junio 14, 2007

Saber que no me estoy vendiendo - Colaboración desde Montevideo, Uruguay


SABER QUE NO ME ESTOY VENDIENDO
Ariel Demarco

Escribir
ahora por un tiempo,
de mares y veleros,
de pasos en la alta noche,
de grillos, de perros,
de una terrible soledad.

Y no me estoy vendiendo.
No compraran mi canto,
ni con halago, ni con moneda,
ni con otro apremio,
ni con otro premio.
Ni con otro grito,
ni otra bandera
ni la sangre derramada
en cualquier mañana…
por lo que digo.
Y digo.

Esta mañana y aquella ventana,
el sol, la hoja, el árbol,
el pájaro, el grito,
el amor herido de muerte
a las tres de la mañana,
y unos pasos que se alejan,
y el amor herido
grave, a las ocho y media
de otra mañana, y unos pasos
que se alejan.

Se van, se retiran,
vuelven, combaten,
chocan contra el dique
de lo vivido, gritan,
bostezan, caen, murmuran, abrazan
y gozan y gritan tu nombre
a cualquier hora.

Y se que no me estoy vendiendo.
Y no podrás comprar
lo que no te di.
No hay suficiente dinero.
Y un brillo en los ojos,
un paso, tu tacón inquieto
en la esquina,
y en los labios el gusto
de mi piel.

Un aroma, un tú aroma,
un sabor, una piel,
mi mano, el espacio
que busca tu rosa de los vientos
para seguir buscando.
El vientre, un viento brutal,
de la cintura,
trepa vientre arriba,
se aferra, se trepa más,
se bambolea, se toma con sus manos
de alientos y vida,
a esa línea en tu vientre marrón,
plena, mía, tallada a beso y caricia
trabajosamente mía.

Ulula, sopla, entre tu seno,
se convierte en aliento,
en mi aliento, en pezón, en marrón,
en beso, en unos pasos a las dos de la tarde
y el amor estaba herido de muerte.
Y aun así no podrías comprar
ni mi dolor, ni el próximo grito,
ni mi amor, ni el próximo dolor,
ni el canto, ni el verso, ni el beso
que yo dibujé en el aire
inmenso de tu labio.

Un labio, otro, un beso,
una lagrima partiendo tu mejilla,
un suspiro, la música alta
te busca el alma,
te busca el sexo, el pie
y la media, el mantel soñando
un domingo y un buen día, señora,
y un buen día, señor de todos los días,
y el encontrar y el encontrarme
y mis brazos en tus brazos,
un abrazo.

Y el amor moribundo
a las seis de la tarde
te nombro, hilvano
una mueca y en la asquerosa
vidriera social
una comedia gritaba
amor y odio y mentira y fe
y traición, y sexo.
Y supe de pronto
que no me estaba vendiendo.

El amor no podía morir,
ha muerto, porque no voy a morir,
he muerto y te has ido, no estás,
estás entre otros olores
y brazos y palabras y susurros,
y el canto se rebela.
Se alza en sus pies inseguros,
levanto mi mano, abrazo el aire,
rompe el silencio, el oropel,
el eco dice amor y amor el grito.
Y no estás comprando mi pecho,
ni mi voz, ni mi hoy, ni mi ojo,
ni mi lengua, ni mi dolor, ni mi placer,
ni mi historia, ni una mi alma
que nunca tuve,
ni mi próximo abrazo,
no tienes con qué.

Digamos un paso y otro,
una silueta que se esconde
en la esquina más próxima
cuando te busco.
Y la bandera de tu pelo libre
en la prisión de la mano.
Sin broche, por el aire libre.
No está en venta.
No los puedes pagar.

Te lo regalo
con este manojo de rosas
amarillas y rojas y blancas
y negras,
con aroma de mi tiempo.
Qué importa ya,
quizás sólo un tiempo.
Angustiante, perentorio,
terriblemente injusto,
completamente mío, tuyo.
Saber que no me estoy vendiendo.

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