septiembre 21, 2007

La Murcielagosis - Julio Arenas


LA MURCIELAGOSIS
Julio Arenas


«Y pienso que es mejor acabar como un ave espléndida surcando el cielo abierto que como un gusano asfixiado».
La virgen de los sicarios (Fernando Vallejo)


A diferencia de Gregorio, desperté siendo murciélago. Lo supe porque al abrir los ojos, hace dos minutos, luchaba aún medio dormido por desenterrar mis dientes de tu cuello. Ahora todo está rojo de sangre y no me acuerdo de nada. Mis brazos no parecen brazos, sino un par de largas alas que al desplegarse forman un semicírculo cuyo arco comienza en esta ausencia de clavícula y finaliza en mis puntiagudas uñas de ratón ciego. Sé de mi imperfección por la imperfección misma de los orificios en tu cuello, que no son ni siquiera tales sino múltiples llagas desordenadas, confusas y malolientes. Deben ser alrededor de las nueve o diez de la mañana de este domingo pesado y lento, porque la luz que me llega desde las persianas cerradas casi hasta el tope es brillante, como si viniera desde el sol que a veces sale en invierno en la mañana y me hiere con el reflejo que golpea de costado sobre la pared de la habitación. No recuerdo nada de lo sucedido anoche.

El día de ayer se borró absolutamente de mi memoria, salvo algunas imágenes confusas que ahora comienzan a nacer tal vez detrás de la ventana entreabierta que mira al comedor; si estuvieras despierta, las verías. Aquí vienen, subiéndose de una en una por la pared, arqueándose sobre el marco de madera de la ventana, deslizándose por el suelo hasta nuestra cama, escurriéndose entre las arrugas de las cobijas desordenadas y bordeando tu cuerpo hasta meterse en mis ojos. No sé si duermes o te mueres. No sé si debería saberlo. No sé si vives, Raquel. Tal vez no, porque aquí está el rastro seco de la sangre que escapó de tu garganta y que contuvo su lento descenso en la mitad de las vertientes que ella misma inició desde tu cuello -quizás sólo hace unas horas- y que siguió su camino sobre mi vientre ovalado y sobre la geografía de la cama en desorden. Todo está tan lleno de silencio... no hay un movimiento diferente del temblor de la membrana de mis alas ateridas por el frío.

Así como están las cosas, en medio de este desmayo del mundo no encontraré auxilio y la sequedad en mi garganta me cortará el paso del aire en cualquier momento; la muerte, entonces, podrá ocuparse de mí con tranquilidad, sin que nadie proteste. Intentaré levantarme y caminar. Sé que puedo hacerlo, si voy despacio. Dentro de mí las cosas siguen cambiando y eso es una buena señal, supongo, aunque si no bebo agua ya mismo me muero. Aquí voy; muy bien… despacio… poco a poco; mejor no me apresuro. Iré al lavabo y beberé una gota de agua; es todo lo que necesito. ¡Bien! Estoy de pie. A pesar de ser murciélago, la dimensión de las cosas no parece haber cambiado para mí, y creo que tengo casi el mismo tamaño que tenía mi cuerpo humano, aunque me siento empequeñecer lentamente. ¿O todo me lo invento? Me gusta presentir mi sombra de Batman proyectándose por todas partes.

Eso está bien. Parece que la vida tiende a mejorar y pienso que deberías despertar para conversar sobre todas estas cosas, para reírnos de mi torpeza al andar con estos pasos nuevos. De nuevo vienen estas sombras necias deslizándose por la pared, y otra vez mis ojos brillando en la penumbra me miran aterrados desde el suelo. ¡Ahora recuerdo! Algo me despertó antes de la madrugada. Mi mandíbula temblaba y mis dedos se clavaban rígidos en la carne de mis piernas. Todo estaba oscuro y quieto, menos tu cuello que palpitaba y palpitaba. Después, la niebla y el sonido sordo del mundo. Sé que no has muerto. Sólo duermes, quieta y callada, sin sangre pero con vida, como si hubieras decidido dormir y amarme para siempre. Tal vez luego de besarte sin descanso me dormí también con mi beso desgarrándose sobre tu blanco cuello, y el ámbar negro de tu sangre en mi paladar enamorado. Sin embargo, no sé si todo está bien. No es fácil esto en la mañana. El rojo de las sábanas blancas, la luz opaca, el ambiente turbio, tu sombra horizontal flotando en la pared, tu sangre seca en las comisuras arrugadas de mi hocico… tu sombra en la pared…, tu sombra en la pared ¡Dios mío!, tu horizontalidad, tu cuerpo frío y callado; tu vientre que ahora desnudo despacio para sentir en mis labios secos la lana invisible que lo cubre y lo oxigena y lo enternece; y éste tu hermoso pubis de humedad de tierra que ayer respiraba con fuerza y hoy está tan quieto y tan lejano como si hubiera muerto. No es fácil esto en la mañana de un domingo. Nadie va a creerme. Deberías salir de donde estés y venir aquí conmigo, a disfrutar estas cosas nuevas. Mírame caminar como lo haría un ratón sobre las patas traseras, temblando como una hoja de papel entre la pared y el viento. Si no supiera que podré volar me sentiría desgraciado por completo y me ocultaría de ti, aun estando así dormida. Pero, está bien. Cuando despiertes flotaré sobre tu cuerpo sin tocarte, paralelo a la línea ondulada de tu piel desnuda; dirás «¿Qué pasa?», y reiré sin contestarte, hasta que el mundo se te vaya despertando. Mientras tanto, caminaré por el corredor, estiraré mis coyunturas. Ah, no… la sed; lo había olvidado. Tomaré un poco de agua en el lavabo; aliviaré mi garganta reseca; mojaré mis labios y volveré para besarte de nuevo. ¡Dios, es verdad! En el espejo hay un murciélago gigante en mi lugar. No estaba seguro, pero ahora puedo verlo claramente. Todo en mí es diferente y puntiagudo. Me reconocerás, lo sé; sólo que al principio tal vez te asustarás un poco. Estas fantásticas orejas, estos ojos brillantes y pequeños, esta arrugada frente y este movimiento intranquilo de mi cabeza no parecen pertenecerme todavía. Soy nuevo, existo y transito, pero no acabo de hacerme aún, como un feto de canguro. Qué curioso… No veo mis alas en el espejo, pero sé que penden de mis omoplatos, pues siento cómo se despliegan mientras crecen, y cómo sus extremos me cosquillean en las nalgas. Ya está bien. No más agua, porque al gotear fría sobre el estómago vacío me recuerda el hambre. Y ahora… Bueno. Debe ser mediodía y aquí está de nuevo el cansancio. Habré dormido un par de horas, quizás. Supongo que es mejor dejar que todo en mí suceda a este ritmo natural y cósmico, como si el universo se estuviera creando apenas. Entre otras, creo haber escuchado, mientras dormía, algunos golpes en la puerta y el timbre del teléfono. Pero de ayer a hoy creo tantas cosas; creo, por ejemplo, que esto podría no estar sucediendo; creo que podría estar muerto a tu lado y ser el sueño de otro ser que sueña cosas antiguas y ruinas circulares; creo que simplemente he perdido la razón y ahora la vida no es también lo que veo sino sólo lo que presiento; creo… imagino que estos pelos, estas finas y oscuras cerdas que nacen y nacen en mi vientre y que acaricio sin escrúpulos, existen. Tu cuerpo sigue frío, rígido, hermoso y lejano. Caminaré otro poco para desentumecer mis pequeñas patas de ratón y mis hermosas alas negras de pájaro antiguo. Los últimos músculos, supongo, se estarán tejiendo, y se entrelazarán para permitirme el vuelo. ¡Otra vez el teléfono! Que no nos importunen con su morbo fétido, con sus miradas curiosas que puedo adivinar al otro lado de la puerta, con tantos golpes, con esa agresividad sobre la madera.

Despierta aunque sea por un momento para mirarte a los ojos, y vuelve a dormir si quieres. Podrás ver cómo he trocado en ave mi cuerpo para el vuelo. Vuelven a llamar. ¡Dios! Parecen querer tumbar a golpes la puerta. También el teléfono. Ahora suena todo al tiempo. ¿Qué hacemos? Dicen que es la policía. ¿A qué vendrán a nuestra casa? ¿Qué quieren saber? Nunca hablamos con nadie. ¿Será eso? Si quisieras despertar, me ayudarías a pensar. Incluso les gritaría que nos dejen en paz; pero así, mientras duermes, me siento abandonado y tan sólo me atrevo a permanecer impávido como un anciano desdichado. Preguntan que si estamos bien; dicen que llevamos más de tres días sin dejarnos ver. Si es así, ¿a quién le importa? Además estamos bien. ¿Tú estás bien? Yo te veo hermosa, dormida y feliz. Dicen que tumbarán la puerta; que van a entrar. No pueden; no contra nuestra voluntad. Despiértate y diles que se vayan a gritar a otro lugar, que se vayan con su bulla a cualquier otro lado. ¿Ves que soy cada vez más pequeño? Están tumbando la puerta a golpes. ¿Los oyes? ¿Te parece bien que me vaya, y que nos pongamos de acuerdo para vernos después en algún lugar? Al fin y al cabo no podrán retenerte mucho tiempo. Cuando despiertes sentirás, como yo, un hormigueo en las axilas; entenderás que puedes volar, y sabrás dónde buscarme.

Recuerda que estaré junto al mar, tal vez colgado de una cornisa en lo alto de esa torre vieja que dejaron hace tanto tiempo inacabada. Me gusta ese sitio porque está muy cerca de los acantilados donde nos sentábamos a mirar el paisaje, en esas tardes tranquilas del otoño pasado. ¿Te acuerdas? Si no estoy ahí, búscame en la montaña, más arriba del monasterio que brota de las penúltimas rocas, que desde ahí veremos cómo toda esa naturaleza se desprende hacia abajo como un tapiz irregular verde y marrón que parece que buscara también el mar. Ya casi están aquí. ¿Es verdad que me ves como yo me veo? Dame otro beso, hasta que volvamos a vernos. Sabes que te quiero como nadie a nadie, y si acaso no me encuentras… no dejaré de buscarte. Me tocó volar sin ensayar, pero no te preocupes: no me pasará nada, ya verás. Estas cosas ni siquiera hay que aprenderlas; al contacto con el viento, sin usar siquiera mi voluntad, se extenderán mis alas, y podré flotar en el aire como una paloma pequeña y tranquila. Acá vienen, y yo me voy. Tal vez sientas frío si abro la ventana, pero debo hacerlo. Todo saldrá bien, ya verás. ¡Uff! Aquí estoy, parado y feliz en mi ventana, como un pájaro divino. Como un murciélago. ¡Dios, esto es alto! Allá voy; a ver…

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