septiembre 21, 2007

Digresión - Colaboración desde México


DIGRESIÓN
Eduardo Lucio Molina y Vedia

¿Quién hubiera dicho que Amparo tomaría el atajo de los recuerdos? Entre la amistad y el amor, la calidez de nuestra cita admitía cierta ambivalencia. El lugar inhóspito, de paso, hecho para el ajetreo y la pausa bulliciosa en horas de trabajo, era un desafío. Pero aunque el ambiente se había venido preparando desde hacía tiempo ninguno de los dos pudo prever el abismo que abriría en torno nuestro la barbarie de los tiempos. Y sin embargo, tras algunas vacilaciones y rodeos, como si nada extraordinario estuviera ocurriendo en ese instante, o como si hubiese hallado el tenue exorcismo necesario, Amparo entró de lleno en su relato:

Aunque la traté desde siempre, yo conocí en realidad a mi tía abuela Dorotea Zorrilla, de Guanajuato, leyendo su diario personal. Ahí detalla hasta la minucia seis décadas de resistencia al matrimonio y otros diversos tedios familiares. Fue una mujer ásperamente independiente, obligada a una austeridad afectiva que le agrió el carácter. La recordaba intolerante y odiosa cuando en mi adolescencia me llegó su invitación a visitarla porque, según me adelantaron, quería dejarme su legado espiritual. Y allá fuimos desde Morelia, donde nos habíamos instalado con el clan materno cuando murió mi padre. La herencia eran esos cuatro tomos de recuerdos y reflexiones cuidadosamente encuadernados en piel. Me los dio sin ceremonia ni solemnidad, como entregando el alma.

La evocación de Amparo había creado un remanso de nostalgia en esa mesa de La Veiga que daba al infierno de Insurgentes a la hora del estrés. Acababa de estallar la guerra del Golfo y comencé dándole la noticia que había escuchado en el taxi. Entonces nos dijimos algunos silencios y perplejidades -porque lo que sucedía en el otro extremo del planeta nos desbordaba- hasta que no sé cómo Dorotea salió al quite. Tuvo que ver con la película El ladrón de Bagdad, donde un hombre se transformaba en perro bajo el encantamiento de un hechicero, y estaba hablando cuando las palabras se le convertían en ladridos, y doña Dorotea comentó que así era en la realidad, sin trucos ni brujerías, que sobraban las ocasiones en que los hombres comenzaban hablando y terminaban ladrando. Ahí enganchó Amparo el tren de su memoria y siguió:

Acabé devorándome esas páginas, donde desfilaban generaciones y vertientes de historia viva. Lo primero que me atrajo fue una larga lista de razones por las que jamás se casaría. Databa de sus dieciocho años. No retengo cada apartado pero sí que todos apuntalaban la defensa de un territorio por crear: el de una soltería feliz. Quizá también, aunque no es seguro, el de una homosexualidad impuesta y a la vez reprimida por el entorno provinciano. Una de las cláusulas aduce que un par de individuos capaz de tolerar la simbiosis conyugal no merece la felicidad. Sobre el dilema de la pareja abierta opina que fue superado por la práctica. No condena la infidelidad sino lo que llama "sincericidio", al que define como un harakiri de a dos donde la sinceridad es instrumento y víctima. Hay alguna referencia al deterioro que se cobra el ejercicio del poder y al privilegio de quienes luchan contra él. Aunque para hacerlo -explica- deban contaminarse con un razonable acopio de esa lacra, nunca tan provisoria ni reversible como se imagina. Lo cierto es que los hombres son secundarios en esos textos, y se los trata con el cuidado y la distancia con que se puede manipular a un insecto desconocido.

Mientras Amparo hablaba, yo permanecía en otra frecuencia. No es que a mi edad, una invasión norteamericana me quitara el sueño. Tampoco que el ataque a Irak fuese algo inesperado, con poca publicidad previa. La consternación, el escándalo, eran cualitativos, y apenas me dejaban seguir la historia de Dorotea. Tal vez fuera ese aparente consenso que rodeaba a la masacre. Aunque inducido y hasta simulado por los medios masivos, era obsceno, y tenía pese a todo un efecto aplastante. Una pantalla de televisión mostraba cómo una bomba inteligentísima se metía por la boca de una chimenea. Pasó, como una ironía, la niña que reparte flores. Iba a proponerle a Amparo que lloráramos juntos cuando tuve en cuenta la advertencia de mi amiga Susana, según la cual no hay pareja que sobreviva a un llanto compartido. Así que me dispuse a acompañarla en su incursión por el pasado. El lugar hostil, el ruido de la calle y de las conversaciones, el chasquido de vasos, platos y botellas, no ayudaban. Pero Amparo continuó:

Los hombres no la movieron a Dorotea. Si hay dos o tres que logran ganar los sobresaltos de su sangre, resultan rápidamente neutralizados mediante pulcras estrategias de distanciamiento. Con las mujeres, en cambio, es distinto. Sin que ocurra nada espectacular ni muy comprometedor, lo femenino fluye por cauces de ternura y afecto. Ellas son las verdaderas semejantes, las que pueden robarle espacios de humanidad solidaria al mundo árido de los hombres. Y hay una escena inquietante, narrada con toda la ambigüedad de una buena literatura: cuando, tras un recital en el Teatro Juárez, Gabriela Mistral estuvo un rato charlando con ella y le retuvo largamente las manos entre las suyas. Dorotea no era mujer de dejarse tocar con facilidad por el azar, pero allí descubrió, dice en el diario, "su hambre de un igual", y hubiese deseado poseer crines, y alas, y cola, y otras partes acariciables del cuerpo, para que ese divino instante no tuviera límites. No fue poco para alguien tan escasamente proclive a lo emotivo.

A esa altura del monólogo nos estábamos quedando casi solos. El ruido de la avenida se iba apaciguando y empezaba a apretar el frío. Un voceador de Ovaciones informaba: ¡Arrasan Bagdad, los cabrones! ¡Nomás porque tienen más pistolas!

Adueñada de todo el espacio del encuentro, Amparo prosiguió:

¿Qué podía ser sino cristera una hija de ex hacendados del Bajío a fines de los veintes? Para ella la santidad del padre Pro no era materia de discusión ni dependía de conjeturales gestiones burocráticas en el Vaticano. Y sin embargo, por esas paradojas que se dan entre lo público y lo privado, en lo personal era más librepensadora que muchas mujeres que participaron en la revolución o que profesaban ideas avanzadas. Desde que decidió que se iba a dedicar a sí misma por sobre todas las cosas la lectura fue su ordenada obsesión. Iba a la biblioteca de los jesuitas, junto al templo del siglo dieciocho, donde desayunaba con los filósofos de la antigüedad griega y merendaba con los novelistas del romanticismo. Después emprendió un viaje por las disciplinas exactas y naturales. Durante algún tiempo le dio por estudiar física y me explicaba las diversas manifestaciones de la electricidad, para finalmente corregir: "Eso es lo que dice la ciencia, pero si tú quieres saber qué es la electricidad, qué es en sí, de eso la ciencia no dice nada."

Una existencia severa, casi monacal... — intervine, para sentir menos incómoda mi pasividad de oyente.

Quién sabe. Se me hace que en sus lecturas Dorotea desplegaba una rica sensualidad, una especie de festín del conocimiento y del goce estético. Digamos que no le faltaba qué sublimar. De cuántas vidas y vicisitudes, asombros y reflexiones, no estaría cargado su espíritu cuando la trastornó ese primo segundo llegado de Europa, pintor y esotérico ("un loco de atar", según mi tío Abundio), que la tuvo una semana desnuda frente a su caballete, acariciándola sólo con la mirada y el pincel, casi sin dirigirle la palabra. Ahí pasó algo que el diario omite pero se intuye por su gravitación en los hechos posteriores. Consumado o no, el sexo se hizo presente sin pedir permiso y la respuesta de Dorotea, o el resultado de esa previsible confusión, fue un rechazo inmisericorde y atroz. Pierre, como se hacía llamar ese diletante, no aparece más en el segundo tomo y apenas vuelve, pero bajo una imagen esperpéntica, al final del tercero. Había resuelto no asearse más, la barba y el pelo le daban un aspecto cavernario y, por último, cuando la mugre de la ropa se volvió insoportable, optó por quemarla en el baño y se paseaba en cueros a través de la enorme habitación donde se recluyó por propia voluntad. Entonces las familias no se desentendían con tanta impavidez de sus locos y marginales, de modo que el fenómeno terminó siendo parte del folklore local. La gente que pasaba ante esa casa de altos por el Callejón de la Gritería no dejaba de lanzar una mirada hacia el balcón donde esporádicamente podían atisbarse fugaces exhibiciones. Pierre no hablaba a su pueblo. Sólo gesticulaba con lenta sobriedad, como diciendo algo que las palabras jamás podrán expresar.

¿Y ahí se corta la historia?

Ésa historia, porque las hay por decenas, unas más insólitas que las otras. Dorotea y Pierre no se vieron más. Él murió desorientado, sin tantear sus coordenadas, tan perdido quizá como nosotros. Sus telas, incluso el fatídico desnudo, quedaron arrumadas en un olvidado sótano de la Calzada San Marcos y se las tragó una demolición. Dicen que ejercía un realismo desolado.

Se hizo un vacío espeso. Entonces Amparo añadió:

El último tramo del diario de Dorotea es un lúcido y despojado trayecto hacia la aceptación de la muerte. Envejeció como había vivido, sin hacerle mucho caso a la gradual decrepitud, descreyendo de las contingencias de la materia. No le importaba su cuerpo, donde se habían simulado tantas batallas inútiles. Lo que la anonadaba era el cese de los sueños que urdieron su vida. Más aún, la certeza de que esa clausura sería seguida por otras, hasta la total extinción de los ámbitos que le fueron entrañables. Temía a la nada, pero lo disimulaba diciendo: "Soy una anciana que se extingue despacio y eso no tiene nada de extraordinario." Al revés de lo que suele suceder, su fe se fue apagando con los años y concluyó diluyéndose en un resignado agnosticismo. Ya postrada, pronunció, como confiándome un secreto: "Me tiene intrigada la supervivencia de las religiones." En las páginas finales se insinúa una voz más profunda, como la de un viento de grave melodía. Las circunstancias se diluyen y prevalecen los grandes trazos, frases simples y densas, depuradas por la decantación de la edad. En un pasaje cita: "La virginidad no se pierde, se gana." Y algo curioso. Yo, que sin duda fui, aunque oscuramente, una persona importante en su vida, no aparezco para nada en esos textos.

Amparo se soltó la cabellera y con el rostro iluminado por una sonrisa cómplice observó: Pero mira dónde nos llevó la evocación. Había caído la noche. Bagdad amanecía bajo las bombas.

Valdivia 37 - Colaboración desde Chile


VALDIVIA 37
Galo Ghigliotto

el guionista que escribe mis sueños
me habla al oído
dice algo que no alcanzo a escuchar
cuando me volteo ya no está y me despierto
tengo un papel adentro de la boca
y tiene escrita la palabra basta!
entonces entiendo:
es tiempo de irse de Valdivia

La Superproducción - Colaboración desde Nicaragua


LA SUPERPRODUCCIÓN
Héctor Avellán

"...y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esta colosal superproducción en la que todos hemos trabajado."
Ernesto Cardenal.

en el canal del tiempo
el pronóstico para Nueva York
no anuncia que las nubes se inclinarán
como a dar un beso
una hecatombe a los rascacielos

ante últimos eventos
de índole mundial

¿es preciso que un poeta se pronuncie?

yo sólo pienso
en los que nos salpicará este lado del mundo
el frenético despertar de quien cuenta las ganancias
y descuida el rebaño
dormido sobre el teclado de la computadora
sobre la calculadora y el dinero ficticio

se trata de la última superproducción
superior a Titanic

donde los edificios que caen
no caen

y las superestrellas que protagonizan este gran filme
esperan las luces las cámaras
la orden de acción
el momento oportuno
para salir con el ketchup sobre el rostro
sin herida alguna
para firmar autógrafos y saludar a los fans
que lloran consternados ante los últimos reportes

porque también es ficción
Realismo mágico
los bombardeos a Sudán
Palestina
Afganistán...

son sólo pequeñas producciones del cine alternativo y
tercermundista
de bajo presupuesto
con actores que no son actores
sino personas de la vida real
amas de casa sin maquillaje
niños y niñas al salir del colegio
sorprendidos por bombas como cámaras in fraganti
muertos de forma anónima
y sin CNN

yo no pienso en los que han muerto
sino en nosotros
el público
hemos visto al financiero tomar la última decisión

¿a cuántos metros de caída libre se muere?

¿sobre mierda de qué perro newyorkino
se reventará el cráneo y
cuánto nos salpicará
a este lado del mundo?

es preciso que un poeta se pronuncie
hable suponga especule y
calle

Juansel y Margaretchel - Colaboración desde Madagascar


JUANSEL Y MARGARETCHEL
Alex Schlenker

...Es que no estoy arreglada señor periodista... entramos en dos, abre el plano, que se vea la pared mordisqueada... listo sonido 5, 4, 3, 2 ...¿jovencito ya están filman... Nos encontramos con la señora Mora quien ha sido víctima del maltrato de dos jóvenes pandilleros quienes, tras despedazar a mordiscos una de las paredes de esta humilde casa, han huido...

Juansel, aún tienes el sabor de las Proistac Forte en la lengua. Tu temblorosa mano sostiene el periódico con el índice y el pulgar. El varón de corbata no te ha notado y comienza lentamente a enrumbarse hacia la salida del metro. Cuando el vagón de la línea San Juan – Luluncoto se ha detenido por completo el hombre afloja brevemente (por fortuna para ti, con la otra mano) el nudo de esa horrible corbata de líneas grises con fondo rojo, como anunciando el fin de otro día de difícil trabajo prejubiláico. Cuando el bulto humano emigra a borbotones del tren, es muy difícil para el hombre sentir cómo ese periódico, su periódico, sustraído de la oficina para ser leído antes de la comida, comienza a deslizarse, aunque éste, en los más estrictos términos matemáticos y físicos —sujeto entre tus dedos— no se mueva, despidiéndose suavemente de su dueño que se aleja en medio del convoy de pasajeros. Para cuando el hombre descubre que bajo su brazo habita una mezcla de sustancias gaseosas y ningún sólido —ni hablar de un periódico— las puertas del M8 se han cerrado para dar paso a la continuación de la ruta. En la última fila de la serpiente de metal y vidrio vas tu, Juansel, indeciso aún si devolverás el bolígrafo que te han prestado para hacer círculos en la sección de clasificados del diario de la tarde con fecha 06 de abril.

El pequeño no ha visto en sus diez años de vida la ciudad y nunca entenderá por qué se llena los bolsillos de granos de maíz, ni por qué al arrojarlos uno por uno al camino —soltándolos lentamente por la ventanilla del expreso San José con rumbo a la capital— las semillas abren sus alas y se alejan volando, negándose a ser signos de un mapa de retorno. Para cuando los padres sacan al niño del bus se ha acumulado una densa nube de amarillas mariposas con cara de grano de maíz sobre las cabezas de los provincianos. Juansel siente que eso no es una buena señal. Aún así piensa que pronto las olvidará.

Señora, háblenos de ella. ¿Es cierto que estaba embarazada cuando llegó?... Ciérrame el puto plano... Que se le vean los ojos vidriosos carajo, todo hay que repetirlo... Está demasiado fuerte la de mil watts...

La señora tartamudea y mira a cámara. Eso molesta, pero no impide. Roberto Rangarotti del Canal 6 responde por ella.

Se alquila habitación Barrio El Maizal Alto Informes calle 5 la tienda de Doña Gertrudis la puerta negra del callejón.

Juansel, has quedado inmóvil, mientras el bolígrafo casi por sí solo ha dibujado un círculo con apariencia de corazón. Ahora presientes una señal —tal vez por el círculo con el que marcaste el anuncio de la sección, o por la sensación de déja vu que te produce el nombre del barrio.

¿Pero es cierto señora que la ataron? Lo que pasa es que... ¿Con cuántas monedas vive Usted al día señora? Y bueno yo tengo.... Otra triste historia de las tantas que a diario nos producen horror y repulsión. ¿Hasta cuándo tendremos que seguir consintiendo que nuestros pobres sean víctimas de la barbarie y el abandono? Corte. Gracias. ¿No estaba un poco lento? Estudio dice que no, que está bien. Marisela quiere unos planos de la cama y del baño. Y tenemos que repetir lo del llanto. Se cruzó un avión en el sonido. ¿Le digo que llore otra vez, o qué? Espera, yo te aviso. Señor, me puede ayudar. Necesito ir a la farmacia. El médico me dio esta receta. ¿Cuando Ustedes bajen, me pueden llevar hasta la Avenida Paño? No, señora. Es que de aquí vamos a entrevistar a la hermana del Congo Martínez, el delantero de la selección.

¿Está alquilando la habitación? Mi novia y yo vamos a tener un bebé y en la casa no había espacio. La anciana te ha mirado con ternura Juansel. Y tú has sabido seducirla con tu cortesía. Le pago apenas consiga trabajo señora. Usted sabe lo duro que está esto. El cubo es romano y tiene dos por dos por dos. El sueño de todo matemático. La única ventana da al patio hilvanado de alambres adornados con ropas de colores. ¿Tienes hambre mi amor?, te pregunta mientras finge no tener un ojo morado. Juansel, has salido a trabajar. En las calles de esta ciudad, mientras Margarechtel lava tu ropa, has visto a un turista caminando con su novia a lo very yes. Sin pestañear has ofrecido mostrarle la plaza desde lo alto de la torre de la catedral y en sus escaleras le has robado la mochila. Toda. Completa. Con sus veiticuatro cierres y sus once velcros. El bulto rojo te ha adornado la espalda durante tu caminata por el centro. Te has sentido importante. Llamó Marisela. Hay que repetir lo del llanto para estar seguros que haya lágrimas. Mejor ahora. Señora, le vamos a poner un poco de sombras bajo los ojos. Algo de rimmel. Así se ven mejor las lágrimas. ¿Me pueden llevar luego a la farmacia? Al rato le preguntamos al chofer de la móvil si la puede acercar. Mire para acá señora, un poco más alto. Así.

Buenas noches señora has dicho. Margaretchel ya se durmió, te ha respondido la dueña de casa mientras te sientas en la silla de alambre y miras cómo la anciana te sirve dos cucharones de esa sopa que aún humea y que seguramente neutralizará el aliento a cerveza. Orgulloso sacas el sobre con los billetes y le pasas la mitad a doña Gertrudis, colocándole los verdes al filo de la mesa, como queriendo que se caigan o que vuelen y te hagan sentir su amo y señor. Amorcito, despiértate un poquito. Oye mamita. La has besado varias veces y ahora no sabes si está realmente dormida o se hace la muerta. Estás excitado. Quieres cinco minutos de carne caliente y suave. Nada más. ¿Acaso uno no ha trabajado todo el día y ahora merece un poco de cariño? A ver señora. ¿Se acuerda que nos contó cómo la amarraron y se llevaron el dinero? Cuéntelo otra vez y trate de llorar como la primera vez. Espera, hay otro avión. Un minuto. Puto barrio. Parece un aeropuerto. Ayayay me haces daño. Me duele. ¿Qué te pasa? No me hagas esto. Juansel, has durado sobre tu mujer escasos tres minutos. El récord de este mes. Ahora apagas la luz y te duermes sudado y agotado. Tratas, eso si, de recordar todo lo sucedido en este día. El inventario se te diluye entre las ovejas que lentamente invaden el recuento. Entre sonidos nasales y bilabiales roncas. Siempre roncas. Señora, no ha hablado del dinero. Apágame esa luz, mierda. ¿Quién es esta? Es la practicante, la que mandaron de la Universidad. Señora, nos tenemos que ir pronto. Hágame un favor, diga claro y fuerte que Usted tenía todos sus ahorros y que ellos se lo llevaron todo y qué se yo. Has tomado el café solo, Juansel. Margaretchel ya está en el patio colgando la ropa. Antes de salir te ha preguntado dos veces de dónde ha salido ese dinero y tú le has gritado que es malagradecida. Ella ha guardado silencio ante los gritos y tú sabes que ella te ha descubierto. Está claro: ella conoce tus movidas antes que las inicies. Sabe que le pegarás en cualquier momento y no le importa. Señora, por favor, no tenemos todo el día. Ya, ya se fue el avión. Pobre Juansel, te has despertado con rabia. Te has enterado que no está y te has vuelto loco. Has roto la pared del cuarto y por ende de la casa. Se ha ido para siempre, añadirá esa señora a la que tanto respetaste y ahora detestas con toda tu fuerza varonil. Partió con tu dinero, y el suyo, con los escasos dineros de este miserable mundo. Aún así se ha ido sola. Y tú la odias por eso. Has abierto la pared a mordiscos y ahora corres por todas las avenidas de esta ciudad, buscando los rastros de tus granos de maíz con alas, aunque sea uno. Uno solo. Corte. Así queda. En la edición le montamos la voz y la música. Empaquen que nos vamos.

La Cadena Que Sujeta Tu Muñeca - Colaboración desde Argentina


LA CADENA QUE SUJETA TU MUÑECA
D. R. Mourelle

Veo venir la vieja y
por vieja
conocida
pasión por las jaulas
propia mansión y ajena
adornada con fausto de cerrojo versado
y telas carnívoras

la veo venir
de la mano de gesto tan humilde como falso
y el olor
que se anuda por sus pliegues
ahora un poco abiertos
lava el mundo y le agradezco
que me haya dado
apenas
tiempo para retirar mi ropa
y conservar las manchas
mi tesoro

Llega la fabulosa pasión por las jaulas
y — los cuadros
se van descolgando ...

Queda — eso sí — la sombra de los bordes
el decir de días y días
infusiones calientes recibidas por espíritu de entraña
lecciones previas al cenit
incluso cuando invierno se agachaba detrás
del arbusto fundido con la pared
de ladrillo puesto en desorden

Y detrás ... lo que llega detrás ... los cascos
a galope del ruido
polvareda
el temblor contra suelo enrejado
perfume de los hierros
el cuero embebido en sal
las cintas
el aire cautivo a la sombra
quietud de asilo
tanta demora detrás
tanto reloj de arena gruesa
de sol reseco
detrás

Veo venir la pasión por las jaulas ...
ya era vieja hace siglos
la recuerdo
vieja cuando — repetidamente
dijera adiós y jugara a no ser
la recuerdo — casi
un poco más

En su no ser
tan de conquistador que abandona el frente
la línea resiente sus doce cromosomas

uno más y el verano se habría rajado al medio
justo al medio
entre la crisma y el martillo
justo antes de chuparse la última gota del árbol que enfriara la infancia
vereda recién baldeada y ya
nuevamente
lozana de tierra de jaulas a cumplir

Y llega
consentida en fuegos varios
consumiendo el brillo de lo ... intrascendente
detrás — hacinada en las ruecas de su detrás
defendida su espalda por muchedumbres cargosas y adictas
al calor de unas pocas retinas
sobrevivientes

Y llegan estas jaulas
apasionadas
a darnos la herramienta que construya
el futuro
bajo sencillo rigor de lo sensato

las veo venir pero no me muevo pues
para hacerlo
debería dejarte sola
en esta mesa
cubierta de libros
que se incendia
y — en lugar de correr
acaricio la cadena que sujeta tu muñeca
y me pregunto si la piedra que reluce contra tu cuello
será fósforo atrapado en los nudos de la profunda
así de roja
y oscura
y enjaulada

y no importa si mantiene la silueta
de la flor que supimos vestir en la guerra
olvidaremos todo menos eso
lluvia que arreciaba el corazón
en otra tarde que perdíamos

Y la vieja pasión por las jaulas vuelve cada año
justo cuando hablamos — en esta mesa
encontrados — detrás y bien encontrados
igual que los chicos cuando cantan el himno por primera vez
e inventan con qué llenar los huecos
o mueven la boca sobre lo que ignoran
primera vez — auténtica — como pocas

Allí — donde la pasión no puede
ni jaula se quiere
aquí
donde cierro un ojo y me abrazo
a tu cadena

Simas - Poesía de uno de nuestros fundadores


SIMAS
Néstor Pedraza

Inicio la inmersión bajo tu ropa y encuentro mi túnel de Alicia hacia lo onírico, hacia la contundencia de tu piel que me da la bienvenida, que me fascina en la invitación a zarpar tras tu resplandor, directo a tus abismos, sin más brújula que tus pasos. La marea de tus palabras en ascenso diluye el tiempo, inunda los canales de tus rutas para que pueda seguirlos, y me libera a mi abandono, a la fantasía de mi boca transustanciándose en la tuya, mis labios felices entre los tuyos felices entre los míos. Tu piel acoge mis manos, categórica me define la realidad para hacerse sueño tras encender el resplandor de tus ojos, que me conduce hacia tus abismos por los socavones inundados de mi conciencia.

Falta - Colaboración desde Argentina


FALTA
Julieta Santos

Harán falta balbuceos turbios
para nombrar lo no-dicho.

Intentaré trazar líneas en fuga
que capturen lo inasible,
tan resistido.

El tímido reflejo que se niega,
vendrá a convertir lo simple
en algo ambiguo...

Sólo confusión
dejaré en tus pupilas asombradas,
y una catártica risa
liberará angustias arcaicas,
para definir un sentido espasmódico,
tibiamente desdibujado
entre pliegues de tu memoria.

Con algunos puntos dispersos,
estará jugando una línea imaginaria
intencionalmente lúdica,
a reunir la múltiple figura de algo inédito.

Quisiera reunir en palabras
los sentidos de estas letras,
pero cada una es sola
y no juega en cuerpo,
sólo en ideas.

Con paciencia
atraviesa esta ondulación:
verás desde cada curva otra imagen,
que acudirá a representarse
en pronombres cautos,
para escandalizar tu estable certeza
sin recaudos.

Cierta latencia se insinúa.
No le creas,
siempre miente...

Juega a la paz
mientras corrompe tu insomnio,
para llenar de tópicos turbios
una fantasía simple.

Sustantivamente,
otra cosa.

Avanza e irrumpe en cada pulso:
infantil y antagónica falta,
sucumbe si te nombro pero...
nunca faltes.

En Noches - Colaboración desde Argentina


EN NOCHES
Rolando Revagliatti

Con gran bochorno de la primavera
las prostitutas reverberan
mofletudas y desabotonadas

En noches de pizarra
saturan los balcones amarillos

Y se arrojan por fin cuando paso
conspicuamente a las tinieblas

Testigo - Colaboración desde Argentina


TESTIGO
Marga Seoane

Sos testigo del cambio de actitud
y no podes contener la sonrisa
que escapa complice del pensamiento,
y las miradas evasivas,
un renovado color rojo en mis mejillas,
te pienso y el mandato es
inmolatorio...
lo que vale se sacrifica
sin miedo a dejar la coherencia
que quiero conquistar...

Otra Historia - Colaboración desde Chile


OTRA HISTORIA
Pablo Cassi

Mi casa seguirá siendo una calle miserable
en cualquier esquina de la vida
un signo de vaguedad extrema
un vaivén de tardes innumerables.

Veinticinco años exactamente transcurrieron
para inventarte en otra historia,
una más de tus grotesca partidas,
dar cuerda a tu reloj imaginario.

De enero a diciembre vivo esta absurda peregrinación
una lágrima ensimismada en el recuerdo
con la soledad que me empuja hacia tu cuerpo.

Trazo una línea en medio del aire,
algo de nuestra existencia sobra en todas
partes.

¿Qué recuerdo nos queda del mundo que
tuvimos,
sumar a la eternidad el infinito?

Respuesta a una Barroca Declaración de Amistad - Colaboración desde Cali, Colombia


RESPUESTA A UNA BARROCA DECLARACIÓN DE AMISTAD
Beatrice Aguirre Zúñiga

Difícil me ha quedado
enfrentarme a ti, genio de la mayéutica,
y claro, ¡a tan adornados lenguajes!

Pero haré todo mi esfuerzo
para componerte un verso
porque tú, mi querido menso
no mereces algo diferente de eso.

Me llena de alegría
saber que no eres una porquería
porque con esa salamería
contigo hasta el cielo iría

Tu amistad y tu compañía
son una majadería,
por la primera
una patada te daría
y por la segunda
¡desde mi ventana te botaría!

Luego corriendo bajaría
y en la sepultura te dejaría,
con un letrero enorme que diga
que todo esto es una mentirilla
porque realmente por ti moriría
y entera mi vida por ti daría.

Historia de Damián - Colaboración desde Israel


HISTORIA DE DAMIÁN
Andrés Aldao

…comprendí que no podíamos
entendernos. Éramos demasiado
distintos y demasiado parecidos.
No podíamos engañarnos,
lo cual hace difícil el diálogo.

Jorge Luis Borges, "El Otro"

Era un tipo enjuto por vocación y figura. Apareció una mañana envuelto en su enjutez, sosteniendo el cigarrillo con esa pulcritud que luego iba a ser la comidilla del personal. Sobrio en el hablar, frugal, ojos ceniza de mirada abatida y huidiza, también su manera de pitar el cigarrillo, difícil definirla, era como distinguida, algo lacónica tal vez. No sonreía excepto un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta. Lo conocí allá por la década del setenta. Yo era secretario de redacción de una revista de la industria maderera y necesitaba un redactor: me había decepcionado de los muchachos que se enganchaban como periodistas y a los dos meses se mandaban mudar sin siquiera avisarme.

Damián Domínguez se presentó con un hilo de voz. Dos veces tuve que pedirle que me repita el nombre.

—Vengo por el aviso —precisó luego.

—Usted no es un pibe —le insinué— y aquí no pagan mucho sueldo, ¿sabe?

—Necesito trabajar, pruébeme. No tengo pretensiones.

Lo mandé hacer una nota a un aserradero. No perdía nada. Volvió después del mediodía y preguntó si podía pasar la nota en la Olivetti 44. Estaba en un rincón de la oficina, arrumbada sobre una mesa tumefacta y gris. Lo escuché teclear con la misma módica elegancia que empleaba para todos sus actos y gestos. Estaba sumido en la corrección de pruebas de galera cuando el flamante redactor, sigiloso, casi en punta de pies, me acercó su artículo. Podía percibir su mirada tratando de descifrar mis sensaciones, penetrar en mi masa encefálica y descubrir las reacciones que me generaba la lectura. Terminada ésta, hice como que aún leía el texto, levanté la vista y regresé a la hoja de papel: quería confundirlo, poner distancia entre los dos. Luego —tal vez porque le di la oportunidad contrariando mi primera reacción— le dije con algo de fastidio:

—No lo tome a mal, Domínguez, pero esta nota tiene demasiada calidad para nuestra publicación: nosotros hacemos periodismo —esto último lo dije con cierta ironía.

—Podría retocarla, hacerla más simple: necesito el trabajo —respondió impasible.

—Escúcheme, lo que usted escribió tiene nivel, pero es demasiado lírico para describir las actividades de un aserradero. No sé que decirle... ¿Sabe qué? ¡lo tomo! —le dije. Fue un impulso que aún hoy no me explico.

Así comenzamos nuestra relación, resaltada por la parquedad de Damián, su labor silenciosa, la capacidad de escribir buenos artículos periodísticos y la fluidez de sus conocimientos en política e historia

Es curioso: por regla general los lugares de trabajo se convierten en un vivero de amistades transitorias y perecederas, en una fuente de compañerismo que a veces enhebra la vida de las personas, o une como pareja a un hombre y una mujer. Damián no era hosco: por el contrario, irradiaba generosidad. Sus buenas maneras no parecían una pose o el ejercicio meticuloso de la simulación. Empero, una delgada hebra de duda se interponía entre su conducta cotidiana y cierta reticencia que emanaba de su persona: como una delgada malla imposible de explicar.

Hombre taciturno y soñador, dejó Montevideo para buscar ocupación. Trabajó como oficinista y escribía por las noches cuentos y poemas. Al perder ese empleo se convirtió en vendedor de colecciones de libros a domicilio (por lo que sé, jamás vendió alguna). Luego encontró ocupación en una librería céntrica. En realidad, nunca me dijo en qué lugares precisos trabajó. Tampoco mencionaba a su familia. Eran sus conos de sombra, el eclipse que dejaba en tinieblas los lados más íntimos de su personalidad.

Pasaron algunos meses; Damián y yo hicimos buenas migas. Comentábamos temas de historia, literatura o hechos políticos y con frecuencia cenábamos en el Pipo o Bachín. Eran los tiempos del cine Lorraine, los bares La Paz y El Foro, la facultad de Filosofía y Letras, la polémica ruso–china, el espejo fruncido de la revolución cubana y los grupos de izquierda que actuaron en las grandes tormentas del sesenta y el setenta.

Lector de MARCHA, admiraba las notas de Quijano y Ángel Rama. Pero Damián jamás se enzarzaba en discusiones que pudieran conducir a encontronazos irreparables; prefería quedarse silencioso, algo ido, como ausente. Tiempo después descubrí que esos silencios eran huidas de la realidad. En ciertas ocasiones parecía un hombre sin vida, las cuencas de sus ojos resaltaban oquedad, permanecía estático, como en estado de catalepsia. Luego se recuperaba, su rostro cobraba vida y daba la impresión de que regresaba de una larga travesía, o que trepaba desde un profundo precipicio. Nunca se me había ocurrido reflexionar sobre el carácter y la personalidad de Damián. En definitiva, Domínguez era un integrante más del personal.

Una tarde, antes de retirarse de la oficina, me comentó que se sentía sin fuerzas y angustiado. Fue un comentario impropio de su personalidad retraída.

—Necesitaría algunos días de licencia —agregó—, mañana me confirma si es posible.

—Lo voy a considerar, Damián… ¿Quiere venir a tomar un café a Sorocabana?

—Gracias, pero estoy apurado, me esperan. Déjelo para otro día. Chau.

Agarró su desvencijado portafolio y salió de la oficina —se evaporó más bien—, pulcro y discreto como un duende. Al día siguiente, jueves primero de noviembre, día de todos los Santos, Damián no apareció por la oficina. Tampoco el viernes. El lunes no se hizo presente en la redacción y eso ya nos preocupó. Llamé a la pensión en la que vivía y la dueña me dijo que Damián no había regresado desde la mañana del miércoles 31. Un desvanecimiento total y misterioso.

Después de un tiempo el asunto Damián pasó al archivo de sucesos extraños. Una personalidad como la suya no podría borrarse con liviandad cortesana. Retornaba de vez en cuando envuelta en un signo de interrogación y luego se disipaba, hasta que otro hecho fortuito rescataba su imagen. Pero con el tiempo fue empalideciéndose hasta quedar borrada.

Cuando me convencí de que no regresaría, decidí sacar sus pertenencias personales del escritorio haciéndole lugar al nuevo cronista. Había sido un día tranquilo y el último número de la revista se estaba distribuyendo. De lo que había allí me llamó la atención una carpeta: le eché una ojeada y hallé en su interior varios cuentos rubricados por Damián. Llamó mi atención uno de ellos titulado El Laberinto. Lo tomé y comencé a leerlo. No pude dejarlo: fue como introducirme en un mundo tétrico, disparatado y enfermizo. Finalicé la lectura y me quedé tamborileando sobre el escritorio. Era un cuento extraño, la alucinación desbordada de un beato cuyo fanatismo lo situaba en el umbral del absurdo. No sabía qué pensar aunque traté de atar algunos cabos, engarzar la personalidad del personaje con lo que sabía de Damián. Era como hilar muy fino y mi imaginación, bajo llave, no captaba esa dimensión tan abstrusa.

Retirado del periodismo, hace unos meses fui a escuchar una disertación sobre historia. Al salir de la sala vislumbré en la puerta de un bar a un tipo enjuto de maneras muy suaves, hablando con otra persona. No lo podía creer… me acerqué y le dije: “Perdone, ¿usted no es Damián Domínguez?”. Contemplé los ojos ceniza del tipo y recordé a alguien cuya desaparición me intrigó durante años. El hombre quedó callado; apenas esbozó una sonrisa. Me sentí conmovido contemplando aquella sonrisa (un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta). Ya no tuve dudas. Extendiéndole la mano le dije:

—Tantos años Damián, ¿qué le pasó, che? ¿Por dónde anduvo?

—Perdóneme —susurró—, usted me confunde con mi hermano. Mi nombre es Walter, Walter Domínguez: Damián y yo éramos gemelos.

—No sabía que tenía un hermano. Es asombroso: fíjese que hace por lo menos un cuarto de siglo que le perdí la pista a Damián y al verlo a usted parado en la puerta de este bar me pareció estar delante de una visión. ¿Qué se hizo de Damián? Nunca más supimos de él. Incluso su último sueldo quedó en la redacción. Mire, si tiene unos minutos lo invito a tomar un café. Venga, vamos a ese bar de la esquina.

Se despidió de su interlocutor. Cruzamos hacia el bar de Montevideo y Corrientes y pedimos dos cortados. Mientras esperábamos él encendió un cigarrillo; lo contemplé a través de la densa bruma de humo. Un tipo muy envejecido. Las arrugas en la comisura de los ojos me hicieron recordar a Damián. Un detalle fugaz llamó mi atención: cierto resplandor difuso en la retina.

—Cuénteme por favor lo ocurrido con Damián —le dije.

—Es una historia larga y muy compleja. Mi hermano era un muchacho culto, incluso escribió muy buenos cuentos y poemas en Montevideo. No teníamos buenas relaciones: Damián era talentoso y yo un fiasco muy grande, siempre resentido y envidioso. Envidiaba su capacidad para escribir y hacer amistades. También el éxito con las mujeres me provocaba rencor. Una noche —ya éramos muchachos grandes— lo vi leyendo la novela de Benedetti La Tregua y para mortificarlo le dije que era una basurita romántica. Damián no era capaz de alzar la voz pero esa vez lo vi empalidecer: “Andáte, Walter, ¡sos un hijo de puta!” me gritó. Damián se fue de casa. Vivía en una pensión de la calle San José y la Río Negro, en Montevideo, y de tanto en tanto visitaba a nuestra madre.

Sonrió apenas e hizo una pausa. Ansioso, sorbió el cortado de un tirón, como desesperado. Sus ojos contemplaban a los peatones, escasos, que caminaban por Corrientes recorrida por la brisa de la medianoche. Entonces le dije:

—Perdóneme: ¿nunca se reconciliaron, o al menos llegaron a una especie de armisticio?

—Al tiempo me encontré con Damián en Buenos Aires. Le traje algunas cosas que le mandó nuestra madre y no volvimos a pelearnos. Para mí la cosa no fue tan sencilla. Usted sabrá que esas rencillas entre hermanos se fundan en nimiedades, celos, futilezas de la edad. El tiempo hace lo suyo, pero en mi caso había sobrevivido el rencor.

—¿También Damián tenía ese sentimiento?

—No lo sé, pero supongo que en Damián era más dolor que rencor. Mire, un día viajé para arreglar asuntos de la herencia. Yo quería vender la propiedad de mis padres pero Damián no estaba convencido y entonces discutimos. A la semana volví a Buenos Aires y lo cité en el Once. Yo había arribado esa mañana en el vapor de la carrera, pero Damián nunca llegó a la confitería La Perla: tuvo un accidente trágico… Fue a tomar el subte en la estación Piedras y cayó a las vías cuando entraba el tren. No tenía documentos encima y nadie lo reclamó. Eso ocurrió el 31 de octubre de 1974.

—¡Qué barbaridad, pobre muchacho! ¿Pero usted cuándo se enteró?

—La misma tarde en que desapareció —me dijo con aquel hilo de voz y la languidez que parece ser una característica de los hermanos Domínguez. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para captar las últimas palabras.

—No lo entiendo, ¿y porqué no nos avisó?

—Fue imposible, créame —susurró con suavidad, casi con desgano—. Estuve preso.

Me sorprendió. No sabía cómo encararlo pero me animé:

—Disculpe que me entrometa en sus cosas, ¿qué le ocurrió, porqué estuvo preso?

El hermano de Damián, mirando hacia la calle, agregó:

—¿Quiere saber porqué estuve preso? Damián no se cayó: fui yo el que lo empujó a las vías del tren. Hace unos días que recobré la libertad. Pasé en la cárcel veintisiete años —murmuró con dulzura mientras esbozaba un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta.

—¿Dónde está enterrado? —le pregunté confundido. No me respondió.

Atiné a decirle que lo lamentaba. Pagué la cuenta y salimos. Dejé a Walter Domínguez en la esquina de Rodríguez Peña y Corrientes. Mientras se perdía en la noche, su modo de caminar me retrotrajo a la imagen del hermano, aquellos pasos suaves y módicos. El viento del río era fresco; eché a andar hacia el Obelisco. Tenía ganas de caminar por la Corrientes fantasmal mientras mi mente reelaboraba lo ocurrido. No podía dejar de pensar en la muerte de Damián y en la personalidad del hermano cuyas frustraciones, probablemente, lo llevaron al fraticidio.

Me eché sobre la cama, las manos detrás de la cabeza, el pucho colgando de los labios y la ceniza columpiándose, a punto de caer. Mi mujer dormía con placidez y yo reabría la historia de los hermanos Domínguez. La imaginé una parábola montevideana de Abel y Caín. Una idea maligna se me ocurrió, una idea para sobresaltar a viejitas que toman el té con masas en Las Violetas a las cinco de la tarde. Pero el sueño me tumbó.

A la mañana siguiente fui a visitar a Félix, un amigo que trabaja en los archivos de LA NACIÓN. Le pedí que revisara las noticias policiales aparecidas en el mes de noviembre del año 1974. Nada: nadie caído entre las vías del subte A, ningún accidente en la estación Piedras, ningún Damián, ningún crimen, ningún uruguayo, ningún extraño. Nada.

Volví a mi casa y le conté a mi mujer el raro encuentro con el hermano de Damián, la historia que me narró y el resultado negativo de mi búsqueda. Contemplándome con malicia susurró: “Averiguá en el depósito de fiambres”. No entendí dónde estaba la gracia, pero le hice caso.

Llegué temprano a la morgue. Le mostré mi carné de periodista al empleado del archivo, un tipo alto de rostro pálido, piel agrietada y amarilla. Sólo el guiño involuntario de sus párpados me convenció de que pertenecía al mundo de los vivos. Le pedí que buscara en el libro de entradas los datos de cadáveres llevados a la morgue entre el 31 de octubre y los primeros días de noviembre de 1974. Revisó entre las páginas mustias y resecas de un bibliorato lleno de polvo y telas de araña, luego se encogió de hombros y me dijo: “Durante esos días no hubo ningún caso de NN recogido en las vías del subterráneo”. Exánime, el tipo alto de rostro pálido volvió a sus guiños involuntarios.

Regresé a mi casa y le conté a Odina, mi mujer, el fracaso de esas averigüaciones: “Ninguna noticia en los diarios —le dije—, en la morgue no recibieron tipos caídos en las vías del subte: creo que voy a mandar todo el asunto al diablo”. Con los ojos puestos en la jaula donde el canario efectuaba sus piruetas, me insinuó: “Dejá a los muertos en paz y buscá algo que tenga relación con los vivos…”. Sus palabras fueron acompañadas de sugerencias concretas. Me parecieron razonables. Decidí que éste sería mi último intento. Escribí una nota, la fotocopié enviándola a diversos institutos de Buenos Aires y la periferia. Y me dispuse a esperar un milagro.

A las dos semanas llegó un sobre. Lo abrí con impaciencia y leí: “A su pedido se le informa que una persona de ese nombre está internada en este hospital desde hace veintiocho años y padece un tipo singular de esquizofrenia. Por sus reiterados períodos de agresividad fue recluido en un pabellón de internos peligrosos”. La frase final decía: “En el último año fue autorizado a salir de este nosocomio los fines de semana por el término de setenta y dos horas. A pesar de su mejoría, al paciente Damián W. Domínguez no se le puede dar el alta”. Lo firmaba un tal doctor Alberto Inchauspe, director del Departamento de Psiquiatría del Hospital Borda.

O Meu Amor - Colaboración desde Brasil


O MEU AMOR
Ivaldo Gomes

O meu amor a tudo cala.
Sabe, pressente.
Recebe como dádiva.
Diz que sim.

Meu amor quando vem,
manda Vém-Vém pra avisar.
Ele chega devagar.
Como vem no vento.

O meu amor a tudo sabe.
Diz quando não sabe.
Sabe quando diz.
Por um triz, sempre feliz.

Meu amor quando chega,
lateja o coração,
da corrumichão,
treme as mãos.

O meu amor tudo esquece.
Acontece pra ser feliz.
Diz que diz e não diz.
O meu amor é feliz.

Parpadeos del Incendio 1 - Colaboración desde Chile


PARPADEOS DEL INCENDIO 1
Gladys Mendía

en el túnel a veces veo la mano a veces las piernas y luego salgo a la nieve negra parpadeo de luces entre ceguera y videncia parpadea la nieve en las montañas me encandila el relámpago que salta me hiere los ojos como hundiéndolos en los vapores oscuros la nieve es el mar se le salen los colmillos goteando quién es uno sino un poco de nieve el túnel es el parpadeo en sombras pero veo todo derretirse en sombras pero veo todo derretirse corriendo en el túnel intermitente los ojos parecen girar dar vueltas de ruleta las ventanas del túnel te permiten cosas asómate a la ventana qué es uno sino un asomarse el viaje comenzó hace largo rato que comenzó sin caminar porque aunque no te muevas el viaje comenzó desde las ventanas veo las semillas que aún no revientan y ya piensan en el fin el túnel me enseña la voz aprendo a usarla cómo será la voz es negra es india es blanca el túnel es la destrucción lenta el viaje es la destrucción el viaje es la mezcla entre sombras y luces entre paredes y ventanas no veré el sol de la voz pero el viaje ha comenzado

Sueños en Tecnicolor - Colaboración desde Argentina


SUEÑOS EN TECNICOLOR
Cristina Villanueva

Imaginó su cuerpo de color fucsia, ese
rosa que se anima a más, la cabeza como una llamarada extendiéndose en los
rulos como si fueran mechones de flores rojas
abriéndose paso en el aire.

Pensó en las paredes de su ciudad para inscribir su firma
corporal: proclamas, pequeñeces que quedaron sin decir y lo que nunca tuvo
acceso a la palabra. Rotaba vertical estampando nombres, dibujos, vestigios,
señales de vida.

Después el mar fue una hoja para llegar al rojo
amarronado de los muros de Italia.
Todo lo no dicho se plasmó en esas dos ciudades idiomas.
Con el color de unas rosas opíparas de su jardín transformó la pincelada
cuerpo en mensaje, mientras la tarde se fundía y surgían palabras que esta
vez le hacían el cuerpo como antes, el cuerpo había hecho palabras.

Era una Grela Volada - Colaboración desde Argentina


ERA UNA GRELA VOLADA
Pako Rizzo

Era una grela volada
pretenciosa, engrupidora.
Porque que las hay, las hay.
Con empilche bien de brillo
adornaba un conventillo
con farol a gas escaso
con zarzo de grueso fierro y un amigo ferretero que le salvaba las papas, en asuntos de dinero.
La jugaba de finoli, sobre todo
en la almacen del viejo don celestino (donde siempre hacía pie en los momentos amargos)
pa pedir "caramelos finos". Por favor, ¿me da un cuarto?

Una tarde de ocio bardo, atacó las puerta del bulo, y me dijo
!soy vecina! atienda el requerimiento, podria usted acercarme un poco de champú
cremero, ando muy mal y sin
vento, tengo las mechas cachuzas y está cheno el ferretero, organizo una garufa.
No habiendo elemento alguno,
un detergente en sachet es lo único que tengo y es suyo, de buena fe.

A la madrugada avisté desde mi ventana florida a la mentada vecina rapada, en desaville, el lompa me calcé, al patio me le animé y le espeté francamente: más que una vecina un vecino parece usted en estas horas, con lo lindo que lucía su amarilla cabellera, mejor me vuelvo a la catrera, no me gusta lo que veo, pero antes dígame, ¿porque lo hizo? Se lo pidió el ferretero. No vecino, me contestó la chiruza, es que si usted supiera, encontré mi identidad, por tantos años perdida, le digo más, hace una rato, en corrientes y florida, hacían cola pa contratar a esta quia, como artista y compañía.

Las Ángeles No Tienen Sexo - Colaboración desde Argentina


LAS ÁNGELES NO TIENEN SEXO
Aldo Novelli

a Lord Cheselin y Big Leroy

ayer me morí/
estaba leyendo "Mein Kampf" de un tal Adolf Videla Camps
y de golpe me morí.

subí al cielo volando o algo así
me veía ahí abajo
el velador encendido/ los cigarrillos
los ojos húmedos/
cada vez más pequeño
una hormiguita con una lanza en la mano
hasta que llegué al cielo.

me recibió un viejo barbado con cara de loco
—usted se ha ganado el cielo por ser poeta —me dijo.
—qué bueno!/ ésta es finalmente la recompensa
a tantas palabras inútiles intentando decir algo.
—sí/ ésta es la recompensa
pero hay cada poeta!/ que la verdad
deberían irse directo al infierno —dijo malhumorado.
—usted/ se salvó raspando/ dígame que le apetece?
—un ron lento y dos chicas rápidas —le dije sin pensar.
—Ja!/ vaya por ese pasillo

el ron estaba bueno
las dos ángeles de alas rosadas mejor
las desplumé de a poco
mientras sonreían tímidamente/
y cuando llegué a lo que buscaba
una etiqueta decía "Made in Taiwán".

después/ como en una inmensa pollería
desplumé sin descanso cientos de ángeles rosadas
hasta el calambre total de los brazos.

esta mañana con el cuerpo dolorido
desperté en mi pieza
apagué el reloj/ miré hacia arriba
y entonces me di cuenta
que siempre hay un lugar
donde se puede estar peor.

Marcela, A Morta Viva - Colaboración desde Brasil


MARCELA, A MORTA VIVA
Ronaldo Monte

Marcela já era bonita.Mas queria ser mais. Daí que vendeu o carro, tirou empréstimo, torrou o cartão de crédito e fez uma reforma geral. Fez lipo, fez peeling, mexeu no nariz, botou um tantinho de silicone, salpicou aqui e ali um pouco de botox e pronto: Marcela ficou belíssima. O resto era com seu personal training e o regime draconalfaciano.

Aí começou a acontecer uma coisa esquisita com Marcela. Passou a ter a impressão de que ninguém mais a via. Sua empregada servia o café da manhã com o olhar perdido para além das paredes da copa. Decidiu almoçar em self-service depois que os garçons do seu restaurante favorito começaram a passar por ela sem atendê-la. Os seguranças do condomínio abriam os portões sem ao menos olhar para dentro do seu carro. As amigas,embora a tratassem bem ao telefone, deixaram de convidá-la para as festas. E os homens, meu Deus. Os olhos dos homens, para quem tinha feito todo este sacrifício, atravessavam seu corpo como se ela fosse um fantasma.

Um fantasma, é isto. Acho que morri. Por isso as pessoas não me vêem, não me notam. É isto, morri e ainda não me dei conta. Já tinha lido alguma coisa assim numa revista esotérica.

Era uma hipótese viável, mas algumas evidências mostravam que ainda estava viva. Mesmo sem olhar para ela, a moça da butique ainda tinha paciência suficiente para tirar e repor nas araras todos os vestidos que ela pedisse. Seu dentista, mesmo com o olhar alheio, não deixava de roçar-se no seu braço direito enquanto a imobilizava na cadeira. A fatura do cartão de crédito era uma testemunha irrecusável de sua presença encarnada neste mundo.

Tinha que procurar ajuda, mas de quem? Estava devendo ao analista, não queria aumentar mais a conta. Claro que não era louca de entregar um prato feito destes a nenhuma amiga. Tinha que ser um homem. Um amigo de confiança que possuísse uma virtude rara entre os homens: a de entender uma mulher. André. Só podia ser André. Pela coleção de namoradas que exibe com modéstia, ele deve entender muito de mulher. Além de tudo é poeta de poesia sutil, de quem cultiva uma certa alma feminina. Só pode ser André. Foi procurar André.

Escuta, Marcelinha, falou André, montado em sua estatura de poeta, o olhar lançado por cima da morta viva. Escuta, meu amor: você já deve ter ouvido falar de que certas pessoas, por conta das funções subalternas que exercem, se tornam invisíveis aos olhos das pessoas das classes sociais superiores às delas. Isto acontece com os faxineiros, os porteiros, os entregadores de pizza...

Mas eu não sou porteira, nem faxineira. E nunca entreguei pizza. Eu nem gosto de pizza. Irritou-se Marcela. E não me consta que divorciada seja uma profissão subalterna. Minha pensão não é de se jogar fora. Eu toda não sou de se jogar fora.

O problema é exatamente este, meu anjo, retomou André, ainda olhando para um certo ponto no horizonte. Você é bonita demais. E arrematou com o que Marcela não gostaria de ter ouvido: você não existe.

Así se Fundó el Reino de Wall Street - Colaboración desde Estados Unidos


ASÍ SE FUNDÓ EL REINO DE WALL STREET
Daniel Montoly

Quién vive en Wall Street
La primera plantación.
-Amiri Baraka-
Traducción de Carlos Bedoya

Llegaron a –empellones marinos–
en el Mayflower
limitando el anochecer
y a marcha de pájaro,
vendieron
esperanzas enfermas
a los nativos.
Había que verlos
sumergirse y emerger
con sus narices
platónicas
todas blancas
como algodones,
blancas como
la cocaína
de los magnates
banqueros,
como las meretrices
de los señores
políticos.
Blanca leche
de infantes negros
desparramada
sobre los billetes
de Wall Street,
sobre la Reserva Federal
y encapuchada
se coló
en las calles
con forma de tetas
venenosas
como la mala leche
en boca dulce,
induciendo
al vicio.
Así, se construyó
el reino
de los fantasmas,
piedra por piedra,
dolor a dólar.

Torre Horaria - Colaboración desde Argentina


TORRE HORARIA
Patricia del Mar

Se detuvo el reloj del museo:
los ojos apuntando al cielo,
el sombrero de su techo
__________tieso
la voz muda
y una fila de estudiantes
__________en la garganta.

Cruces - Colaboración desde Ciudad de la Costa, Uruguay


CRUCES
Federico Valfré

Rodrigo está mirando por la ventana.

Esa misma noche unas horas antes, en el barrio donde había crecido, se encontró con un amigo de la niñez.

Francisco estaba dando vueltas con unos amigos. Viendo qué rastrillar. Lo ve salir de una casa donde se estaban mudando. La señora dueña de la casa entra para limpiar la casa. Francisco decide seguirlo. A unas cuadras, lo encaran los amigos, riéndose, pidiéndole fuego. Él se queda en tercer lugar donde la luz no permite que lo vean bien.

Rodrigo está por mudarse cerca de la casa donde se crió en la niñez. Deja todas las cosas en casa. Cuando ya ha salido, una mujer que no conoce se le arrima y le pregunta si puede arreglar la casa. El le responde que sí. Sigue camino de visita a sus amigos. Rumbo a esa cuadra donde todos habían crecido. En la oscuridad del recorrido se le arriman tres personas. Le empiezan a preguntar si se va a mudar. Que el barrio está salado, que hay muchos robos. “Para él que hace años no vive en la zona, le parece todo mentira”. Se arrima a ellos y les dice que es un barrio tranquilo. Uno de ellos, el que está más lejos se le acerca. Rodrigo lo conoce como un amigo de la infancia. Lo llama por su nombre y se ríe. Intercambia algunas palabras con él.

Francisco lo agarra de la cabeza y le rasca el pelo. Le mete un palillo en la boca.

Rodrigo salta y le dice que está loco, que cómo lo va a amenazar con una navaja.

Los amigos de Francisco ya quieren interceder y matarlo.

Rodrigo sigue despotricando.

Francisco achica a sus amigos.

Rodrigo se calma un poco.

—Hace mucho que no andás por el barrio.

En la cuadra de sus amigos se los encuentra a todos reunidos en el frente de una casa. Varios habían visto el incidente y no habían hecho nada. Algunos ni siquiera le dirigieron la mirada.

Rodrigo empieza a despotricar contra los tres. Nadie lo escucha ni le da pelota. Sólo uno de sus amigos le dice que debería de hacer algo.

Juntos van hacia la comisaría. Hacen la denuncia. Y se van. Rodrigo con pesar. Su amigo con alegría de haberlo ayudado.

Unas horas más tarde, Rodrigo en la casa de sus padres está completamente asustado. Las gotas de sudor le recorren el cuerpo. Cierra todas las ventas. Algunas no se pueden tapar muy bien con las cortinas.

Desde el borde de la casa ve una camioneta de policía que viene a toda velocidad. Mira hacia dentro de ella. Está con la puerta abierta la chanchita. Un policía está cagando a patadas a unos que están en el piso.

Sentado en el asiento del acompañante va Francisco amenazado con un arma.

Vinicius Postigline y Teseo - Colaboración desde Argentina


VINICIUS POSTIGLINE Y TESEO
Oscar Portela

Vinicius. Tú sobrepasas infinitamente
las medidas. ¡Lúcido en sueños.
Soñando en las vigilias!

¿Donde está lo real sino en la carne
que un tiempo ignaro mancillará algún día?

Pero los Dioses como tú que
osan darnos refugio no perecen.

Y metamorfoseados vuelven
para ser la morada del deseo.

Así Vinicius Postiglione
como un nuevo Teseo nos salvas
de toda oscuridad y de lo informe.

Amo tu cuerpo todo,
tus exactas medidas,
pues eres templo y Dios,
y entre los dedos
de esos tus pies perfectos,
buscan mis labios ávidos,
el verbo que declina en Occidente,

Y en tu sexo de buitre y de paloma,
escancio los espacios y las horas
desta vida terrena.

Así busco esa perdida luna entre las
nacaradas uñas de tus dedos,
y me extravío en tu desnudo torso
donde navegan todas mis Trirremes.

¡Ah, sin un día descansar pudiera
sobre tus muslos dorados y perfectos!.

Y tus manos de Dios en mi cabeza,
permitieran libar en la osadía
de la dulce ambrosia que solo tú posees
y que sello de eternidad lleva consigo
entre tus torneadas piernas.

¡Oh Dios tan joven y perfecto,
que sin mácula convives con las horas
de la tierra renovada en tu ojos donde
esplenden los soles de otras vidas
más altas y potentes!

Vinicius Postiglione en el Olimpo
coronado de mirtos nos contempla.

Otro Olimpo dorado entre sus manos
como estrella de Oriente nos florece.

Para Leer en Estado Comatoso - Colaboración desde Bogotá


PARA LEER EN ESTADO COMATOSO
Neper Téllez Villarraga

"Por que la vida es un sueño... y los sueños no se cumplen por sí solos."

Y si tuviera la oportunidad de comenzar de nuevo y de terminar de una vez por todas los sufrimientos, cesaría también el desconsuelo y la pasión que tengo adentro de mi corazón. No siendo así, me debo conformar con escribir palabras sin sentido que intenten dibujar la textura de lo que llevo por dentro. Si las pasiones lejanas se escaparan y fueran a dar un paseo por lo que considero una estafa, entonces debería en un intento inverosímil y matizado hacer de las palabras esas cadenas que las amarren a lo que quisiera que fuera en toda su exactitud. Me derramo por dentro mientras con un pañuelo, seco por una de sus puntas lo que quisiera fueran lagrimas materializadas de angustia y desconsuelo. Me parte en dos como por un rayo —que más rayos, rayos— la ingenuidad y cómo con su carita de imbécil trata de esconder y disfrazar el dolor que me acarreo yo mismo. Las hormigas en su hormiguero se desplazan por los senderos que con premeditación han utilizado para satisfacer su necesidad, para apaciguar su angustia cuando por medio de miles de patas se transportan por mis venas y mi espina aún mi espina y mis riñones y como cualquier colonia destrozan lo que atraviesa su pensamiento. Mientras escucho un fado siento cómo voy por debajo de mí mismo y en sentido casi expropiado no me pertenezco y paso a ser un aire de tango y un bandoneón planchado. ¡Qué patético! Ya se empieza de nuevo a escribir y describir la muerte en los escritos y cuando el lector desafortunado que lo lea se de cuenta de lo que hace, él mismo se dispararía en las sienes y me ayudaría con el nudo de mi corbata para que demos inicio a una de las mas famosa fiestas que todo ser humano está invitado, esta inaplazable cita que tiene con su humanidad. Pero para qué atormentarnos con una vida casi extinta, la llama de una mecha de lino humeante está apunto de partir: aplástala Sohn del homme, corrije mi hortographia hasme novo de mind corpus corruptus que a pedazos llameantes y desencadenados me hacen ver atra(ves)car los pasos de aquel a quien está logos de mi mano y quiere para mi todo lo mejor, castiga sí, con mano fuerte y humíllame delante tullo y saco mis eerrrrooorreess como mi rroppa interior agujereada. Hunde en las sienes todo tu poder y has que no quede más que en mi mano las cenizas de talón.

Pie de Lucha - Colaboración desde Colombia


PIE DE LUCHA
Jorge Enrique Sarmiento

Lucha democrática en contra del periodismo amarillento y mal intencionado de las secciones de entretenimiento, en contra de las opiniones divergentes en sucesión de las convergentes, en contra de las "eses" que manchan nuestra gloriosa identidad y a favor de la revuelta épica de la "X", en contra de las moradas humildes que ni son humildes ni son moradas, ¡son rojas! Lucharemos ferviente y persistentemente por la liberación de las presas del pollo mediante el apoyo incondicional de nuestras manos en el suelo. Libertad a Kalunda Kintosh, a Pablo Escobedo, a Dark Vader, a Pedro Páramo, al Priorato de Sion y a Juan Tamariz, quienes son luchadores por la libertad, oprimidos por el yugo esclavista de fascistas intelectualoides del celuloide como Mario Gareña, Al Gore, Indurley alias "el Totono" Grisales, Vladhimir "Marin" y el nunca menos inpertinente Jairo alias "Anibal" Niño.

No somos comunistas ni socialistas, somos alcohólicos, proxenetas buscadores de la santa alopecia y del sacro pedo frijolero.

Esperamos su respuesta, para la que tienen exactamente 3600 segundos, luego de lo cual nos veremos obligados a sacrificar a un tal Momo alias "dios" con la espada vengadora de Lesbos.

"Por todo el pueblo de Timbalí las llamas iban extendiendo sus grandes alas rojas" en febrero de 1.962, y es por eso que "perder es ganar un poco". Tengan esto en cuenta al tomar su decisión.

¿Cómo No? - Colaboración desde Madagascar


¿CÓMO NO? (O EL CALUROSO VERANO DE LA GORDA FELIZ)
Alex Schlenker

Y ni ella ni yo sabíamos
qué mares navegábamos,
hasta que una noche se quedó
encallada sobre una roca
y en aquella roca murió,
toda marcada por dentro...
Mercé Rodoreda, "El Mar"

¿Cómo olvidar este verano?, si nos la hemos pasado en las noches calurosas invadiendo por medio de una caña, con la Buzz DigiCAM sujeta en la punta y en standby-modus-selfshot, el balcón de abajo. Rezándole a esa minúscula y titilante luz verde que lentamente se hunde en la madre de las oscuridades para descubrir, sigilosamente y en la más alta resolución, a esa gigantesca bola de carne femenina rozando su séptima década. Aquel desnudo bulto tirado bocarriba sobre la insignificante colchoneta de gimnasia —casi invisible al ojo humano. El zoom 14X de Ipprium registrando ese rostro bañado por gemidos, súplicas sin piedad, por una bocanada de aire en medio de esa soledad invadida de humedad. ¿Cómo olvidar su mirada? Esa ocular simetría desgarradora balanceándose en lo negro que habita entre dos días —el que muere y el que nace—, rogando sin un sólo pestañeo por un único instante de brisa que pudiera refrescarle ese aliento de cocodrilo encallado. ¿Cómo olvidar el sufrimiento con el que esa candidata a modelo de Botero rasga con finas pinceladas, compuestas por diminutísimos silbidos en Mi, el eterno y a la vez cómplice silencio veraniego? ¿Cómo no tener presente ImageDig 4.0 y su problema por cargar la foto entera, sin compresión, como si el Módulo de la tarjeta FastTrack reconociera en esa gordura absoluta y a la vez inquietante un documento de tamaño infranqueable? ¿Cómo no recordar con alegría y algo de asombro las infinitas posibilidades para alargarle el rostro, palidecerle aún más la piel, aumentarle la órbita a esas pupilas desde temprana hora dilatadas? ¿Cómo no sentir culpa por haberle abultado el pecho y el cuello con Photovert 3.4, por haberle puesto un color violeta a esa piel cada vez más tensa con ImageCube 7.1? ¿Cómo ignorar el comando fitskin023.exe con el que le robamos lo último de pudorosa intimidad que le quedaba a la matrona asada en baños de vapor propio? ¿Cómo no asumir el crimen, iniciado con una computadora que no puede más y que antes de cargar con la culpa de un cadáver digital decide suspender —no en una, sino en varias ocasiones— su sistema operativo?

¿Cómo no entender que en esos gemidos que trepan por el pasamanos del balcón, habita algo de placer, de encantamiento, de orgullo por ser en el ocaso de su existencia, agobiada por el sobrepeso y la constante amenaza terrorista del colesterol, una modelo deseada por el ojo del último fisgón de este tiempo? ¿Cómo no advertir algo de goce al dibujarle los contornos con DwightDraw a ese cuerpo finalmente inerte por la asfixia o por la angustiosa existencia bajo una piel agobiada por la eterna presencia de una soledad tipo "supermercado americano": 24 horas al día, 365 días al año? ¿Cómo no honrar en esa bola electrónica de plástico y metal, suspendida en todas las eternidades de todas nuestras oscuridades, nuestro propio ojo, nuestro tercer ojo balanceándose pendularmente sobre ese cadáver mitad imagen irrecuperable, mitad culpa? ¿Cómo no reconocernos en esa silueta humana, cubierta por sombras casi eternas, escondida en los balcones del mundo pidiendo un breve instante de brisa que la libere, aunque sea brevemente, de las sofocantes temperaturas? Con nuestras culpas —propias y ajenas— adornándole a modo de rosario el cuello. A esa difunta —lejos de ser bella para los magazines de la 110th street en NY— tan nuestra. ¿Cómo descifrar, sin entrar en pánico o caer en fetichismos cibernéticos, la desaparición de ese archivo tan vital para nuestra carrera de voyeristas, libres de pecado germinal o terminal? ¿O cómo comprender el tiempo, que en su eterna espiral se diluye confiando pacientemente que el eterno e infinito hilo de pescar vuelva de las profundidades del balcón de los muertos digitales en carne y hueso?

¿Cómo explicar que ahora sigamos silenciosos sentados, sumergidos en espera frente a una pantalla completamente negra?

Y aún es de noche...

La Payada - Colaboración desde España


LA PAYADA
Senén Rodriguez Perini

La cuerda de la viola
vino a romperse justo
cuando el malevo Acosta
comenzaba a decir su parlamento.

La sorpresa duró pocos segundos,
la escena se vivió en cámara lenta,
el sonido irritante de la cuerda
fue muriendo entre murmullos sin protestas.

Al final el silencio fue total, cual cementerio,
nadie se animaba a moverse de su sitio,
el guitarrero miraba asustado al payador
y este lo contemplaba nervioso y confundido.

Juan Acosta parecía congelado, cual estatua,
con la mano derecha pronta para acompañar su prosa,
de boca abierta, mudo,
esperando el acorde que jamás llegaría.

Pero el asunto no tuvo consecuencias,
el malevo dijo: “Son cosas del destino”,
mandó servir otra vuelta de vino.
y esa noche no hubo cortes, gritos ni asesinos

La Primavera Empuja - Colaboración desde Argentina


LA PRIMAVERA EMPUJA
Cristina Villanueva

Empuja los colores, las esencias,l as telas botánicas, las substancias, con el ardor de lo que se transformará en verano, con el oro alejado del otoño, con músicas secretas que tejen en el cuerpo esplendores de selva, con jardines a tientas, jardines emplumados, en el fondo del agua, explosión, universo, paraíso pequeño. La primavera cuando está por llegar, cuando asoma, es más, es una luz que se avecina, que anticipa, es un juego de pieles y atardeceres rojos, es un incendio prometido, una revolución que no se estableció, en desequilibrio, con las calles regadas de cantos.

La primavera como la revolución necesita de muchos, de voces y caminatas largas orillando flores, sueños, deseos que el invierno adormeció y el sol y el árbol. La primavera es lo íntimo que se desborda, burbujas, es el adentro y el afuera en la frontera de la piel que no puede contener tanto y se brinda a los demás. La primavera es un comienzo, un renacer, la pasión incesante de la vida que se entromete, se enseñorea, sin pensamientos y trama sedosas sensaciones para instalar los paseos de la sangre. Son poros como ventanas, galas, gotas, un profundo misterio, la confianza. Sonidos y paisajes, lo múltiple, ternura desnuda que busca. La primavera cuando empuja es un Tsunami, la gran ola de la vida y un pequeño ramito de albahaca.

Aeropuerto 10 - Colaboración desde Chile


AEROPUERTO 10
Galo Ghigliotto

cómo nos bebían esos vampiros a los que otorgábamos tanta devoción
porque sabían volar con sus propias alas
no como nosotros que debimos conseguirnos un aeropuerto
que a la vez era vertedero y templo del credo extraño que nos unía
en un punto perdido del tiempo

Educação - Colaboración desde España


EDUCAÇÃO
Tadany Cargnin dos Santos

O papel da educação
dever ser o desenvolvimento holístico do aluno
para que o mesmo inserido numa ampla visão
não se torne apenas um objeto de consumo

O ser humano é um grande somatório
de físico, espírito, intelecto e emoção
e desenvolver cada parte deste envoltório
e o objetivo máximo da educação
porque o educar objetiva criar um cidadão

Que compreenda o mundo em que ele habita
e que se comprometa através de uma missão
impactá-lo positivamente e rechear-lo de felicità.

La Velocidad del Psicoanálisis - Colaboración desde Chile


LA VELOCIDAD DEL PSICOANÁLISIS
Pablo Cassi

a Putaendo y su vieja estirpe de pueblo abandonado

Extraño la quietud de mi viejo pueblo,
una plaza colmada de domingos
el sombrío paisaje que deja la ausencia
en parte de pago
el lento ejercicio del psicoanálisis que descarta
a la muerte como la única variante.

La tarde llega cuando es demasiado tarde
reclama para sí el juicio de la verdad
unánime,
justifica un antiguo dogma
un pretexto poco serio para ignorarme
como si pretendiera juzgarme el murmullo
con su precaria existencia,
con la más elemental fe de errata.

Es sorprendente que Dios haya detenido
la tristeza
por causa de mi existencia.

A Menina de Noite - Colaboración desde Brasil


A MENINA DE NOITE
Ronaldo Monte

Para minha neta Gabriela

Ela era De Noite.

Assim como outras meninas
se chamam Da Guia, Da Luz, Da Penha,
ela se chamava De Noite.

Tinha outro nome,
mas se esquecia.

Era De Noite
o nome que gostava.

A noite
era a parte do dia que gostava.

Gostava da noite e suas estrelas.
Gostava da noite e seus silêncios.

Gostava da noite e seus escuros.
Gostava da noite e dos seus sonhos.

De noite gostava de cair no sono
como quem cai num colchão de nuvens,
como quem cai no colo da mãe.

Morta de sono,
De Noite fica parada no portão do sonho,
vendo seus pensamentos virar filme.

E daí assiste a tudo
sem ser vista.

E passeia sem ser notada
pelo meio das coisas que se movem.

Se equilibra sem medo
pela beira do abismo.

Pisa sem medo
o rabo do leão.

Bebe sem medo
as lavas do vulcão.

Brinca sem medo
com as chamas do dragão.

Mergulhada no sonho,
de Noite vasculha
o chão dos sonhos.

Cavalo marinho
estrela do mar
palavras de céu e terra
no mar dos sonhos.

Conchas, búzios, caracóis.
Palavras que se enroscam
pra De Noite desdobrar.

Água marinha.
Água de água na pedra.
Palavras de puro sonho.

Água-viva,
sinal de águas mortas.
Um sonho pelo avesso.

Na praia noturna,
De Noite vê em sua frente
a marca de seus pés.

Seguindo suas próprias pegadas,
a menina encontra sua cama
agora transformada em barca.

Ela embarca.

Barca e menina
levantam vôo
na noite de água e tempo.

E de dentro da noite
a menina ouve as sereias
e não sente medo.

E de dentro da noite
vem um tropel de centauro
atropelando o silêncio.

Um rosto de homem
e um dorso de cavalo
roçam a barca.

De Noite afaga
o rosto e o dorso
que voltam para o escuro da noite.

O silêncio se refaz
e a barca singra calma
a noite e o tempo.

Dorme a menina no leito da noite.
Cobre a menina um ar de cambraia.
A noite vela a menina.
Noitenina.
Meninoite.

De Noite dorme
sabendo que daqui a pouco
uma luz branda vem anunciar o dia.

É a aurora
Com sua cor de leite derramado,
com sua boca enorme
aberta para engolir a noite.

De Noite fica triste
dentro do seu sonho
porque sabe que logo logo
virá o dia.

E à luz do dia
acontecem coisas muito estranhas
que De Noite não consegue entender.

Parpadeos del Incendio 3 - Colaboración desde Chile


PARPADEOS DEL INCENDIO 3
Gladys Mendía

los órdenes teóricos están hirviendo se evaporan no hay sagradas escrituras la voz es un momento que será sin territorio sin atuendos marciales sin combate cuerpo a cuerpo sin código de honor ni orgullo ni altivez ni lealtad ni venganza destejer hay que destejer acabar con el rito la voz se está construyendo mientras arde fríamente el intelecto es caricatura el viaje se ha iniciado la desarmonía de las partes la llama de las partes la inestabilidad de las partes lo tóxico de las partes amamantan a la voz lentamente

Si la Sangre - Colaboración desde Argentina


SI LA SANGRE
Graciela Wencelblat

Si la sangre escuchara
el puño del olvido
desbordaría la noche
con un gesto.

Mi Novia - Colaboración desde Argentina


MI NOVIA
Rolando Revagliatti

Mi novia es deliciosa
no sé a quién quiero más
si a mi novia o a mi caballito de madera
mirando bien voy a evitar describirla
simpatiquísima con sus atuendos y sus manías
en la cama donde a mí se consagra
con fe sostenida

el nuestro es el noviazgo moderno
probablemente a la francesa

Pois É - Colaboración desde Brasil


POIS É
Ivaldo Gomes

Pra Pedro Cabral

Quando a turba
ignara,
assume caráter
de malta,
nada mais
é impossível.

Só nos resta,
aceitar os fatos.
Pois É melhor,
pra todos nós.
Diuturnamente,
evoluir.

Quando a malta
querida sai
na frente.
Nada que esperar,
pra depois.

Agora, Pois É.

Rutina de Malandro - Colaboración desde España


RUTINA DE MALANDRO
Senén Rodriguez Perini

El termo estaba lleno y el mate parecía recién iniciado, así que sin pensarlo demasiado se cebó uno. Fue chupar y escupir. Frío y superlavado, intragable. La alfombra multicolor mezcla de verdes, azules y marrones oscuros, vieja y mugrienta, ocultaría las manchas. Además ¿a quién le pondrían importar?

Vació el termo en la caldera y la puso a calentar. Notó que quedaba muy poco gas, quizás no le alcanzara. Igual vació el mate y buscó yerba en las alacenas. Nada. Sólo telas de araña y polvo. Una cucaracha salió despavorida.

—¡A la mierda el mate! —, gritó, y lo tiró en la pileta.

Abrió la llave y no salió nada, por el contrario el caño chupó aire. El agua estaba cortada.

—¡Ta que lo pario, carajo! —dijo en voz baja.

Tenía mucha sed. Algo de tomar tenían que haber dejado, se cambiaban las guardias cada doce horas.

La heladera daba lástima, provocaba dejar algunas monedas adentro para ayudar. Logró encontrar un sifón de soda al costado de la mesada de la cocina con fecha de vencimiento desconocida. Fecha de envasado tampoco tenía. Por más que la miró por todos lados no la descubrió. Se arriesgó a probar un buche. Lo paladeó un poco, tragó... estaba buena. Se sirvió un vaso grande.

Tenía aceptable efervescencia. Al terminar de tragar le salió un “aaaahhhhhh” de satisfacción seguido por un sonoro eructo. Se sirvió otro vaso pero no alcanzó a llenarlo. El sifón resoplando anunció que solo le quedaba aire a presión.

Con el vaso en la mano prendió un cigarrillo y se sentó en el sillón desvencijado. La ópera llenaba el ambiente. Ese tema le gustaba especialmente, fue a la compactera y repitió el surco. El volumen estaba bien alto, la música lo traspasaba.

¡Ah... la ópera!, ¡que voz ese tano cieguito!, llegaba al alma, realmente. Por un momento cerró los ojos y se sintió como transportado. El teléfono celular lo volvió a la realidad.

—Bien Jefe, así que se creen que estamos jugando. Sí Jefe, delo por hecho.

Cerró la tapita del aparato. Miró los cuerpos atados y amordazados en el suelo. Le gustó la vieja que lo miraba con ojos aterrados. Agarrándola del pelo la obligó a levantarse y la empujó por las escaleras hacia la salida de la casa de campo abandonada. No tenía miedo a mirones porque sabía bien que no había nadie a kilómetros de distancia.

Abrió la valija del auto, la tiró adentro sin miramientos, arrancó, manejó una hora y en el cruce de dos carreteras secundarias se detuvo. La sacó a los tirones, la arrastró hasta el árbol frondoso y le metió dos plomos de la 45 en la cabeza. El cuerpo quedó boca abajo desangrándose en el pasto freso.

Llamó por el celular:

—Está pronto Jefe, en el lugar que indicó. Un rehén menos. Vuelvo entonces, espero instrucciones.

Volvió al aguantadero, quería escuchar otra vez al italiano cieguito ese, iba pensando: "Qué voz del carajo!, ¿cómo puede cantar así?, ¿de dónde sacarán esa sensibilidad que conmueve?"

Acordando - Colaboración desde España


ACORDANDO
Tadany Cargnin dos Santos

Hoje acordei com vontade de nada fazer
somente de correr pelo bulevar do teu corpo
Hoje acordei com vontade de tudo fazer
principalmente de perder-me na floresta de tuas entranhas
Hoje acordei sem saber por que acordava
mas visualizei a razão quando vi a luz no túnel de tuas pernas
Hoje acordei sonhando que estava acordado
pois sonhava que corria, me perdia e me encontrava no universo do teu ser.

Observaciones - Colaboración desde Colombia


OBSERVACIONES
Carlos Alberto Zea

Existen tres únicas formas para entrar a un hospital y ser atendido en forma inmediata. Que seas el dueño, el doctor, el enfermero, o el celador. Que llegues con una gran herida como para veintisiete puntos en la cabeza (el caso del señor a mi lado), sangrada la cara y no se sabe si herido el cuerpo también, debido a la salpicadura roja en la ropa. Que seas amigo, amiga, hermano, prima o primo del doctor. La burocracia y los dolores de tripa no son democráticos.

Cuando entré por urgencias la vi. Su bata blanca, larga y aséptica la investían de cierta autoridad que nunca le encontré en reuniones familiares. Pero su largo cabello dorado cayendo sobre aquella bata y su mirada inteligente me persuadieron, me sonrió desde el interior de la recepción, ambos sabíamos a qué venía y me recibió el carné. En la sala de espera todos me miraron con cara de “¿y este qué?” Uno de ellos se levantó, un tipo mechudo, medio rocker, alcanzó la ventanilla y se dirigió a la doctora, le sonrío al abordarla y le preguntó por los exámenes de su hijo. Por eso lo dejo, le respondió ella, ya mismo lo pasamos. Entonces me fijé mejor en su mujer y el niño que lloraba sobre sus piernas. Lo siguiente fue mi nombre pronunciado en voz alta. Levanté la mano con cierta timidez y el celador abrió la puerta. Mi doctora me condujo por el pasillo hacia los consultorios. Una vez en el suyo cerró la puerta y dejamos los formalismos. Quiubo china, le dije. Quiubo chino, me contestó. ¿Qué le pasó?, me preguntó mientras besaba mi mejilla. Le conté en cuentas resumidas de mi sufrimiento de cuatro días debido a gastritis crónica descuidada que ya no me dejaba dormir. Pero creo que de no haber dicho lo mismo lo habría diagnosticado por la forma en que miraba mi rostro disminuido y mis ojeras recientes. Entregaba su turno a las siete de la noche y sólo quedaban algunos minutos. Hizo los trámites correspondientes y me indicó: Ahora pasas al frente y ya autorizo para que te canalicen. Todo lo que pensé es que yo venía por su opinión profesional y una fórmula para inyectarme, poder dormir al fin y asistir sin complicaciones a mi entrevista de trabajo del día siguiente. Pero heme aquí, al lado del señor de los como para veintisiete puntos en la cabeza, esperando a que venga un enfermero a chuzarme. Veo alejarse a mi doctora con los documentos y el tipo me pasa una bata señalándome el baño, se quita todo, me dice. Me desnudo en el estrecho cuartito, empaco la ropa en mi morral. En el bolsillo de la chaqueta encaleto mis escasos billetes, papeles, el celular y el mp3. Salgo con los tenis en la mano, descalzo, y puesta la ridícula bata verde hospital con abertura hacia delante, llevo paso temeroso, como para cirugía. El tipo me dice que me ponga los tenis, lo hago e imagino a Axel Rose con la misma bata, converse all star, dando vueltas borracho por el escenario. El tipo sale y hace su aparición una joven enfermera que alista sus instrumentos. Me pide el brazo y amarra un guante elástico en la parte superior. En la tarde he matado el tiempo viendo por tercera vez Trainspotting y recuerdo enseguida a Mark Renton y sus amigos en la antesala del heroico viaje por la heroína y sus múltiples genéricos. Me relajo y entrego mi vida a aquella enfermera pero no siento que salga o entre liquido. Se lleva la muestra y vuelve el enfermero a instalar el catéter.

Cuelga el suero y me pregunta si tengo ganas de orinar y le digo que sí, había evitado hacerlo cuando me cambié porque escuché a mi doctora ordenando los exámenes. Entonces baja el suero, lo pone en mis manos, junto con el tarrito para la muestra y me ordena que vaya. El baño está ocupado pero el celador me dice que hay otro para pacientes al fondo del pasillo. Entro y apunto con precisión, la última vez que hice esto deje el tarro chorreado. Lo tapo con delicadeza y le doy vueltas hasta apretarlo. Recojo el suero cuidando de no mover el catéter. Vuelvo al lado del señor de como para veintisiete puntos en la cabeza. Está acostado en una camilla, tiene puesta una venda a manera de balaca empapada de su sangre y habla por teléfono con su mujer, pidiéndole que se apresure con el papel que falta para que por fin le cierren su herida. Entonces pienso que aunque se tengas el hígado afuera nunca es suficiente, puedes entrar, pero si te falta algún papel estás perdido. Viene mi doctora de nuevo, me dice que ya todo está en orden, piensa que me tendrán hasta el amanecer en observación, pero que si por las moscas me dan de alta a media noche, que la llame y ella sin problemas me recoge. Le agradezco su “hospitalidad”. Estoy sentado sobre una rimax y los cordones de mis tenis besan las baldosas. Mi doctora lo nota y le pide al enfermero que me consiga una camilla, la obedece y lo sigo por el pasillo cerca al baño de pacientes, entra a una sala y sale empujando una. Me instalo, me descalzo, dejo a mi lado la chaqueta. Mi doctora acomoda mi morral bajo la camilla, me desea suerte y se va. La veo alejarse por el pasillo y perderse agotada por la puerta trasera. Bueno, aquí estoy, me digo, como para decirme algo, me acomodo, miro el cielo raso, cierro los ojos, los abro, no me da sueño, pero mi espalda descansa. Antes de irse mi doctora me ha dicho que en poco más o menos una hora vendrá el doctor de turno y así sabré a qué hora puedo salir. Estoy casi relajado y aparece una enfermera baja y rechoncha, con el cabello recogido en trenza y cara de pocos amigos. Sin decirme nada empieza a mover la camilla jadeando a cada rato. Desde mi perspectiva, el mundo se mueve a mis pies y el pasillo se desplaza sin mi y recuerdo otra vez a Mark Renton, ahora sumergido en la alfombra al borde del abismo. Aparece un enfermero que auxilia a la ya fatigada y soy conducido a la sala de observaciones. Es una amplia sala adecuada como para una docena de camillas, separadas por cortinas que dan la apariencia de cuartos individuales, frente a los cuales, desde una recepción, enfermeras y doctores observan a sus pacientes. Quedo al lado de la pareja de la entrada. El rocker consiente a su hijo y la chica habla con una enfermera sobre los últimos síntomas; el niño presenta un fuerte dolor abdominal que no le ha parado en todo el día con nada y quieren descartar cualquier posibilidad. ¡Vaya!, pienso, el pequeño sufre lo mismo que yo, y al igual que yo, que estoy dispuesto a lo que sea con tal de descartar el mal de vesícula que me pronosticó mi hermana en caso de que lo mío no fuera lo que yo pensaba, tal y como le pasó a su suegra que tuvo que ser operada de urgencias y casi se muere. Regresa la enfermera rechoncha con el aparato para tomar la presión. Desde que la vi por primera vez noté que nunca mira a nadie a los ojos y que todo lo hace como con los ojos tapados. De tal manera que era normal que tropezara con mi catéter, lo removiera y me hiciera ver estrellitas al sentir la aguja navegando sobre mi piel, dentro de mi vena. ¡Jueputa!, exclamé. Le dolió la manito, dice la desgraciada. ¡Claro!, le digo, o no se dio cuenta que movió el catéter. No dice nada, termina su operación y se va mientras me quedo pensando que habría sido mejor no haberla insultado ya que estaría a mi lado toda la noche. Ahora llega otra enfermera a canalizar al niño. “Te tengo que hacer un chuzoncito”, oigo que le dice la malvada. “NOOOOOO”, grita el pequeño y empieza la histeria. No logro verlos bien, pero los imagino forcejeando con la mano del pequeño. “Quédate quieto”, le ordena la madre autoritaria. “No muevas la manito papá”, le dice el tierno y complaciente padre. “Quietico… quietico…”, amenaza la malvada enfermera. Y el pequeño se debate a muerte chillando al sentir la aguja sobre su piel. “No me maltraten más”, les grita el pequeño racional. Lo logran, el niño se calma poco a poco y ellos dialogan en calma. Pienso que no deben vivir muy lejos de aquí, tal vez en Suba, o en Usaquén, en algún mediano apartamento que estarán pagando. La chica debe trabajar en oficina, a juzgar por su atuendo; botas de alto tacón, pantalón ajustado y chaqueta a su medida, dulce rostro maquillado y cabello alisado, a lo sumo labora como secretaria en cualquier empresa. El chico, ya lo dije, debe ser músico, tendrá su banda y hará toques en bares melancólicos y vivirá de sus pinturas, ha de ser artista también. Entra el celador a inspeccionar y le comunica a la pareja que sólo puede permanecer uno de los dos con el niño. La chica pregunta si en algún momento de la noche pueden intercambiarse y el celador les dice que sí, y ellos deciden que él esperará afuera por ahora. El rocker se despide de su maltratado bebe y sale. Pienso que el rocker sí debe ser rocker, pues camina como bailando, como si tuviera instalada la batería en sus pies. Ahora la chica consiente a su bebe, juega con él, le hace ver las ventajas de portarse bien y hacer caso. El niño ríe y juega con ella, le hace caer en cuenta que él sólo es un bebe y ella le dice que sí, pero un bebé que esta aprendiendo. Le pregunta si quiere quedarse con ella o le dice al papito que venga y se quede con él. El pequeño le dice que no, que mejor con ella, y que además hoy no quiere quedarse en la casa del papito… Separados, me digo, y se desbarata mi teoría de la linda pareja. Todo lo solido se desvanece en el aire. Así que no son otra cosa que un par de adultos cumpliendo obligaciones contraídas. Vuelve la regordeta y me pongo en guardia. Mueve de nuevo la camilla, jadea otra vez, me desplaza y acomoda al otro lado de la sala, justo al lado del señor de como para veintisiete puntos en la cabeza que aún no le cosen porque su mujer no ha llegado con el papel. Se llama Siervo, un moreno bajito, bigotudo, antiguo, de tierra fría con peinado punk; el accidente le dejo el cabello en puntas y desde sus entradas pronunciadas le descuelgan dos hilachas de pelo que caen rebeldes por su nuca. Es un celador que perdió el conocimiento después de abrir una puerta, yéndose de bruces contra el suelo. Los médicos aún no se explican el por qué de su caída, no hay que descartar nada, habrá que hacerle todo tipo de exámenes y cerrarle la herida, pero todo será cuando aparezca su mujer con los papeles. Al lado de don Siervo yace doña Elogia, una sexagenaria mujer que sufre afecciones cardiacas y espera una operación de corazón abierto, y en frente suyo descansa con un brazo bajo la cabeza (curiosamente el del catéter) y la pierna cruzada, don Ricardo García, el hombre promedio, de unos cuarenta y tantos años, medio calvo, medio gordo, medio simpático, medio chistoso, medio jovial, medio conforme, que no se por qué diablos esta aquí; es el único de los pacientes que no tiene cara ni aspecto de enfermo. Desde que ingresé a la sala lo escuché hablando por su celular, es su adicción o su salvación, no lo sé, pero no lo deja, llama a todo el mundo y habla con soltura de su estado sin revelar de qué sufre, diciendo las veces que lo han inyectado y el tiempo que lleva internado, lo hace como hablando de negocios, se diría que con placer y sin queja alguna. Lo miro, me recuerda a un hermano de papá, un tío que no veo hace como veinte años, pero imagino que si lo viera sería como don Ricardo García. El tipo anda para arriba y para abajo en pijama deportiva, saluda a las enfermeras como quien saluda a la gente de su casa, se acoda sobre la recepción a charlar con ellas y uno jura que se cuentan los avances de las telenovelas. Mañana a las seis, le recuerdan ellas. Sí, tempranito, les responde él. ¿Quién paga la ambulancia? Le preguntan. Yo, dice él, en efectivo, agrega. Se despiden y cada quien continua en lo suyo. Puede que se vaya para su casa a pasar su convalecencia, pero no imagino otro sitio mejor para él que este.

Ataca la rechoncha, me pongo en guardia, cambia por segunda vez la bolsa del suero y vuelve a tropezar con mi catéter, ¡jueputa! No puede ser, me digo, ¿le dolió? Pregunta la estúpida, y no puedo evitar mirarla con ganas de ahorcarla, reprimo mis lagrimas y madrazos.

Se acaba la bolsa y pienso que vendrá por la tercera, pero esta vez aparece el doctor. Son cerca de las once de la noche, ya me han llamado varias veces mi hermano, mi hermana, y mi doctora, preguntándome por mi estado y si ya me han chequeado, y les he dicho que no, sin prisa y resignado a pasar la noche de observación, pero con la precaución de contarles lo de mi entrevista del día siguiente y la necesidad, tal vez la condición, de salir temprano de aquí. Es un doctor joven, nueva promoción, pienso, he visto sólo a un par de veteranos aquí, parece que el país en todos sus aspectos empieza a recambiar, recuerdo entonces a los viejos curas de sermones oscuros sucedidos por padres juveniles, ahora estrellas de TV, carismáticos e ídolos amados a la vez por jóvenes y ancianas. Tiene que ser así, pienso, será nuestra manera de salvarnos, pero no logro imaginar el recambio al interior de las FARC, ¿qué clase de tipo podría encarnar el papel de un tirofijo ortodoxo y renovar la imagen en un guerrillero vanguardista, ultramoderno, necesariamente postmoderno? No lo sé, creo que moriré sin conocerlo, tal vez mis hijos… o los hijos de mis hijos… o los hijos de ellos… en fin. El joven doctor es ante todo un pedagogo excelente, pasa por cada camilla, historia en mano, y luego de saludar cordialmente al paciente le cuenta sobre la evolución de su enfermedad, la manera en que la van a combatir, las propiedades de los medicamentos y sus reacciones desencadenadas una vez en el organismo, pronostica las consecuencias y por poco da de alta de una, uno siente que todo va bien, y que pronto muy pronto uno ya va a salir y que todo pasará. Por lo pronto, me dice, vas a continuar vía intravenosa, suero, algunos calmantes, esperamos el resultado del laboratorio de la mañana, iniciamos vía oral, te damos de comer y según la reacción, que imagino será aceptable, te mandaremos a casa más o menos al medio día… No puede ser, pienso, se me acaba de embolatar la entrevista. Se me debe notar, porque lo siguiente que dice es, cambia esa cara hombre que no es el fin del mundo.

Me ausculta, revisa mis pulmones, me da palmadas y golpes en pecho y espalda, mientras va haciendo preguntas rutinarias. ¿Cuándo fue tu última ingesta alcohólica? Entonces recuerdo el tráfico de vino, cerveza y cigarro de mi más reciente noche de juerga. Hace unos veinte días, le contesto. Tal y como me lo esperaba me hace notar el deterioro progresivo que toda esta clase de insumos producen en mi cuerpo y la correspondiente sugerencia a dejarlos, así que le comento que eso ya me lo he prometido desde que el dolor agudizo sus extremos, pero que en realidad lo único que pienso dejar por ahora es el cigarro. Me dice que bueno, que por algo se empieza. De repente, se queda mirando la manguera invadida con mi sangre que sale del catéter y llama a la enfermera, no puede ser. ¿Qué es esto?, le pregunta indicándole el descuido, ella no lo mira a los ojos, no mira a ningún lado y se dispone a cambiar el suero, pero es inútil que se accione, así que presiona la manguera, la jala, purgándola como si se tratara de un sistema de frenos y lo que siento en mi vena es un torrente de liquido entrando por una pequeña obertura que duele como un demonio y entrecierro los ojos, mientras que el doctor me da sus últimos consejos. La rechoncha no ha podido reactivar el sistema y ataca de nuevo con la purga, duele espantosamente y tengo que tomarme la cabeza. ¿Qué le pasa?, me pregunta el doctor. Que duele un poco, le digo. Éste mira a la enfermera y le recomienda que sea suave. La rechoncha arremete y una nueva purga, ¡jueputa! A las malas logra hacer funcionar el sistema y el suero empieza a entrar por mi vena en diminutas y espaciadas gotitas, un alivio. El doctor observa el pequeño tablero pegado a la pared y me pregunta si acaso yo soy Ignacio Cifuentes, niego con la expresión de mi cara, y entonces se dirige a la enfermera. La rechoncha no nos mira y borra con la mano, extrae un marcador de su uniforme y me bautiza con mi segundo nombre, el que jamás utilizo y que ella, llevando la contraria, rescata del anonimato. Eso es todo Alberto, me dice el doctor. Termina sus anotaciones al margen de mi historia. Le pregunto si puedo comer algo, niega rotundamente con la cabeza y parte hacia la siguiente camilla. Saluda a don Siervo con el mismo ánimo resuelto y enseguida se disculpa no sin cierta pena, por no haberlo podido atender como él se merece, pero ya sabemos lo del bendito papel y menos mal que, si bien la herida es levemente profunda, un poquito ancha y larga, por ahora bastará con el paño de gasa para impedir la hemorragia, ahora que tampoco sería necesario ya que la sangre ha estancado. Por poco le dice que ya está bien y que se vaya. Pero este es un doctor serio y por ahora lo único que puede hacer es mantenerle el suero y abonarle algunos desinflamantes. Olvidaba decirlo, pero a don Siervo poco a poco se le ha empezado a cerrar y amoratar el ojo del lado de la herida. Siguiente camilla. Doña Elogia lo recibe como al hijo, le dice la alegría que le produce verlo, que por qué no viene más seguido, Y nuestro doctor le contesta que ya quisiera él pasársela viéndola pero que ya sabe ella que hay que sacar tiempito para todo el mundo. ¿Qué qué?. le dice ella a medio grito. Que no he podido, le dice de nuevo el médico. ¿¡Qué!? Que toca SACAR TIEMPITO PA TODO EL MUNDO. Ah, eso es verdad, le contesta la anciana, es que ya casi no oigo de este oído doctor. Eso me doy cuenta, le contesta el médico. ¿Qué qué? Que sí, me DOY CUENTA. Ah… Es que uno a está edad se va acabando a poquitos. Doña Elogia tiene un tono dulce, de viejita consentida. ¿Por qué esta solita? QUE POR QUÉ NO HAY NADIE CON USTED. Ah… es que ya se fueron, pobrecitos… ya deben estar durmiendo. Pobrecita usted que es la enfermita. Sí, a mi me da mucho pesar verme en esta cama doctor. Lo que pasa es que yo siempre fui una mujer muy activa, siempre, me valía por mi misma, yo he vivido mucho tiempo en Estados Unidos y cuando vengo acá me digo que mejor me quedo unos tres días y luego me voy para Pereira que allá no me sienta mal el clima, pero me quedé en Bogotá y ya ve…Nunca me faltó platica y antes ayudaba a mi familia… y ahora… no les puedo… Cálmese, le dice el doctor, no se agite. ¿Le duele acá?, le pregunta el médico, y antes que ella le responda le repite. ¿LE DUELE AQUÍ? Sí doctor, le responde ella, es que imagínese que eso fue cuando en Miami me llevaron a donde una señora para que la cuidara, pero nunca me dijeron que ella no estaba bien de la cabeza, que tenía problemas mentales, y yo empecé a cuidarla y ella me decía Elogia, si se me corre el coco deme un buen par de cachetadas, y yo le decía que no, y ella que sí Elogia, deme duro que eso se me quita, pero yo no le ponía cuidado hasta que se enloqueció y de pronto comenzó a tirar todo por el piso y yo quería controlarla con palabras pero no podía, claro que no pensé en pegarle, pero la cogí duro y se me soltó y me mandó un puño en el pecho, salió a correr… no… yo no volví por allá, pero por eso creo que es este dolor, desde esa vez de esa puñetera que me dio esa señora. Bueno Elogia, le dice el doctor, te me vas a seguir tomando los medicamentos juiciosa, yo creo que mañana te damos cama en piso y por ahora creo que necesitas nebulizaciones. ¿Qué QUÉ? QUE YA TE MANDO LAS TERAPIAS. Doña Elogia lo despide como a un hijo, le da la bendición y que no demore en volver. Siguiente camilla; Don Ricardo García. Por fin voy a saber de qué sufre este tipo. Se saludan como viejos amigos. Palmadita en el hombro y pienso que lo que sigue son preguntas acerca de cómo esta la familia y esas cosas. El doctor chequea su historia, le pregunta que cómo ha seguido, a lo que jovial y sonriente le responde que lo mismo, que bien, gracias doctor. Eso es todo. No hay diagnóstico, ni recomendaciones y mucho menos revelaciones. Se despiden como compadres y siguiente camilla. El misterio no pierde la forma. A los padres separados del pequeño racional les dice que en los resultados de la caquita del bebe no se encontraron elementos anómalos, falsa alarma, cero brotes de infección, que lo que debió producir la inflamación abdominal, es decir, el dolor de barriga, debió ser algo que comió, pero que en todo caso ya es muy tarde para darlo de alta y mejor controlarlo vía oral desde las primeras horas de mañana, es decir que alcanza al desayuno y a casita. Bien, los padres sonríen, y en seguida como si la escena fuera planeada, vuelve y entra el celador a sacar a uno de ellos. Acabada la revisión en las sucesivas camillas, el doctor da unas últimas recomendaciones a sus enfermeras y sale de la sala. Ellas le obedecen de inmediato; reparten pastillas y toman presiones, hacen el registro habitual de sus responsabilidades cumplidas y sin más son apagadas las luces, sólo quedamos iluminados por las lámparas de neón de recepción. Ya me duele la espalda, es incomodo voltearme y hacer pericias con el catéter. A ratos me siento como un prisionero conectado a esta bolsa, me desespero un poco, pero mejor me calmo que así no consigo nada. Decido sacar el mp3 de mi chaqueta. Lo enciendo y busco las emisoras de programas para somnolientos.

En uno de ellos el tema es la vejez, y la pregunta para el radioescucha es: ¿Cómo te imaginas tu vejez? La voz de la conductora es lo más sensual que he escuchado en mucho tiempo, se me hace difícil pensar en la decadencia con sus caricias en mi oreja. Bueno, son diversos los deseos, por su puesto, todos hablan de la paz final, la vida sin sobresaltos, el no hacerle estorbo a nadie y eso si, a nadie le da por hablar de achaques y soledad, es una audiencia positiva. Alguien hace que recuerde a mi hermano al decir que todo lo que imagina es la serenidad de una casa de campo, aunque en los planes de mi hermano no está esperar a hacerse viejo para conseguirla. Pienso en doña Elogia a mi lado. Los investigadores del programa se fueron a averiguar las vicisitudes de un ancianato y lo más interesante que encontraron a una anciana que hace la siguiente declaración: “Cuando yo llegué aún estaba joven y me metía en todo, hoy tengo ochenta y no quiero saber de nada… eso fue hace como veintipico de años…” Un buen tema, pienso, una anciana, dentro de un ancianato, que todavía no envejece lo suficiente como para sentirse vieja y que ayuda a las mas viejas a sentirse jóvenes… pero que al hacerse vieja ya no le interesa mentirse con eso de la juventud… Empiezo a delirar, mejor lo cambio. Este otro programa lo conduce un veterano reportero, nada que ver con los encantos pasados. El tipo está hablando de la manada, manada de leones, dice que siempre son dos los leones que custodian la manada, pero que a pesar de todo son las hembras las que cazan, las leonas se rebuscan la comida, pero eso sí, una vez atrapada y ejecutada, el paso es cedido a los leones que al oler la sangre saben que ya está la comida. Primero se sacian ellos y luego los cachorros y lo que sobre para ellas. Ahora hace una pausa y compara este tipo de sociedad con la nuestra e invita a los oyentes a disentir. Propagandas. Imagino a la señora indignada que llama a decir que ahí estamos pintados, que todos los ANIMALES son machistas… Nuestro locutor se defiende y dice que un momentito, ¿acaso no sabe ella qué hacen seis hienas babosas, asquientas y hambrientas alrededor de una leona? Púes sacarla corriendo, dicho de otra manera la hembra huye, en cambio la presencia de un solo león, del macho, es suficiente para amedrentarlas, de no ser así la manada estaría perdida. La oyente cae en la trampa y cuelga… propagandas, imagino a todos los de la cabina cagados de la risa. Me preparo para el siguiente tema, me doy la vuelta evitando hacerme daño con la manguera del catéter y no enredarme con el cable de los audífonos. Listo, pero no hay sonido, constato que se acabó la batería del mp3, no puede ser. Son cerca de las cuatro y contrario a lo que pensé, no hace frío, debe haber calefacción en algún lado. Aguzo el oído pero no logro captar más que leves pasos, voces distantes y ese ruidito característico de todo computador, esa pequeña planta eléctrica a la que estás habituado. Despierto, debo haber dormido unos veinte minutos, consulto la hora en el celular, casi las cinco, atrás de mi hay una pequeña ventana hacia un patio y a través de ella se filtra el sonido del paso raudo de los vehículos, a ciento veinte o ciento treinta kilómetros por hora. Aún está oscuro, no veo el cielo, si había estrellas ya desaparecieron. Despierto, ya veo claro, en la ventana se perfila una mañana gris. El ambiente se reanuda, parece que las enfermeras han despertado, revisan sueros y presiones. Viene mi regordeta, empieza a cambiar la bolsa, después de la sexta perdí la cuenta, ha de ser como la octava o novena, no sé. Le digo si que si acaso no tengo que empezar vía oral, no me mira pero la escucho, “eso sólo será cuando venga y lo ordene el doctor”. Da la vuelta, se va, y esta vez la muy bandida no tropezó con mi catéter. Llegan los de la ambulancia de don Ricardo, dos camilleros y el conductor, no sé por qué pero todos los que he visto entrar y salir son calvos, ha de ser algo así como un requisito salubre para el perfecto desempeño del cargo. Don Ricardo los recibe como en su casa, qué pena atenderlos en estas fachas, si hubiera tintico preparado les brindaría, pero ya me arreglo y nos vamos. Se echa la tolla al hombro, se calza las chancletas y sale. Recuerdo a Cortázar y la salud de sus enfermos. Lo esperan. Acaba de llegar el desayuno. Traen las bandejas en un pequeño carrito y yo trago saliva, no he comido en dos días. Empiezan a ser repartidas justo cuando viene la chica que toma los laboratorios, me pincha y extrae la muestra, aprovecho para decirle que lo que sigue conmigo es vía oral. Me dice que ya me ayuda y a la primera oportunidad repregunta al medico, que no he visto entrar, si ya puedo comer, el doctor me mira y lo miro con cara de “hombre, tengo mucha hambre”. Aprueba una dieta leve. No hace falta que me atiendan, al estilo de don Ricardo voy por mi bandeja. La traigo a mi camilla, me siento y la pongo sobre mis piernas. Son tres recipientes plásticos con tapa y un par de panecillos, uno más grande que el otro, empacados al vacío. Tiento los vasos, caliente, frío y caliente. Destapo el más grande; caldo con papa disuelta y pequeños trozos de carne insabora. Lo acabo a pequeñas y luego a grandes cucharadas. Segundo tarrito; avena caliente sin azúcar. Mientras, vuelve don Ricardo, trae el cabello revuelto pero mojado y pronto moldea sus escasos cachumbos, maneja con destreza la mano del catéter. Alista sus cosas, tiende su camilla con el suero en la mano sin tropezar una sola vez, un gran profesional, me digo, mientras pruebo el frío jugo de sabor neutral que matizo con un panecillo. Don Ricardo se despide de todos con alegría pero no para siempre, entonces me entero que lo que tiene es una cita en otro hospital para una resonancia, es decir, se va para otra de sus casas. Vibra mi celular, lo he metido entre el calzoncillo para no perderlo y el cosquilleo me recuerda que todavía existo. Es mi dulce doctora. Que cómo estoy, pregunta, le digo que bien, que ya me tomaron el laboratorio, que aún continuo intravenoso pero que ya inicie vía oral y ahora espero el chequeo del médico, y que por si no lo nota ya hablo como doctor. Me dice que el turno cambia a las siete y que por ahora nadie se comprometería con mi salida, que no me preocupe que ella me ayudará para cumplir con lo de la entrevista de hoy. Le doy mil gracias. Hay que esperar, me digo a mi mismo que paciencia, que todo está pasando… entonces siento cierta nausea… Tapo mi boca y me calmo, si vomito delante de todos estoy acabado, me dejarían ocho días. Espero en total expectativa y el malestar se desvanece, no me duele la barriga y así me doliera hasta el alma lo negaría con tal de salir de aquí. No es un mal hospital, es más, es medio lujoso y queda justo enfrente de uno de los mejores hoteles de la ciudad, desde mi pequeña ventana puedo ver sus cuartos con balcón y a uno que otro turista desperezarse frente a la magnifica vista de la ciudad. He estado en peores y paupérrimos sitios, recuerdo, en donde no sólo te enfermas de tus síntomas si no de los síntomas de los demás, sus tufos y olores infectados en pasillos eternos atiborrados de camillas, en medio de galenos y enfermeras que transitan y a nadie miran. Pero esta condición no se niega con el estrato, la enfermedad es una cárcel en donde quiera que te encuentres. Ahora se realiza el empalme, las enfermeras entregan a sus compañeras y los doctores a sus colegas; realizan inventarios de pacientes, dosis, reacciones, padecimientos y procedimientos. Hola Alberto, me saluda el nuevo doctor, mucho más joven que el anterior, casi un adolescente, mucho más alegre y abierto, un desparpajo de emociones. ¿Cómo te encuentras hoy?, me pregunta mientras me ausculta, veo que bien, me dice. ¡Excelente!, me dice luego de las palmadas entre pecho y espalda, ¡ya no te duele nada! Te puedes ir, ¿en que trabajas? Le digo que por ahora estoy desempleado pero que precisamente hoy tengo una entrevista. ¡No jodás! ¿Y qué, mejor? SUPER mejor doctor, le respondo contagiado de su alegría. No se diga más, ya mismo te doy de alta. No sé por qué, pero presiento que mi doctora ya habló con él. Estoy medio ido y me aterriza una enfermera. ¿Ya se bañó?, me pregunta. Le digo que no. Entonces alístese que usted sigue después de la señora. Veo a doña Elogia ayudada de uno de sus familiares entrando al baño. ¿Tiene elementos de aseo? Me pregunta. No, le respondo. Entonces se va y enseguida regresa. Con esta bata se seca y con esta se cambia, me dice. Cuando le estoy dando las gracias pone un pequeño jabón sobre mi mano. Sale doña Elogia como un pollito recién lavado de lluvia. Entro al baño y me desnudo. Saco el suero con pericia por entre el hueco de uno de los brazos de la bata y luego jalo el resto de la manguera sin hacerme daño alguno. Lo pienso un segundo, ya me estoy pareciendo a don Ricardo, qué horror. Pongo la bolsa sobre la tapa del inodoro y saco la rimax acomodada debajo de la ducha, me meto dejando la mano del catéter por fuera. El agua está perfecta, me doy la vuelta y me relajo sintiendo cómo cae masajeando mi adolorida espalda. Salgo y me visto con audacia. Afuera me encuentro con don Siervo, que espera su turno, le han cambiado la gasa pero aún no lo cosen y me dice que no sabe nada de su mujer y menos del maldito papel. Me siento en la camilla y vuelve la chica del laboratorio por una nueva muestra, no se qué diablos pasó con la otra pero le digo que yo ya me voy, me sonríe, no me insiste y se va. Viene la rechoncha a retirar el catéter. Esto le va a doler un poquito, me dice la cínica sin mirarme, al tiempo que jala con sus fuerzas el esparadrapo y en un movimiento ágil retira la aguja sin rozarme la piel. Es una experta, me digo, pero TORPE. Termino de cambiarme, me calzo las converse y pienso que mi padre ya estará esperándome afuera con la ropa adecuada para la entrevista, pero de igual manera no tendré más remedio que ir en tenis ya que ha llamado mi madre a decirme que olvidaron empacar los zapatos. Salgo y lo encuentro en la sala de espera, le recibo el maletín y entro al baño a cambiarme, miro hacia el piso, no me veo mal, hay quienes se visten así. Me dispongo a afeitarme, pero aquí no hay espejo, lo hago a pulso y casi me bajo el labio inferior haciéndome una cortada de como para veintisiete puntos… Regreso a la sala y la enfermera me pregunta que qué me pasó, señalando el papel higiénico sangrado que sostengo con la mano sobre mi labio. Le explico que me corte y se queda mirándome los tenis, se los tiene que cambiar, me dice, le digo que no tengo cómo, se encoje de hombros y me desea suerte en la entrevista. Ya todos lo saben, sospecho. Por mi parte ya estoy listo. Vibra mi celular, es mi doctora y me dice que aún no se ha podido comunicar. Le digo que ya llegó el nuevo doctor, que ya me dió de alta. Me pregunta que cómo es y le digo que es un costeño alborotao de gafas. Es Salcedo, me dice, el jefe de Urgencias, ya lo llamo, los procedimientos de salida suelen ser eternos y perderías la entrevista, agrega.

Existen en realidad tres únicas maneras de salir vivo de un hospital en forma inmediata, casi fulminante. Que tú seas el dueño, doctor, enfermera o celador. Que tengas una herida como para de hasta veintisiete puntos en la cabeza, la cara amoratada, el cuerpo salpicado con tu sangre seca y que te falte un papel que nunca llega y por el cual nunca te atienden, es mas, a falta de este te echan. O que seas amigo, amiga, hermano, hermana, prima o primo del doctor, no importa que no esté de turno, siempre que tenga a la mano el teléfono de su colega encargado. Tú eres Carlos, me dice el doctor desde el otro lado de la recepción, celular en mano. Le digo que sí. Aquí lo tengo, le dice a mi doctora, está en excelentes condiciones, ya mismo te lo saco.

 
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