junio 16, 2007

El Instalador - Capítulo 3


EL INSTALADOR
Alex Acevedo, Carlos Ayala, Néstor Pedraza



DESPERTAR EN LA INOPIA: RESIDENCIAS EL PALMAR



Los que niegan a Dios destruyen la nobleza del hombre; pues ciertamente el hombre es pariente de las bestias por su cuerpo y si no es pariente de Dios por su espíritu es una criatura baja e innoble.

Francis Bacon.



Roberto se había despertado en un motel, una residencia parejera estándar, de las que aromatizan con el mismo olor a La Catleya Floral, las iguales cortinas rojas, el televisor empotrado en la pared, los espejos y la mesita de noche con el rollo de papel higiénico sencillo y unas toallas para lijarse el cuerpo. La humedad de siempre y una grabadora barata para escuchar la radio. Era imposible saber a qué parte de la ciudad había ido a parar. Se oía ruido de agua corriendo en el baño, de modo que había alguien en la ducha, seguramente una mujer, y que lo aspearan si la bañista no era una furcia, una masajista profesional. Era una deducción limpia, sería un sábado en la mañana y habría sobrevivido a una juerga más en el Santafé. Debía estar en el Centro. Parecía como si lo protegiera Dios, porque se acordaba de todas las veces que había salido de Calamares o de Tamaguchi hecho una piltrafa humana, equilibrista mágico que no caía a pesar de tener la cabeza con un kilo más de peso, un kilo de alcohol en volumen, y no sólo no caía sino que podía hacer el cuatro a la perfección, y aún más: nunca lo habían atracado, siendo que la zona, la Veintidós con Caracas a las diez u once de la noche, no era como para demostrar sus dotes innatas de equilibrista. Para eso estaba el Circo de los Hermanos Gasca.

Se concentró un momento y recordó algo clave, un taxi, un Daewoo Racer, en la Quince con Noventa y Tantas, quizás a las tres o las cuatro de la mañana, un night club caro, donde echarse un polvo costaría por ahí unos cien o más, o menos; en fin, dependiendo del marrano. Pero él siempre era muy profesional, siempre pensaba primero en la empresa en que trabajaba y luego en él y sus apetencias. Bueno, a veces ese mismo profesionalismo le facilitaba las cosas. A todas las nenas les decía que trabajaba en El Vespertino, que hacía la sección de Deportes, y todas se lo tomaban en serio, lo hallaban más encantador, con más clase, y ya como que no les daba pena jugar con su corbata, pasarle una mano por el cuero de la chaqueta alisándoselo, arruncharse pegadas a él con pegamento etéreo. Así debió ser la noche anterior, ahora lo recordaba; todo venía ennubecido, nublado, como en un sueño. Había una mona oxigenada, ya, exacto, la misma que salía del baño con la toalla enrollada al cuerpo; pudor, misterio. Ahora, en la intimidad, oculta lo que entre el gentío mostraba abierto de par en par. ¿Quién entiende?

—¿Ya se despertó, papi? —dijo la mona oxigenada—. Usted sí, mijito...

Siguió hablando la rubia incoherencias propias de su profesión. Él la encontraba un poco fuera de su gusto, demasiado mona, demasiado oxígeno, demasiado parlanchina, y se perdía en las nubes de la noche anterior. Mierda, ¿cómo iría a dar a ese sitio? Escasamente recordaba que a eso de las tres o las cuatro, se había embarcado en un taxi Daewoo con esa boleta que ahora se empezaba vestir: sus calzones de encajes rojos, un pantalón descaderado botacampana, una blusita ahí, pura pinta de impulsadora de supermercado, de esas que están con una bandeja y le hacen a uno una sonrisa de medio pelo para ofrecerle un toque de galleta con atún, una copita de vino, un diminuto trago de aguardiente. Eso justamente era lo que necesitaba ahora para poder despertar, un chorrito de anís.

—¿Dónde estamos, mi amor? —le pregunta al esperpento, que está con un espejito aplicándose pestañina o delineador o sombras, a lo mejor líquido de frenos, diablo rojo.

Ella se voltea a mirarlo, con esa mirada que saben hacer las mujeres más dignas, como diciendo “Uich, usted sí, mijito, ¿no? Uich, ¿no le da pena?”, y le contrapregunta que si no se acuerda, que ella anoche se cansó de decirle que para qué se iban tan lejos, que era hasta maricada ir tan lejos habiendo dónde meterse allí no más en Chapinero o en el Siete de Agosto. Luego lanzó su perorata acerca de la terquedad de los hombres y de los borrachos, y la cerrazón total de los hombres borrachos, ¿no eres de casualidad Tauro? Y en resumen, por fin dijo que estaban en la mierda, Fontibón adentro.

Lindo paseo, debió ser, desde la Noventa y Tantas con Quince hasta el recoveco más sórdido de Fontibón, donde solía terminar sus juergas los días de quincena. Entonces se mentía, arguyendo que era por razones de seguridad, que en una ciudad tan podrida y dañada como ésta uno tenía que saber muy bien dónde meter sus pobres huesos, no fuera a ser que...

¡Ya!, se empezó a iluminar el sótano oscuro de sus recuerdos. En el night club caro, a eso de las once, ya se estaba acabando la botella de whisky y él estaba más prendido que un pesebre, y estaban arreglando el mundo con alguien. Que este país así y este país asá, y que por eso es que todo el mundo está como está, porque tal y pascual, y se levantó de la mesa camino de los baños, y por el camino sintió apetencia por esta mona exuberante, y entonces fue cuando le dijo mamita, que trabajaba en El Vespertino, que él hacía la sección de Deportes, y ella empezó a hacerse la niña consentida, a pedir tragos de brandy, a sugerir que podían hacer algo en esta noche perdida en que todo parecía indicar que empezaba el fin del mundo, y ya no tardarían en llegar los ángeles exterminadores a barrer con todo, los expendios de bazuco y las licoreras y los puestos de perros y de chorizos, que por qué más bien no se iban para algún lado a pasarlo bien rico.

Ahora la boleta se echa al hombro su carterón, se está despidiendo con un besito en la mejilla, le pregunta que cuándo vuelve a sacarla, le recuerda que muy rico todo, papi, chao, Dios te pague.

Pero, ¿con quién estaba? ¿Quién pagó? Las jugarretas de la memoria. ¡Ya! Hablaban de su carrera en El Vespertino, él contaba que la situación estaba muy dura, que hacía quince días un pirobito de McKensey Consultores se paseaba por la redacción, husmeando en todas partes, metiendo sus narices donde no lo habían llamado. Era un pirobito recién egresado, póngale de Los Andes, un ingeniero industrial ahí, puro vestidito de Hugo Boss y las gafas negras, tramando de duro o que sé yo, un cabrito que no sabía ni mierda de ni mierda, pero que Don Hernando tenía haciendo reingeniería, un plan para echar gente, mejor dicho. Sí, claro, de eso estaban hablando, que el pirobito se paraba al lado de la greca y se quedaba mirando para su escritorio, el pirobito se estaba enamorando de él, y lo miraba a él y se fijaba en la hora y anotaba cosas en una de esas agendas, una Palm Pilot es, ¿no? Un espía de Don Hernando, el muy cabrito, y lo tenía nervioso, claro, como está la vida en este país, con este desempleo tan verraco, había que despistar al pirobito, había que descrestar a Don Hernando, lucirse con algo para que lo tuvieran a uno en cuenta. De eso estaban hablando, sí, pero ¿con quién? Mierda, estas lagunas cada vez están peores.

Se mete a la ducha, quizás un buen chorro de agua helada le ayudara a disipar los vapores de alcohol que le nublaban los hechos. ¡Ya!, eran dos tiras, Bermúdez y López, de la Dijín, claro, era eso, y ahora empezaba a ver cuando el mesero les trajo la cuenta, y él les decía no, ni más faltaba, y sacaba su cartera, y ellos seguramente alcanzaron a protestar que no, que no era justo, que ellos también querían colaborar con algo, y salieron los dos billetes de veinte, y él ¡ay, mierda!, él los rechazó, yo pago, tranquilos, a ver cuánto es, cómo así que no puedo invitar a mis amigos, no, ni más faltaba, a ver cuánto es. ¿Cuánto sería? ¿Ciento cincuenta? ¿Doscientos? Sale de la ducha como está, cubierto de jabón, busca su pantalón y no encuentra la billetera, “¡ay jueputa!” Un momento, tranquilo, de borracho siempre la metía en su chaqueta de toda la vida, la negra de cuero tumbalocas, sí, ahí está, saca la cartera, y ¡ay mierda!, quedan tres billetes de dos mil para quince días, ¡seis mil pesos para quince días!, y una mancha de espuma se descuelga de su cabeza y entra en su ojo derecho, para justificar el ardor y las lágrimas.

Ahora ya había acabado de armar el cuadro. Había salido del periódico antes de las cuatro, a encontrarse en La Sultana con el Dr. Gómez, a contarle lo mismo que les diría a los tiras de la Dijín, y ahí, entre un cigarrillo y medio frasco de anís en la cafetería, el Dr. Gómez, un señor, un caballero, había quedado de conseguirle algo para esta semana o la otra, algo para despistar al pirobito y descrestar a Don Hernando. Entonces fue cuando se sentaron en su mesa el Bermúdez y el López a gorrear, y ni modo de decirles que no. A la media hora o así, el Dr. Gómez dijo que tenía diligencia y se fue, y se quedaron él y los otros dos, por otro medio frasco, y ¡ay!, los tiras se habían hecho invitar también a pollo, ahora se acordaba, ¡qué dolor! Claro, antes de llegar a la Quince con Noventa y Tantas, habían estado comiendo pollo, “¡me cago en la leche!”

—Una propinita, patrón —le dice el ganapán cuando está atravesando la puerta de la residencia rumbo al infierno de la calle Trece.

—Paila, mijo —le responde de mala gana, y sigue calle abajo haciendo cuentas, mil para un tinto con empanada, el brunch, setecientos para la buseta hasta la casa, mil para los servicios, mil para el arriendo, mil para el mercado, uy, y todavía le iban a sobrar mil trescientos, muy de buenas, casi la mitad de la entrada para el Novedades, y además se iba a salvar de tener que empeñar el VHS otra vez.

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