septiembre 21, 2007

Observaciones - Colaboración desde Colombia


OBSERVACIONES
Carlos Alberto Zea

Existen tres únicas formas para entrar a un hospital y ser atendido en forma inmediata. Que seas el dueño, el doctor, el enfermero, o el celador. Que llegues con una gran herida como para veintisiete puntos en la cabeza (el caso del señor a mi lado), sangrada la cara y no se sabe si herido el cuerpo también, debido a la salpicadura roja en la ropa. Que seas amigo, amiga, hermano, prima o primo del doctor. La burocracia y los dolores de tripa no son democráticos.

Cuando entré por urgencias la vi. Su bata blanca, larga y aséptica la investían de cierta autoridad que nunca le encontré en reuniones familiares. Pero su largo cabello dorado cayendo sobre aquella bata y su mirada inteligente me persuadieron, me sonrió desde el interior de la recepción, ambos sabíamos a qué venía y me recibió el carné. En la sala de espera todos me miraron con cara de “¿y este qué?” Uno de ellos se levantó, un tipo mechudo, medio rocker, alcanzó la ventanilla y se dirigió a la doctora, le sonrío al abordarla y le preguntó por los exámenes de su hijo. Por eso lo dejo, le respondió ella, ya mismo lo pasamos. Entonces me fijé mejor en su mujer y el niño que lloraba sobre sus piernas. Lo siguiente fue mi nombre pronunciado en voz alta. Levanté la mano con cierta timidez y el celador abrió la puerta. Mi doctora me condujo por el pasillo hacia los consultorios. Una vez en el suyo cerró la puerta y dejamos los formalismos. Quiubo china, le dije. Quiubo chino, me contestó. ¿Qué le pasó?, me preguntó mientras besaba mi mejilla. Le conté en cuentas resumidas de mi sufrimiento de cuatro días debido a gastritis crónica descuidada que ya no me dejaba dormir. Pero creo que de no haber dicho lo mismo lo habría diagnosticado por la forma en que miraba mi rostro disminuido y mis ojeras recientes. Entregaba su turno a las siete de la noche y sólo quedaban algunos minutos. Hizo los trámites correspondientes y me indicó: Ahora pasas al frente y ya autorizo para que te canalicen. Todo lo que pensé es que yo venía por su opinión profesional y una fórmula para inyectarme, poder dormir al fin y asistir sin complicaciones a mi entrevista de trabajo del día siguiente. Pero heme aquí, al lado del señor de los como para veintisiete puntos en la cabeza, esperando a que venga un enfermero a chuzarme. Veo alejarse a mi doctora con los documentos y el tipo me pasa una bata señalándome el baño, se quita todo, me dice. Me desnudo en el estrecho cuartito, empaco la ropa en mi morral. En el bolsillo de la chaqueta encaleto mis escasos billetes, papeles, el celular y el mp3. Salgo con los tenis en la mano, descalzo, y puesta la ridícula bata verde hospital con abertura hacia delante, llevo paso temeroso, como para cirugía. El tipo me dice que me ponga los tenis, lo hago e imagino a Axel Rose con la misma bata, converse all star, dando vueltas borracho por el escenario. El tipo sale y hace su aparición una joven enfermera que alista sus instrumentos. Me pide el brazo y amarra un guante elástico en la parte superior. En la tarde he matado el tiempo viendo por tercera vez Trainspotting y recuerdo enseguida a Mark Renton y sus amigos en la antesala del heroico viaje por la heroína y sus múltiples genéricos. Me relajo y entrego mi vida a aquella enfermera pero no siento que salga o entre liquido. Se lleva la muestra y vuelve el enfermero a instalar el catéter.

Cuelga el suero y me pregunta si tengo ganas de orinar y le digo que sí, había evitado hacerlo cuando me cambié porque escuché a mi doctora ordenando los exámenes. Entonces baja el suero, lo pone en mis manos, junto con el tarrito para la muestra y me ordena que vaya. El baño está ocupado pero el celador me dice que hay otro para pacientes al fondo del pasillo. Entro y apunto con precisión, la última vez que hice esto deje el tarro chorreado. Lo tapo con delicadeza y le doy vueltas hasta apretarlo. Recojo el suero cuidando de no mover el catéter. Vuelvo al lado del señor de como para veintisiete puntos en la cabeza. Está acostado en una camilla, tiene puesta una venda a manera de balaca empapada de su sangre y habla por teléfono con su mujer, pidiéndole que se apresure con el papel que falta para que por fin le cierren su herida. Entonces pienso que aunque se tengas el hígado afuera nunca es suficiente, puedes entrar, pero si te falta algún papel estás perdido. Viene mi doctora de nuevo, me dice que ya todo está en orden, piensa que me tendrán hasta el amanecer en observación, pero que si por las moscas me dan de alta a media noche, que la llame y ella sin problemas me recoge. Le agradezco su “hospitalidad”. Estoy sentado sobre una rimax y los cordones de mis tenis besan las baldosas. Mi doctora lo nota y le pide al enfermero que me consiga una camilla, la obedece y lo sigo por el pasillo cerca al baño de pacientes, entra a una sala y sale empujando una. Me instalo, me descalzo, dejo a mi lado la chaqueta. Mi doctora acomoda mi morral bajo la camilla, me desea suerte y se va. La veo alejarse por el pasillo y perderse agotada por la puerta trasera. Bueno, aquí estoy, me digo, como para decirme algo, me acomodo, miro el cielo raso, cierro los ojos, los abro, no me da sueño, pero mi espalda descansa. Antes de irse mi doctora me ha dicho que en poco más o menos una hora vendrá el doctor de turno y así sabré a qué hora puedo salir. Estoy casi relajado y aparece una enfermera baja y rechoncha, con el cabello recogido en trenza y cara de pocos amigos. Sin decirme nada empieza a mover la camilla jadeando a cada rato. Desde mi perspectiva, el mundo se mueve a mis pies y el pasillo se desplaza sin mi y recuerdo otra vez a Mark Renton, ahora sumergido en la alfombra al borde del abismo. Aparece un enfermero que auxilia a la ya fatigada y soy conducido a la sala de observaciones. Es una amplia sala adecuada como para una docena de camillas, separadas por cortinas que dan la apariencia de cuartos individuales, frente a los cuales, desde una recepción, enfermeras y doctores observan a sus pacientes. Quedo al lado de la pareja de la entrada. El rocker consiente a su hijo y la chica habla con una enfermera sobre los últimos síntomas; el niño presenta un fuerte dolor abdominal que no le ha parado en todo el día con nada y quieren descartar cualquier posibilidad. ¡Vaya!, pienso, el pequeño sufre lo mismo que yo, y al igual que yo, que estoy dispuesto a lo que sea con tal de descartar el mal de vesícula que me pronosticó mi hermana en caso de que lo mío no fuera lo que yo pensaba, tal y como le pasó a su suegra que tuvo que ser operada de urgencias y casi se muere. Regresa la enfermera rechoncha con el aparato para tomar la presión. Desde que la vi por primera vez noté que nunca mira a nadie a los ojos y que todo lo hace como con los ojos tapados. De tal manera que era normal que tropezara con mi catéter, lo removiera y me hiciera ver estrellitas al sentir la aguja navegando sobre mi piel, dentro de mi vena. ¡Jueputa!, exclamé. Le dolió la manito, dice la desgraciada. ¡Claro!, le digo, o no se dio cuenta que movió el catéter. No dice nada, termina su operación y se va mientras me quedo pensando que habría sido mejor no haberla insultado ya que estaría a mi lado toda la noche. Ahora llega otra enfermera a canalizar al niño. “Te tengo que hacer un chuzoncito”, oigo que le dice la malvada. “NOOOOOO”, grita el pequeño y empieza la histeria. No logro verlos bien, pero los imagino forcejeando con la mano del pequeño. “Quédate quieto”, le ordena la madre autoritaria. “No muevas la manito papá”, le dice el tierno y complaciente padre. “Quietico… quietico…”, amenaza la malvada enfermera. Y el pequeño se debate a muerte chillando al sentir la aguja sobre su piel. “No me maltraten más”, les grita el pequeño racional. Lo logran, el niño se calma poco a poco y ellos dialogan en calma. Pienso que no deben vivir muy lejos de aquí, tal vez en Suba, o en Usaquén, en algún mediano apartamento que estarán pagando. La chica debe trabajar en oficina, a juzgar por su atuendo; botas de alto tacón, pantalón ajustado y chaqueta a su medida, dulce rostro maquillado y cabello alisado, a lo sumo labora como secretaria en cualquier empresa. El chico, ya lo dije, debe ser músico, tendrá su banda y hará toques en bares melancólicos y vivirá de sus pinturas, ha de ser artista también. Entra el celador a inspeccionar y le comunica a la pareja que sólo puede permanecer uno de los dos con el niño. La chica pregunta si en algún momento de la noche pueden intercambiarse y el celador les dice que sí, y ellos deciden que él esperará afuera por ahora. El rocker se despide de su maltratado bebe y sale. Pienso que el rocker sí debe ser rocker, pues camina como bailando, como si tuviera instalada la batería en sus pies. Ahora la chica consiente a su bebe, juega con él, le hace ver las ventajas de portarse bien y hacer caso. El niño ríe y juega con ella, le hace caer en cuenta que él sólo es un bebe y ella le dice que sí, pero un bebé que esta aprendiendo. Le pregunta si quiere quedarse con ella o le dice al papito que venga y se quede con él. El pequeño le dice que no, que mejor con ella, y que además hoy no quiere quedarse en la casa del papito… Separados, me digo, y se desbarata mi teoría de la linda pareja. Todo lo solido se desvanece en el aire. Así que no son otra cosa que un par de adultos cumpliendo obligaciones contraídas. Vuelve la regordeta y me pongo en guardia. Mueve de nuevo la camilla, jadea otra vez, me desplaza y acomoda al otro lado de la sala, justo al lado del señor de como para veintisiete puntos en la cabeza que aún no le cosen porque su mujer no ha llegado con el papel. Se llama Siervo, un moreno bajito, bigotudo, antiguo, de tierra fría con peinado punk; el accidente le dejo el cabello en puntas y desde sus entradas pronunciadas le descuelgan dos hilachas de pelo que caen rebeldes por su nuca. Es un celador que perdió el conocimiento después de abrir una puerta, yéndose de bruces contra el suelo. Los médicos aún no se explican el por qué de su caída, no hay que descartar nada, habrá que hacerle todo tipo de exámenes y cerrarle la herida, pero todo será cuando aparezca su mujer con los papeles. Al lado de don Siervo yace doña Elogia, una sexagenaria mujer que sufre afecciones cardiacas y espera una operación de corazón abierto, y en frente suyo descansa con un brazo bajo la cabeza (curiosamente el del catéter) y la pierna cruzada, don Ricardo García, el hombre promedio, de unos cuarenta y tantos años, medio calvo, medio gordo, medio simpático, medio chistoso, medio jovial, medio conforme, que no se por qué diablos esta aquí; es el único de los pacientes que no tiene cara ni aspecto de enfermo. Desde que ingresé a la sala lo escuché hablando por su celular, es su adicción o su salvación, no lo sé, pero no lo deja, llama a todo el mundo y habla con soltura de su estado sin revelar de qué sufre, diciendo las veces que lo han inyectado y el tiempo que lleva internado, lo hace como hablando de negocios, se diría que con placer y sin queja alguna. Lo miro, me recuerda a un hermano de papá, un tío que no veo hace como veinte años, pero imagino que si lo viera sería como don Ricardo García. El tipo anda para arriba y para abajo en pijama deportiva, saluda a las enfermeras como quien saluda a la gente de su casa, se acoda sobre la recepción a charlar con ellas y uno jura que se cuentan los avances de las telenovelas. Mañana a las seis, le recuerdan ellas. Sí, tempranito, les responde él. ¿Quién paga la ambulancia? Le preguntan. Yo, dice él, en efectivo, agrega. Se despiden y cada quien continua en lo suyo. Puede que se vaya para su casa a pasar su convalecencia, pero no imagino otro sitio mejor para él que este.

Ataca la rechoncha, me pongo en guardia, cambia por segunda vez la bolsa del suero y vuelve a tropezar con mi catéter, ¡jueputa! No puede ser, me digo, ¿le dolió? Pregunta la estúpida, y no puedo evitar mirarla con ganas de ahorcarla, reprimo mis lagrimas y madrazos.

Se acaba la bolsa y pienso que vendrá por la tercera, pero esta vez aparece el doctor. Son cerca de las once de la noche, ya me han llamado varias veces mi hermano, mi hermana, y mi doctora, preguntándome por mi estado y si ya me han chequeado, y les he dicho que no, sin prisa y resignado a pasar la noche de observación, pero con la precaución de contarles lo de mi entrevista del día siguiente y la necesidad, tal vez la condición, de salir temprano de aquí. Es un doctor joven, nueva promoción, pienso, he visto sólo a un par de veteranos aquí, parece que el país en todos sus aspectos empieza a recambiar, recuerdo entonces a los viejos curas de sermones oscuros sucedidos por padres juveniles, ahora estrellas de TV, carismáticos e ídolos amados a la vez por jóvenes y ancianas. Tiene que ser así, pienso, será nuestra manera de salvarnos, pero no logro imaginar el recambio al interior de las FARC, ¿qué clase de tipo podría encarnar el papel de un tirofijo ortodoxo y renovar la imagen en un guerrillero vanguardista, ultramoderno, necesariamente postmoderno? No lo sé, creo que moriré sin conocerlo, tal vez mis hijos… o los hijos de mis hijos… o los hijos de ellos… en fin. El joven doctor es ante todo un pedagogo excelente, pasa por cada camilla, historia en mano, y luego de saludar cordialmente al paciente le cuenta sobre la evolución de su enfermedad, la manera en que la van a combatir, las propiedades de los medicamentos y sus reacciones desencadenadas una vez en el organismo, pronostica las consecuencias y por poco da de alta de una, uno siente que todo va bien, y que pronto muy pronto uno ya va a salir y que todo pasará. Por lo pronto, me dice, vas a continuar vía intravenosa, suero, algunos calmantes, esperamos el resultado del laboratorio de la mañana, iniciamos vía oral, te damos de comer y según la reacción, que imagino será aceptable, te mandaremos a casa más o menos al medio día… No puede ser, pienso, se me acaba de embolatar la entrevista. Se me debe notar, porque lo siguiente que dice es, cambia esa cara hombre que no es el fin del mundo.

Me ausculta, revisa mis pulmones, me da palmadas y golpes en pecho y espalda, mientras va haciendo preguntas rutinarias. ¿Cuándo fue tu última ingesta alcohólica? Entonces recuerdo el tráfico de vino, cerveza y cigarro de mi más reciente noche de juerga. Hace unos veinte días, le contesto. Tal y como me lo esperaba me hace notar el deterioro progresivo que toda esta clase de insumos producen en mi cuerpo y la correspondiente sugerencia a dejarlos, así que le comento que eso ya me lo he prometido desde que el dolor agudizo sus extremos, pero que en realidad lo único que pienso dejar por ahora es el cigarro. Me dice que bueno, que por algo se empieza. De repente, se queda mirando la manguera invadida con mi sangre que sale del catéter y llama a la enfermera, no puede ser. ¿Qué es esto?, le pregunta indicándole el descuido, ella no lo mira a los ojos, no mira a ningún lado y se dispone a cambiar el suero, pero es inútil que se accione, así que presiona la manguera, la jala, purgándola como si se tratara de un sistema de frenos y lo que siento en mi vena es un torrente de liquido entrando por una pequeña obertura que duele como un demonio y entrecierro los ojos, mientras que el doctor me da sus últimos consejos. La rechoncha no ha podido reactivar el sistema y ataca de nuevo con la purga, duele espantosamente y tengo que tomarme la cabeza. ¿Qué le pasa?, me pregunta el doctor. Que duele un poco, le digo. Éste mira a la enfermera y le recomienda que sea suave. La rechoncha arremete y una nueva purga, ¡jueputa! A las malas logra hacer funcionar el sistema y el suero empieza a entrar por mi vena en diminutas y espaciadas gotitas, un alivio. El doctor observa el pequeño tablero pegado a la pared y me pregunta si acaso yo soy Ignacio Cifuentes, niego con la expresión de mi cara, y entonces se dirige a la enfermera. La rechoncha no nos mira y borra con la mano, extrae un marcador de su uniforme y me bautiza con mi segundo nombre, el que jamás utilizo y que ella, llevando la contraria, rescata del anonimato. Eso es todo Alberto, me dice el doctor. Termina sus anotaciones al margen de mi historia. Le pregunto si puedo comer algo, niega rotundamente con la cabeza y parte hacia la siguiente camilla. Saluda a don Siervo con el mismo ánimo resuelto y enseguida se disculpa no sin cierta pena, por no haberlo podido atender como él se merece, pero ya sabemos lo del bendito papel y menos mal que, si bien la herida es levemente profunda, un poquito ancha y larga, por ahora bastará con el paño de gasa para impedir la hemorragia, ahora que tampoco sería necesario ya que la sangre ha estancado. Por poco le dice que ya está bien y que se vaya. Pero este es un doctor serio y por ahora lo único que puede hacer es mantenerle el suero y abonarle algunos desinflamantes. Olvidaba decirlo, pero a don Siervo poco a poco se le ha empezado a cerrar y amoratar el ojo del lado de la herida. Siguiente camilla. Doña Elogia lo recibe como al hijo, le dice la alegría que le produce verlo, que por qué no viene más seguido, Y nuestro doctor le contesta que ya quisiera él pasársela viéndola pero que ya sabe ella que hay que sacar tiempito para todo el mundo. ¿Qué qué?. le dice ella a medio grito. Que no he podido, le dice de nuevo el médico. ¿¡Qué!? Que toca SACAR TIEMPITO PA TODO EL MUNDO. Ah, eso es verdad, le contesta la anciana, es que ya casi no oigo de este oído doctor. Eso me doy cuenta, le contesta el médico. ¿Qué qué? Que sí, me DOY CUENTA. Ah… Es que uno a está edad se va acabando a poquitos. Doña Elogia tiene un tono dulce, de viejita consentida. ¿Por qué esta solita? QUE POR QUÉ NO HAY NADIE CON USTED. Ah… es que ya se fueron, pobrecitos… ya deben estar durmiendo. Pobrecita usted que es la enfermita. Sí, a mi me da mucho pesar verme en esta cama doctor. Lo que pasa es que yo siempre fui una mujer muy activa, siempre, me valía por mi misma, yo he vivido mucho tiempo en Estados Unidos y cuando vengo acá me digo que mejor me quedo unos tres días y luego me voy para Pereira que allá no me sienta mal el clima, pero me quedé en Bogotá y ya ve…Nunca me faltó platica y antes ayudaba a mi familia… y ahora… no les puedo… Cálmese, le dice el doctor, no se agite. ¿Le duele acá?, le pregunta el médico, y antes que ella le responda le repite. ¿LE DUELE AQUÍ? Sí doctor, le responde ella, es que imagínese que eso fue cuando en Miami me llevaron a donde una señora para que la cuidara, pero nunca me dijeron que ella no estaba bien de la cabeza, que tenía problemas mentales, y yo empecé a cuidarla y ella me decía Elogia, si se me corre el coco deme un buen par de cachetadas, y yo le decía que no, y ella que sí Elogia, deme duro que eso se me quita, pero yo no le ponía cuidado hasta que se enloqueció y de pronto comenzó a tirar todo por el piso y yo quería controlarla con palabras pero no podía, claro que no pensé en pegarle, pero la cogí duro y se me soltó y me mandó un puño en el pecho, salió a correr… no… yo no volví por allá, pero por eso creo que es este dolor, desde esa vez de esa puñetera que me dio esa señora. Bueno Elogia, le dice el doctor, te me vas a seguir tomando los medicamentos juiciosa, yo creo que mañana te damos cama en piso y por ahora creo que necesitas nebulizaciones. ¿Qué QUÉ? QUE YA TE MANDO LAS TERAPIAS. Doña Elogia lo despide como a un hijo, le da la bendición y que no demore en volver. Siguiente camilla; Don Ricardo García. Por fin voy a saber de qué sufre este tipo. Se saludan como viejos amigos. Palmadita en el hombro y pienso que lo que sigue son preguntas acerca de cómo esta la familia y esas cosas. El doctor chequea su historia, le pregunta que cómo ha seguido, a lo que jovial y sonriente le responde que lo mismo, que bien, gracias doctor. Eso es todo. No hay diagnóstico, ni recomendaciones y mucho menos revelaciones. Se despiden como compadres y siguiente camilla. El misterio no pierde la forma. A los padres separados del pequeño racional les dice que en los resultados de la caquita del bebe no se encontraron elementos anómalos, falsa alarma, cero brotes de infección, que lo que debió producir la inflamación abdominal, es decir, el dolor de barriga, debió ser algo que comió, pero que en todo caso ya es muy tarde para darlo de alta y mejor controlarlo vía oral desde las primeras horas de mañana, es decir que alcanza al desayuno y a casita. Bien, los padres sonríen, y en seguida como si la escena fuera planeada, vuelve y entra el celador a sacar a uno de ellos. Acabada la revisión en las sucesivas camillas, el doctor da unas últimas recomendaciones a sus enfermeras y sale de la sala. Ellas le obedecen de inmediato; reparten pastillas y toman presiones, hacen el registro habitual de sus responsabilidades cumplidas y sin más son apagadas las luces, sólo quedamos iluminados por las lámparas de neón de recepción. Ya me duele la espalda, es incomodo voltearme y hacer pericias con el catéter. A ratos me siento como un prisionero conectado a esta bolsa, me desespero un poco, pero mejor me calmo que así no consigo nada. Decido sacar el mp3 de mi chaqueta. Lo enciendo y busco las emisoras de programas para somnolientos.

En uno de ellos el tema es la vejez, y la pregunta para el radioescucha es: ¿Cómo te imaginas tu vejez? La voz de la conductora es lo más sensual que he escuchado en mucho tiempo, se me hace difícil pensar en la decadencia con sus caricias en mi oreja. Bueno, son diversos los deseos, por su puesto, todos hablan de la paz final, la vida sin sobresaltos, el no hacerle estorbo a nadie y eso si, a nadie le da por hablar de achaques y soledad, es una audiencia positiva. Alguien hace que recuerde a mi hermano al decir que todo lo que imagina es la serenidad de una casa de campo, aunque en los planes de mi hermano no está esperar a hacerse viejo para conseguirla. Pienso en doña Elogia a mi lado. Los investigadores del programa se fueron a averiguar las vicisitudes de un ancianato y lo más interesante que encontraron a una anciana que hace la siguiente declaración: “Cuando yo llegué aún estaba joven y me metía en todo, hoy tengo ochenta y no quiero saber de nada… eso fue hace como veintipico de años…” Un buen tema, pienso, una anciana, dentro de un ancianato, que todavía no envejece lo suficiente como para sentirse vieja y que ayuda a las mas viejas a sentirse jóvenes… pero que al hacerse vieja ya no le interesa mentirse con eso de la juventud… Empiezo a delirar, mejor lo cambio. Este otro programa lo conduce un veterano reportero, nada que ver con los encantos pasados. El tipo está hablando de la manada, manada de leones, dice que siempre son dos los leones que custodian la manada, pero que a pesar de todo son las hembras las que cazan, las leonas se rebuscan la comida, pero eso sí, una vez atrapada y ejecutada, el paso es cedido a los leones que al oler la sangre saben que ya está la comida. Primero se sacian ellos y luego los cachorros y lo que sobre para ellas. Ahora hace una pausa y compara este tipo de sociedad con la nuestra e invita a los oyentes a disentir. Propagandas. Imagino a la señora indignada que llama a decir que ahí estamos pintados, que todos los ANIMALES son machistas… Nuestro locutor se defiende y dice que un momentito, ¿acaso no sabe ella qué hacen seis hienas babosas, asquientas y hambrientas alrededor de una leona? Púes sacarla corriendo, dicho de otra manera la hembra huye, en cambio la presencia de un solo león, del macho, es suficiente para amedrentarlas, de no ser así la manada estaría perdida. La oyente cae en la trampa y cuelga… propagandas, imagino a todos los de la cabina cagados de la risa. Me preparo para el siguiente tema, me doy la vuelta evitando hacerme daño con la manguera del catéter y no enredarme con el cable de los audífonos. Listo, pero no hay sonido, constato que se acabó la batería del mp3, no puede ser. Son cerca de las cuatro y contrario a lo que pensé, no hace frío, debe haber calefacción en algún lado. Aguzo el oído pero no logro captar más que leves pasos, voces distantes y ese ruidito característico de todo computador, esa pequeña planta eléctrica a la que estás habituado. Despierto, debo haber dormido unos veinte minutos, consulto la hora en el celular, casi las cinco, atrás de mi hay una pequeña ventana hacia un patio y a través de ella se filtra el sonido del paso raudo de los vehículos, a ciento veinte o ciento treinta kilómetros por hora. Aún está oscuro, no veo el cielo, si había estrellas ya desaparecieron. Despierto, ya veo claro, en la ventana se perfila una mañana gris. El ambiente se reanuda, parece que las enfermeras han despertado, revisan sueros y presiones. Viene mi regordeta, empieza a cambiar la bolsa, después de la sexta perdí la cuenta, ha de ser como la octava o novena, no sé. Le digo si que si acaso no tengo que empezar vía oral, no me mira pero la escucho, “eso sólo será cuando venga y lo ordene el doctor”. Da la vuelta, se va, y esta vez la muy bandida no tropezó con mi catéter. Llegan los de la ambulancia de don Ricardo, dos camilleros y el conductor, no sé por qué pero todos los que he visto entrar y salir son calvos, ha de ser algo así como un requisito salubre para el perfecto desempeño del cargo. Don Ricardo los recibe como en su casa, qué pena atenderlos en estas fachas, si hubiera tintico preparado les brindaría, pero ya me arreglo y nos vamos. Se echa la tolla al hombro, se calza las chancletas y sale. Recuerdo a Cortázar y la salud de sus enfermos. Lo esperan. Acaba de llegar el desayuno. Traen las bandejas en un pequeño carrito y yo trago saliva, no he comido en dos días. Empiezan a ser repartidas justo cuando viene la chica que toma los laboratorios, me pincha y extrae la muestra, aprovecho para decirle que lo que sigue conmigo es vía oral. Me dice que ya me ayuda y a la primera oportunidad repregunta al medico, que no he visto entrar, si ya puedo comer, el doctor me mira y lo miro con cara de “hombre, tengo mucha hambre”. Aprueba una dieta leve. No hace falta que me atiendan, al estilo de don Ricardo voy por mi bandeja. La traigo a mi camilla, me siento y la pongo sobre mis piernas. Son tres recipientes plásticos con tapa y un par de panecillos, uno más grande que el otro, empacados al vacío. Tiento los vasos, caliente, frío y caliente. Destapo el más grande; caldo con papa disuelta y pequeños trozos de carne insabora. Lo acabo a pequeñas y luego a grandes cucharadas. Segundo tarrito; avena caliente sin azúcar. Mientras, vuelve don Ricardo, trae el cabello revuelto pero mojado y pronto moldea sus escasos cachumbos, maneja con destreza la mano del catéter. Alista sus cosas, tiende su camilla con el suero en la mano sin tropezar una sola vez, un gran profesional, me digo, mientras pruebo el frío jugo de sabor neutral que matizo con un panecillo. Don Ricardo se despide de todos con alegría pero no para siempre, entonces me entero que lo que tiene es una cita en otro hospital para una resonancia, es decir, se va para otra de sus casas. Vibra mi celular, lo he metido entre el calzoncillo para no perderlo y el cosquilleo me recuerda que todavía existo. Es mi dulce doctora. Que cómo estoy, pregunta, le digo que bien, que ya me tomaron el laboratorio, que aún continuo intravenoso pero que ya inicie vía oral y ahora espero el chequeo del médico, y que por si no lo nota ya hablo como doctor. Me dice que el turno cambia a las siete y que por ahora nadie se comprometería con mi salida, que no me preocupe que ella me ayudará para cumplir con lo de la entrevista de hoy. Le doy mil gracias. Hay que esperar, me digo a mi mismo que paciencia, que todo está pasando… entonces siento cierta nausea… Tapo mi boca y me calmo, si vomito delante de todos estoy acabado, me dejarían ocho días. Espero en total expectativa y el malestar se desvanece, no me duele la barriga y así me doliera hasta el alma lo negaría con tal de salir de aquí. No es un mal hospital, es más, es medio lujoso y queda justo enfrente de uno de los mejores hoteles de la ciudad, desde mi pequeña ventana puedo ver sus cuartos con balcón y a uno que otro turista desperezarse frente a la magnifica vista de la ciudad. He estado en peores y paupérrimos sitios, recuerdo, en donde no sólo te enfermas de tus síntomas si no de los síntomas de los demás, sus tufos y olores infectados en pasillos eternos atiborrados de camillas, en medio de galenos y enfermeras que transitan y a nadie miran. Pero esta condición no se niega con el estrato, la enfermedad es una cárcel en donde quiera que te encuentres. Ahora se realiza el empalme, las enfermeras entregan a sus compañeras y los doctores a sus colegas; realizan inventarios de pacientes, dosis, reacciones, padecimientos y procedimientos. Hola Alberto, me saluda el nuevo doctor, mucho más joven que el anterior, casi un adolescente, mucho más alegre y abierto, un desparpajo de emociones. ¿Cómo te encuentras hoy?, me pregunta mientras me ausculta, veo que bien, me dice. ¡Excelente!, me dice luego de las palmadas entre pecho y espalda, ¡ya no te duele nada! Te puedes ir, ¿en que trabajas? Le digo que por ahora estoy desempleado pero que precisamente hoy tengo una entrevista. ¡No jodás! ¿Y qué, mejor? SUPER mejor doctor, le respondo contagiado de su alegría. No se diga más, ya mismo te doy de alta. No sé por qué, pero presiento que mi doctora ya habló con él. Estoy medio ido y me aterriza una enfermera. ¿Ya se bañó?, me pregunta. Le digo que no. Entonces alístese que usted sigue después de la señora. Veo a doña Elogia ayudada de uno de sus familiares entrando al baño. ¿Tiene elementos de aseo? Me pregunta. No, le respondo. Entonces se va y enseguida regresa. Con esta bata se seca y con esta se cambia, me dice. Cuando le estoy dando las gracias pone un pequeño jabón sobre mi mano. Sale doña Elogia como un pollito recién lavado de lluvia. Entro al baño y me desnudo. Saco el suero con pericia por entre el hueco de uno de los brazos de la bata y luego jalo el resto de la manguera sin hacerme daño alguno. Lo pienso un segundo, ya me estoy pareciendo a don Ricardo, qué horror. Pongo la bolsa sobre la tapa del inodoro y saco la rimax acomodada debajo de la ducha, me meto dejando la mano del catéter por fuera. El agua está perfecta, me doy la vuelta y me relajo sintiendo cómo cae masajeando mi adolorida espalda. Salgo y me visto con audacia. Afuera me encuentro con don Siervo, que espera su turno, le han cambiado la gasa pero aún no lo cosen y me dice que no sabe nada de su mujer y menos del maldito papel. Me siento en la camilla y vuelve la chica del laboratorio por una nueva muestra, no se qué diablos pasó con la otra pero le digo que yo ya me voy, me sonríe, no me insiste y se va. Viene la rechoncha a retirar el catéter. Esto le va a doler un poquito, me dice la cínica sin mirarme, al tiempo que jala con sus fuerzas el esparadrapo y en un movimiento ágil retira la aguja sin rozarme la piel. Es una experta, me digo, pero TORPE. Termino de cambiarme, me calzo las converse y pienso que mi padre ya estará esperándome afuera con la ropa adecuada para la entrevista, pero de igual manera no tendré más remedio que ir en tenis ya que ha llamado mi madre a decirme que olvidaron empacar los zapatos. Salgo y lo encuentro en la sala de espera, le recibo el maletín y entro al baño a cambiarme, miro hacia el piso, no me veo mal, hay quienes se visten así. Me dispongo a afeitarme, pero aquí no hay espejo, lo hago a pulso y casi me bajo el labio inferior haciéndome una cortada de como para veintisiete puntos… Regreso a la sala y la enfermera me pregunta que qué me pasó, señalando el papel higiénico sangrado que sostengo con la mano sobre mi labio. Le explico que me corte y se queda mirándome los tenis, se los tiene que cambiar, me dice, le digo que no tengo cómo, se encoje de hombros y me desea suerte en la entrevista. Ya todos lo saben, sospecho. Por mi parte ya estoy listo. Vibra mi celular, es mi doctora y me dice que aún no se ha podido comunicar. Le digo que ya llegó el nuevo doctor, que ya me dió de alta. Me pregunta que cómo es y le digo que es un costeño alborotao de gafas. Es Salcedo, me dice, el jefe de Urgencias, ya lo llamo, los procedimientos de salida suelen ser eternos y perderías la entrevista, agrega.

Existen en realidad tres únicas maneras de salir vivo de un hospital en forma inmediata, casi fulminante. Que tú seas el dueño, doctor, enfermera o celador. Que tengas una herida como para de hasta veintisiete puntos en la cabeza, la cara amoratada, el cuerpo salpicado con tu sangre seca y que te falte un papel que nunca llega y por el cual nunca te atienden, es mas, a falta de este te echan. O que seas amigo, amiga, hermano, hermana, prima o primo del doctor, no importa que no esté de turno, siempre que tenga a la mano el teléfono de su colega encargado. Tú eres Carlos, me dice el doctor desde el otro lado de la recepción, celular en mano. Le digo que sí. Aquí lo tengo, le dice a mi doctora, está en excelentes condiciones, ya mismo te lo saco.

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