julio 13, 2008

Eres una niña rara


ERES UNA NIÑA RARA
Wilson Guillermo Díaz

Brillantes, Brillantes
Botas de cuero la niña
Del látigo en la oscuridad
Viene con cascabeles,
Tu esclavo, no le abandones.
LA VENUS DE LAS PIELES


... Así que Enit pesquisaba entre la estantería de la librería, Pequeñas Criaturas.

Sus botas de siete suelas marcaban el territorio en la montaña de revistas viejas. Me observaba con la voracidad con que mira un animal raro.

El pulso me brincaba a mil, los nervios los tenía invertidos, escalofrío debajo de la degolladura y un tartamudeo azotando mi lengua entre el cortador que tenía careado.

En la profundidad del titubeo que Enit me causaba, en mi opinión era atractiva, algo artista, lúbrica con su peinado en pico y de colores chillones.

Al principio me rehusé al ir a su encuentro, pero sin darme cuenta no sé por qué razón ya me encontraba encarcelado a su lado, quizás fue el hechizo del mal de ojo que mostró al acariciar el afiche de la banda Los Ramones.

El aroma que exhalaba su camiseta rota, me produjo un ataque de nausea, pero por algo dicen que somos fieras de costumbres; su espalda emanaba un sudor en celo y un tatuaje de cráneo podrido con cadenas oxidadas caía con el incisivo del diente de metal por su columna vertebral.

No espere ni un segundo más y le hable.

—Hola, me llamo Kevin, persigo exasperadamente Secretos De Mutantes, de editorial siglo del hombre.

—¡Yo soy un mutante!

Reí con nerviosismo, pero luego me contuve para no acribillar su distintivo.

—A los Punkeros nos da humo en las narices que zumben en nuestra cara —vociferó Enit.

—Perdón nena, no deseaba hacerlo.

—No importa ya lo hizo, además no tengo ganas de patear su trasero.

—Pero, cual maldito trasero si ni siquiera tengo. Te aseguro con certeza, que me robaron ese recto crédito.

—No sea imbécil, si sigue respondiendo de esa manera me aplastaré a cagarme de risa.

—Y usted no sea tan ácida.

Ansió entender su nombre y luego…

—Enit.

—Enit ¿qué?

—Finja un apellido, pero que no sea extenso, me fastidia y a la vez se me haría un nudo porque uso frenillos.

—Enit Punk.

—Me agrada, y se amolda a mi dibujo de devanarme los sesos.

—Enit, ¿por qué no usa collar de perro en su cuello?

—No es mi moda, la conexión del collar va dirigido a los Punks que caminan por ahí paseando a sus novios y novias con un collar de perro. Perro amor londinense del setenta y siete, romanticismo Punk. Y yo no poseo ni una aguja de romántica.

—Yo pienso todo lo contrario, a tu manera pero la tienes.

—Debo consumirme.

—A dónde.

—No le debe importar, además no di en la vena el libro que rastreaba.

Se fue abandonando con su cresta, gatuñando al silencio.

—Espere Enit, no se vaya, quiero conocerla.

—¿Lo expresa en severo?

—Mi parla es corrosiva, orinaré sus palabras; no quiero mojar su intelecto.

—¿Cual estúpido intelecto? Sólo me intereso en la poética del desenfreno, la locura, la muerte que me espera en la esquina, pero yo le hago pistola.

—Deje que la acompañe.

—Entonces ¿a que vino a la librería?

—A conocerla.

—Está usted corri… Acompáñeme a buscar Punto Rojo.

Salimos de la librería sin pronunciar palabra, tan sólo caminábamos, yo me sentía atrapado en un mundo de mutantes, pero a la vez me excitaba.

Con Enit a su lado estaba encadenado.

A media cuadra decreté hablarle. Sus labios empezaron a tararear el fragmento de una canción de Reed el padrino del Punk que hizo que me atascara la boca.

Espero a mi jíbaro.
Nena no chilles/cariño deja de berrear.
Ya te he dicho que saldré adelante.
Me siento bien/ OH, me siento de maravilla.
Hasta mañana, pero ya será otro día.

Estoy esperando a mi jíbaro.

La lectura que había estudiado muy comedidamente la noche anterior, se me presentó bajo la tarde fría en el azul infinito. Michel Foucault y Johnny Rotten antiguo cantante de los Sex Pistols icono de la cultura Punk.

Charlaban:

—Existen dos significados de la palabra sujeto, Johnny.

Sujeto a alguien por el control y la dependencia, y sujeto ligado a su propia identidad por una consciencia o autoconocimiento…

Johnny sopesa cada una de las palabras que Foucault lanza seca y decisivamente, pero no lo ve a los ojos. Le interesa más mirar hacia adentro, al vacío.

—Ambos significados sugieren una forma de poder que subyuga y crea sujeto para… ¿entiendes? —el caos era mi filosofía, dice Johnny lentamente mientras estira su pelo rojo, grasoso y enmarañado, formándose dos pequeños cuernos: no tener normas.

Foucault mira lo que Johnny ha hecho con su cabello.

—Si la gente empieza a construir muros a tu alrededor —dice Johnny con vehemencia—, rómpelos y construye algo nuevo.

Los dos hombres se mirar por un instante. Tras el ceño fruncido de Johnny y la atención extrema de Foucault, empiezan a esbozarse dos sonrisas.

Al reflexionar en la lectura y a la vez de la presencia del mutante que tenía al frente, mi corazón tocaba brutalmente la batería en la frase de Johnny “no tener normas”, la mosca de mi aventura giraba triangular sobre el tímpano de una de mis orejas; el fantasma de Foucault levitaba con su calva debajo de mi barbilla, manoteaba en el interior del discurso al sujeto. ¡Construir algo nuevo Kevin!, si era un secreto a voces. Pero un tétrico frío amenazaba mi rodilla izquierda con hacerle una zancadilla. Reaccione y continué con mi conversación mutante.

Las botas de Enit aplastaban los charcos, las latas de cerveza o gaseosa que tropezaban con la punta acerada quedaban adelgazadas a moneda. No me atrevía hablarle y me avinagré sobre la mudez del dialogo.

La oscuridad empieza a despertar, Enit salta a patadas por el eje ambiental, me observa con canibalismo y sonríe. Me agarra de la mano al rincón más oculto del tiempo, me besa con frenesí, aúlla intentando arrancar mis labios, apuñala mi lengua con el chuzo de su pircing; se calma, y luego arremete su mirada animal en mi cuello. Enflaquece la manzana de Adán, me lambe y grita a mi oído: ¡Qué podrida es tu pera de Caín!

Examina con su mano de telaraña mi presa, retrocedo pero ella insiste.

—Antojo palpar tu baqueta crioja.

Lo intenta de nuevo, pero la locura al instante baja la cabeza a otro deseo.

Destroza la camiseta, exhibiendo sus senos redondos y firmes. El pezón perforado, se abalanza, —besa mis senos, muerde mi punta, deseo sentir tu pasión —exclama. Muerdo, estrujo, vaticino al Dios Punk. Después Enit aparta mi cabeza; enclava su mano izquierda por debajo de la falda y aparece en la palma de su mano la cuchilla.

—¿Qué va hacer Enit?

—Hacer arte Punk.

Se corta tres costillas, su viva sangre recorre la cintura. Ella sonríe, luego se corta la punta de la lengua y empieza a gritar a todo pulmón: —Sid Vicious tallaba sobre su pecho, otros, abrían pequeñas ventanas en sus cuerpos y miraban a través de ellas, perplejos de dolor, angustia o realismo. Un reclamo vital.

Su extraña consigna era “discurso sin acción es igual a cero”.

Me lanza un beso ensangrentado en mi hombro, saca un papelito fucsia y me lo entrega a empujones entre mi boca. Logra distanciarse dándome la espalda, el cráneo podrido me observa con asco. Tan sólo abrigo su sombra entre mis dedos. Saco el papelito de mi boca buscando la respuesta. Un fragmento de la canción Venus de las Pieles.

Besa la bota de cuero brillante.
Cuero brillante en la oscuridad.
Lame las correas, el cinturón te espera.
Golpéale querida ama y cura su corazón.

Y al final de la hoja la concatenación de su oración:

MUTACIÓN
Cuéntales Kevin, cómo
rezamos gritando,
háblales Johnny, de la
carga de la mutación.
“El grito de la mariposa”

Al día siguiente inspecciono la biblioteca para hallar su rastro, una inabarcable melancolía se avecina en el desembarcadero de mis ojos; su rostro deambula en la herida de mi lengua, mi rodilla intercepta una caja donde cae un libro descuadernado llamado Pequeñas Criaturas. Lo hojeo incansablemente sobre la butaca para luego escribir encima de su autor Rubén Fonseca la dedicatoria a Enit “Eres una niña rara” y al lado de la hoja que se declinaba en un rasguño de polvo mi nombre: Johnny tu esclavo.

Desaparezco de la librería tratando de alimentarme con su recuerdo, con la satisfacción de que si alguna vez Enit frecuenta la librería, no deje de escudriñar en la caja más olvidada, porque lo que buscaba primero se me apareció como premonición de un viejo Punkero que transitaba en décadas de locura las calles de la autocreación.

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