julio 09, 2007

¿Por qué Las Filigranas de Perder?


Es hermoso el gesto del hombre que cae, no con la intención de levantarse y volver a intentar el salto por segunda, tercera o quinta vez, sino con la convicción de que es completamente inútil levantarse, saltar, desear.

Desde luego lo habitual, lo sano, lo obligatorio casi, es el optimismo; creer que en el mundo hay oportunidades para todos, que el futuro puede ser complicado pero posible y hasta deseable. Decir, por ejemplo, escribo con la esperanza de pasar a la historia de la literatura, de tener miles de lectores y decenas de publicaciones. O rebajando un poco esas pretensiones tan altas, escribo con la esperanza de que mi literatura llegue al menos a unos pocos lectores fieles, atentos, y produzca en ellos bienestar, contento, nostalgia o cualquier otra reacción estética. O bajando todavía más, ya casi en la inopia vertical, escribo en un blog con la esperanza de despertar aunque sea consenso y cierta complicidad en algún desconocido.

Sin embargo, este optimismo se devela como pura impostura a la hora de la sabiduría auténtica, a la hora de la sinceridad desnuda. Puesto que la pregunta definitiva no sabe de optimismos, sino que pide fuerza real, voluntad de hierro, certeza de raíz, vocación de mártir. La pregunta definitiva reza: ¿Qué tanto quiero la escritura? ¿Mucho, poquito o nada? ¿Cuánto estoy dispuesto a sacrificar no por el éxito profesional sino por la escritura misma? ¿Acaso la quiero tanto como para practicarla sin más fin que ella misma? ¿Escribir por escribir y pare de contar? ¿Art Nouveau en letras?

A ese amor desaforado, inevitable y malsano por la escritura se le conoce en los medios masivos sencilla y llanamente como "derrota". Puesto que el mundo literario está plagado de estrellas y aspirantes a estrellas que no aman su oficio por sí mismo, sino por los reflejos que produce: las publicaciones, las críticas, los premios, la plata, el círculo de adoratrices y seguidores. Y es imposible no reconocer aquí el eco de Nietzsche cuando fustigaba a todos aquellos que buscaban un sentido a su vida en lugar de simplemente vivir y vivir sin ninguna finalidad: ni la vida eterna, ni la entrega a una causa, ni siquiera el sacrificio del estoicismo.

De otra parte, está claro que así habla la Zorra respecto de las uvas que no alcanza, pero esta Zorra Derrotista no sigue su camino en busca de otros objetivos, sino que se queda rondando al racimo, componiéndole odas a esas putas verdes e inalcanzables, pero sobre todo verdes y sobre todo putas.

Ahora bien, si uno no solamente se aficiona a la derrota, sino que además halla placer en ella, como cualquier devoto del masoquismo, se sube un nivel, se llega al arte de la paciencia y la obsesión por el detalle que hizo famosos a esos orfebres de Monpox: ¡Las filigranas, Las Filigranas de Perder!

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