abril 20, 2006

Nace el Club del Fracaso


En principio, el acto de escribir se puede considerar como una derrota ante ciertas condiciones del mundo. Digamos que el escritor está insatisfecho con su entorno, percibe la banalidad del diario respirar y debe refugiarse en un mundo a su medida: el mundo de su propia creación literaria. Es decir, el escritor no está contento con ser un humano común y se eleva a la posición de Dios creador. Esta es la primera derrota.

A esta sigue una segunda, pues lo que escribe el escritor nunca lo satisface. La obra de arte es un continuo fracaso respecto de cierto ideal anaranjado que el escritor percibe a veces en duermevela, a veces muy despierto. Así comienza la autodestrucción.

Y a su vez, a esta segunda derrota sigue una tercera aún más contundente, puesto que el escritor quiere dar a conocer a los demás sus briegas con la literatura y no lo consigue. Aclaremos. El escritor sabe que sus escarceos no llegan a donde deben, pero al mismo tiempo contempla a los histriones que hacen cosas mucho peores y las venden al gran público con trombones y trompetas y serpentinas de ferias del libro. Es decir, el escritor sucumbe a la tentación de dar a conocer su fracaso, y también en esto falla. En este punto, cuando el escritor está postrado y las nubes se llenan de un gris nunca visto, aparece la solución mágica. Si todos los derrotados del mundo se unen y ponen sus mentes al servicio de la literatura, temblará la tierra y del suelo brotarán gusanitos de colores pastel, estampas rosadas, figurines. Bien, quizás no caigan de su pedestal los farsantes, pero este bello coro de derrotados, entonando a todo pulmón el himno de su desdicha, dañará de seguro el amanecer de las amas de casa, agriará la sopa del ejecutivo exitoso y provocará soltura estomacal en todos los autosatisfechos.

ALEX ACEVEDO

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