septiembre 21, 2007

Rutina de Malandro - Colaboración desde España


RUTINA DE MALANDRO
Senén Rodriguez Perini

El termo estaba lleno y el mate parecía recién iniciado, así que sin pensarlo demasiado se cebó uno. Fue chupar y escupir. Frío y superlavado, intragable. La alfombra multicolor mezcla de verdes, azules y marrones oscuros, vieja y mugrienta, ocultaría las manchas. Además ¿a quién le pondrían importar?

Vació el termo en la caldera y la puso a calentar. Notó que quedaba muy poco gas, quizás no le alcanzara. Igual vació el mate y buscó yerba en las alacenas. Nada. Sólo telas de araña y polvo. Una cucaracha salió despavorida.

—¡A la mierda el mate! —, gritó, y lo tiró en la pileta.

Abrió la llave y no salió nada, por el contrario el caño chupó aire. El agua estaba cortada.

—¡Ta que lo pario, carajo! —dijo en voz baja.

Tenía mucha sed. Algo de tomar tenían que haber dejado, se cambiaban las guardias cada doce horas.

La heladera daba lástima, provocaba dejar algunas monedas adentro para ayudar. Logró encontrar un sifón de soda al costado de la mesada de la cocina con fecha de vencimiento desconocida. Fecha de envasado tampoco tenía. Por más que la miró por todos lados no la descubrió. Se arriesgó a probar un buche. Lo paladeó un poco, tragó... estaba buena. Se sirvió un vaso grande.

Tenía aceptable efervescencia. Al terminar de tragar le salió un “aaaahhhhhh” de satisfacción seguido por un sonoro eructo. Se sirvió otro vaso pero no alcanzó a llenarlo. El sifón resoplando anunció que solo le quedaba aire a presión.

Con el vaso en la mano prendió un cigarrillo y se sentó en el sillón desvencijado. La ópera llenaba el ambiente. Ese tema le gustaba especialmente, fue a la compactera y repitió el surco. El volumen estaba bien alto, la música lo traspasaba.

¡Ah... la ópera!, ¡que voz ese tano cieguito!, llegaba al alma, realmente. Por un momento cerró los ojos y se sintió como transportado. El teléfono celular lo volvió a la realidad.

—Bien Jefe, así que se creen que estamos jugando. Sí Jefe, delo por hecho.

Cerró la tapita del aparato. Miró los cuerpos atados y amordazados en el suelo. Le gustó la vieja que lo miraba con ojos aterrados. Agarrándola del pelo la obligó a levantarse y la empujó por las escaleras hacia la salida de la casa de campo abandonada. No tenía miedo a mirones porque sabía bien que no había nadie a kilómetros de distancia.

Abrió la valija del auto, la tiró adentro sin miramientos, arrancó, manejó una hora y en el cruce de dos carreteras secundarias se detuvo. La sacó a los tirones, la arrastró hasta el árbol frondoso y le metió dos plomos de la 45 en la cabeza. El cuerpo quedó boca abajo desangrándose en el pasto freso.

Llamó por el celular:

—Está pronto Jefe, en el lugar que indicó. Un rehén menos. Vuelvo entonces, espero instrucciones.

Volvió al aguantadero, quería escuchar otra vez al italiano cieguito ese, iba pensando: "Qué voz del carajo!, ¿cómo puede cantar así?, ¿de dónde sacarán esa sensibilidad que conmueve?"

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