mayo 25, 2006

El Ojo del Gato - Georges Bataille


EL OJO DEL GATO
Georges Bataille
(1928)

Fui educado solo y, hasta donde recuerdo, siempre me apasionaron las cosas sexuales. Cerca de dieciséis años tenía yo cuando conocí a una joven de mi edad, Simona, en la playa de X… Nuestras familias se encontraron un parentesco lejano, cosa que precipitó nuestras relaciones. Tres días después de conocernos estábamos Simona y yo solos en su casa, vestida ella con un delantal negro y un cuello almidonado. Empecé a adivinar que compartía mi angustia, tanto más fuerte cuanto que ese día estaba desnuda bajo el delantal.

Llevaba medias negras de seda sujetas por encima de la rodilla. Todavía no había podido verla hasta el culo (ese nombre que empleaba con Simona me parecía el más bonito de los nombres del sexo). Me limitaba a imaginar que, levantando el delantal, le vería el trasero desnudo.

En el pasillo había un plato de leche destinado al gato.

—Los platos están hechos para sentarse —dijo Simona—. ¿Quieres apostar? Me siento en el plato.

—Apuesto a que no te atreves —respondí yo, sin aliento.

Hacía calor. Simona colocó el plato en un pequeño banco, se instaló ante mí y, sin desviar los ojos de los míos, se sentó mojando el trasero en la leche. Me quedé algún tiempo inmóvil, temblando, con la sangre en la cabeza, mientras ella observaba mi verga dilatando el pantalón. Me acosté a sus pies. Ella ya no se movía; por primera vez vi su “carne rosa y negra” bañada en leche blanca. Permanecimos largo tiempo inmóviles, tan ruborizados el uno como la otra.

Ella se levantó bruscamente: la leche resbaló por sus muslos hasta las medias. De pie por encima de mi cabeza, se secó con un pañuelo, poniendo un pie sobre el pequeño banco. Yo me frotaba la verga, agitándome en el suelo. Gozamos al mismo tiempo, sin habernos tocado el uno al otro. Sin embargo, cuando entró su madre, me senté en un sillón bajo y aproveché un momento en que la joven se acurrucó en los brazos maternos: levanté sin ser visto el delantal, pasando una mano entre sus cálidos muslos.

Volví a casa corriendo, ávido de meneármela aún más. Al día siguiente, tenía ojeras. Simona me miró, escondió la cabeza contra mi espalda y dijo: “No quiero que en adelante te la menees sin mi”.

Así empezaron entre nosotros relaciones de amor tan estrechas y necesarias que rara vez estábamos una semana sin vernos. En realidad, nunca hemos hablado de ello. Comprendo que ella experimente en mi presencia sentimientos cercanos a los míos, difíciles de describir. Recuerdo el día en que íbamos en coche muy aprisa. Atropellé a una joven y hermosa ciclista, cuyo cuello quedó casi partido en dos por las ruedas. La contemplamos muerta largo tiempo. El horror y la desesperación que se desprendían de aquellas carnes, en parte repugnantes y en parte delicadas, recuerdan el sentimiento que experimentamos al conocernos. Simona es simple habitualmente. Es alta y guapa; nada hay desesperante en su mirada ni en su voz. Pero es tan ávida de lo que perturba los sentidos que la menor llamada confiere a su rostro un carácter evocador de sangre, de terror súbito y de crimen, de todo cuanto destruye irremediablemente la beatitud y la buena conciencia. Vi por primera vez esa muda y absoluta crispación –que yo compartía– cuando puso su trasero en el plato. Rara vez nos miramos con atención sino en esos momentos. No estamos tranquilos y no jugamos más que durante breves minutos de relajación, tras el orgasmo.

Debo decir aquí que estuvimos largo tiempo sin hacer el amor. Aprovechábamos las ocasiones para entregarnos a nuestros juegos. No carecíamos de pudor, muy al contrario, pero una especie de malestar nos obligaba a desafiarlo. Así, al instante de pedirme que no me la menease solo (estábamos en lo alto de un acantilado), me quitó los pantalones, me obligó a tumbarme en el suelo y, levantándose la falda, se sentó sobre mi vientre y se abandonó sobre mi. Le metí en el culo un dedo aproximándolo a mí, que mantenía la cabeza a su nivel.

—¿Puedes hacer pipí en el aire hasta el culo? —me preguntó.

—Sí —respondí—, pero el pis te mojará el traje y la cara.

—¿Por qué no? —dijo ella, y la obedecí; pero, en cuanto hube terminado, la inundé nuevamente, esta vez de leche blanca.

Entretanto, el olor del mar se mezclaba con el de la tela mojada, el de nuestros vientres desnudos y el de la leche. Caía la tarde y permanecíamos en aquella posición, inmóviles, cuando escuchamos pasos que aplastaban la hierba.

—No te muevas —suplicó Simona.

Los pasos se habían detenido; no podíamos ver quién se acercaba, reteníamos la respiración. El culo de Simone así erguido me parecía, en realidad, una poderosa súplica: era perfecto, las nalgas estrechas y delicadas, profundamente hendidas. Estaba seguro de que el desconocido, o desconocida, sucumbiría pronto y se vería obligado a desnudarse a su vez. Los pasos recomenzaron, acelerados, y vi aparecer a una jovencita encantadora, Marcelle, la más pura y conmovedora de nuestras amigas. Simona y yo estábamos rígidos en nuestra postura, hasta el extremo de no poder mover siquiera un dedo, y fue de repente nuestra desdichada amiga quien se dejó caer en la hierba, sollozando. Sólo entonces, soltándonos del abrazo, nos lanzamos sobre aquel cuerpo abandonado. Simona le levantó la falda, le arrancó la braga y me mostró con embriaguez un nuevo culo tan hermoso como el suyo. Lo besé con rabia, masturbando el de Simone, cuyas piernas habían aprisionado los riñones de la extraña Marcelle, quien ya no ocultaba más que sus sollozos.

—Marcelle —exclamó—, te lo suplico, no llores. Quiero que me beses en la boca.

Simona acariciaba su hermoso pelo liso, besándola por todo el cuerpo.

Entretanto, el cielo se había pasado a la tormenta, y con el anochecer, gruesas gotas de lluvia habían empezado a caer, produciéndose una tregua tras el bochorno de un día tórrido y sin brisa. El mar hacía ya un ruido enorme, dominado por largos fragores de trueno, y los relámpagos permitían ver como en pleno día los dos culos masturbados de las jóvenes que ahora habían enmudecido. Un brutal frenesí animaba nuestros tres cuerpos. Dos bocas juveniles se disputaban mi culo, mis pelotas y mi verga, y yo no cesaba de abrir piernas húmedas de saliva y de leche. Como si hubiera querido escapar al abrazo de un monstruo, y ese monstruo era la violencia de mis movimientos. La lluvia cálida caía torrencialmente y nos resbalaba por todo el cuerpo. Estruendosos truenos sacudían y acrecentaban nuestra rabia, arrancándonos gritos redoblados a cada relámpago ante la visión de nuestras partes sexuales. Simona había encontrado un charco de barro y se embadurnaba con él: se masturbaba con la tierra y gozaba, fustigada por el chaparrón, con mi cabeza apretada entre sus piernas manchadas de tierra, el rostro encenagado en el charco donde agitaba el culo de Marcelle, a quien abrazaba por los riñones mientras con la mano tiraba del muslo abriéndolo con fuerza.

El Mercado de Invierno (William Gibson), Deshuesado.


EL MERCADO DE INVIERNO
cuento de William Gibson, deshuesado por Néstor Pedraza

En "El Mercado de Invierno" de William Gibson, el protagonista narra toda la historia en primera persona, pero no de forma lineal sino haciendo varios saltos en el tiempo hacia atrás y hacia delante. Para ello, Gibson divide el relato en varias secciones separadas entre sí por doble espacio. Desde el inicio, Gibson introduce al autor en la atmósfera oscura y sucia típica del cyberpunk. El manejo de la ambientación y de los personajes tiene mucha relación con el movimiento del romanticismo del siglo XIX, algo característico también del cyberpunk.

I
Se sabe que el protagonista es hijo de un ingeniero de sonido que grababa pistas para discos de vinilo. El personaje en el relato no se describe a sí mismo, siempre lo hace a través de terceros. No hay una descripción completa del personaje, se va descubriendo poco a poco. Aquí se sabe también que el protagonista está relacionado de alguna forma con una mujer que ha muerto y que, sin embargo, va a llamarlo en poco tiempo por teléfono. Se sabe que él tuvo algo que ver con la producción de una obra de la artista muerta, un disco o algo parecido, que se ha vendido muy bien y por la que él puede cobrar derechos de autor. El protagonista dice “no, dije no, y luego sí, si”. Nunca se sabe exactamente de qué va este diálogo, pero al parecer tiene relación con la obra de la muerta y el cobro de los derechos de autor, lo que da una idea de un posible conflicto del personaje con esto. Se sabe que el protagonista está afectado emocionalmente por algo, el lector puede sospechar que quizás es por la muerte de ella pero no hay nada explícito al respecto.

II
El protagonista desconecta el teléfono al llegar a casa. Al parecer, no quiere recibir la llamada de la muerta que, por lo que el lector puede deducir, parece que es inminente. Se sabe que ella se llama Lise. Aparece otro personaje, Rubin, maestro de la basura, que recoge cosas de la basura y las almacena en su casa a la espera de encontrarles algún valor y utilizarlas para su beneficio. Rubin insiste en que la muerta va a llamar al protagonista, con lo que el autor mantiene un hilo conductor de tensión a través del relato.

III
Habla de la basura y de cómo Rubin la recoge. Se sabe que el protagonista conoció a Lise en una fiesta en casa de Rubin, él procura ignorarla pero luego ella lo busca y lo confronta de forma contundente pidiéndole que la lleve a casa, lo que le implica al protagonista asumir una acción comprometedora. La lleva a su propia casa.

IV
Se describe la casa del protagonista y cómo Lise descubre que él es un editor de obras basadas en emociones de personas. Se sabe que ella tiene algún tipo de defecto físico que la obliga a utilizar un exoesqueleto conectado a su sistema nervioso, sin el cual no podría moverse (es inválida). También describe que ella está bajo los efectos de algún tipo de droga llamada wizz. Ella le pregunta que si quiere sexo, a sabiendas de que no puede sentir nada, pero le argumenta al protagonista: “A veces me gusta mirar”.

V
El protagonista está con Rubin, quien lo trata de loco y le pregunta si la muerta no lo ha llamado todavía.

VI
Describe cómo el protagonista se conectó directo al cerebro de Lise al tiempo que grababa sus emociones. Trata de describir la experiencia. Se sabe que ésta lo afectó al punto de hacerlo llorar.

VII
Retorna al protagonista en casa de Rubin, que le dice que de alguna forma ella lo utilizó: “Si no te hubiera encontrado a ti, habría encontrado a otra persona”.

VIII
Él hace un trato con duros de la industria del espectáculo para vender las emociones de Ella. A ellos sólo les importa la posibilidad de éxito del producto, quién es Ella les vale huevo.

IX
Rubin cuenta cómo la encontró a Ella en un basurero, tirada esperando la muerte, y una vez desmayada, la llevó a su casa. Regresa a un punto anterior a todo lo contado, se muestra a Lise como una basura, lo que concuerda con el hecho posterior de que su obra es más apetecida por los marginales.

X
Rubin le consigue agentes a Lise para lanzar su producto. Se habla de otras obras en las que ha participado Rubin. El protagonista quiere hacerse a la idea de que Lise y él son profesionales y saben lo que hacen.

XI
Le consiguen productores japoneses a Lise, quien pide que el protagonista sea el editor de su obra. Él al principio se niega, pero produce su obra, Reyes del Sueño. Argumenta que ella es fantástica, como si hubiera nacido para el arte, y se pregunta cuántos millones de seres que tenían la vena artística han muerto en la historia por no haber producido obras y porque no existía la tecnología para extraerles directamente del cerebro su arte. Se habla del pasado de Ella y de su drogadicción. Él habla de la relación silenciosa y profesional entre los dos durante tres semanas, hasta que luego de una muy larga sesión de grabación ella le dice: “Siento haberte entrado tan fuerte”. Dice que es la única ocasión en que Ella se disculpó con él, y él sólo se da cuenta mucho tiempo después. Se sabe que el nombre del protagonista es Casey. Él le habla de los efectos del wizz y cómo la está consumiendo, ella le dice: “Yo no duermo”.

XII
Habla de la dieta cochina de Rubin, que lo critica por su forma lineal de pensar, su falta de visión. Rubin le explica por qué el trabajo de Lise tiene tanto éxito, y le muestra que no sólo se ha vendido muy bien, sino que los jóvenes marginales roban más copias de las que se venden, pues se sienten identificados con Lise.

XIII
Retorna al primer borrador de la obra de Lise, que fue presentada a un grupo de jóvenes de una banda musical, a los que les gustó mucho. La primera prueba real de que podría ser un éxito.

XIV
Se retorna al presente. Se hace una breve descripción del Mercado. Rubin le ofrece a Casey que viaje con él a Frankfurt, Casey se niega argumentando que Max le tiene mucho trabajo.

XV
Describe la calle, las vitrinas que cambian constantemente y su contenido actual. Habla de lo mal que come y que piensa tomarse un día libre a cuenta de una rasca que se pegará esa noche. Piensa divertirse, y recuerda obras que llamaban la atención de Rubin. Narra cómo se va de bar en bar hasta que en uno ve a Lise con un borracho y piensa que es cierto aquello de que a ella le gusta ver. Recuerda que ella a ese punto ya ganaba buen dinero, ya estaba enganchada con Hollywood. Él piensa que esa noche ella salió a encontrar su beso de despedida, sería la última vez que la vería.

XVI
Rubin le insiste a Casey que vaya con él a Frankfurt, porque ha estado comportándose raro y ella seguro lo va a llamar y lo va a trastornar. Se sabe que ella logró que su consciente fuera incorporado a manera de software en un servidor central de una gran corporación, pero debe pagar caro el alquiler del espacio de ROM que habita, por lo que Casey deberá seguir editando sus obras. Esto es algo que el protagonista apenas ahora tiene en cuenta, mientras sigue preguntándose si cuando ella lo llame será realmente ella.

mayo 19, 2006

Nancy Spungen: La Musa de Sid Vicious - Rocío Silva-Santisteban


NANCY SPUNGEN: LA MUSA DE SID VICIOUS
Rocío Silva-Santisteban

No sé lo que quiero pero sé cómo conseguirlo. Nada de sentimientos. El futuro no existe. Sólo quiero destruir. Todas estas voces levantaban su coro para romper el cielo. Los muchachos ingleses se hartaron de los hippies, del amor y la paz. Nunca de la droga, aunque sí un poco del sexo. Se raparon el pelo, se clavaron toda suerte de objetos en los brazos, la lengua y el pecho, y así empezó lo que después se conocería como la movida punk. Dos fueron sus líderes indiscutibles: The Clash y los Sex Pistols. Una fue su historia de amor: la de Sid y Nancy. Existen mil historias de pasiones amorosas en todos los tonos del rojo. Pero nunca una con tanta sangre y tanta droga. Sid Vicious y Nancy Spungen escribieron a punta de navajazos esta historia para pasar a la posteridad.

Sid Vicious no era tan vicioso hasta que se topo con Nancy Spungen. Ella era una rubia al pomo, regordeta y con cierta belleza vulgar. Heroinómana. Diosa del glamour punk. Hebillas, cuero negro, minifaldas de polivinilo. Y suciedad. Nancy se convirtió en la primera groupie en llegar a lo más alto: convertirse en la musa del rockero en cuestión, compartir sus jeringas y sus sueños delirantes. Pero también se volvió la primera groupie en caer en lo más bajo: ser asesinada por el rockero en cuestión.

Así es. Esta historia de amor no podía terminar de otra manera: "¿Quieres morir?, ¡A ver, contéstame, ¿quieres morir?!". "Si, si quiero, mátame, lo único que quiero es morir, tú me lo prometiste". "Entonces muere" y Sid le enterró en el estómago la punta de su navaja suiza recién comprada. Pensó que sólo se trataba de una herida superficial como las que él mismo solía infligirse en medio de la catarsis de sus conciertos. Pero ella no reaccionó más. El frío glacial de la bajada lo despertó sobre el piso de una comisaría en Nueva York. El muchacho fue detenido por asesinato. El famoso Hotel Chelsea tenía otra historia en su haber, aunque fuera de sus instalaciones una diestra mano punk había escrito sobre la pared: Sid Vicious es inocente, Nancy.

El héroe y su relación con la heroína

Nancy era una groupie profesional: una de esas chicas que andan detrás de su cantante preferido, lo persiguen, le tiran toda suerte de objetos olorosos e intentan por todos los medios meterse en su cama. Lo había logrado con varios rockeros y cuando conoció a Sid en realidad perseguía a Rock Hell de los Heartbreakers, por eso había cruzado el charco y aterrizado en Londres una tarde helada de febrero de 1976.

Cuando vio por primera vez a Sid ni le dio importancia hasta que mencionaron que se trataba del bajista de los Sex Pistols. "Tengo todos tus discos, Johnny" le dijo estirándole la mano. "Yo no soy Johnny, soy Sid" le contestó Vicious sin importar que lo confundiera con el cerebral John Joseph Lydon, más conocido como Johnny Rotten. Nancy se hizo la desentendida y esa misma noche, en el departamento de su amiga Linda, una dominatriz de un espectáculo sadomasoquista, intentó meterse en el sleeping de Sid. El saltó del suelo y Johnny, que dormía al frente y a quien Nancy le cayó cuáker desde el primer momento, le gritó que a los Pistols el sexo les parecía lo más asqueroso y el amor lo más imbécil.

Nancy aguantó, cerro los ojos y preparó una nueva estrategia. Esa estrategia tenía un nombre: heroína. Fue Nancy quien enganchó a Sid con el verdadero vicio de este fin de siglo. Y los dos se amaron hasta la muerte.

Muérete joven y serás un hermoso cadáver

Pero fue Nancy también la única que llegó a controlar y motivar al verdadero motor de los Pistols. Porque si Johnny Rotten era el artífice, el ojo de la tormenta y la voz del huracán, su exceso de cálculo le quitaba espontaneidad. En cambio Vicious, que no medía ninguna consecuencia, que en todos sus conciertos grababa parte de sus canciones sobre su pecho con un puñal, era el espíritu maldito que animaba a los fans. El verdadero símbolo.

Y es que, si lo notan en las fotos, por más que Vicious intentaba mostrarse agresivo y feo no podía lograr las performances de su amigo Juanito. Johnny era naturalmente feo, llevaba el pelo pintado de naranja, escupía, sus muecas eran perfectamente asquerosas y repulsivas. En cambio el chico Sid intentaba por todos los medios dar asco y sólo producía un estremecimiento mental. Si, a pesar de todo, era sexy. El más sexy de los Sex Pistols. Con cuchilladas, con navajazos. Su cuerpo delgado y blanquecino y la forma de moverse dando saltos epilépticos no sólo revolucionaron el movimiento sino que crearon el baile de los 80 reactualizado en los 90: el pogo.

Nancy supo desde el primer momento que ese chico era grande. Y Sid llegaría a hacer cualquier cosa por ella. Era la primera vez en la vida de la rubia regordeta que alguien no la golpeaba ni la abandonaba a su suerte. Los dos convivieron los tres años que duró la banda y unos cuantos días más. Johnny y Malcom McLaren, el manager, culparon a Nancy de casi todos los problemas de los Pistols (una Yoko Ono actualizada).

Nancy intentó que Vicious triunfara como solista en Estados Unidos. Pero la droga ya había enturbiado buena parte de sus neuronas y no podía siquiera memorizar completa la letra de una canción. Así que rebotaron y rebotaron de hotel en hotel y de pueblo en pueblo. Sin dejar ni por un solo segundo a su amada muerte lenta.

Algunos meses después de encajarle la navaja en la barriga, Sid intentó suicidarse en la cárcel cortándose las venas con los vidrios de un foco de 60 vatios. Piña: la policía pudo intervenir a tiempo y colocarle, como en sus mejor época, vendas blancas en los brazos; dicho sea de paso, totalmente enrojecidos por los sucesivos piquetitos. Finalmente, luego de inyectarse una dosis furiosa a los 22 años, Sid murió el 3 de febrero de 1979. Para colmo de males con otra rubia en la cama.

mayo 11, 2006

Nosferatu - Griselda Gambaro


NOSFERATU
Griselda Gambaro
(1970)

Nosferatu, el vampiro, es hombre de tinieblas.
Nació en Transilvania en un tiempo
impreciso, se alimenta de la sangre de sus
víctimas y es casi siempre inmortal.


Obviamente, se acostó al amanecer. Antes, se había acercado a la ventana que carecía de vidrios, cubiertos de polvo los bastidores de madera, y había mirado hacia abajo con sus ojos sin párpados. La oscuridad se diluía suavemente, vencida por la luz. Pasó un ómnibus colmado de obreros, cruzaron dos o tres coches con los focos todavía encendidos.

Nosferatu acarició el polvo de la ventana con sus largos dedos de uñas crecidas y el polvo permaneció quieto. Miró de nuevo hacia afuera y suspiró: podía dormir en paz. Ningún movimiento extraño lo amenazaba.

Se acostó vestido sobre el suelo lleno de tierra y no se despertó hasta el anochecer. Durmió de un tirón, sin sueños, y la oscuridad lo despertó como despierta la luz. Debía salir, la calle entrañaba un peligro pero en la calle encontraba su sustento. No podía recorrerla como si fuera otro, con un cuerpo sin más historia que la juventud o la vejez. Asustaban su forma de caminar, su alta y negra estatura, la mirada inmóvil que no daba el respiro del párpado.

Pensó que se habían empequeñecido sus gestos, antes lo movía la pasión y ahora, cuando salía, consumaba un simple despojo, robaba como el más mísero de los ladrones y con menor aptitud. La noche anterior lo habían perseguido tenazmente. Él había actuado con una falta de prudencia que más tarde recordó con asombro y no supo explicarse. Había agredido a un transeúnte rezagado, caminante inerme entre las sombras y sin embargo dueño dichoso del calor y el movimiento de su sangre. Hostigado por la avidez y la nostalgia que conservamos hacia los deseos perdidos, Nosferatu lo había atacado desde atrás: con una vara de hierro había golpeado repetida, bárbaramente la nuca frágil, como si se concediera un desquite o se castigara.

Luego, en lugar de moverse, había permanecido quieto, fascinado ante la sangre que le provocaba una incomprensible repugnancia. Y cuando por fin se arrodilló junto al hombre que yacía en la calle y se levantaba ya con el botín en la mano, otros transeúntes lo habían sorprendido. Huyó entonces y supo que su salvación la debía a una persecución emprendida con desgano. Las piernas no le respondían. Él, que había sido capaz de transformarse en criatura alada, estaba pegado a un cuerpo que le hablaba sólo de necesidad y no de gloria.

Salió echando la llave, aunque no había muebles ni pertenencias en el cuarto. Completamente vacío. Ni siquiera una luz en el techo. Sólo tierra que había entrado durante años por la ventana sin vidrios. Tierra seca o acompañada de lluvia, seca en seguida, como si la humedad rehusara su lejano parentesco con la sangre. Bajó las escaleras ocultándose de los vecinos y caminó, tratando de imitar el paso de los otros. Se adhería demasiado a la pared, se agazapaba cuando oía risas o murmullos, y sabía que era un error. Debía haber esperado que la noche avanzara y la oscuridad fuera intensa, creciera solitaria como él mismo, y sin embargo no podía hacerlo. Desfallecía. Comer, pensó, e imaginó torrentes de sangre, océanos de sangre, fuerza y saciedad. Pero la imaginación no lo alentaba, como quien sueña para otro.

Una vieja caminaba delante de él y se detenía cada tanto en los botes de basura. Comenzó a seguirla por costumbre, una costumbre ancestral que no podía abandonar aunque fuera ya inútil, gratuita y sin sentido como tantas costumbres. La vieja intuyó su presencia porque de pronto se volvió, enfrentándolo inmóvil.

Nosferatu vio sus ropas carcomidas, su cabellera rala. La vieja lo miraba sin miedo, y esto lo fastidió un poco, lo atemorizó también. Sin embargo, cuando llegó más cerca, comprendió que la vieja estaba inmovilizada por el hambre. Mientras que en él era sequedad, en ella el hambre rezumaba saliva, como en un animal esperando su alimento. Él pensó en atacarla, descubrió los colmillos y apresuró los últimos pasos, sabiendo no obstante que el simulacro no sustituiría a la acción. Ya no podía atacar de esa manera, provocar el minuto de espanto y casi de amor que anticipaba en sus víctimas la entrega, el éxtasis pavoroso del deseo y de la muerte.

La vieja pronunció unas palabras que él no entendió pero que intentaban un saludo; insinuó una temblorosa sonrisa. Cuando estuvo a su alcance, extendió la mano hacia él con un gesto pedigüeño, ávido y remiso al mismo tiempo.

Nosferatu le mostró los dientes como un perro que gruñe listo para el ataque. Pasó de largo y se sintió desfallecer. A ciegas, abrazó un tronco en busca de apoyo, por un segundo reclinó la cabeza.

“¿Qué le ocurre?”, preguntó la vieja con voz educada, una sombra de afecto.

Él negó mudamente y se alejó, no sin antes depositarle unos billetes en la mano, como si fuera ése el precio para seguir su camino, el pago del fracaso o de la indiferencia que necesitaba.
“Gracias, señor”, dijo la vieja, y después de un momento la escuchó correr detrás de él. “Es mucho”, explicaba sin resuello, disculpándose ella misma de esa generosidad desmedida que sólo podía ser fruto de una equivocación. Nosferatu no se detuvo y ella lo sujetó por la manga. Él apartó el brazo y un trozo de tela se desprendió limpiamente.

“Dios mío”, susurró la vieja con una inquietud que le nacía de las sombras, del frío, del resultado de su gesto desprovisto de violencia.

“No es nada”, dijo él en un murmullo. La carne brotaba lívida del desgarrón, pero no intentó cubrirse.

La vieja miró con asombro el trozo de tela que se deshizo como ceniza entre sus dedos. Se sobresaltó, las arrugas se le profundizaron y abrió la boca, dispuesta al grito.

Él desvió los ojos, preservándola de su fijeza inmutable, y trató de ocultar los colmillos que habían sido temibles. Para tranquilizarla, se encorvó aún más, empequeñeciéndose, y retrocedió unos pasos. Lo consiguió, porque la vieja dejó de respirar aceleradamente y sonrió avergonzada, como después de un susto sin motivo.

“Es mucho”, repitió, y justificó la fragilidad de las ropas por razones de miseria. Pero la dádiva la desconcertaba. Escudriñó el rostro sumido y dijo: “Usted lo necesita más”. Eligió un billete y lo guardó bajo el escote. El resto lo tendió hacia él, pero bruscamente volvió a asustarse, se inclinó y abandonó el dinero sobre el suelo.

Nosferatu no lo recogió, se alejó rápidamente y dobló en la primera esquina. A lo lejos, una luz caía sobre la puerta de un bar. Apenas un foco anémico, rodeado por la niebla, que le hería la vista como si encandilara. Pensó que no habría alimento en la oscuridad y hacia la luz se encaminó. Un perro vagabundo aulló a su paso, erizó el pelaje del lomo y se escondió luego con el rabo entre las piernas. Él se apresuró, apretando la boca para sofocar náuseas de debilidad y de vacío. Entró al bar y se sentó, protegiéndose los ojos con la mano.

Un mozo atendía desganado, el delantal gris, las uñas largas que debían hundirse en los platos de sopa. Temiendo la desnudez de su voz, señaló con el índice en el menú y supo en seguida que no podía esperar tanto.

“¿Qué?”, dijo el mozo.

“Leche”, repitió él, alzando apenas la voz, que se le antojó ronca, inhumana. Pero el otro no pareció darse cuenta. Asintió y casi sin demora depositó sobre la mesa un vaso que rebasaba.
“Lo demás va marchando”, explicó por rutina, y limpió la superficie de la mesa con el borde de su delantal sucio. Lo miró con una curiosidad que no alimentó, cansado.

Nosferatu se abalanzó hacia la leche y bebió. Tenía ganas de morder el vaso, pero ya no podía morder. No sabía por qué, quizá corrían otros tiempos, otras crueldades, y el gesto se había vuelto irrisorio. El líquido atemperó la sensación de vacío, la quemazón del hambre. Reclinándose contra el respaldo de la silla, suspiró y se dejó estar, como si él también pudiera adherirse a la frágil esperanza de los otros en la ventura posible, o más modestamente, compartiera la dicha de existir en la inadvertencia.

Un policía fornido, de uniforme, se acercó al mostrador y conversó con el dueño del bar; debió contar un suceso hilarante porque ambos comenzaron a reír, el dueño con carcajadas rotundas y halagadoras. Luego, el policía giró el cuerpo y apoyando los codos sobre el mostrador, recorrió las mesas con la vista de un modo que quería ser inofensivo y resultaba escrupuloso. Se detuvo un instante sobre un parroquiano, que aún de espaldas, se agitó inquieto, y en la mesa siguiente descubrió la figura oscura que se protegía los ojos con la mano. Entonces interrumpió el escrutinio en la certidumbre de su presa. Nosferatu lo había percibido también, a pesar de la mano sobre los ojos, la tensión dolorosa del cuerpo, la inmovilidad alerta, como la de un animal aterrorizado.

El policía se separó del mostrador y se afirmó sobre sus pies, frotándose los muslos con los dedos abiertos. Nosferatu se enderezó en la silla, sintió el dardo de la luz e involuntariamente se incorporó volcando el vaso, que rodó estrellándose contra el suelo. El policía empezó a caminar hacia su mesa. Caminaba lentamente y sonreía, con una sonrisa de reencuentro o de ternura.
Nosferatu apartó al mozo semidormido, forcejeó con los batientes de la ventana hasta que consiguió abrirlos y saltó hacia la calle. Escuchó el sonido odioso de un silbato señalando fuga y persecución. Ruido de sillas caídas, pisadas. Cayó lastimándose las rodillas; se levantó y corrió. Desvió la cabeza y miró fugazmente. Ya no era un policía aislado, todo un grupo había emprendido una persecución tenaz. Aceleró, pero sin ganar distancia, enloquecido por el sonido implacable, por la secuela ininterrumpida y sorda de las pisadas en el pavimento. No podía correr más, el corazón se le estrangulaba, las rodillas sin rótula. Se ocultó detrás de una hilera de autos y esperó.

Los policías doblaron la esquina y se detuvieron unos segundos, desconcertados ante la calle desierta, la brusca desaparición de la rígida figura de negro que los precedía. Formaron un grupo compacto y conversaron un momento entre ellos.

Nosferatu se preguntó cómo habían aparecido tan de golpe. En la ciudad dormida, qué hacían ellos, tan despiertos. Jadeando penosamente, espió mientras el sudor inundaba su piel que había sido reseca. Sudor de miedo, pensó. Eran cinco, todos altos y erguidos, y uno de ellos tenía un revólver desenfundado, apuntaba hacia las sombras de manera imprecisa, haciendo oscilar el arma como un niño que juega. Oyó risas, una frase pronunciada con un acento de orden. En seguida, se dividieron y avanzaron hacia la hilera de autos.

Nosferatu se alzó y empezó a correr. Las balas silbaron por encima de su cabeza, muy desviadas, como si no quisieran acertarle. Sin embargo, estaban cada vez más cerca, cada vez más nítidamente escuchaba los gritos. Y luego, no ya la sensación de peligro, la persecución que permite una mínima esperanza, sino la realidad inevitable, los cuerpos pesados, el resuello animal a distancia imperceptible; una mano tocó su hombro, resbaló aferrándolo por la ropa. El saco se desprendió enteramente, se disgregó en hilachas, polvo, ceniza. Pero los otros no se asustaron. Rieron, rieron un poco sin aliento por la carrera. Nosferatu dio dos zancadas, tropezó y cayó de bruces. Los cinco se abalanzaron hacia él. Lo sujetaron y se quedó quieto y sin resistencia mientras el silencio se instalaba entre los hombres que lo habían perseguido. Esperó, hasta que las manos que lo aprisionaban se levantaron y por un momento pensó que se había equivocado y que lo favorecería una impensable justicia o misericordia, puesta fuera de esos hombres, puesta fuera de su destino, casi fuera del mundo. Pero las manos descendieron de nuevo sobre él y lo inmovilizaron de espaldas contra el pavimento. El que tenía el revólver desenfundado lo guardó en la cartuchera. Desde el suelo, Nosferatu los miró. Parecían inmensos, gigantes. Uno de ellos se dejó caer de rodillas a su lado y acercó el rostro. Abrió la boca. Los dientes asomaron, muy blancos, irreales. Nosferatu gritó. El policía le clavó los dientes en el cuello, torpemente, pero con decisión. Atacó la carne varias veces hasta que la sangre brotó limpia. Nosferatu volvió a gritar. Y luego, uno tras otro, se inclinaron sobre él, con la boca abierta.

 
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