julio 13, 2008

¿Quiénes fundaron Las Filigranas de Perder?


El Movimiento Literario Independiente Las Filigranas de Perder fue fundado por los escritores Alex Acevedo (Bogotá, Colombia, 1970), filósofo y administrador de empresas; Carlos Ayala (Bogotá, Colombia, 1977), librero, historiador y técnico en archivística; y Néstor Pedraza (Zipaquirá, Colombia, 1971), artesano, gestor cultural y consultor en tecnologías de la información.

Dedicados a la literatura como lectores y escritores desde la niñez, premiados cada uno en concursos literarios en diferentes momentos de sus vidas, iniciaron un trabajo literario colectivo en el año 2002, que surgió de la necesidad de completar la escritura de una novela en apenas una semana (tiempo que restaba para presentarla a concurso).

Gracias a este esfuerzo, recibieron Mención de Honor en el Premio Nacional de Novela organizado por el Instituto Distrital de Cultura y Turismo (IDCT) con la novela negra El Instalador, escrita a seis manos. En 2003 escribieron una novela experimental, mezcla de género negro e historia de vampiros, titulada Una Temporada de Sal. Para completar una trilogía de novelas, en 2004 escribieron cuatro relatos de ciencia ficción de corte cyberpunk, que juntos constituyen una obra novelística titulada Manual de Levitación Magnética.

En 2006 inauguraron Las Filigranas de Perder, con la idea de rescatar el arte de escribir por amor a la literatura y no por la mera búsqueda de los premios y las publicaciones, y promoviendo la creación colectiva en literatura. Dentro de este movimiento, diseñaron y dictaron el Taller de Ensayo y Cuento “En la Inmunda” para compartir sus experiencias en solitario y en colectivo con otros escritores (la programación de este taller y todos los textos producidos dentro del mismo, están publicados en http://tallerenlainmunda.blogspot.com/). Ese mismo año fueron invitados al II Simposio Internacional de Literatura de la Universidad Central, donde presentaron su ponencia La Creación Colectiva en el Género Negro, que fue publicada en la revista Hojas Universitarias (en esta ponencia, que también se encuentra publicada en http://lasfiligranasdeperder.blogspot.com/2007/03/la-creacin-colectiva-en-el-gnero-negro.html, están consignados los detalles de la génesis de El Instalador). El segundo relato constitutivo de su tercera novela, titulado El Otoño del Superconductor, recibió diploma de finalista en el Concurso de Novela Breve 25 años del Taller de Escritores de la Universidad Central (TEUC).

En 2007, los tres ganaron premio en la convocatoria Bogotá, Un Libro Abierto (parte del programa Bogotá, Capital Mundial del Libro 2007) organizada por la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte (SDCRD), con su proyecto Talleres de Creación Colectiva en Literatura: 4 talleres que se llevaron a cabo en 4 importantes bibliotecas públicas de la ciudad (los detalles de este proyecto y todos los textos producidos en los 4 talleres, se encuentran publicados en http://creacioncolectivaliteraria.blogspot.com/).

El relato Siete Hierbas y Un Gatito, que constituye el segundo capítulo de su primera novela El Instalador, fue publicado en 2008 por Arango Editores en su antología de nuevos escritores colombianos “Señales de Ruta”. Ese mismo año, los fundadores de Las Filigranas de Perder publicaron el libro “Simbiosis Virginal”, una antología con los mejores textos surgidos de los cuatro talleres de creación colectiva dictados en 2007. “Simbiosis Virginal” fue lanzado dentro de la 21ª Feria del Libro de Bogotá, en la que Las Filigranas de Perder realizaron otras actividades relacionadas. Actualmente, Las Filigranas de Perder forma parte del proyecto de Red Distrital de Talleristas Literarios en Bogotá, que en breve realizará una publicación en asocio con el programa Libro Al Viento.

Las Filigranas de Perder se ha propuesto servir de puente y semillero para la conformación de una Red Cultural Distrital, que consolide el trabajo colaborativo y asociativo de todas las organizaciones, entidades y agrupaciones que trabajan por la cultura, las artes y el patrimonio en Bogotá. Dentro de ese espíritu, este Movimiento, que continúa buscando la promoción de la escritura y la lectura, y que sigue siendo punto de encuentro de autores de toda Iberoamérica, está desarrollando proyectos con y ofreciendo servicios a diferentes organizaciones culturales en la capital colombiana.

El secreto de la Abuela - Colaboración desde Buenos Aires, Argentina


EL SECRETO DE LA ABUELA
Carmen Liliana Pintos

Entre los integrantes de uno y otro grupo familiar éramos como treinta y cinco personas de todas las edades. Y formábamos parte del paisaje, como la tipa blanca y los bosquecillos de queñoa a orilla de los arroyos. Ansilta, agosto de 1938.

Desde tiempos inmemoriales los Sosa y los Aguilar nos habíamos peleado “a muerte” por no ponernos de acuerdo en qué días, cada familia, tenía que sacar a pastar y abrevar a las ovejas por determinados senderos de la montaña. Así los pastores no perdían tiempo en enredos de khenas ni encuentros furtivos en el núcleo mismo de la vida.

Por eso, cuando mis hermanos y yo tuvimos uso de razón, escuchamos a los tíos y a papá repetir insistentemente:

—¡Sí, señor: nosotros estamos enojados! La familia entera se siente ofendida desde hace muchos años. Y aunque nadie sepa muy bien por qué y aunque los Aguilar hayan sufrido la pérdida de varios de sus integrantes a consecuencia de no sé qué epidemia que le dicen… nosotros no vamos a cejar en este asunto. Si los abuelos de la abuela lo declararon así cuando ella era mocita nomás, habrán tenido sus buenos motivos.

Al clarear la mañana, la abuela Eulalia contaba con una buena provisión de alimentos secos en el galponcito del fondo… El de barro amasado y techo de cardones.

Allí, los vasijones más grandes guardaban en sus entrañables vientres, con verdadero celo, el producto del trabajo de toda la comunidad YAVI: la cosecha de habas, choclos, jupha y demás variedades de papas y papines…

Y más allá, en el frescor de la oscuridad que prodiga el adobe amasado y bien seco; en la penumbra misma de la habitación en la que dormían los chicos…el charque de llama y de oveja ofrecía generosamente su pulpa seca y viva, a quienes como ella, conocían los secretos para hacer renacer su sabor concentrado y único.

La abuela se detuvo un poco, mirando por la ventanita que daba al camino de tipas. Y decidió que ya era hora.

Fue entonces cuando, de pie en la cocina y secándose las lágrimas de los ojos con la punta del delantal, mientras seguía picando la cebolla en el mortero, me dijo:

—Ansilta: andate de una disparada hasta la casa de los Aguilar y me los invitás para la celebración de esta noche. Cuando lo veas a Don Huberto le decís también que tu agüela está cocinando con una hojita de albahaca verde sobre la oreja izquierda. Él va a entender, de siguro. ¡Ah y no le digás nada a nadie!… no se vayan a enterar ni tu padre ni tus tíos… ¡ellos no conocen nada todavía de la vida! Mirá… Esto es un secreto entre vos y yo, de abuela a nieta… ¡dale, corré rápido y cerrá la bocota esa que tenés…!

Y aunque a mí me dio bastante miedo mentirle a mi padre, decidí “cerrar la bocota” y echar a correr calle abajo, atesorando en mi mente lo que la abuela me había confiado sólo a mí y volé protegiendo sus palabras en un abrazo de antiguas voces ahogadas y besos guardados hasta llegar a la casa de los vecinos que estaba del otro lado del cerro.

Los Aguilar eran poquitos. Habían sido una de las familias más numerosas de Yavi, pero ahora quedaban nada más que el abuelo, junto a tres nietos mozos que labraban la tierra y a la nieta más chica, que apenitas estaba aprendiendo a hilar lana de llama y a tejer en telar parado, siguiendo los consejos del pobre viejo.

Fue a Don Huberto a quien le transmití el recado sin mirarlo a la cara. Sabrá Dios por qué me daba tanta vergüenza. Y me volví bien rápido a casa, antes de que mi padre volviera del campo y descubriera mi ausencia.

En la cocina y cada tanto, la abuela Eulalia secaba el sudor de su frente con la otra punta del delantal y se asomaba con disimulo a la ventana ciclópea de las ollas de barro, murmurando palabras en aymara, como hablándoles en el idioma propio e indisoluble a los alimentos que cocía lenta, sabiamente…

Era entonces cuando su figura alta y su brazo firme y bien proporcionado tenían el poder misterioso de hacer burbujear esos caldos humeantes y perfumados con albahaca y laureles del monte.

Por debajo de las ollas, el fuego se debatía en abrazos apasionados e interminables, alimentándose a base de guano y hojas resinosas…

Mientras tanto, en el fulgor de las montañas multicolores y en el olor a aires propicios y frescos para los cultivos, agosto se anunciaba prometedor. La Madre Tierra estaba en su punto cúlmine de preparación.

La semilla silenciosa y humilde en su simpleza única, sentía bullir en sus entrañas coplas de vida y de amor, ofrendas dignas de la celebración de agradecimientos y pedidos en su nombre.

Y es que cuanto más arriba en el cerro, la ceremonia de la Pachamama adquiere desde siempre, dimensiones trascendentales. Instancias de vida pródiga o de muerte segura, no del grupo humano que la habita sino de la naturaleza toda.

Los que nos habíamos criado allí conocíamos de memoria la sensación que produce en el alma la altura de las montañas, los secretos de la lluvia perezosa en invierno, los murmullos del viento acariciando árboles en el costado de la vida que se desarrollaba impetuosa y calladita, a casi tres mil metros de altura… Y así, las mulas, las llamas con sus crías, el cabrito, la vicuña…

Y también sabíamos de sus comidas antiguas y exquisitas: tamales de choclo y harina de maíz, empanadas de carne cortada a cuchillo, locros, guiso de panza…

Allá, bien arriba, donde la mirada humana y desacostumbrada se turba por la falta de oxígeno y pierde, por fin, la noción del cálculo y de la palabra hablada…

Entonces, aparece él, enseñorado y único: con las alas desplegadas en la redondez de su soberanía absoluta y trágica, en la catadura de su vuelo irreverente y acompasado. Inolvidable.

Y ese día, justamente, se iniciaba el mes de la celebración de la Madre Tierra.

Por eso, la elaboración de comidas adquiría visos de jerarquía central para serle ofrendada. Y para compartirlas con todos los paisanos del poblado. Incluso, con Don Huberto y los Aguilar. Era el momento justo para amigarse con ellos.

Y la abuela Eulalia anticipaba sabores deliciosos a albahaca y limón, a jupha y papines embebidos en la salsa que nadie pero nadie sabía preparar como ella.

Un poco de albahaca y de ajo machacados en morteros de piso. Otro poquito de cebolla arrancada de la quinta familiar por las mujeres más jóvenes, en el momento en que el sol no da de pleno sobre la tierra…. Una pizca de pimentón picante para condimentar chuños y morrones lococo flotando airosos dentro del caldo, convencidos de sus poderes curativos y nutrientes, cosechados por manos cobrizas en la parte más alta del cerro. Alguito de sal y pimienta para azuzar el sabor de las arvejas y la cebada. Y cada tanto, con cuchara de madera, le cosquilleaba en forma de ocho el vientre a las ollas, acariciando así el corazón mismo de la tierra.

Sin cargosear los alimentos… según ella, había que dejarlos largos ratos quietecitos para que se consustanciaran entre sí.

Más aquí, varias piezas de charque remojado desde la noche anterior, esperaban en el fondo de la vasija más vieja por ser la más “curada”, claro. Secretos de la abuela Eulalia, que había escuchado a su abuela… y así para atrás. Y más atrás todavía, hasta el confín de los tiempos aymaras.

Al son de las khenas de los Aguilar, el día se fue convirtiendo en una especie de bromelia abierta y ofrecida a Willca.

Alrededor de la media tarde, la familia enterita fue apareciendo como brotando de entre las piedras de azufre y mica, de a uno en fondo, por el camino que llegaba hasta el patio central. Salimos juntos a recibirlos, casi en respetuosa procesión como cuando vamos a recibir a la virgen de Copacabana.

Don Huberto Aguilar —ceñudo— le esquivaba torpemente la mirada a la abuela, mientras saludaba apretando la mano a todos los que estábamos allí.

Mi papá, que era el mayor de los Sosa, les ajustó con chispas a los ojos de cada uno de los hijos, como buscando reconocer en ellos una pizca de complicidad y gusto por el reencuentro, pero los muchachos se mantuvieron parcos. Y cuando lo tuvo frente a él refregó sus manos una contra otra, se sacó de un manotazo el sombrero tejido y apretándole los dedos en un saludo inicial, le dijo:

—Usté, Don Aguilar, hizo muchas macanas cuando joven… pero creo que la vida se ha encargao de irle mostrando que se equivocó fiero. Y aunque soy sólo un mozo al lado suyo, me animo a decirle lo que le digo porque he visto sufrir en silencio a mi mama…

El viejo agachó la cabeza en un intento de esconder tanto estallido de vergüenza, y por toda respuesta, lo miró pestañeando y reconociéndole su enorme parecido por primera vez, mientras las lágrimas le resbalaban por la cara. La abuela estaba al costado de mi papá y escuché que, de nuevo, murmuraba palabras en aymara.

—Pero hoy —siguió diciendo— usté y su familia están en nuestra casa. Así lo quiere ella, que es una mujer sabia y buena.

Y encontrando la mirada de la abuela, le dijo: —Hace demasiado tiempo de aquel enojo y hoy es día de fiesta… salude al Don Aguilar sin miedo… ¡abrácelo, Mama…! ¿No ve que la está esperando?

Los abuelos se abrazaron bien fuerte por un prolongado instante en el que parecían haberse recortado ellos dos solos sobre el horizonte, expresándose con todo el cuerpo la plenitud de la luna cuando cohabita junto al sol en el mismo cielo. Justo en un día como éste.

Todos nosotros nos quedamos calladitos, tratando de develar tanto misterio de grandes…

En el centro de la mesa de cardón, el olorcito tibio que brotaba de la fuente de barro era una ofrenda de vida y sensaciones, una invitación generosa a compartir la comida, a reanudar el camino. A sentarse a su alrededor para rememorar costumbres y secretos de la comunidad toda. De cada uno.

El aguardiente fresco, recién desenterrado de las entrañas de la tierra y el pan tibio, amasado con harina de maíz, el perejil y el ají picante destellando sabores ocultos sobre la superficie de la carne a punto. Como el IRA y el ARKA de los sikhus…

Como la vida misma: circular y pródiga si uno tiene una abuela como la mía… capaz de sentir la adolescencia hervir en su vientre, de perdonar y de seguir su guía interior, aunque haya pasado tanto tiempo. Y una historia ancestral haciéndose oír desde el alma.

Y enseñándole permanentemente cómo reunir amores alrededor de una mesa tendida. Aún con sus casi noventa y tres años.

(…y treinta y dos de viuda, como nos aclara siempre que puede…)

Segundo Piso: Eliot Di Nucci - Colaboración desde Buenos Aires, Argentina


SEGUNDO PISO: ELIOT DI NUCCI
Luis Benítez

Nadie estuvo en el pasado
y ninguno habitará el futuro.
Sólo existe este apartamento,
la ventana que da a Central Park,
el tedio infinito de mis piernas inválidas,
el reloj que indica que dentro de dos horas
vendrá la enfermera profesional
no sabe todavía lo que dice.
Mi vida no importa:
Una sola cosa late entre estas desiertas paredes
y hace mucho que no es mi corazón.
En alguna parte, en algún cajón, una Beretta 40
recuerda que vengué a mis piernas con ella,
un día improbable, indefinido, de 1964,
desde esta misma silla de ruedas,
vaciándole el cargador a Moe “Ametralladora” Carrick,
no lejos de aquí, en una esquina que he olvidado.
Debajo de la pistola un viejo diario amarillento
da todos los detalles de mi asunto.

El Ojón - Colaboración desde México


EL OJÓN
Eduardo Lucio Molina y Vedia

“Así le decían al huerfanito porque casi no tenía cara. Todos lo quisieron, tan desamparado como vino. Había llegado de por ahí cuando estaba chamaco y luego luego se lo consintió. Nunca pedía nada y siempre tuvo lo que quiso. Menos padres, pues...”

Estaba lleno el local esa tarde soleada y me instalé a esperar con paciencia mientras el peluquero terminaba de podar una tupida melena negra y contaba su historia al viejito sentado junto a mí. Era como si estuviera amasando el relato en la cabeza muda del cliente mientras estiraba y medía el cabello con mirada experta para enseguida rebanarlo de un tijeretazo.

“Callado el muchacho pero rápido de entendederas. Hacía los mandados a los vecinos del mercado y dormía entre los costales. Ahí le hizo su lugarcito un puestero al que apodaban Miserias, por lo tacaño, a cambio de limpiar en la madrugada mientras descargaban la fruta nueva. Y «la pisaba», como decía el argentino de la parrilla. Agregaba «no se crea», que quería decir «aunque no lo crea». Así hablan ellos, pues... En las cascaritas el Ojón siempre metía algún gol y el che lo seguía con la mirada moviendo la cabeza: «La lleva atada... », decía, pero eso sí no sé decirle lo que quiere decir.”

El sol se iba acostando, filtrándose por las cortinas, y entraba ya gratamente moteado de sombras. Se adivinaba el viento entre el ramaje de la arboleda florida acompañando la voz del maestro y el chasquido de las tijeras. Afuera, como en película muda, hervía algo más lejos el infierno de la avenida.

“La verdad, no sé por qué carambas un día lo llevamos al río. Queríamos que nuestros hijos vieran cómo uno solito se hace hombre. Desde abajo, chingao... Entonces fue el resbalón ése que lo metió en la mera crecida. Y ahí va dando marometas entre las piedras. Y nosotros corre y corre por la orilla cortando camino. Que si no se estrangula la corriente en el Socavón de Ánimas, se lo lleva la cascada. Lo vi rebotar en los escollos como si el mismo demonio estuviera jugando a desarmarle el cuerpo, pero quedó enterito trabado en unos troncos. Habrán sido cinco, diez minutos, quién sabe. A mí se me hizo un siglo cuando lo perdí de vista en medio de la maleza. Porque es sabido que el tiempo hace lo que quiere con uno. Se junta y se estira como chicle, amigo, y cuando nos damos cuenta ya pasó y ni cuenta nos dimos. Pero yo confiaba en el estrechamiento de las ánimas, ahí donde angosta el cauce. Y que voy teniendo razón. Una felicidad cuando lo abrazamos. Temblaba de frío y miedo, los ojos reteabiertos, más grandotes que nunca.”

Bordes carcomidos del espejo diluían siluetas de indeciso contorno. Junto a la puerta el cilindro acaramelado del antiguo gremio de los barberos (blanco, azul, rojo) parecía girar en espiral como bailarina de agua.

“Cuando se fue del pueblo lo extrañamos. Al año se supo que lo habían matado quién sabe cómo ni por qué, en la quebrada de Nativitas.”

La voz del peluquero se fue haciendo más clara y pausada. Reverberó contra espejos y paredes sin ruido de fondo, ya no vi al viejito que esperaba turno a mi lado. Ahora el público era yo. Solo, increíblemente solo, me vi de pronto en ese espacio aromado de reflejos, talco y tinieblas. Pensé entonces que había llegado mi turno, pero el de la tijera ni en cuenta. Limpiaba peines, navajas, brochas, metía bandejas de metal en las gavetas y barría los mechones negros, güeros, canos, todo mezclado, a la basura.

Cayó la noche y no sé a santo de qué yo seguía ahí. Apenas se vislumbraban unos contornos como fosforescentes que no acertaban a configurar cosa alguna y un murmullo en borbotón de sílabas con que las palabras del peluquero se atropellaban unas a otras encabalgándose y comiéndose los bordes del sentido, pariendo en curiosas conjunciones significados truncos, hebras de discurso que desafiaban al entendimiento. Un lenguaje oblicuo, medio torcido, como tijeretazos del inconsciente. Así buscaba el pensamiento callejones sin salida. Se precipitaba, pensé, hacia un desenlace insinuado más que presentido.

Supe entonces que no me había puesto el destino en ese lugar para entender lo que estaba pasando sino para vivirlo. Sin juzgar, toreando el riesgo de sus complicidades, de sus ambiguas aproximaciones. Pero toda confusión acaba siendo claridad en el desafío del tiempo que se agota. Es cuando ya no importa porvenir ni memoria, momento desamparado de trascendencia, opaco, vacío de todo registro y prestigio, instancia desnuda.

La voz del fígaro sonaba ahora hueca, recortada en un hoyo de silencio. Entre un restallar de filos sentenció: “El pelo crece siempre, amigo, hasta en los muertos. Por eso nunca descansamos.”

Metamorfosis - Colaboración desde Estados Unidos


METAMORFOSIS
Carlos López Dzur

Tú... ama mi fango, hijo mío,
que yo de lo turbio forjo La fuente de aguas
cristalinas; la Muerte es filtro. Del fango es alimento.

Tú, medita en mis huesos, siémbralos en nombre
de la Güenda; yo los haré como semillas
que se pudran y florezcan y sean un vestigio al fin
de lo nuevo en tus ojos y en tus pasos.

Es mi palabra: lo que te doy no se vencerá
ni la estacada de nuevos abandonos.

Valdivia 40 - Colaboración desde Chile


VALDIVIA 40
Galo Ghigliotto

el viejo pascuero ha vaciado su saco
y lo ha llenado con niños muertos
los recoge de la superficie del río y son miles
alrededor en los árboles
los pájaros de rostros humanos observan
esperan que queden tripas flotando sobre el río
para ir a comer
pero el viejo pascuero se ha convertido
en un monstruo más grande
y su mirada expele rayos
con los que alumbra sobre el río
y se ven brazos y caras caídas solas al agua
caras flotando con gesto de infinito sobre las aguas
su bolsa transpira sangre
el agua choca en las rocas lentamente
y los pájaros ríen en los árboles cada cierto tiempo
ríen de rabia ríen de pena
ríen de hambre ríen de envidia
uno trata de acercarse pero doce venados
de gigantes colmillos blancos ojos y cuernos en llamas
vuelan hasta atraparlo en el aire y lo despedazan
en una fracción de segundo
su cara humana se convierte en un niño
que cae al río
esta noche la luna babea en cielo pequeñas gotas plateadas
la cosecha parece nunca acabar
si alguno ha quedado vivo
muere asfixiado por la pestilencia
que emana del traje del viejo pascuero
un traje de sangre y piel de conejo
un aroma de anestésico dental
desde abajo del río
hago subir la marea con mi pena

Restos - Colaboración desde Argentina


RESTOS
Julieta Santos

Restos...
Amargos.
Soberbios.
Implacables.
Inclementes.

Tercos despojos de algo,
sublimes recuerdos de todo.

Sapiencia compartida,
desordenadamente.

Melodías elegidas,
complacientemente.

Monólogos consumidos,
defectuosamente.

(Como siempre:
todo sabor, todo error,
toda demencia, todo terror,
en suspenso).

Restos,
que suman.

Siempre suman.
Será.

¿Qué es?
Simple extrañeza,
nada más.

Prófugo de Ti - Colaboración desde Chile


PRÓFUGO DE TI
Pablo Cassi

No imagino mis próximos días sin tu
existencia.

La luna ingresa por una hendija,
la única señal de la noche que tuvimos.

Descifro cada palabra en tus labios,
la sombra que calla tu secreto
el antifaz que esconde la tristeza.

La muerte pasea por una calle,
con su presagio de rumores
prófugo desaparezco en una copa vacía
lejana la vida se compadece de mi,
y nada fue como dice el insomnio.

Me pregunto si aún me esperas
cuando despierte de este sueño.

Hallar a Dulcinea - Relato de uno de nuestros fundadores


HALLAR A DULCINEA
Néstor Pedraza

Lo que nunca nos contaron es que cuando Dédalo dirigió la construcción del laberinto que mantendría prisionero al Minotauro, envió consciente a sus trabajadores a una muerte segura. Cada obrero, cada albañil, cada decorador que convirtió esta prisión en una joya que hacía brillar a la ciudad entera, se perdió sin remedio dentro de su obra: El arquitecto no develó nunca los misterios de aquellos corredores intrincados que no conducían a lugar alguno.

Cuatro mil años más tarde, el leproso se internó en aquella maraña imposible de ángulos y callejones sin salida, con el convencimiento místico de que hallaría sus respuestas en los antiguos aposentos de la bestia. Fue dejando trozos de su carne en el camino para guiarse luego hacia la salida. Al llegar por fin al corazón del laberinto, se encontró con una piscina de azul tranquilo, un paisaje pletórico de vegetación y una promesa de mirada brillante.

Extendió sus brazos al cielo, a punto de reventar de felicidad, flotando en el agua. Acababa de lamer la esencia misma del amor sobre sábanas de blanco impecable, y ahora dos pájaros cantores le sonreían, posados sobre su pecho. Las estrellas le vaticinaron un festival inagotable de estrenos.

—¿Crees en el dolor? —le disparó ella a quemarropa.

El amanecer los encontró entrelazados una vez más. La última quizás estaba a tres o dos meses de distancia. Quizás a un día de distancia. A él no le importó. Los laberintos tienen una particularidad: se está perdido, y aún así se cree que es posible hallar una salida.

—Lo duradero sólo se consigue a sangre y fuego —divagó él mirando al techo.

Sin música danzaron como dos locos, parecía el inicio de lo eterno. No hubo miedo, eso vendría después. Ahora estaban bailando, sus ojos se encontraban, se conectaban. El día se fue estirando de a poco, hasta hacerse un único día, o mejor, una única noche sin nubes ni ataques de insectos. El aire se fue haciendo espeso y el cielo rojizo.

—No fue fácil llegar hasta aquí, pero eso ni lo imaginas.

—En cambio, para mí fue demasiado fácil —contestó ella.

—Al menos, terminemos este baile.

Los cuervos siempre se comen primero los ojos. La carne se pudre y desaparece sin dejar rastro. Un ciego de apariencia monstruosa danza entre los huesos milenarios de obreros y artesanos, es el vals alucinado de sus últimas ensoñaciones.

Poema del Arremeter Etcétera - Colaboración desde Argentina


POEMA DEL ARREMETER ETCÉTERA
Rolando Revagliatti

Arremetí a favor de la pólvora
decliné honores
convertí las medallas en almuerzos
dije este sol es mío
dije después qué estoy diciendo
aparecí reflexivo como un coliflor
cómo incidir en esa
oveja que parece una nube.

Bandeira - Colaboración desde Brasil


BANDEIRA
Iacyr Anderson Freitas
Traducido por Miriam Lidia Volpe

puede la noche bajar
puede la indeseada por la gente llegar
yo ya tuve
todas las lecciones de partir
: vuelvo en fin a tomar conocimiento de la aurora.

tuve la estrella de la mañana
tuve las tres mujeres del jabón araxá
¿cómo quisiera yo mi último poema?
mis amigos mis enemigos
busquen mi último poema
he de aprender con él
a partir de una vez
sin miedo
sin remordimientos
sin saudade

En cumplimiento del deber - Colaboración desde España


EN CUMPLIMIENTO DEL DEBER
Senén Rodriguez Perini

“¡Hoy me toca a mí!, recuerdo perfectamente que anteayer lo bañaste vos.” La Sheila estaba furiosa, y este era un dialogado permanente los días de baño de Arturito entre las enfermeras del pensionado. No pasaba lo mismo cuando se trataba de cualquiera de los ancianos internados o de los otros deficientes mentales. Arturito, joven de 26 años que no conocía otro hogar, siempre era motivo de discordias.

“¿El miércoles?, ¿el miércoles?, ¡vos lo bañaste el miércoles, no te hagas la viva, bien clarito lo tengo! Vos siempre haciéndote la loca. Hoy es viernes y me toca a mí. El miércoles fuiste vos y si quisieras podrías acordarte que Don Carlos te volcó el café con leche en la túnica y tuviste que ir a cambiarte y aprovechaste para llevarlo al baño y resolver. ¿O ya te olvidaste, ya?” La Carola no se quedaba atrás en las discusiones, y en este caso sus apreciaciones habían sido fulminantes, se podía ver el efecto demoledor de ese dato del café con leche en la cara de Sheila. Estaba descubierta. Como frente a un jurado se confesó culpable.

“¡Tenés razón, tenés razón!, terminala de una vez, me había olvidado de ese asunto de la mancha del café, ¿nunca te olvidas de nada vos?”, le respondió irritada. No estaba enojada, simplemente frustrada y retrocedía en el campo de batalla, aceptando los argumentos irrefutables de Carola.

Toda la discusión, como era rutinario dentro del pensionado los días de baño, con la sola excepción que alguna de ellas faltara a su trabajo, era seguida con interés por Arturito que las miraba entusiasmado desde su oligofrenia franca, a la espera de órdenes simples.

Victoriosa y esperanzada, la voz de Carola resonó en la antesala con una mezcla de orden y cariño.

“¡Arturito!, vení viejo, vamos a bañarte, venga con Carolita que lo va a bañar.”

La cara del deficiente mental esbozo una sonrisa y entro al baño con pasos torpes, quitándose la ropa en forma automática. Atrás de él pasó la enfermera y trancó la puerta.

Arturito disfrutaba el baño con agua calentita, y siempre le daban el patito de plástico que a él le encantaba. Cuando se iba a sacar el calzón que ocultaba una muy abultada sorpresa, la voz de Carola volvió a retumbar en el baño cerrado, ahora con más cariño que orden, en la mezcla de tonos:

“¡No Arturito, eso no, el calzoncillito se lo quita Carolita como siempre, ¿nunca se acuerda, mi bobito chiquititito?”

Arturito sonreía con placer, jugando con el patito, mientras la enfermera hacía sus deberes. Esta parte era la que más le gustaba del baño.

O muro e o ladrão - Colaboración desde Brasil


O MURO E O LADRÃO
Ivaldo Gomes

O muro é um
limite.
Tão alto
quanto
a nossa
expectativa
de vida.
Vivida,
talvez,
quem sabe...

Aumentar o muro,
pregar grampos,
fomentar o
proibido.
Portão elétrico,
guilhotina
da minha e sua
liberdade.
Por vir.
Porvir.

Arco-íris - Colaboración desde España


ARCO-ÍRIS
Tadany Cargnin dos Santos

Corri até o fim do arco-íris
para ver se encontrava o pote de ouro
mas encontrei um desenho em matriz
que descrevia um futuro vindouro

Eram milhares de cores em harmonia
que se transformavam em orações
as quais li com muita euforia
memorizando e pensando naquelas citações

Dizia a primeira que ninguém é estrangeiro
porque todos nascemos de um mesmo ventre
que os vegetais crescem em qualquer canteiro
e que o passado e o futuro devem ser eternizados no presente

Li que a aurora é mágica em qualquer continente
e que uma lágrima de mulher eterniza um sentimento
dizia também que há apenas um Deus existente
e que a dor e a amargura se disfarçam num convento

Outra cor falava da beleza das crianças
que carregam consigo as visões do amanhã
também dizia que a liberdade é a bem-aventurança
e a nossa mais querida irmã

Eram tantas cores e mensagens
que a mente transmutou a um mundo imaginário
onde a interação fluía instigante numa viagem
cujo universo tinha dois lados como um escapulário

Assim segui aprendendo do caleidoscópio
até que a chuva o levou consigo
mas deixastes marcas bonitas, Ser Inócuo
Eepero ver-te novamente, eterno amigo.

Pécora - Julián Centeya


PÉCORA
Julián Centeya

Con este idioma lunfa y bulinero
te deshojo el sover de mi chamuyo.
Pa empilcharme de afeto dominguero
me pongo en el ojal la flor de un yuyo.
Y te la parlo, Pécora, de frente
pa batir que en los pocos vos, sos uno.
No es que me chapen cosas de repente.
Pero igual como vos, no hay ninguno.
Qué te van a empardar esos manuses
que no te llegan a los camambuses
y envidian tu prontuario de Armenón.
No se hace un bobina con manija,
ni una caricia con papel de lija
ni se compra en Cacuri un corazón.

Desahogo - Colaboración desde Bucaramanga, Colombia


DESAHOGO
Marco Antonio Cala Acevedo

Tuve un día terrible en el trabajo. Tremenda discusión con mi jefe, maldito petulante. Firmar un contrato con cualquier compañía, implica hipotecar el orgullo por el tiempo que dure el mismo. Mi jefe, millonario, sin contemplaciones; un cabrón millonario al cual sólo le interesa incrementar su fortuna. En todo caso es alguien en la vida. Alguien más importante y reconocido que yo, un simple empleado que tiene que aguantarse todas las humillaciones, obligado, sin opción distinta, debido a la mujer y los hijos que debe alimentar: qué patética es la vida.

Mi mujer sirvió la comida y me comentó que Carlos, el menor de mis hijos, había reprobado el año escolar, que su profesor titular en la entrega de notas le dijo que mejor hablaban de las materias que no perdió, para no demorarse toda la mañana.

Otra desgracia. Con lo que costaba pagar la educación de mis hijos, me exasperaba que les importara un culo perder el año. Me preguntaba ¿es que no se dan cuenta de la manera en que me sacrifico?

Comí y decidí sacar los perros a caminar. Yo lo precisaba, salir de la casa para despejar la mente con una caminata nocturna que tanto mis perros como yo ansiábamos con desespero. Lo reconocía en sus caras, sus ojos pedían a gritos salir a aliviar tensiones. Mi mujer no los dejaba salir del patio. Durante la semana había llovido casi todos los días, y tuvieron que buscar refugio en el pequeño espacio adaptado debajo del lavadero, donde dormían. Les puse los collares, me despedí de mi mujer que nada me respondió, y salí a la calle a buscar el desahogo. Cuando lo divisamos, los tres, estoy seguro, sentimos lo mismo, estábamos comunicados de forma cósmica, un pensamiento homogéneo, sabíamos que era el elegido. Al pasar por su lado me pidió que le regalara dinero, que no había comido en dos días, se quejó. Yo sabía que no había comido, los bazuqueros poco se alimentan, poco necesitan de la comida como precisan de la droga. Olía a mierda, pletórico de mugre, ojos desorbitados, le faltaban muchos dientes, vestigio humano que nadie recordaría, un ser por el cual nadie movería un dedo. Excepto yo, y mis perros.

Me aseguré de que ningún chismoso estuviese detrás de la ventana de su casa a las once de la noche, la calle desértica, el silencio total. Él esperaba ansioso que le diera dinero, metí la mano en el bolsillo y saqué un billete de diez mil pesos, se lo di y vi su cara de incredulidad, felicidad, no sé, las dos. Que Dios le pague, me dijo, y cuando se retiraba, seguramente a comprar más bazuco, di la orden a los perros. Esa orden que tanto esperaban, que representaba sus delicias y las mías también.

Todo sucedió muy rápido. Siendo alguien frágil, ya desgastado por el excesivo consumo de bazuco, no opuso mucha resistencia. Los dientes de Tyson aprisionaron su cuello al tiempo que Diablo le mordía con furia un brazo que, a propósito destrozó. Yo observaba la ejecución, la adrenalina y no sé qué otras sustancias producidas por mi cuerpo me llevaron a la máxima excitación. Mis perros también estaban emocionados. El cuerpo del indigente, ya sin vida, yacía sobre el pavimento frío. Pensé que debí haberlo dejado fumarse un último bazuco antes de morir. En todo caso, seguramente sintió la misma euforia causada por la droga, la paranoia, el mismo miedo helado y macabro que deviene de fumar bazuco, sus ojos de terror (el cuerpo quedó con los ojos abiertos) así me lo corroboraron. Recogí el billete de diez mil y me fui. Antes de entrar a mi casa me acerqué a la llave que está en el jardín y lavé la sangre que mis perros tenían en sus caras. Ya podíamos ir a dormir tranquilos. A la mañana siguiente tendría que levantarme y ver otra vez al idiota de mi jefe, al ser desesperante en que se había convertido mi esposa, a los vagos de mis hijos, quienes extrañados (todos ellos) sintieron intriga por la calma que demostré, sin saber que me había desahogado del estrés que soportarlos me produce.

Parpadeos del Incendio 4 - Colaboración desde Chile


PARPADEOS DEL INCENDIO 4
Gladys Mendía

sólo somos parpadeos con nombres confinados y finados nombres repitiendo los mismos incendios caen los pedazos de piel mientras caminamos y conversamos y comemos y dormimos se nos hace cenizas el nombre todo arde sin saber pero a veces uno sabe o sueña que sabe se sabe parpadeo torpe en el viaje repetitivo en la caricatura perdido en las ventanas enfermo de tanto asomarse

#2 - Colaboración desde Colombia


#2
Cristian Lagos

bajo el equinoccio
el viento mueve un barco de papel sobre las aguas
de un charco
en cuya sustancia los perros vienen a beberse las pupilas

Palomas Nocturnas - Colaboración desde España


PALOMAS NOCTURNAS
Víctor Menco Haeckermann

América te envidia, Europa altiva;
porque bajo tus pies se halla un abismo
de servidumbre, lágrimas y horrores,
y el feroz despotismo,
áspid mortal, se oculta entre las flores.
Fernández de Madrid

La vida sexual de las palomas es agitadísima. Por lo menos eso era lo que se observaba hasta hace poco tiempo en el Parque Fernández de Madrid. Si uno llegaba a eso del medio día y se sentaba en una de las bancas de madera, en el claroscuro que el sol y la sombra de los almendros dibujaban conjuntamente en el piso, se observaba a las palomas corretearse unas a otras (y levantar de paso el polvillo de la tierra), algunas de las cuales terminaban haciendo carreras tan fatigosas que por momentos irrumpían en el camino enlosado que atraviesa el parque, robándole la sonrisa a algún transeúnte.

El cortejo del palomo a la paloma incluía —además de dar vueltas en círculos— tener que sortear toda una serie de obstáculos entre los que se contaban los arbustos, las raíces de los almendros, las ramas desprendidas de las palmeras, las vallas que dividen los jardines del camino, los setos vivos, los puestos de ventas ambulantes, los pies de las personas que pasaran por allí o descansaran en esos momentos, y hasta la estatua del poeta y científico cartagenero José Fernández de Madrid (más conocido por su faceta de prócer independentista). Sólo cuando una paloma se sentía molesta, por el acoso de otra, decidía alzar un corto vuelo que le permitiera alcanzar una rama de los almendros (al parecer, en esas condiciones se dificultaba el acto). Pero, mientras tanto, la mayoría de las palomas prefería andar en el suelo, picoteando en busca de alimento.

Una paloma podía ir, por ejemplo, a quitarle a otra un grano de maíz de pico a pico, y terminar dándole un beso intenso, a partir del cual surgía el cortejo. Las más enérgicas erizaban sus plumas para aumentar su tamaño y elegancia. Con la llegada silente de la tarde, el sonido de las palomas se hacía más audible; pero en todo caso eran como conversaciones íntimas que sólo escuchaban los curiosos.

Varias personas solían dormir sentadas en las bancas del parque, mientras un perro callejero, negro y flaco, también se rendía a ese mismo sueño de los humanos, en otra de sus incomprensibles muestras de fidelidad. De súbito, uno que otro durmiente se despertaba herido por la luz del sol que se filtraba por entre aquellos almendros que parecían agujereados por fuerza de las lluvias de un invierno antiguo. Entonces, al igual que el hombre, el perro debía cambiar de lugar y alojarse en otra sombra. Y, en ese momento, las palomas advertían la presencia del canino, por lo que suspendían sus actividades para salir corriendo-volando lejos de su alcance.

El perro podía seguir moviéndose, una y otra vez, hasta que cayera la noche y las palomas desaparecieran y en su lugar sólo se vieran chicas cuya edad oscilaba entre los 16 y 18 años, pero que a simple vista podían pasar como universitarias, a no ser porque una mirada más aguda revelara que no llevaban morrales ni mochilas, sino maquillajes y ropas que les hacían aumentar los años y los senos.

Acompañadas también por aves de toda clase, estas palomas nocturnas revoloteaban por el parque a la espera de algo, algo que mi inexperta mirada no me permitió distinguir la primera vez que la noche me sorprendió en ese lugar y una de ellas se me acercó buscando lo que pensé era una buena conversación, y que luego comprendí de un latigazo hilvanado a unas cuantas palabras susurradas al oído:

—¿Y a dónde me quieres llevar?

Los clientes, casi todos extranjeros (turistas europeos y norteamericanos), por lo general daban una vuelta alrededor del parque, conseguían con un jíbaro algo de coca o marihuana, y terminaban llevándose a estas chicas a los moteles cercanos. Lo más seguro es que desde siempre ellas supusieran que debían salir de allí, puesto que los rumores de que inversionistas extranjeros, incentivados por la industria del turismo, comprarían las ruinosas casas de los alrededores para remodelarlas, venían acompañados de un incremento del alumbrado público y una mayor atención de las autoridades locales.

No tuvo que transcurrir mucho tiempo para que la sospecha se hiciera realidad. Con el aumento de la inseguridad, las autoridades y los inversionistas comenzaron a establecer puestos de vigilancia en las puertas de los nuevos y lujosos restaurantes y hoteles, y acto seguido las esquinas del parque fueron custodiadas por agentes policiales.

No se supo ni cómo ni cuándo se hizo el desalojo, ni siquiera si efectivamente lo hubo, o si ellas, advirtiendo las pocas probabilidades de sobrevivir en esas condiciones, partieron en busca de otra sombra; sólo se supo que una noche el parque se quedó sin palomas.

Una canción hoy - Colaboración desde Uruguay


UNA CANCIÓN HOY
Ariel Demarco

En el silencio de esta noche me encontré sin grillos, sin serenatas, sin perros, sin nubes corriendo en el negro puñal de aquella estrella.

Y el viento se enroscaba en mi techo, para acompañarme, para darme su aliento a peces y a velas extendidas entre sus cabellos.

Y un paso y otro y otro, que se cristalizan, se reproducen en el silencio de la alta noche, una música ciudadana.

Un lugar, una imagen.

Un recuerdo, una lágrima.

Un labio, un aroma.

Un encontrar, una palabra y otra y otra que me acerca a el contorno de tu cara.

Feliz el dedo destila luz,
brújula,
rosa de los vientos
en el remanso arenoso de tu espalda
y una barca
y un velamen
y una gaviota
en el sangriento nacimiento de la luna.

Vecinos Per Versos - Colaboración desde Rosario, Argentina


VECINOS PER VERSOS
Gustavo Marcelo Galliano

El documento de identidad no es falaz. En él se puede aún leer claramente, a pesar del sepia creciente de sus hojas: Nicéfora Aquilina BEDETODO.

Pero ella se había encargado minuciosamente de que casi nadie se enterase. Decía llamarse Nissette, por sus abuelos franceses, tan lumínicos como ilustrados. Según su historia, según su histeria. Y gustaba que le llamaran Niza. Fino y delicado, tan dulce y recatado. Como la vida deseada, allá de joven, en aquellas horas de carne trémula y Corín Tellado.

Desde pequeña fue educada para cuidarse de los males de este mundo, de los vicios y sus vecinos, de la lujuria y su embrujo, de los hombres y los nombres, de las voces y los roces, de la noche y el derroche, de la mirada y la sonrisa, del qué dirán y pensarían. Y fue un enorme esfuerzo, una tarea delicada, un trabajo dedicado el mantenerse pura y recta. Es que a veces por las noches, envuelta en sus frazadas, la carne le reclamaba por las ansias reprimidas. Pero su madre le había dicho que la piel es traicionera. Que si es propia es gran pecado, más aún si es ajena.

Y los rezos, y el silencio y los ojos aprisionados, rogando una oscuridad que oscurezca hasta el llanto. Y ese manto se hizo eterno con el paso de los días, y la tersura fue ave que presurosa volando le adormeció el almanaque a cambio de sus arrugas.

Fue entonces que decidió que merecía compañía. No importa si él era bello, dulce o considerado. Su madre le había explicado que los hombres eran calcados. Que se guiaban por el deseo y no piensan demasiado. Por ello debía encontrarse a alguien mayor que ella, a más años menos llama, a menos llama menos fuego, a menos fuego más calma, y a más calma más consuelo. En lo posible honesto, o al menos parecerlo. Eso decía su madre, si lo decía ella, pues debía de ser cierto.

También que fuere propietario. Un inmueble o un negocio, respaldo de futuros años. Y ella hallar trabajo, en lo posible a diario, para estar más tranquila y no deber soportarlo. “La tempestad del tiempo termina apagando la posibilidad efímera que una brasa subsista y reavive un incendio”. Eso decía su madre... por ello, debía de ser cierto.

Y así ella fue que lo hizo y se casó con Hortensio. Trabajador y callado, conservador y sumiso, pero ante todo: converso. Tan dócil y manejable como una mascota vieja, con respetable apellido y un respaldo financiero. Distancia durante el día. A la noche solo calma. Sin velos ni más desvelos. Tranquilidad en la cama.

Pero sus problemas eran otros. Eran sus nuevos vecinos. Siempre fueron los vecinos. Hoy, los de la casa de enfrente, con sus cuatro malditos críos. Todo el día que entran y salen, y su puerta que hace ruido. Que la mayor es muy aguda y la menor estridente, que el del medio es travieso y con vozarrón agobiante, y… de padres permisivos… ¡Hay si los viera mi madre!, pensaba desconsolada. Si hasta por las noches percibe unas extraña vibraciones, casi imperceptibles salvo para su agudeza, colándose por la ventana, ¿será que acaso respiran con demasiada resonancia? Malditos nuevos vecinos, siempre vienen a destrozar la calma.

¿Y los escandalosos de al lado?, lujuriosos, pervertidos. Seguramente promiscuos que jadeantes se babean. Los gemidos por las tardes se vuelven insoportables, y por las noches terrible, pareciera no se cansan. ¿Acaso es que los jóvenes siempre gozan... y no descansan?... Y a escasos cincuenta metros, “¡Dios me salve!” un colegio mixto, bulliciosa secundaria. Adolescentes que adoran comportarse como simios. Mujercitas convertidas en hembras de la jauría. Los gritos de esos imberbes que se esparcen por el aire. Sus grotescas risotadas... sus corridas resonantes... sus burdos ecos machacando las veredas, produciendo desniveles cual riscos en la pendiente. Delincuentes en potencia que los nervios le han crispado. Viciosos, maleducados.

Y para colmo de sus males, han derribado en la esquina el viejo restaurante italiano y construirán a lo breve un moderno edificio. Que de seguro será enorme, como una muralla china obstruyendo luz y el aire. Si hasta casi puede sentir el ahogo. El sofocarse de pronto. Y serán demasiadas nuevas voces, demasiadas nuevas risas, demasiados nuevos llantos. Todo ese gran gentío respirando, conversando, contaminando, dentro de esas cajitas que llaman apartamentos. Infinidad de ventanas. E infinitos pensamientos. Demasiada luz de noche, “¡qué derroche!”, demasiada sombra de día,“¿serán justos mis reproches?” Y de seguro que ahora estacionarán sus coches robándonos el espacio que nos perteneciera por años, a los antiguos, los de este lado. Se hurtan nuestros derechos, pisotean nuestro pasado. Niza suele añorar: “¡Hay si mi madre viviera!”

No termina de comprender cómo nadie se da cuenta. El por qué no se procede contra la turba infame, cómo pueden tolerar tanto desorden, tanta fanfarria. Tanta insulsa algarabía, tanta alegría por nada. No termina de entender por qué parecen felices. Ser feliz es perder tiempo, aunque el tiempo ahora no valga nada. Derrocharlo es pecado, sufrirlo es nuestro cargo.

Niza siempre está atenta. Aún al llegar el descanso; ha optado por jubilarse, no volverá al trabajo. Ahora tiene todo su tiempo para estar sola en la casa. Para cuidar de lo suyo. Para hacer suyo el cuidado. Y apostada cual vigía, parapetada y encubierta, controla a los invasores desde la trinchera de su cortinado.

Conoce todos sus horarios, los pasos y los descansos, hasta distingue los dejos de suspiros extraviados, el retumbar de tacones, el tintinear de sus llaves. Nadie podría engañarla, ella perdura atenta. Cuidándose de los perversos. Protegiéndose de los extraños. De sus vecinos. Se repite una y otra vez: “nadie debe sorprenderme”. Por ello el despuntar del alba ya la encuentra en su ventana, controlando movimientos, a los niños o los extraños. De ella nadie escapa.

Acaso sin comprender que se ha abarrotado de gula y de avaricia, de lujuria y pecado, de codicia y desidia, de maldad y de tristeza, de pensamientos extraños, de odio a los humanos. Y que el peor de sus defectos, que por años ha acrecentado, es que ante todo ha olvidado, que vida hay una sola, que soñar es algo preciado. Que la vida es mucho más simple y bella siendo cauto, y no un mal pensado. Que al buscar dobles sentidos, su soledad ha duplicado.

Mientras tanto, su esposo pasea, pasea y pasea al perro, desde hace mucho, mucho, mucho tiempo.

Si hasta ha comenzado a pensar que se ha convertido en un anciano muy, muy pero muy extraño.

La Lección - Colaboración desde Argentina


LA LECCIÓN
Ligeia

“Primero fue un grito, como si hubieran pisado a alguien. Mezcla de dolor, sofoco y carcajada. Luego un murmullo suavísimo, como el zumbido de una abeja que muere; y finalmente, un escándalo en palabras que llenaba el aire del lugar”. Marcelo Birmajer, El hombre de la llave

Tomó el frasco de la estantería y lo arrojó contra el mostrador. Encendió el mechero y colocó el tubo sobre él, inundándolo todo con un olor insoportable. Miró por la ventana entreabierta y ahogó un primer alarido. Luego, golpes en la puerta y atropellados empujones en el patio trasero. Aurora temía que el almacén se incendiase, así que llamó a los otros para que la ayudaran a contenerlo y a sacarlo del lugar.

Carlitos permanecía sentado a la sombra de una planta de kinotos, esperando que alguien lo encontrara. Y así lo hicieron: lo cargaron en andas y se lo llevaron para el destacamento de policía.

El comisario Roldán, jefe de la comisaría zonal, trató de dialogar con Carlitos, pero éste se negaba a explicar lo sucedido, más que por desconfianza, por ignorancia de los motivos que lo condujeron a hacerlo. Roldán, que no se andaba con vueltas, dijo que lo encerraran en una celda hasta “que le volviera la memoria”. Y así se hizo.

El almacén había sufrido algunos daños, pero nada era irreparable y Aurora encaró para la seccional, para intervenir en la detención. Al llegar, le explicó al comisario que todo debía haber sido una confusión, que seguramente el detenido había confundido los frascos y así habían sobrevenido las complicaciones posteriores.

Roldán la escuchó con respeto, pero lentamente le explicó que Carlitos había cometido un delito y debía “escarmentar un tiempo en la cárcel”. No hubo modo de que el policía entendiera razones ajenas, al igual que Aurora, que no pensaba irse de allí.

Carlitos era bajo, de contextura mediana, labios chiquitos y nariz ancha. Cuando tenía 23 años se había recibido de farmacéutico en la Universidad de La Plata y había intentado varias veces abrir su propia farmacia. Aurora lo quería, como se quiere a un primo lejano al que hace mucho tiempo que no se ve. Los dos estaban “pasando los cincuenta” y se tenían “el uno al otro”.

Ella estaba con la cabeza gacha, sintiendo el viento que corría desde el pasillo exterior. No hablaba, su terquedad era bien conocida en el pueblo. Recordaba cuando decidió conformar esa sociedad con Carlitos, la atracción que el ejercía sobre ella y su modo de quererlo. Roldán la interrumpió diciéndole que debía retirarse, que ya era tarde y debían cerrar la oficina; se ofreció a acercarla hasta su casa. Aurora se dejó llevar…

Dentro de la celda hacía mucho calor y con la euforia del día vivido, a Carlitos le costaba descansar. Intentó diferentes posiciones sobre el catre, pero ninguna lo aquietaba. Silbó una canción de cuna, pero fue reprendido por el oficial de turno porque no lo dejaba dormir con tanta bulla. Decidió, entonces, acostarse en el suelo. Un escozor helado le recorrió la columna y un pálido placer apareció en sus mejillas. Sentía su corazón. Sus manos abrazaban el mosaico verde y amarillo del piso. Algo lo reconfortaba y sonriendo a la noche, cerró los ojos y descansó.

Por la mañana lo fueron a buscar, Roldán consideró que, dadas las características del presidiario, una noche de escarmiento era más que suficiente. Primero fue un alarido poderoso, como esos que sólo es capaz de imponer la autoridad. Luego un chillido de bicho aplastado. Cuando se asomaron a la celda lo notaron dormido, con el rostro en posición de algún tipo de agradecimiento religioso. El comisario lo empujó con el pie izquierdo para tratar de despertarlo y mando al cabo Álvarez a buscar al médico para que viera que le ocurría al preso, si no es que ya estaba muerto. Una vez sólo en el calabozo, comenzó a maldecir a la madre de Carlitos, a la tía y a toda la familia. “¿Qué hago ahora con este fiambre?”, pensó entre medio de puteadas. Allí se le ocurrió la idea de puentear al médico y dirigirse directamente al Dr. Pérez, que le debía un par de favores pasados. Se agachó para verificar que el preso realmente no respiraba. No le dio el tiempo para más.

Álvarez regresó recién a la media hora con el médico, ya que le había costado mucho trabajo localizarlo por las urgencias del momento. Se asomó al lugar para explicarle el motivo de su tardanza. Aurora, gracias a la bondad de sus vecinas, que siempre la tenían al tanto de lo importante, acababa de dar un portazo en el frente y caminaba desquiciada hacia el lugar. Un grito la detuvo en la mitad del pasillo.

En los diarios no salió toda la verdad, sólo unas pocas líneas que repetían el parte de prensa: “Adulto de mediana edad y con antecedentes de desequilibrios nerviosos, con arma blanca, provoca heridas cortantes en el cuerpo de otro adulto, miembro de la fuerza policial”.

Aurora se quedó sola, aún espera que Carlitos se comunique con ella. Él la extraña un poco y sabe que volverá a verla. Sólo debe esperar el momento en el que Roldán haya entendido su escarmiento.

Sanando Heridas - Colaboración desde Bogotá, Colombia


SANANDO HERIDAS
Angélica Velásquez

Los pies encallados, nos cuentan historias
y los ojos cansados, dibujan memorias;
unos días de soles
y muchas noches de frío:
los derrumbes gloriosos
de nuestros intentos fortuitos;
los montes poblados
de palabras que no se han dicho.

Es entonces, cuando
el polvo invade los pulmones
haciendo una parodia interna
de nuestros dolores.
Llenando las sonrisas
de acostumbrados calambres.
Retorciendo las picadas enconadas
en nuestras intensiones

Es entonces, cuando
ese reflejo propio, te carcome las sensaciones
y te vuelve consciente del tiempo;
los minutos esparcidos en el suelo
sucios por el barro… olvidados, perversos
recobrando el aliento
sentándose por un momento
en la espina de la realidad.
Aún quedan unos años,
o unas cuantas semanas con sus días.
Aún, tal vez
se pueda hacer algo por sanar estos callos,
y las futuras heridas.

El hijo de la compañera de trabajo de mi mami - Colaboración desde Bogotá, Colombia


EL HIJO DE LA COMPAÑERA DE TRABAJO DE MI MAMI
Fernando Marquín

Algo en él siempre me había llamado la atención. Me gustaba su mirada, era tímida y distante, nunca la sostenía cuando hablaba con alguien, algunas veces parecía que le daba pena mirar a los ojos a su interlocutor, otras veces parecía que no le importaba lo suficiente ninguna conversación; fuera lo que fuera nunca miraba a los ojos por largo rato. Al comienzo pensaba que lo hacía únicamente conmigo, pero después me di cuenta que también era así con mi mami, mi papi, y con el resto de los vecinos.

Su nombre era Diego. Era el hijo de una compañera de trabajo de mi mami; era un par de años mayor que yo, y a mí al igual que a mis amigas del edificio nos parecía guapo. Vivía con sus padres en el apartamento contiguo al mío desde hacía poco más de un año. En el tiempo que llevaba siendo mi vecino sólo habíamos hablado una vez. Fue una ocasión en que lo encontré sentado en las escaleras de nuestro bloque de edificios, me dijo que se había quedado sin llaves y que estaba esperando que llegara alguno de sus padres para poder entrar, quise preguntarle por qué no iba donde algún amigo, pero intuí que no tenía ninguno, así que preferí invitarlo a pasar. Aceptó con algo de reticencia, y pasamos un par de horas en mi cuarto escuchando música y hablando menos de lo que a mi me hubiera gustado porque él era muy callado. Yo quería preguntarle muchas cosas, quería saber por qué siempre estaba solo en su casa, por qué no trabajaba ni estaba en la universidad, por qué nunca lo veía con amigos, o por qué era tan distante con las muchachas del conjunto. Quería preguntarle todo eso, pero no le pregunté nada, al final terminé sintiendo que nuestro silencio era otra forma de diálogo. Cuando sintió que alguien había llegado a su apartamento me agradeció por haberlo acompañado y se despidió. Yo quise darle un beso en la mejilla pero me contuve.

Esa fue la única vez que hablamos, a pesar de que nos veíamos muy seguido. Casi todos los fines de semana nuestras mamás se reunían en mi casa con el pretexto de tomar té, pero con la firme intención de intercambiar chismes de oficina. Él y yo también éramos invitados a las reuniones, pero sólo en el momento de tomar té porque no nos interesaba escuchar el resto de la charla.

Una de esas tardes un hecho inesperado me permitió entender lo que pasaba por la cabeza de ese muchacho que me parecía tan intrigante. Estábamos los cuatro en la sala soplando para enfriar nuestras tazas, nuestras mamás hablaban entre ellas como si los demás no estuviéramos presentes, Diego siempre tan distante sólo miraba su taza, como si nada más le importara, como si nada más fuera digno de su atención. Yo lo miraba a él, tenía ganas de invitarlo a mi cuarto, de conocerlo, de preguntarle por qué nunca sonreía, de coquetearle un poco.

De un momento a otro el crucifijo de plata de nuestra sala empezó a moverse inquietamente en su sitio, y a producir un ligero sonido cuando golpeaba contra la pared que lo sostenía, todos miramos y nos sorprendimos, y nuestra extrañeza aumentó cuando las porcelanas de los estantes empezaron a moverse ellas también, al igual que las tazas de té, y el piso sobre el que estábamos. Y entonces creo que todos comprendimos pero mi mami fue la primera en decirlo:

—¡Está temblando!

Yo inmediatamente corrí a buscar la salida, y las señoras me siguieron como esperando que las guiara. De pronto escuché a la amiga de mi mami decir:

─¡Diego, levántate, salgamos!

Entonces vi que Diego seguía sentado en la sala, había puesto su taza en la mesita y miraba fijamente el crucifijo de plata, como embelesado por el sonido que producía al golpear la pared.

─¡Diego! ¡Diego! ¡Apúrate! ─le decía su mamá con un tono de voz muy alto producto de los nervios.

Cuando vio que su hijo no respondía, y que se limitaba a mirar el Cristo de plata, la señora rápidamente cruzó la sala, lo sujetó por el brazo e intentó levantarlo, mientras le gritaba:

─¡Vamos mi cielo tenemos que salir! ¡Se nos cae el techo encima!

Con una voz tajante Diego le respondió:

─¡Suéltame mamá! ─en su rostro, a diferencia de los nuestros, no había nada de miedo, había decisión, tranquilidad, seguridad en si mismo. Con total serenidad añadió unas palabras que me sorprendieron demasiado porque irradiaban tristeza y sinceridad por partes iguales: ─¡Mamá déjame aquí! ¡No me importa! ¡Yo quiero morir!

Cuando Diego terminó su fría respuesta la tierra detuvo su movimiento con la misma facilidad con que lo había iniciado. El Crucifijo de plata se desprendió y chocó contra el suelo con un golpe seco. Un incómodo silencio se apoderó del lugar. Diego por fin se levantó de su silla, nos miró a mí y a mi mami, en su cara había una expresión difícil de explicar, como de decepción o de vergüenza, o de ambas cosas no sé. Abrió la puerta y se marchó sin despedirse.

Desde ese momento para mi Diego perdió todo su atractivo. Después de esa tarde ya no había nada misterioso en él. Era sólo un muchacho depresivo que no encontraba nada valioso en la vida, nada digno de su atención. Ahora es tan obvio todo eso para mí.

Mi mami siguió invitando a su amiga de oficina a tomar el té. Diego también fue invitado un par de veces más, pero su mamá siempre llegaba con una excusa de su parte para no asistir. Mi mami intuyó que se sentía incómodo y dejó de invitarlo a nuestra casa. No creo que regrese nunca a tomar el té con nosotras.

Bajo el mar - Colaboración desde Perú


BAJO EL MAR
Salomón Valderrama

Existir sin sentido y en el mundo perdido
la frugalidad de un tiempo vivido
en la soledad incomprendida
me compaña y me acompaña

En la vida sin motivo
en la vida sin sentido pero en la vida de un océano
de un océano escondido
un mar me reconstruye me instruye y me destruye

En el vaivén de un olvido me destruye
en la armonía de un tiempo escondido me envuelve
y en sus aguas yo me baño
como artista depravado

Siempre rebelde ante el océano
siempre renuente ante la muerte
de un mar que no es mío de un mar que no es de nadie
que está pero que estanca que acompaña pero que pierde

En una vida infinitamente corta
en una vida infinitamente nada
el hombre se vuelve olvido
el hombre se vuelve nada

Y bajo el mar se busca
se pierde y se encuentra
su vorágine se extingue y se anula
ante la arbitrariedad que es y es el mar

Al navegar con los ojos vetados
sin-conocer sin-conocerse bajo el sol sobre la tierra
sin-brújula sin-astrolabio
solo navegar en la barca cavada en la tierra

Por los que en silente silencio te quisieron
mucho antes que se anastomosaran las charcas
sobre tu olvido habrá siempre alguien que te piense
al divisar su estrella preferida en el camino

Recorriendo si es posible todo el océano
por localizar las huellas lo estimado
más allá de los linderos en la mente
alguna vez pensando navegando el océano.

Sin Huesos - Poesía de uno de nuestros fundadores


SIN HUESOS
Néstor Pedraza

Bombea, bola carnosa
no te excuses en los tajos que te surcan.
Insiste hasta el desahucio,
la sangre que te cubre
no borrará los nombres que cargas.

Eres el único lugar del universo
donde lo inabarcable cabe por completo,
pero abusaste de tus misterios
y ha venido la sangría a salvarte.

Hínchate, contráete, escurre, escupe,
no cejes en tu labor.
Mantente firme, corazón mío
hasta sobrepasar el absurdo de lo inútil.

Às Vezes... - Colaboración desde Brasil


ÀS VEZES...
Don Regueira de La Mancha

Às vezes eu sou Tarzan e grito;
mas quando sou primata, imito!

Às vezes sou o amanhã e espero;
mas quando sou o ontem, eu me desespero!

Às vezes eu duvido e sei de tudo;
Mas quando acredito, só me iludo!

Às vezes eu sou amor e canto;
mas quando sou ódio, sou espanto!

Às vezes eu sou divino e puro;
mas quando sou satã, eu sou monturo!

História De Uma Xícara - Colaboración desde Brasil


HISTÓRIA DE UMA XÍCARA
Sílvia Purper

Da mais fina porcelana chinesa,
pintada à mão, dinastia Mink;
frequentava as cortes, mãos reais,
a mais alta elite me admirava.

Um dia, num jantar, alguém tocou em mim,
tirando uma pequena lasquinha;
fui relegada à um canto, já não era perfeita.
Colocaram-me em um armário, esqueceram de mim.

O tempo passou, vagaroso, se arrastando . . .
e eu ali, no canto do armário, esquecida.
Não ouvia mais elogios à minha beleza,
ninguém sentia minha falta.

Um dia, já cheia de teias e poeira,
alguém me pegou, limpou, levou-me embora.
Outra casa, outra vida, outra época.
Classe alta, mas não eram nobres.
Fui colocada sobre a lareira, via tudo.
Crianças alegres, famílias felizes.

Eis que o destino, mais uma vez, atrapalha.
Alguém limpava a lareira, deixou-me cair.
Desta vez, quebrou-se minha asa . . .
mais uma vez, esquecida em um armário.

Depois de muito tempo, alguém, um dia,
tirou-me de lá, levou-me embora.
Novamente limpa, lavada, lugar de destaque
em casa simples, família simples.
Todos admiravam a perfeição de minha pintura,
a leveza dos traços, a delicadeza dos desenhos.
Mais uma vez eu era feliz.

Um dia, um gato perseguia um rato;
me derrubaram, pedaços por todo lado . . .
e eu, agora aqui, no cesto de lixo.
Frequentei altas rodas, festas luxuosas,
conheci todos os mundos, vi todas as pessoas.
Agora, só resta o lixo, pois não sirvo mais . . .
toda minha vida, de fausto e alegrias,
acabou-se por causa de um gato.

Sensación de Alivio - Colaboración desde Colombia


SENSACIÓN DE ALIVIO
Pablo Estrada

Cuando era chico y me meaba en la cama habitualmente tenía sueños húmedos, no de esos sexuales con poluciones involuntarias, sino auténticos sueños con agua que me regaba como lluvia o en la que me sumergía. Dentro del sueño, cuando esto ocurría, tenía una sensación de alivio que rápidamente se replegaba con la súbita invasión de la conciencia en el territorio onírico que encendía la alarma al indicarme a qué se debía mi alivio: me acaba de orinar.

Tiempo después esto se ha trasladado a la realidad.

Debido a la sanción policiva de 24 horas de arresto en escrupuloso apego a la norma que prohíbe hacer pis en la vía pública, como flagrante coerción de la sana costumbre de atender al llamado de la naturaleza y pese a la escasez de baños públicos, cada vez que por ése u otro motivo debo aguantarme las ganas de mear, al hallar donde verter mis aguas menores, tengo la más agradable sensación de alivio que pueda experimentarse.

Imagino que algo así sentirán los yonquis con el chute después del síndrome de abstinencia. O tal vez no.

Es como cuando llevas un largo y obligado celibato, evitando a la vez toda actividad onanista, y encuentras una mano amiga de alguna generosa señorita que cobra poco o nada…

Luego de la ruptura con mi novia, tras una interrumpida e inconstante relación de más de un lustro, que en todo caso fue traumática para mí, hubo un momento en que respiré un reconfortante aire de libertad: ahora podía fijarme en cualquier chica sin la limitación de mantener una estúpida fidelidad virtual a nadie.

Era como abrir la puerta que conduce a un pasillo al final del cual hay un mingitorio que se antoja más sublime que el de Marcel Duchamp después de haber contenido una meada por horas.

Sin embrago, al paso del tiempo, sin que ninguna relación nueva floreciera y el sexo comenzara a escasear, me sentí como si hubiera quedado atrapado en aquel pasillo con un puto urinario al final.

Igual, uno se acostumbra a lo que sea, al parecer. Nada más hay que pensar en qué es la celda de una cárcel sino un lugar más estrecho que un pasillo con reja en vez de puerta y un retrete al final, cuando hay retrete… ¡Ah, claro, y una litera donde te sodomiza un negro encerrado por estupro!...

A mi pasillo ready-made –con orinal al final– de no tener una relación de pareja me he ido acostumbrando. En todo caso, sigo siendo susceptible a la sensación de alivio y ya que en los últimos tiempos mi soledad se ha acrecentado gracias a la constante pérdida de amistades, no deja de ser el lado amable desde el cual ver todo el asunto saber que muchas de las veces que se ha clausurado mi relación peligrosamente amistosa con alguien siento, igual que cuando decidí cortar mi melena, como si me hubiera quitado un peso de encima.

Y, la verdad, es grato andar por ahí sin cargas que no te pertenecen, no ser el botones de nadie, y con una provisión de monedas con las cuales pagar un servicio de baño en caso de que tengas ganas de mear.

No Dormir - Colaboración desde Argentina


NO DORMIR
Santiago Bao

No dormir,
amarras, fantasmas,
zurces madre
hachazos en la luna.
No dormir,
vueltas a la noria
la cabeza hueca,
no dormir
cansancio infinito
y no dormir,
el sueño, las evasiones
se aplastan
en las ventanas abarrotadas,
truenos de micro sueños
relámpagos de micro despertares,
no dormir
no poder dormir.

Ya No Está


YA NO ESTÁ
Sofia Montenegro

Ya no está.

Sólo queda el eco de su voz dando los últimos tumbos en lo que queda del lugar. Ya su aroma se confunde con el polvo que circunda. Ya la tristeza se apodera de las ruinas para recodar que ya no está…

Ya las imágenes se desdibujan, quedando apenas los retratos que tanto añoró, ya se aferra con desesperanza a la idea loca que algún día todo volverá.

Ya sólo le quedan las pocas fuerzas que su aliento le da, su corazón esta deshecho, él ya no está.

Uma Noite Na Rua Jeremias - Colaboración desde Brasil


UMA NOITE NA RUA JEREMIAS
Clóvis Campêlo

Na realidade, tudo começara no terraço daquela casa desocupada na Rua Jeremias.

O dinheiro era pouco, muita era a disposição. Algumas latas de sardinha Coqueiro (não sei porque a insistência dele com aquela marca de sardinha), uma garrafa de cachaça adoçada e colorida com Q-Suco de morango. E haja "sangue-de-onça".

Não sei como bebiam aquela geringonça. No entanto, era o que dispunham. Depois, lá para as tantas, sempre aparecia o Aires com um cigarrinho de maconha para rebater os efeitos colaterais.

Foi assim que eu descobri Marx e Engels. Foi assim, depois da terceira dose, que ele retirou os livros de baixo do suvaco e fez as apresentações: "Isso aqui vai mudar a sua vida!"

É claro que não levei à sério. Nunca o levara à sério, diga-se de passagem. Talvez eu ainda não soubesse que a revolução se daria através de lupem-proletariado.

Mas quem se importava com isso, naqueles dias de sol. Havia todo um universo a ser descoberto e explorado além da Rua Jeremias. Isso sem falar nas xerecas das meninas que começavam a encabelar e emitir um cheiro diferente (quem sabe não era essa tal de progesterona).

Assim, quem poderia garantir que aqueles livros velhos e remendados seriam lidos. A vida era muito mais animada e interessante.

Guardei-os com cuidado, porém. Não iria fazer a desfeita de extraviar ou avariar os livros. O cara desmonstrara a maior consideração. É bem verdade que comera as sardinhas com denodo e tomara o leite-de-onça como quem bebe o néctar dos deuses. Àquela hora da madrugada, a fome se fazia sentir. Logo, logo, o dia amanheceria e a rotina da rua seria refeita.

Marx e Engels que me aguardassem. Ainda teríamos a vida inteira pela frente para nos conhecermos.

Había Un Mar Que Un Día - Claboración desde Argentina


HABÍA UN MAR QUE UN DÍA
Carlos Alberto Roldán

había un mar que un día
olvidado de sus tareas de huracanes y furia
templada su fuerza bajo un sol sereno
llegó salino a tus pies
para luego retirarse

y aunque no sea de dios ni uno solo de sus atributos
me queda silente la pregunta
cuando te veo dormir tostando tu piel
mientras el mundo gira

no será una embajada de los dioses
que te dará sus armas y algún canto
será un día trivial
en que imaginarás tu mar
y tu navío

Estação das Flores - Colaboración desde Brasil


ESTAÇÃO DAS FLORES
Luis Carlos Mordegane

Passou o tempo
abriu-se o casulo...
Desperta, livre
e altiva, voou
por sobre as flores
com a delicadeza
de suas asas multicores...
O amanhecer encantou.
Iluminou-se espargindo
brilhantes raios de viva luz
cintilando, ao tocar
a relva que o sereno
da noite orvalhou...
E assim segue
em sua liberdade
beijando o colo
das flores
sempre... e seguindo,
vai a linda borboleta
em seu bailado
por entre cravos,
rosas, tulipas,
crisântemos e jasmins.
É Primavera,
a mais bela das estações!

Tajar - Colaboración desde Argentina


TAJAR
Ime Biassoni

Sangra tu savia
la falta de amor.

Asesino despiadado
basta de restas,
te vendrá encima el horizonte
con truenos, vientos, arena
porque las ramas,
mutiladas serpientes,
perdieron su poder de sombra.
El canal gime verdes
y mientras
se agigantan marrones
por tu dominio impío
que no entiende de Dios.
La natura es tu techo
y el mío.
¿Cómo defenderla
ante tu poderío?
Deberán secarse los canales
y tocando fondo
tal vez
un cambio
tal vez
un estío.

La Piel del Jazz - Colaboración desde Bogotá, Colombia


LA PIEL DEL JAZZ
Héctor ”El Perro Vagabundo” Cediel

Los versos se desprenden de la piel de los sonidos cuando se desnudan, para sentir los labios de la brisa, recorriéndoles el cuerpo como una caricia delicada, sensual pero atrevida. Poco a poco las notas se transforman en imágenes que se aferran a los hilos invisibles que las sostienen, como sueños con alas o suspiros azules. He contemplado a los sonidos cabalgando con la pasión del fuego o de los potros salvajes, sobre la pradera de un pentagrama invisible, que recoge la memoria de ese frenesí, de ese éxtasis que brota como un orgasmo de la batería. Las baquetas desesperadas intentan arrancarle hasta el último grito de goce al redoblante; deliran las escobillas golpeando con fogoso apasionamiento los platillos y a un redoblante que me recuerda a los gritos de placer de un alma delirando y mordiéndole los pezones a las estrellas que están al alcance de las manos de sus labios. El piano gime como una hembra esposada al delirio, intentando alcanzar la cima casi imposible de la culminación del esplendor amoroso que la humedece, cuando rompe los límites normales que pueden soportar nuestros sentidos, cuando las caricias nos arrancan con una pasión irreverente y violenta, aquellas sensaciones que creíamos olvidadas o imposibles de volver a disfrutar, después de coexistir con esos absurdos y largos inviernos, que el desencanto nos obliga a vivir cuando nos condena al infortunio o se apodera de la inocencia verde o azul de nuestros espíritus.

Cuando cierro los ojos, vivo una orgía de policromáticas sensaciones de fanáticos dorados y una fantástica lluvia deliciosa de pequeñas muertes multiorgásmicas. La voluntad se extiende como una hembra desnuda, para sentir a la brisa acariciándole el cabello, el cuerpo, los senos, los pezones y ese pubis que vibra como las cuerdas de un bajo, intentando llevarle el ritmo a ese delicioso apareamiento entre las almas y los fantasmas que nos acompañan o que se han convertido en nuestros Ángeles de la Guarda. Me fascina contemplar ese instante en que las alas de las notas las ponen a navegar a la deriva; mientras la realidad se transforma en una fiesta de sonidos, en un carnaval para los sentidos. Todas las bandas poseen sus propios estilos y demonios. Aquí los elementos se abrazan con esa placentera y dulce irreverencia impúdica, que sólo las trompetas y los contrabajos conocen, porque he llegado a creer que una mujer apasionada como el carmín ígneo de los púrpuras es la mejor metáfora de ellas, cuando son esculpidas por las manos o los lengüetazos del fuego pagano. ¿Será al contrario? Un trombón siempre será la reencarnación de las sombras de una pareja de amantes sobre el espejo voyerista y eunuco, que los contempla sin expresar la más mínima sensación y sin juzgarlos en lo más mínimo; simplemente los mira y se los come con la vista como un mirón cegato o un prudente celestino. Se penetran una y otra vez, como perros o bestias en celo. Una y otra vez, otra y otra vez, al ritmo de los gemidos de las notas, que se muerden los labios con desespero, se comen hasta la raíz las uñas con angustia, con rabia ante la impotencia de no poder un poco más. Es como si desearan ir más allá de las estrellas o unos pasos más allá de la cima del delirio o de un grito rojo, cuando a los cristales se les destemplan los dientes por morder el filo de un cuchillo o las cuerdas de la guitarra eléctrica. Siento gatos copulando sobre el tejado. Me encanta que nos ignoren y armen una fiesta donde el amor es su principal invitado. Fiesta de trópico y de delirantes soles, bacanal desenfrenada de escandalosas imágenes. De nubes verdes, de centellas que se desprenden evaporando las gotas amargas que estaban suicidando mi alma. Siento un carnaval donde la alegría baila sin máscaras carnales y desfila todo un jolgorio jubiloso de extrañas sensaciones por los laberintos de mis venas. Desearía poder besar una vagina con la misma pasión de un solo de trompeta. Quizás el amor sea un drogo trompetista como el Dios en el que creo y al que le atribuyo toda la demencia de la locura con la que convivimos; o tal vez sea un flautista de sentimientos, un percusionista capaz de arrastrar nuestras tristezas, para sepultarlas en el olvido.

Ahora las ciudades tienen su propia voz, su propio canto. Aquí se amalgaman todas las expresiones de los sentidos y de los sentimientos. A veces me siento en un carnaval nudista de blancos y negros, más embriagados que una cabeza con cinco botellas de ron y por qué no, embrujados por esa rumba que nos permite escapar de esa absurda realidad que nos apresa dentro de paredes invisibles, que nos condena a destinos absurdos, a vagar como barcos ebrios a la deriva o al vaivén de una morbosa voluntad invisible, que escriben las rutas que deben tomar nuestros destinos, por haber ofendido a Changó con la danza de las sombras de nuestras desnudeces.

Qué importa que no podamos interpretar todos los sonidos de la vida. El hoy y el ahora también tienen su propia música y cada instante improvisa sus propios versos. La felicidad de los negros siempre se transformará en una deliciosa y sensual fiesta. Sabrosa como una hembra con salero moreno, con sabor a intimidad, a fatiga de entrepierna entrecruzada o a una fiesta de piernas abiertas. Aquí la imaginación se goza con una licencia, que le permite crear con las manos libres o como si leyéramos con los ojos vendados partituras invisibles. La imaginación vuela desesperada como un pájaro intentando huir o un amor intentando entrar dentro de un corazón, atragantado con un nardo que lo asfixia, hasta alcanzar la inconsciencia.

La tarde se ha bañado con deliciosos sonidos, es como si el saxo se hubiese empeñado en regalarle versos patinados de amor, hasta embriagarla para acceder más fácil a sus favores. Nunca he podido saber, aunque he intentado adivinar, cuántos decibeles alcanzamos a resistir antes de expresar el primer gemido o caer noqueados. Me fascina observar cómo copulan los sonidos con pureza y armonía, con una respetuosa irreverencia con los sentimientos y esas notas que se desprenden de la cordura gracias al delirio de las cuerdas de las guitarras y de los ecos de los tambores de la batería que delira como una sacerdotisa del vudú o una princesa Masai, bañada con la sangre del amoroso holocausto.

Un recuerdo nostálgico de New Orleáns, San Luis, Nashville, de Missouri, Mississippi o Luisiana, sobrevivió como una sombra sobre nuestras almas.

Hasta el Final - Colaboración desde Argentina


HASTA EL FINAL
Hugo Mujica

vi un perro negro muerto
en la calle,
aplastado en medio de la acera, manchado,
porque nevaba.

vi la vida, allí mismo,
y no había más que eso: la coartada
del inocente: pagarlo todo.

sentí en la nieve la vida y me vi morir
como un animal que se resiste
hasta lo último

hasta el deseo de ser rematado,

hasta el gemido final,
el que pide perdón por todo crimen ajeno:
el que perdona a dios.

Informe al Atardecer - Colaboración desde Aldea Brasilera, Argentina


INFORME AL ATARDECER.
Alfredo Ariel Carriò de la Vandera

Arrojados del sol finalicemos el día.
No conviene prolongar las sospechas
ni los devenires ocultos.

Aquel latido sí. Intentemos.
Tu maravilla oculta para regar infiernos de verdad.

Preparemos una desesperación diferente
con alimentos de colores
y con frecuencia de utópicas alas.

Siento ventanas que andan por las calles
atrapando risas, gestos .

Porque aquella siembra vieja es la cuerda de un reloj
que hace deslizar lloviznas tercas.

Entonces suicido los teléfonos,
los expedientes y el pulgar tramposo de los justos.
No es en vano.
Es indispensable despedirse a tiempo.
Enroscar la calidez de los sueños
y hacer un circo de verdad ya sin trapecio.

Porque hay profundos rincones con canarios y silencios.

En el último cuarto de la hectárea
comprobé el nacimiento de tenazas feroces,
candados, alambres, rejas, y un pequeño calor.
Húmedo. Seco.
Ahora,
hay que guardar los animales,
viene tormenta, mi amor .

En aquel galpón encontré tu sonrisa
y el viento de abandonados campos. Lejos.
No perdamos el asombro de la vida juntos.
Existe una rutina de geranios encontrados,
y una araucaria que no recuerdo .

Con la atlética historia del pan:
Dormiremos.

Lo que Queda - Colaboración desde Bogotá, Colombia


LO QUE QUEDA
Norma Pasto

El peso de los recuerdos de ocho años, el dolor de un final, un ajedrez que cuenta historias, una cama que guarda secretos y que se quedó sola, una silla damnificada de un juego de sala que no conocí, un escritorio que se está haciendo mi amigo. Julio Cortázar, García Márquez y Luis Carlos Restrepo hacen inventario de mis hojas en blanco y animan a mi Bic transparente a que dispare sentimientos.

Dos paredes pintadas de esperanza y dos de magia, una ventana sin cortina para que la luz de los sueños pase con toda libertad, y permita distinguir lo premonitorio del horizonte, donde tengo fija la mirada; apretando los dientes para que esta vida no se me desencaje mientras pasa la próxima ilusión para colgarme de ella y retomar el rumbo de esta aventura por el mundo, por la gente, a través de mi.

Me dispongo a dejar lo que queda de ti en el papel. Tal vez no por última vez, seas el motivo que me lleva a escribir, pero esta vez es diferente. No se trata de desprenderme de tu aliento o despedirme de tu olor o de la sensación de tenerte, sino soltar ese delgado hilo que me une a ti, es dejar de creer, de recoger todos los quizá, de enterrar todos los tal vez. Es verte desvanecer irremediablemente hundida cada vez más en un simple recuerdo, dejando de ser real, de ser vida; dejando de ser esperanza.

Me siento a mirar como tu lugar lo va llenando la nada; ni siquiera una nueva esperanza o una mentira momentánea para asimilar que ya no eres parte de mi.

No estás reducida a una simple terapia de tiempo: ayer y hoy, pasado y presente. De forma natural te desvaneces como un copo de nieve bajo un rayo de sol, sin la mínima lucha empiezas a ocupar un lugar al lado de las canicas, un trompo, un yoyo y las cartas de amores que nunca lo fueron.

Momento III - Colaboración desde Argentina


MOMENTO III
Teresa Leuzzi

Seres dulces, quise darles mariposas
sus alas a tus manos analfabetas de ternura
ternura quise poner en vez de puñales
a esas manos llenas de rudeza
palabras, sólo la fuerza de ellas podrán
borrar la aspereza sin tibieza de otras ternuras
ternura como rosas, perfumes del alma
mostrarte el sol, con su brillo, colmarte
esos años con su calor, con su luz
seres dulces, ustedes no han perdido...
nosotros no hemos ganado.

Cosas de Hermanos - Colaboración desde Israel


COSAS DE HERMANOS
Yossi May

Me permito suponer de acuerdo al comportamiento actual de los grupos sociales, que fue expulsado del judaísmo porque se casó con una mujer de otro pueblo.

Aún en el mismo libro Génesis, el primero de los 5 libros que componen la Biblia (hasta este mismo Word está bien educado, cada vez que escribo Biblia, automáticamente pone la B en mayúscula, ahora para comprobar mi teoría estoy por escribir una palabra que comienza con d y estoy convencido que la escribirá solito en mayúscula……… dios, no!!!! Dios mío fallé, no falle en la primera, hubo un fallo del programa y no mío…).

Como decía en el libro Génesis, unas páginas más adelante aparecen otros dos hermanos famosos, sin hermana, Esaú y Iaacov. También ellos hicieron historia y qué historias. Obviamente el feo y el lindo siguen teniendo su lugar pero ya se hace más compleja la imagen, el feo también huele mal y supuestamente es peludo. Seguramente Freud ya se ocupo del complejo de Edipo entre Iaacov y su santa madre. La colaboración de ambos ha traído varias cuestiones al mundo moderno, por ejemplo el feo, peludo y mal oliente vendió la primogenitura por un simple plato de frijoles, cuando volvió sin haber logrado cazar nada. Se me ocurre pensar que recibió un plato de frijoles que le sirvió la madre, yo lo encuentro más que natural, pero seguramente brindó la primogenitura para recibir una pizca de amor de su madre, sin duda celaba a su hermano.

Si tal como pueden imaginarse también Esaú se caso con una mujer de otros pueblos y esa fue la razón por qué la madre optó por darle la primogenitura al segundo hijo, pero la bendición como tal la debía dar el padre. Un pequeño engaño y sin saber la verdad el anciano y ciego Isaac bendijo a su hijo menor como primogénito, aunque como dice el libro, él prefería a su hijo mayor y también sospechó de la cama que le hicieron. Considerando la astucia de la madre supongo que desde entonces el judaísmo pasa por el vientre de la madre.

Pero desde entonces también encontramos que es legítimo engañar para obtener los objetivos deseados. Cualquier político actual no es más que un Iaacov en potencia, poniéndose una piel de cordero, es decir todo tipo de promesas, engaña a su ciego pueblo (Isaac).

Prestemos atención a otros dos hermanos famosos Moisés y Aarón, ellos en realidad también habrán tenido sus conflictos pero definitivamente compartieron el liderazgo y los dos ocupan un lugar privilegiado. El primero que fue criado en el palacio del Faraón, en realidad se comportaba como un rey, el segundo fue un líder que surgió de las bases, lo que se dice un líder popular. Como es visto secundario en relación a Moisés (algo así como Raúl en relación a su hermano Fidel), tampoco sé mucho de él, pero es considerado el primer sacerdote del pueblo judío y de ahí que cada uno que se llama cohen, kogan y nombre semejante con certeza puedo decir que tiene el mismo ADN que aquel mitológico personaje. Las investigaciones llegaron a tal punto que descubrieron una tribu en África, cerca de Sudáfrica que tiene el mismo ADN.

Moisés en cambio se sabe que no llegó a la tierra prometida por haber tenido algún acto de desconfianza hacia Dios. Sencillamente se murió a los 120 años de edad, antes de cumplir su cometido. Es un importante personaje e hizo mucho por el pueblo judío, siendo un joven príncipe egipcio liquidó a un soldado egipcio que maltrataba a un esclavo judío, luego condujo el motín y el subsiguiente éxodo que hasta hoy festejamos en la pascua. A diferencia de Caín y Esaú no se le puede acusar de haberse casado con una buena chica de otro pueblo, pero es un hecho que lo hizo y aun antes de haber conducido el susodicho motín.

No dudo que estas cuestiones de aceptación del uno por el otro, por un grupo, una colectividad, una tribu, no son sólo cuestiones que se dan entre los judíos, pero todo esto esta tan documentado que es muy fácil profundizar y encontrar buenas razones para sacarse la paja del propio ojo, eso escuché hoy y me gusto...

Alter Ego Delincuente


ÁLTER EGO DELINCUENTE
Julio Fernández Peláez

No es broma. Trato de poner el contrato de la luz de mi propia casa a mi nombre, para tal asunto llamo a un 902, un número no gratuito de una conocida vendedora de luz a domicilio.

Todo va bien en los trámites con la operadora real después de unos 25 minutos de tránsito entre diferentes tipos de voces mecánicas. De pronto, la mujer que está a otro lado de la línea me da una terrible noticia: No podemos poner el contrato a su nombre porque tiene usted una deuda pendiente. ¿Una deuda, yo?, eso es imposible, es la primera vez que les contrato. No, una deuda, sin especificar, que sobrepasa los límites aceptables. Acuda a una agencia en temas de morosidad y resuelva la deuda que tiene contraída, después vuelva a llamarnos. Cuelgo abatido el auricular. No puede ser, por más que fuerzo mi memoria no recuerdo ninguna pella. Hace años que no me ponen una multa de tráfico y cuando esta recae en mi vehículo sin que yo lo sepa descuentan bajo procedimiento de embargo el importe de mi sufrida libreta de ahorros. La hipoteca no puede ser pues la vivienda en cuestión la heredé de mis padres.

Repaso todas mis posibles incidencias vitales, por fin hallo una raspadura a mi expediente. Sí, tiene que ser el asunto con aquella compañía telefónica a la que di mis datos bancarios y ellos trataron de estafarme endilgándome un servicio de telefonía móvil en un área montañosa y en la que se colaba la homóloga francesa. Para colmo me robaron el móvil sin apenas usarlo. Fueron 24,80 euros que no pagué, por supuesto, pues consideraba que no había llegado a usar el servicio contratado, y no por mi culpa.

¡Ahora en una lista de morosos! ¿Pero cómo había llegado la empresa hidroeléctrica a saberlo? Por cierto, si la empresa manejaba ese dato es que todas las empresas estaban al tanto. De hecho, cualquiera que quisiera tener informes sobre mi persona podría obtener la siguiente respuesta: No le contrate, es un moroso. No le atienda, es un moroso. ¡No le preste!, es un moroso. Maldigo a la compañía telefónica por haberme hecho esto por tan sólo 24,80 euros, pero enseguida recapacito: Si unos a los otros se pasan información privada de terceras personas, quizá no sea por prevenirse contra grandes estafadores como yo, pues está claro que cada caso es un caso, y puede pasar que uno deba incluso lo que otros no han pagado. Parece más bien, que se trata de un acto de lealtad entre afines, incluso entre los mismos, telefónicas, bancos, hidroeléctricas, una hidra que esconde sus cabezas bajo el cuello de su camisa.

Llamo de nuevo a la compañía y amablemente les digo que quiero poner el contrato de la luz de mi propia casa que pago con mi propio dinero, a mi nombre propio.

Les doy un nombre con DNI que he tomado de Internet tecleando al azar Juan y documento. A continuación les doy las señas de mi vecina, que amablemente me dejó este verano las llaves de su buzón para que le recogiera la correspondencia. Todo cuela y a los pocos días recibo la documentación, la devuelvo falsamente firmada y un problema menos.

Ahora la luz está a nombre de una persona desconocida, la cual no sabe que yo pago los recibos por él. No es que en un futuro vaya a dejar a este inocente en una lista de morosos. De hecho soy consciente de la total falta de honorabilidad que pesa sobre mí.

He de andarme con cuidado, pues si ocurriera que la luz que me venden es de tan baja calidad que un buen día se corta y otro día también, quizá me vea en la tentación de no pagar, aunque tenga que localizar al dueño del número de identidad de mi contrato para pedirle disculpas y rogarle encarecidamente que sea solidario conmigo y no me delate, esperando que entienda la ética de mis actos, pese a ser ya, como soy, un delincuente.

El Poeta a la Libertad


EL POETA A LA LIBERTAD
Orlando Santana Cabrera

Para Jeanne Elise, libertaria al borde de un abismo de anarquías creado por mí

¿Vas a bordo de ese velero blanco
que cruza la bahía esquivando
las sombras de las gaviotas sobre las olas?

¡Quisiera conocer tu rostro, oh Libertad,
pero sólo eres una palabra ampulosa,
una estatua que el viento sacude y desmorona,
una ilusión que estremece el corazón de los hombres,
un calcinado engaño de milenios
sostenido con los puntales de la ignorancia y del miedo!

¡Aunque cruzara la dorada línea del horizonte,
no te hallaría, jamás pisaré tu orilla imposible!

¡No hay ni un solo hombre libre en el mundo,
pero ese que se asoma a la ventana es un soñador:
con la mano apoyada en la mejilla sueña que es un mirlo,
y de pronto, desesperado, se arroja al vacío!
¡No podrás recogerlo sobre tus rodillas de arena!

¡Tu antorcha la apaga la más suave de las brisas,
oh Libertad! ¡Anda errante el hombre por la tierra
sin saber adónde dirigirse, el anhelo de encontrarte
es una locura, un sueño vano, un destino sin asiento!

 
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