.

Y Herrmann, explicándose y sacando las manos de la máquina, se señaló la cabeza…, y luego de otro silencio, más largo y profundo que todos los anteriores, sonrió.

—Supongo que yo le entendí —agregó, mientras yo no sabía para dónde tenía que ayudar a soplar al viento de la charla. —Desde entonces —continuó—, todas las noches sueño con un río: un río lo más agradable que pueda, que me ayude a olvidarme de todo esto.

Y señaló medio distraído la puerta por la que antes había aparecido el demócrata, con la sombra de los barrotes de fierro en sus manos sucias, y agregó:

—Es una especie de paraíso..., acá abajo. Ja, ja.

Pero su rostro serio y sincero lo desmentía. Yo también me reí, pensando —queriendo pensar en realidad— que todo era cosa de broma. Pero lo cierto es que me pareció profundo, muy profundo.

Yo no sé cuánto tiempo lo seguí viendo a Herrmann, porque luego sacaron la materia de mecanografía, y yo al final quedé con el campo de batalla todo para mí y aprobé por abandono del enemigo, digamos. Pero me parece verlo todavía, hace cosa de quince años, con las manos engrasadas, el pelo revuelto, saludándome antes de salir por la puerta; deteniéndose de pronto, como si recordara algo, y entonces me dijo, por última vez y ya creo que no me lo olvido más:

—No te olvidés: está acá —y se señaló la sien, con la sombra de los barrotes de fierro en la cara…, y se fue.

Ahí quedaba yo, con la sala de máquinas, en el secreto de la sala de mecanografía al fin ante mí. Todo se sumió en un profundo silencio, y ahí me di cuenta de la compañía que me hacía el alemán, y lo funesto que era ese lugar: las hileras calladas pero burlonas de las máquinas de botones negros. Largas hileras de máquinas con botones negros como dientes de brea que ríen. Y los dedos helados en invierno, y el sol en el verano, reverberando en el metal de las máquinas. La profesora Rossi, que a veces andaba por ahí, por la tarde, y que entraba y me decía:

—Giusti: por más que no me saludés, el universo sigue funcionando, ja, ja, ja.

Acaso esa especie de mazmorra y cárcel juvenil se pueda confundir con un mundo, con un universo. No sé qué pueden hacer los demás al respecto, no sé qué dirán todos ustedes. Pero yo todavía me veo, sí: me veo encerrado como un símbolo en la sala de mecanografía, y trabajando y trabajando y trabajando y, de tanto en tanto, haciendo jueguito con bollos de papel. Como si estuviera a cielo abierto, rodeado por fieras, tormentas, desastres, líos financieros, desamores, violencias, crímenes, largas hileras de máquinas aguardando con frío o con calor, y que había que teclear. Y yo agachado, hundiendo los dedos en los botones, una y otra vez; a veces con la mirada irónica de la profesora Rossi, lista para reprobarme con el filo malévolo de su bolígrafo rojo. Entretanto, y muy penosamente, yo trataba de pensar en ese río que me había enseñado a soñar el alemán Herrmann…, acá abajo.

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