junio 15, 2007

La Grieta - Colaboración desde Cali, Colombia


LA GRIETA
Winston Espejo

Carlos Cabeza de Col, como le llamaban en el barrio, vivía en una modesta casa con su madre que innovaba trajes para ricos. Quería ser médico, orgullo de su progenitora enviudada años atrás, cuando él recién adquiría el uso de la razón. Con tamaño objetivo, estudiaba duro después de las jornadas matutinas en el colegio, en franca disciplina, después de almorzar y descansar por media hora. Despreciaba las salidas con amigos, los juegos de fútbol, las reuniones con las chicas. Era, en su último año de secundaria, lo que muchos suelen llamar un ratón de biblioteca, un jovenzuelo con una meta bien puesta haciendo todo lo necesario para obtener las mejores notas e iniciar una carrera que se empeñaba en llamar superior.

Pero el objetivo se nubló en aquel septiembre que se mudaron a la vecindad varias familias. Una de de las cuales, conformada por una pareja con hijas trillizas (dos alegres, la tercera silenciosa e inválida) alquiló la casa contigua a la de Carlos. Tímido por naturaleza, rechazó todas las invitaciones para que le presentaran sus nuevas vecinas. Sin embargo, a diario, a una hora en punto, durante más o menos medio mes, repitió con sigilo el acto de espiar a la discapacitada.

La descubrió una tarde por casualidad cuando la madre le reclamó por los libros desordenados y la limpieza de su cuarto. En el afán de acabar con prehistóricas telarañas, corrió la biblioteca que heredó de su padre y ¡sorpresa! En la pared olvidada, una pequeña grieta que nunca había visto. Sin tener alguna razón diferente a la curiosidad, enterró sus uñas en el pequeño mundo. Tarea ingrata, cada uña ganó grietas y se venció primero que el objetivo. Una larga puntilla encontrada en un montón de trebejos fantasmales sirvió para acabar el propósito empezado. Además del sudor, el trabajo y la paciencia del muchacho, la herramienta fue perfecta para la construcción de una circunferencia de casi un centímetro de diámetro que permitió el descubrimiento de un paisaje conformado por una de las jóvenes, una cama, un tocador, una silla de ruedas, muchos afiches y muñecas. En el preciso instante del fruto alcanzado, entendió mejor su motivación perversa.

—¡Ven a almorzar! —gritó su madre ese día, justo antes de que Cabeza de Col terminara su obra.

Después de la comida volvió a encerrarse. Repitió la actividad los siguientes días porque al otro lado encontró a la doncella desvalida en fascinantes actos que lo hipnotizaron a través de sus enormes gafas. Fascinaciones que le arrebatarían una hora de estudio diaria.

Más que el tiempo dedicado, debieron ser los gemidos, las partes nunca vistas, las manos maestras de la joven en su propio oficio, lo que hizo del adolescente una persona diferente. Más retraído, descuidado en el estudio, ensoñado, pensando sólo en ella. Y esperando veintitrés horas con ahínco, el inicio del trance auto satisfactorio.

Hasta que un día fue diferente. La angelical adolescente, bucles perfectos, ojos azules, no se desmontó de su silla de ruedas. Tampoco mencionó en voz alta los galanes de moda ni el joven más apuesto de la cuadra del que guardaba una fotografía en un libro. Pasó por alto ojear las revistas prohibidas que le enrojecían la cara. Mucho menos tomó del fondo de la gaveta del armario un delgado objeto de placer que permanecía camuflado entre la ropa.

Carlos quedó en espera del protocolo de la blusa despojada con sigilo y las caricias a un níveo pecho que le apuntaba, sin proponérselo, a sus labios inexpertos. El mundo del objeto de placer no fue más en el universo de la chiquilla.

Nada pasó, excepto que después de la espera, la rubiecita de mirada profunda y cierto aire misterioso lo invitó a su encuentro con una seña de mano derecha. Ven, le dijo sin hablar, moviendo el dedo índice hacia ella, desconociendo la pared, como si estuviera al frente del avergonzado incrédulo que no comprendía lo que estaba sucediendo y eligiera el más sutil lenguaje para invitarle a la compañía.

Una vez superada la vergüenza, el joven verificó su presentación personal para acudir a la sorpresiva cita. Jamás, en sus dieciséis años y ante un espejo, había visto que le quedaran tan mal las pecas. Entonces, en el afán de ocultarlas, ensayó con dos o tres menjunjes que usaba su madre en la cara. Un poco de gelatina de moda en el cabello que acomodó con esmero, mientras que volvió a debatirse en la indecisión que lo atrapó desde un principio de ir, o no, al encuentro de la bella espiada. Pensó en lo bueno y lo malo que podía ocurrir en la casa contigua. Lamentó la falta de experiencia, pero se ufanó a sí mismo por la suerte desmedida.

Al rato, el chico accionó el timbre de los vecinos.

—¡Hola! —le dijo ella con una pomposa sonrisa y la mirada más profunda y brillante.

—¡Ho-la! —tartamudeó Carlos, atrapado entre la timidez y la osadía, tratando de secar con torpeza las pequeñas gotas de sudor naciente en su frente desproporcionada.

—Estoy sola. Mis padres trabajan hasta tarde; mis hermanas están en clases de glamour y teatro.

Con pericia, la adolescente giró ágilmente la silla en dirección al interior de la casa, tomó con delicadeza las manos del muchacho y las puso sobre el espaldar, luego hizo un ademán para que él la empujara hasta su cuarto. Cabeza de Col imaginó en el corto trayecto, que la ayudaba a tenderse en la cama y le abría el deseo con la teoría aprendida en un libro.

Sobre una alfombra deshilachada, la pareja disertó sobre la vida y el trágico accidente de unos años atrás que la dejó sin poder caminar, tocaron el tema del afecto por los bordes y prometieron un segundo encuentro para la siguiente tarde en la que él, a petición de ella, prometió llevarle una composición sobre lo tedioso y oscuro de la existencia.

La media noche pilló al chico feliz en la ejecución de la tarea prometida. No fue fácil. Miró, por si de pronto, en su propios libros, visitó la mejor biblioteca de la ciudad, investigó con profesores, leyó los autores más tristes, los poetas suicidas, a escritores sin esperanzas y a filósofos envestidos de amargura. Al cuarto o quinto día tuvo su mejor ensayo: gran recompensa para el joven académico que no comprendió del todo el fondo de la encomienda.

Ya iniciaba noviembre cuando volvieron a verse. Él, con orgullo, exhibió la ofrenda. Seguramente con la intención más romántica había adornado el papel con bordes dorados y escarcha. Ella, después de leer, se quedó mirándolo. Silenciosos permanecieron un tiempo hasta que la púbera con voz triste musitó:

—Está hermosa Carlos, pero llévala siempre contigo. Es para que te acuerdes de mí.

Los días fortalecieron la furtiva relación de los dos. Por alguna razón, ambos preferían mantenerse al margen del resto de muchachos. Y si alguno preguntaba, ellos negaban la fortaleza de aquella amistad que parecía única en el cosmos.

Una tarde de diciembre, él, en voz baja, se atrevió a pedir lo que lo venía atormentando de tiempo atrás.

—Déjame ser tu novio, ya conozco muchas cosas de ti.

Ella se mostró complaciente, pero no le dio la respuesta. Le habló del don de la espera, pero, sobretodo, de un pacto. De cambiar los roles y dejarla ser espía por el mismo huequito donde se habían conocido. Solicitó que él se desnudara e hiciera lo que ella hacía, sólo faltaba escoger el día y el momento indicado.

—El veinticinco a mediodía —sugirió la adolescente refiriéndose al día de pascua, — todos se van a festejar.

Le entregó un frasquito para que juntos, separados por la delgada mampostería, bebieran a las doce en punto una pócima de amor. Él, feliz y entusiasmado, asintió.

En la mañana del día acordado, en su cuarto, Carlos dispuso el armatoste lleno de libros para permitir ser visto. Ante la radiante y maliciosa mirada de su madre que pensó que le iba a pedir dinero o un permiso para las fiestas que iniciaban, sacudió el polvo de libros limpios y batalló con telarañas imaginarias.

Faltaba poco para el mediodía cuando la inválida inició con él, el propuesto rito de amor, turnándose para poder ser vistos el uno por el otro por aquel huequito fantástico y agrandado, dejándose llevar por las imágenes y una estridente música que había colocado la chica.

—¡Bebe! –gritó ella. —¡Es por nosotros!

Él, tan enamorado como obediente, justo cuando una sirena en lejanía indicó las doce en punto, tomó el líquido resuelto a concluir el asunto. Al instante, de su boca trémula y deformada, salió una espuma blanca y un agónico alarido:

—¡Me siento mal!

La inválida, moviéndose en su silla de un lado a otro, con los ojos despiadados y más brillantes que nunca, replicó:

—¿Sabes? Tú no debiste mirarme, además… ¡Ya tengo novio! —señaló sobre la cama el objeto de placer.

—¡Ven a almorzar! —llamaría unos minutos después la madre, quien jamás pudo entender, después de leer un escrito suyo en papel fino y bordes dorados, a su puño y letra, el por qué de aquellos conceptos tan aburridos y lastimeros de la vida.

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