julio 13, 2008

Desahogo - Colaboración desde Bucaramanga, Colombia


DESAHOGO
Marco Antonio Cala Acevedo

Tuve un día terrible en el trabajo. Tremenda discusión con mi jefe, maldito petulante. Firmar un contrato con cualquier compañía, implica hipotecar el orgullo por el tiempo que dure el mismo. Mi jefe, millonario, sin contemplaciones; un cabrón millonario al cual sólo le interesa incrementar su fortuna. En todo caso es alguien en la vida. Alguien más importante y reconocido que yo, un simple empleado que tiene que aguantarse todas las humillaciones, obligado, sin opción distinta, debido a la mujer y los hijos que debe alimentar: qué patética es la vida.

Mi mujer sirvió la comida y me comentó que Carlos, el menor de mis hijos, había reprobado el año escolar, que su profesor titular en la entrega de notas le dijo que mejor hablaban de las materias que no perdió, para no demorarse toda la mañana.

Otra desgracia. Con lo que costaba pagar la educación de mis hijos, me exasperaba que les importara un culo perder el año. Me preguntaba ¿es que no se dan cuenta de la manera en que me sacrifico?

Comí y decidí sacar los perros a caminar. Yo lo precisaba, salir de la casa para despejar la mente con una caminata nocturna que tanto mis perros como yo ansiábamos con desespero. Lo reconocía en sus caras, sus ojos pedían a gritos salir a aliviar tensiones. Mi mujer no los dejaba salir del patio. Durante la semana había llovido casi todos los días, y tuvieron que buscar refugio en el pequeño espacio adaptado debajo del lavadero, donde dormían. Les puse los collares, me despedí de mi mujer que nada me respondió, y salí a la calle a buscar el desahogo. Cuando lo divisamos, los tres, estoy seguro, sentimos lo mismo, estábamos comunicados de forma cósmica, un pensamiento homogéneo, sabíamos que era el elegido. Al pasar por su lado me pidió que le regalara dinero, que no había comido en dos días, se quejó. Yo sabía que no había comido, los bazuqueros poco se alimentan, poco necesitan de la comida como precisan de la droga. Olía a mierda, pletórico de mugre, ojos desorbitados, le faltaban muchos dientes, vestigio humano que nadie recordaría, un ser por el cual nadie movería un dedo. Excepto yo, y mis perros.

Me aseguré de que ningún chismoso estuviese detrás de la ventana de su casa a las once de la noche, la calle desértica, el silencio total. Él esperaba ansioso que le diera dinero, metí la mano en el bolsillo y saqué un billete de diez mil pesos, se lo di y vi su cara de incredulidad, felicidad, no sé, las dos. Que Dios le pague, me dijo, y cuando se retiraba, seguramente a comprar más bazuco, di la orden a los perros. Esa orden que tanto esperaban, que representaba sus delicias y las mías también.

Todo sucedió muy rápido. Siendo alguien frágil, ya desgastado por el excesivo consumo de bazuco, no opuso mucha resistencia. Los dientes de Tyson aprisionaron su cuello al tiempo que Diablo le mordía con furia un brazo que, a propósito destrozó. Yo observaba la ejecución, la adrenalina y no sé qué otras sustancias producidas por mi cuerpo me llevaron a la máxima excitación. Mis perros también estaban emocionados. El cuerpo del indigente, ya sin vida, yacía sobre el pavimento frío. Pensé que debí haberlo dejado fumarse un último bazuco antes de morir. En todo caso, seguramente sintió la misma euforia causada por la droga, la paranoia, el mismo miedo helado y macabro que deviene de fumar bazuco, sus ojos de terror (el cuerpo quedó con los ojos abiertos) así me lo corroboraron. Recogí el billete de diez mil y me fui. Antes de entrar a mi casa me acerqué a la llave que está en el jardín y lavé la sangre que mis perros tenían en sus caras. Ya podíamos ir a dormir tranquilos. A la mañana siguiente tendría que levantarme y ver otra vez al idiota de mi jefe, al ser desesperante en que se había convertido mi esposa, a los vagos de mis hijos, quienes extrañados (todos ellos) sintieron intriga por la calma que demostré, sin saber que me había desahogado del estrés que soportarlos me produce.

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