mayo 15, 2007

El Instalador - Capítulo 1


Iniciamos la publicación, en entregas quincenales, de El Instalador, la primera novela de creación colectiva de los miembros fundadores de Las Filigranas de Perder. Esta obra tiene derechos reservados de autor. Permitimos su copia y distribución con fines de difundirla. Está prohibido utilizar esta obra en todo o en parte, de cualquier forma que represente lucro directa o indirectamente.

El Instalador está dividida en tres partes, más una introducción. A continuación, publicamos la portada, bitácora, textos introductorios, y el primer capítulo. Los detalles sobre cómo fue escrita esta novela, los revelamos en la ponencia "La Creación Colectiva en el Género Negro", que aparece en el índice en la sección "Creaciones Colectivas" y por las etiquetas "Creación Colectiva" y "Triada Luminaria".

Esta obra podrá consultarse en su conjunto a través de nuestro índice, por la etiqueta El Instalador, o también capítulo a capítulo, en la sección "El Instalador" del mismo. Deseamos que la disfruten. Esperamos sus comentarios.





EL INSTALADOR
Néstor Pedraza, Alex Acevedo, Carlos Ayala




©2002.


Novela ganadora de Mención Honorífica,
Premio Nacional de Novela Ciudad de Bogotá, IDCT, 2002.


Obra literaria registrada ante la Dirección Nacional de Derecho de Autor por:
  • Néstor Pedraza
  • Alex Acevedo
  • Carlos Ayala

El Instalador es la primera de una trilogía de novelas, junto a Una Temporada de Sal y Manual de Levitación Magnética.



---




Es un verdadero sabio quien tiene sus conceptos y realiza sus obras libre de deseo, quien destruye sus obras por el fuego del conocimiento. Quien no desea los frutos de sus acciones, quien está perpetuamente satisfecho sin depender de nada, no obra aunque se introduzca en la acción. No tiene deseos personales, no desea las cosas para su propiedad personal; domina completamente su corazón y su Yo; por ello no puede pecar al realizar las acciones solamente por medio de su cuerpo.

Bhagavad-Gita, capítulo IV



---





BITÁCORA
INTRO
  • Final con crescendo vivace
PALEOZOICO
  • Siete hierbas y un gatito
  • Despertar en la inopia: residencias el palmar
  • Manifiesto del descarriado
MESOZOICO
  • Aletear de chimbilá frente a un hombre dormido
  • La sima del dédalo
  • El trabajo os hará libres
  • Para el gozo de la vejez, buenos recuerdos
  • Delivery Express
  • Muertos en almíbar
  • El árbol sin la flama
  • Ping-pong
  • Limones tajados bajo la cama
  • Un amigo es una luz
  • Alguien nos mira
  • En el seno de la vida regalada
  • Servicio 19H (25 decimal): aparcar las cabezas
  • El 20 de enero son las corralejas
  • Perdidos en un mar de…
  • Encuentros cercanos con Bishamon
  • Conócete a ti mismo
  • Final pianissimo con moto
ANTROPOZOICO
  • Caen las hojas en el otoño



---



---INTRO---



Pensó en las líneas de Hakim Bey:


“Si te besara lo llamarían un acto de terrorismo. Entonces llevemos a la cama nuestras pistolas, despertemos a la ciudad a medianoche como bandidos ebrios celebrando con una balacera, el mensaje del sabor del caos.

Vístete. Da un nombre falso. Sé legendario. El mejor Terrorista Poético está en contra de la ley, pero nunca es atrapado. El arte como crimen; el crimen como arte”.


Y hundió el acelerador a fondo, con furia.




FINAL CON CRESCENDO VIVACE


El territorio de las artes plásticas de nuestro tiempo ha dejado de ser un universo “ordenado”. Es por el contrario una superficie mestiza, resultado de las inevitables hibridaciones que conlleva la superposición de distintos soportes y técnicas. Hoy día cualquier material, soporte o temática puede ser considerado arte: la libertad del artista no tiene límite previo.


—Máteme, por favor, máteme ya —suplicaba en susurros X-Ray Asylum.

Una figura robusta se acuclilló, e inclinándose un poco sobre X-Ray, lo observó con el pulso firme del carnicero que dispone un bovino en canal sin dudarlo.

—Por favor —insistía X-Ray, o lo que de él quedaba.

Los dientes quebrados, los labios inflamados, la san¬gre y la arena en su boca, no le permitían hablar con claridad. Sus ojos, también llenos de arena, confun-dían figuras y contornos.

—Hay un tiempo para sembrar, y uno para cosechar. Tiempo para nacer, y tiempo para morir—, le dijo una voz de profeta bíblico.

Ante semejante sentencia, toda súplica resultaba inútil. Pero el instinto es más fuerte, y X-Ray no podía dejar de repetir:

—Por favor, no más.

Consciente de que sus ruegos eran vanos, que no importaba cuántas veces repitiera las mismas palabras, no por eso dejaba de insistir. No le quedaba nada más.

—Por favor.

Solo, sintiéndose más abandonado que nunca, quería llorar como crío abandonado de madrugada en medio de la hierba, y sus lágrimas morían atoradas en la garganta. Era la soledad, el dolor en las manos y en el cuello, y en los tobillos. En las costillas y en las güevas, jueputa, en cada centímetro de su carne. No sabía qué le dolía más, los golpes, la asfixia, la impotencia, o la puta soledad, la soledad de toda una vida, la soledad de mil pajazos frente a una pantalla, la certeza de que Paula nunca fue un tal vez, un siquiera, que ya no podría salir de su soledad jamás. Todo por sus habilidades geniales, por salirse de los parámetros, por no querer ser parte de la maquinaria, por pensar, por el perico. “Porque nací con el BIOS mal configurado y el disco duro andando a mil, defectos de fábrica”.

—Máteme, por favor.

Con la respiración un poco pesada por el esfuerzo, por el ejercicio de una tunda sin igual, de una paliza hecha con toda la ira del cosmos reunida en un punto de gravitación infinita. Mejor dicho, con la mierda rebotada hasta el tuétano, con las ganas incontenibles de matar y comer del muerto, con una onda de calor expansiva en todo su cuerpo y una sensación como una voz gritándole que nada es suficiente, que hay que machacar a ese perro contra la pared hasta el fin de los tiempos. Con las piernas temblando de rabia y las manos sudorosas, decidió sentarse por un minuto, no había caso en perder la salud por una basura como ésa.

Ahora se concedía un momento para pensar cómo pudo haber traicionado sus principios, y cómo pudo haber caído en la bajeza del asesino común. Del vulgar que no conoce el menor rudimento de la estética. Que igual puede degollar un cordero que aplastar una mosca. Que no comprende la diferencia entre una obra de arte y una chapuza llena de ira. Eso ni en sus comienzos, cuando equivocadamente quiso darse baños de sangre en una especie de remembranza de los rituales aztecas, alocada y quizás algo burda, pero no sin elaboración.

—Por favor —, se escuchaba el rasguño de una garganta agonizante, flemática y repulsiva, una tos seca y arrastrada.

Todo ha pasado tan rápido, que sólo en este momento de extraño receso, X-Ray comienza a digerir lo que ha sufrido. Amarrado, el cuello inutilizado por una soga que, al tiempo, sujeta sus manos, encalambradas y dormidas, y además hace hormiguear sus piernas amoratando sus pies, en una posición en la que cualquier movimiento sólo le provocaría más dolor, no puede siquiera alimentar la esperanza del suicidio. Hace rato perdió la noción del tiempo, parecen mil años de suplicio, mil millones de años de dolor en soledad, una eternidad para maldecir el día en que nació. Maldecir la suerte de no poder oprimir un botón y reiniciarse, comenzar de nuevo.

La sombra borrosa de manos enormes y callosas, en cambio, en su cálculo exacto, sabe que se ha propasado, que está corriendo un riesgo innecesario. Más de dos horas degollando a un marrano, es grosero vilipendio del tiempo.

La mente de X-Ray, en acto de terrible mezquindad, le recrea las torturas recién recibidas. Arrastrado a la fuerza a un apartamento que parecía una porqueriza, golpeado y esposado, sin atinar a razonar lo que ocurría, fue llevado de los pies hasta un baño más asqueroso que la peor letrina de las prisiones turcas. Arrojado en el suelo frío y percudido de mancha sobre mancha, tembloroso e inocente de la suerte que le esperaba, sometido a una lluvia de patadas en el pecho, el abdomen y la cabeza, tuvo un descanso mientras se le preparaba su siguiente tratamiento. Con un zumbido continuo en los oídos, apenas sintió que su verdugo hacía varios viajes transportando algo con lo que iba llenando la bañera. De repente, muerto de susto, fue levantado de la camiseta y la pantaloneta, y lo siguiente fue la pérdida de aire, merced a varios puños en el pecho y el estómago, antes de que una mano como de hierro le hundiera la cabeza entre la arena, enterrándosela mientras una corriente de fuego le entraba por la nariz y la garganta, destrozándole las mucosas y devolviéndole espesos coágulos de sangre, al tiempo que sus costillas sufrían el castigo de puños brutales, incesantes.

—¿Quién más está con usted, pedazo de hijueputa? Hable, no se haga dañar más. Diga a quién le contó, diga...

Por poco y le arranca los cabellos al sacarle la cabeza de entre la arena. “Deme un nombre y le doy el descanso. Un puto nombre”. Nombre de quién, de qué, qué putas le estaba preguntando. Y otra vez la cabeza a la arena, con una furia de hipopótamo defendiendo a su cría. Y su cabello, otra vez, desprendiéndose de su cabeza. “Déme un nombre, carajo, no sea pendejo”. Lo sentó en el suelo, frente al bidet, y lo dejó allí, como dándole tiempo para pensar. Se aseguró de que el bidet funcionara correctamente, y de que hubiera agua caliente. “¿No quiere colaborar?” X-Ray, todo sudor, sangre, lágrimas y dolor, respiraba por la boca con dificultad, respiraba y escupía un lodazal de arena, babas y sangre, no más, no más, y cada inhalación le provocaba una punzada salvaje en el pecho. Le bajó la pantaloneta y los pantaloncillos, hediondos a orina, y X-Ray mierda, este hijueputa me lo va a meter por el culo, no, no, por favor, maldita sea, por qué a mi, no más, por qué a mi, y en cuatro contra la cerámica del piso, no, no, qué putas hice para merecer esto. “¿Nada que habla? ¿Se las da de muy varón? No se preocupe, que esto se compone.” Le quitó las esposas y con una soga lo amarró de forma que quedó en posición fetal, y ay, qué es esto, la manguera del bidet atravesando el ano a fondo, con agua caliente a presión, dolor, dolor y más dolor ¿por qué a mi? “Le repito, ¿quién lo mandó?” Le continuó preguntando, al mismo tiempo que le hundió con profunda rabia una patada en la base del tabique nasal, produciéndole una copiosa emanación de sangre. De nuevo escuchó la voz, esta vez como un cuchicheo, “¿qué hacemos con usted, ah?” Y otro golpe, esta vez un veloz rodillazo, que le deshizo las encías y le expulsó los dientes en forma violenta.

Todo esto y algo más alcanzó a revivir X-Ray, antes que acabara el receso. Con los ojos enlagunados, entre la arena de las pestañas, logra ver que el tipo se voltea nuevamente hacia él. Los nubarrones de sus ojos le confunden los recuerdos con las imágenes, y ve a su verdugo quitándose el saco y la cartuchera donde guarda un pistolón Browning 45, doblándose luego las mangas de la camisa para comenzar a aplicarle su tratamiento. “Saque el fierro y métame un tiro”, un ruego desesperado, el tiro de gracia. ¡Qué va!, parece que al tipo se le olvidó el arma, lo voltea bocabajo y le pone la bota contra la nuca, y X-Ray se ahoga de nuevo, su cuerpo se sacude en una tos que duele por todas partes, más arena en lodazal, no más, no más. “Por última vez…”

Ya no escucha lo que le dice.

La presión de la bota sobre las cervicales, y el consecuente ahogo por el aplastamiento de la manzana de Adán.

Unas manotas agarrándolo del pelo.

Tirón seco hacia atrás.

Crac.

Separación del cerebelo y el tronco cerebral.

Error de CRC.

Paula.

Divisamos, entonces, desde nuestra altura de rascacielos (entiéndase el rascacielos como puro deseo, lo que pudo ser y por la redomada dureza de las circunstancias no llegó a ser), a Paula y X-Ray Asylum, caminando por una callejuela de Beijing una tarde de otoño, luego de meses de clandestinidad y sótanos oscuros. Hoy por fin volvían a salir a la luz del día. No van tomados de las manos, pero hasta aquí nos llega un viento premonitorio, el presentimiento de que muy pronto se abandonarán a la fantasía de confiar una mano en otra. La callejuela ha sido bañada en llovizna menuda, y está tapizada de flores de ciruelo y hojas rojas, hojas secas. Un parsimonioso anciano de sombrero y barba blanca empuja su carrito con huesos de melocotón; vocea su mercancía entre marejadas de ciclistas, mientras deja que sus pensamientos se extravíen en sedas y dinastías ancestrales, cuando los emperadores Wu-ti y Shih-Huang.

En este momento, vemos que Paula se detiene y gira su cabeza siguiendo la trayectoria de una mariposa. X-Ray Asylum, por su parte, se mira los dedos de sus manos, las uñas, cortas, mascadas, y piensa que nunca en su vida ha estado más lejos de casa. Al doblar la esquina hacen una nueva parada para leer un cartel que se halla pegado en un muro. Se trata del anuncio de la llegada a la ciudad de un gran mago clásico, de aquellos que crecieron en el bosque de bambú y tuvieron como único guía y único alimento el Libro de los Cambios.

No sabemos si decidan asistir a la función del mago esta noche o mañana o el sábado. No sabemos si algún día no muy lejano emprendan por fin una vigorosa travesía a las nieves del Norte, o cumplan el sueño de mojar sus pies en las aguas del río Amarillo y besarse bajo la sombra de un almendro. Por lo pronto, los vemos alejarse en el alboroto de la callejuela, rumor de patos salvajes, difuminarse entre el gentío, reducirse a puntos minúsculos, granos de arena sobre un loto venenoso que solemos llamar rutina.

Suena entonces el coro del famoso “China” de Tori Amos, y quemando varas de incienso, nos ocultamos otra vez tras el cortinaje de donde nunca debimos salir:

I can feel the distance getting close
you're right next to me, but I need an airplane
I can feel the distance as you breathe
...the great WALL around you...

No comments yet

 
Theme By Arephyz, Modified By: §en§ei Magnu§ and Powered by NEO