agosto 09, 2010

Memorias de lo que no se ve


MEMORIAS DE LO QUE NO SE VE

Pamela Alejandra Astudillo Sagredo

Concurso Mundial de Cuento y Poesía Pacifista.
Finalista - Cuento - Español


En el living, mi abuela se disponía a encender la chimenea. “Hace frío”, dijo y comenzó a colocar pequeños trozos de madera cómo quien hace un nido para poner huevos. Abrió la cartera de mamá y sacó algunos documentos que puso justo al centro del nido y luego revisó los bolsillos de la chaqueta y del pantalón de mi papá, de donde sacó otros papeles que le parecieron que contribuirían con la chimenea.

Mientras el fuego hacía su trabajo, decidió abrir las persianas de la casa, era “momento de abrirlas”, dijo. Fue entonces cuando sentimos llegar un camión que se estacionó justo frente a la casa, sentimos como un lamento el accionar de los frenos. Nunca vi el camión pero sospecho que, por el tubo de escape, salía humo.

Entonces, como ya las ventanas estaban abiertas, las persianas estaban arriba, era más que sospechoso cerrarlas de golpe con la llegada del camión. Mi abuela decidió asomarse toda ella y saludar a los militares que se bajaban y que golpeaban con la culata de una metralleta la casa de nuestros vecinos. Yo no alcanzaba a ver bien, pero veía algo, mis hermanos Albín y Roberto se juntaron conmigo alrededor de la falda de mi abuela.

Con las manos sobre la nuca salió el vecino. Lo subieron al camión.  Se fue el camión y cuando ya  advirtió que había doblado en la esquina, mi abuela cerró las ventanas. Cerró la última ventana y parecía que era de noche, pero era de mañana. El último golpe de la persiana fue como si encendiera el sonido de los aviones que comenzaron a sobrevolar, “parecen que estuvieran aquí mismo, encima”, decía mi abuela. Mientras seguía acercando más documentos a las llamas.

Se sentían explosiones y los vidrios de las ventanas temblaban. “Pueden estallar”, dijo mi abuela y nos metió a los tres en la despensa que estaba justo debajo de las escaleras. Allí, con olor a cereal y lentejas, son aromas a harinas y detergentes, junto a canastos con papas, zanahorias y cebollas, pasamos esa mañana jugando a adivinar qué cosas tocábamos en la oscuridad.

Albín me pasaba una papa y yo debía adivinar qué cosa era. “Es una papa”. ¿Y esto? “Lentejas” y ¿Esto? “mmm parece un jabón”. De vez en cuando abríamos la puerta de la despensa y veíamos que mi abuela seguía quemando cosas y nos indicaba con el dedo que cerráramos la puerta. Roberto dijo varias veces que él no quería jugar. Pero Albín seguía pasándome cosas, y me preguntaba suavecito: ¿Y esto?

Debe ser horrible estar ciego, dije. Entonces, Roberto preguntó: ¿No vieron al vecino? Cuando se lo llevaron le pegaron los ojos con cinta de embalar. Albín dijo: “Yo no vi nada”, y “yo tampoco”. “Baaaah”, dijo Roberto, “ustedes nunca ven nada”.

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