mayo 28, 2007

Anacoreta - Colaboración desde Cali, Colombia


ANACORETA (fragmento)
Sebastián Alvarado


El ansia de saber la temperatura lo delató. Eso mismo mató a su padre y al parecer a su abuelo también. Nunca se entendió la obsesión por los termómetros, pero venía de familia. En los genes. Decía Marina: “Un día de estos cuando quede fría, andarás metiéndole esa reglita de calor al perro por el ano y ni cuenta te darás de mi silencio. Malnacido.” Si no fuera por una ofensa retribuida de seguro hubiera salido un ¡Hijo de Puta! de sus labios de 67 años, ungidos con rojo carmín.

Lo cierto es que los termómetros abundaban en la casa de los Muñoz. Algo más de 320 termómetros estaban organizados por tamaño, grosor y forma en un estante de madera algo deteriorado. Una herencia de escalas centígradas. Los vecinos, los amigos, los desconocidos, acudían con cita previa para saber qué tanto variaba el mercurio de un día para otro y a veces en un mismo día.

Joaquín sabía que el perro tenía 3 grados más que él y que su madre. Siempre andaba sudando un termómetro y mirándolo en intervalos de 7 minutos. Su aspecto desaliñado nunca le permitió conocer una mujer obsesionada por los metros de modistería. Escribió una linda teoría sobre los procedimientos adecuados para adquirir la fiebre. 256 páginas de arduo trabajo empírico. Andaba un poco triste preguntando el invierno, la nieve. Tardó 5 lustros en descifrar la maldición tropical. Eso no importó, porque de cualquier manera podía abrir el congelador para comer helado y cuando se aburría, pegar su lengua a la escarcha. Sin ningún vaso de agua alrededor. Marina siempre se amargó por él, nunca echó de menos que se perdiera, igual volvía mucho más caliente de lo normal a untarse hielo y bañarse para regresar a los normales 36. No gustaba mucho del fútbol, menos cuando hacía tanto sol como los domingos y a veces los martes también.

A eso de las 2 de la tarde, después de almuerzo, tomaba un litro de agua para luego poner un termómetro bajo el chorro que manaba de su pene. Aprovechaba para medirse y recordar su pareja fantasiosamente esquiva.

Marina cosía mucho, sentada frente a una ventana que daba hacia una calle polvorosa y triste. Hacía camisas y guantes, por encargo y porque sí. Un día como ayer o mañana, un día de estos como ella misma dijo, quedó sobre la tela, con un brazo junto al hilo y su pierna tascada en la pedalera. Antes que costurera, Marina era profeta, muy acertada a propósito. La gente la visitaba para conocer detallitos y cosas breves a priori. Con el chocolate, el tabaco, todo eso que usan las viejas medio brujas.

Jueves 10:

Sacó el termómetro y miró: 39, perfecto. Vio una cola que se movía. Se acercó, sintió la nieve. Apagó esa maquina de ruido. Con 34 grados Joaquín se hizo escarcha. Pegó su lengua sobre sí, estirando un metro hacia la calle, con la mano extendida y violeta. Invierno.

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