julio 20, 2007

Historia de Taxi - Colaboración desde Perú


HISTORIA DE TAXI
Harol Gastelu Palomino

—Maestro, ¿cuánto me cobra la carrera hasta La Realidad? —preguntó la chica, apoyándose en la ventanilla. Los cabellos negros, ondeados y largos, le caían en cascada.

—¿Hasta La Realidad? —repitió el taxista, bajando el volumen de la radio, mirando de reojo el generoso escote de la chica: se veía en toda su plenitud el nacimiento de sus senos, la piel blanca y lisa con algunas pequitas—. Veinte luquitas nomás.

—¿Tanto? —protestó ella. Era bonita, tenía una carita de rasgos finos. Parecía el rostro de un ángel. Se acomodó las tiras del vestidito celeste dejando ver un poquito de su sostén color negro—. Le doy quince. Es todo lo que tengo.

—Diecisiete.

—Quince —ella frunció el ceño, miró su reloj, impaciente, empezó a retirarse, total, hay taxis hasta por gusto, ¿no?, parecían decir sus ojos grises como los de una gata. Atrás tocaron la bocina, se pararon otros taxis. Volvió a acomodarse las tiras del vestidito.

—Suba —dijo el taxista, quitando el seguro de la portezuela.

—Gracias —dijo la chica, metiendo la pierna izquierda con cuidado. El vestidito con las justas le llegaba hasta las rodillas. El taxista le echó una rápida ojeada a esas piernas largas, blancas, bien formadas, lampiñas. Tenía tatuado una serpiente alrededor del tobillo derecho. Parecía modelo. Tomó asiento y se acomodó el vestidito como queriendo proteger sus piernas de las miradas furtivas del taxista. Puso su cartera negra sobre sus muslos—. ¿Tiene SOAT su carro?

—Claro que sí, y también seguro contra robos, contra incendios, etc.

Ella sonrió. Tenía una dentadura perfecta, unos dientes blanquísimos algo grandes. Tenía los labios finos pintados de rojo oscuro. Llevaba cinco aretes en cada oreja, los dedos llenos de aros. En la radio Arjona cantaba Señora de las cuatro décadas.

—Póngase el cinturón de seguridad, por favor. Los tombos están haciendo operativo más allá.

Ella se cruzó el cinturón sobre el pecho, trató de engancharlo, pero no pudo.

—¿Me ayuda, por favor?

El taxista agarró el timón con una mano y con la otra trató de ponerle el cinturón, pero estaba muy ajustado, le dijo meta un poco la barriguita y ella sonrió. Sin quererlo, él le tocó los muslos.

—Disculpe.

La chica sonrió, estiró su vestidito. Se había echado un perfume cuya fragancia a jazmines había invadido el interior del carro.

—Huele rico.

Ella sonrió con esa sonrisa coqueta, prometedora de pasiones inalcanzables para un pobre taxista.

—Tu cinturón no me deja respirar bien —se quejó—. Creo que me voy a asfixiar.

—Como este carro no tiene tanque de oxígeno, tendré que hacerle respiración boca a boca.

Ella soltó una carcajada.

—Eres un vivo. ¿No serás por si acaso el taxista erótico?

El taxista también rió. Pisó fuerte el acelerador. El taxi se desplazaba como una bala por la Vía de Evitamiento.

—Fuera bueno. ¿Por qué se ha dejado crecer tanto los pechos, ah?

—Usted es bien sapo —dijo la chica, sonriendo y alisándose los cabellos. Por el espejo, el taxista le miró las axilas embadurnadas con Etiquet. Arregló la tira de su sostén. Sus manos eran finas, los dedos largos; tenía las uñas crecidas, pintadas de rojo.

—¿Cuánto le costó el implante si se puede saber?

—¿Quiere ponerse tetas?

—Por qué no, para trabajar de noche y ver si así gano algo más.

Rieron.

—Por si acaso, esta artillería es natural —dijo ella, sopesándose los senos, grandes, redondos.

—No parecen.

—Lástima que no pueda comprobarlos.

—Quizás algún día, ¿no?

—Soñar no cuesta nada.

—Eso es lo único que me queda. ¿Es usted modelo?

—No. ¿Por?

—Lo parece. Es más guapa que la Maju Mantilla.

—Las norteñas somos guapas por naturaleza.

—¿Es del norte?

Ella hizo un gesto de asentimiento.

—De Trujillo. ¿Conoce?

—En febrero estuve por allá.

—¿Y le gustó mi ciudad?

—Sí. Puras mujeres lindas nomás hay en Trujillo.

—Gracias.

—Honor a quien se lo merece.

El auto seguía avanzando a toda velocidad por la Vía de Evitamiento. Pasaron frente al Pedagógico de Monterrico.

—Yendo por la Ramiro Prialé me parece que llegamos más rápido a La Realidad, ¿no cree?—, dijo ella.

—Eso le iba a decir. A esta hora el tráfico es un caos en la Carretera Central.

La chica volvió a acomodarse las tiras del sostén.

—¿Cómo se llama usted, maestro?

—Agustín, para servirte. ¿Y tú?

—Claudia.

—Bonito nombre.

—Eso le dirás a todas tus pasajeras —dijo Claudia, cruzando las piernas. Agustín miró con el rabillo de los ojos esos muslos poderosos, esas rodillas brillantes surcadas por venitas verdes como culebritas.

—No a todas. A veces suben unas más federicas que la Magaly Medina.

—¿Y por qué las recoges, ah?

—Tengo que ganarme los frijoles, ¿no?

—Y ganarte con otras cosas —dijo Claudia, riendo.

Ah.

—Por plata eres capaz hasta de hacerle una carrera a Momón.

—Por plata baila el mono, ¿no?

—Así dicen.

Arjona empezó a cantar Historia de taxi.

—Vuestro himno —dijo ella, alisándose los cabellos. Sus pies pequeños (las uñas también pintadas de rojo) jugaban con sus sandalias.

—Ah. Nos hace justicia en esa canción a los del gremio. Es mi ídolo.

—¿Vas a ir a su concierto?

—Si es que hago un par de carreras a La Realidad. ¿Y tú?

—Si es que encuentro un taxista generoso que me invite…

—Me dejas tu número para llamarte.

—Ya, gracias. ¿Y ganas haciendo taxi?

—Depende. Hay días en que no saco ni para el té.

—Es que tú también cobras muy caro.

—La Realidad está al otro lado del mundo. No te voy a llevar por cinco soles hasta allá.

—En combi llego con dos soles, y eso si me cobran el pasaje.

—Si quieres, puedes bajarte e irte en combi —dijo el taxista, disminuyendo la velocidad.

—Eres bien fosforito —dijo Claudia, descruzando las piernas—. Otro día me bajo. Hoy llevo mucha prisa.

—¿Una cita?

—Tú eres muy curioso, Agustín —dijo ella, enredando en su índice un mechón de sus cabellos.

—Uno siempre quiere saber a dónde van las chicas hermosas.

—Pues hoy te quedarás con la curiosidad.

—Qué mala eres.

—Así soy yo. ¿Y haces taxi a tiempo completo o trabajas en otra cosa?

—Soy profesor de arte y literatura.

—¿Y qué hace un señor profesor haciendo taxi, ah?

—Estoy aprovechando la huelga del magisterio para juntar unos centavos a ver si me voy a los Estados Unidos.

—Te van a mandar a Irak, Agustín.

—Y qué puedo hacer si aquí con las justas gano para comer. Allá me sacaré la mierda, perdona la palabra, pero al menos podré juntar para poner un negocio, ¿no?

—¿Y si te va mal? Mira a Ada Cuadros, a tantos latinos que son deportados todos los días.

—Más mal que aquí, no creo que me vaya. Prefiero cuidar perros en el extranjero que seguir enseñando en un colegio.

—¿No te gusta la educación?

—Me gustaba. Ya no. Los alumnos son bien brutos. Uno se rompe el lomo enseñándoles, y ellos, nada, andan pensando en chatear nomás.

—Suerte —dijo Claudia, se acarició los muslos, estiró su vestidito—. Si te va bien, a ver si me jalas aunque sea como tu secretaria.

—Ya. Dicen que las noches son muy heladas en la tierra del tío Sam.

Rieron. El taxi seguía devorando los kilómetros.

—¿Y el carro es tuyo?

—Sí. Felizmente que ya lo terminé de pagar. Pero voy a tener que venderlo para mi bolsa de viaje.

—Es una pena porque es un señor carro.

—Pero qué me queda; ya no aguanto esta situación. Es fregado estar dando vueltas y vueltas buscando pasajeros. Prefiero largarme de aquí.

—O sea que de todas maneras New York te espera.

—Así es, amiga.

Claudia sonrió. Volvió a cruzar las piernas, el izquierdo sobre el derecho; volvió a estirar su vestidito. El viento que se colaba por la ventanilla derecha jugaba con sus cabellos y sus pies con sus sandalias.

—¿Ya puedo quitarme tu cinturón? No me deja respirar bien, no me vaya asfixiar porque ahí si no te acompaño a los Estados Unidos.

—Más allá, no me vayan a poner papeleta, porque ahí si te quedas sin ver a Arjona.

—Me consigo otro taxista.

Rieron. Pasando el puente Benavides, una combi cambió sorpresivamente de carril y el taxista con las justas pudo frenar.

—¡Carajo, maneja bien!

—¡Imbécil, vaya a su pueblo a manejar sus llamas! —gritó Claudia, sacando la cabeza por la ventanilla y sacándole la lengua (rosada, puntiaguda) al chofer de la combi.

—Ese con las justas manejará sus burros.

—Poco más y salgo volando como Superman —dijo la chica, respirando con alivio—. Casi me hacen puré las chichis.

—Y tanto que te querías quitar el cinturón.

—Que me sirva de experiencia. ¿Es fácil manejar?

—Sí. Es pura práctica.

—Como hacer el amor.

—Ah. Igualito. Se aprende practicando.

—Mi papá tiene su carro, pero ni lo agarro, me da miedo chocarlo. Ahí sí mi viejo se muere.

—Deberías de agarrarlo, porque si lo agarras, le agarras el gusto al agarre.

—Y después ya no lo voy a querer dejar —Claudia le clavó los ojos. ¿Qué habría detrás de esa mirada?

—Te vas a volver una fanática del timón.

Rieron. Claudia descruzó las piernas, se arregló el vestidito y la tira del sostén.

—A ver si me das tu número para llamarte para que me des un curso acelerado de manejo.

—Ya. Yo encantado de enseñarte a agarrar el timón.

—Pero no me vayas a cobrar muy caro.

—De repente te ganas una beca y no pagas nada.

—Ojalá.

Antes del peaje de Santa Anita estaban haciendo operativo. Había una fila de combis detenidas.

—A cinco solcitos por combi, los tombos salen millonarios.

—Ni creas, las tombas son difíciles de coimear.

—Las enamoras, y listo, pasas piola con tu auto.

—Esas tienen el corazón más duro que una piedra, no creen en nadie.

—Tienes que utilizar otras estrategias.

—A ver si me enseñas tus armas secretas.

—Yo encantada.

—Pero no me vayas a cobrar muy caro.

—Claro que no, yo no soy tan carera como tú, Agustín.

—Ojalá.

Claudia se alisó otra vez los cabellos. Pasando el puente Santa Anita compró una bolsita de caña dulce.

—Come, endulza tu vida, Agustín —le dijo al taxista, poniéndole en la boca una rodaja de caña.

—Gracias.

—No es gratis. Es un sol.

—Me debes catorce soles, entonces.

Claudia sonrió.

—¿Eres casado? —preguntó.

—No.

—Eso suelen decir todos los hombres.

—No todos.

—¡To-dos! —silabeó ella.

—Yo no. Tengo un hermano que tiene tres hijos y el pobre no sabe lo que es domingos ni feriados. ¿Para eso me voy a casar?

—¿Y por qué te vas a los Estados Unidos si no tienes tantas obligaciones?

—Algún día tengo que casarme, ¿no?

—Y trabajar como burro.

—Ah. Triste es la vida del hombre casado.

Rieron.

—¿Y tú eres soltera, viuda, divorciada, conviviente, separada?

—Ahora ando solita por el mundo —dijo Claudia, cruzando otra vez las piernas y estirando su vestidito por enésima vez.

—Eso le dirás a todos los hombres.

—En serio, Agustín, estoy solita —dijo en un tono lánguido.

—O los hombres somos ciegos, o tú eres muy exigente.

—Claro que no, Agustín. Mi último enamorado era bien feito, parecía Chuqui.

—O sea que tengo esperanzas.

—Claro. Mi corazón siempre está abierto para el amor.

Entraron a la Ramiro Prialé a toda velocidad.

—¿Ahora sí puedo quitarme tu cinturón?

Agustín asintió.

—Ya era hora —dijo Claudia, liberando sus senos, que parecían felices de recobrar otra vez su libertad.

Por el lado derecho discurría el río Rímac convertido en una serpiente verde cubierta de musgo y deshechos. Varios chiquillos se bañaban desnudos pese a que ya estaba muriendo el sol. A la izquierda se extendían las chacras. Arjona cantaba Te conozco.

—Parece que este verano estamos condenados a morirnos de sed —dijo la chica, levantando el pie derecho y apoyándolo en el asiento. El vestidito a duras penas le cubría los muslos, blancos y lisos. Se rascó la planta del pie—. Creo que hay pulgas en tu carro, Agustín.

—Estarán buscando un sitio calientito dónde pasar la noche fría que les espera si se quedan aquí.

Claudia sonrió.

—¿Ya has ido a la playa?

—Todavía, ¿y tú?

—Tampoco. Estamos pensando con un grupo de amigas ir el otro domingo. A ver si nos haces una carrera.

—Yo encantado. ¿A qué playa quieren ir?

—A una del sur. Lo más lejos posible de las playas contaminadas.

—Te voy a cobrar caro.

—No seas malo. Tengo unas amigas bien bonitas.

—¿Más que tú? Lo dudo —dijo el taxista, recorriendo con la mirada toda la anatomía de la chica.

—En serio. Ellas sí pueden ser modelos. Una se parece a Scarlett Johansson.

—Mentirosa. Te va a crecer la nariz.

—En serio. El año pasado fue Miss Playa Asia.

—Eso sí ya no te lo creo. Le estás echando flores para que les haga la carrera gratis.

—En serio, créeme. Tiene bonito cuerpo. Es altota, mide casi uno ochenta.

—Pucha, no le llego ni al cuello.

—Llevas tu banquito. Todo es cuestión de ingeniárselas.

—A ver si me la presentas.

—Con gusto.

—Le dices que tengo carro.

—Ya. Si la conoces, no vas a querer irte del Perú. ¡Cuando va a la playa se pone unas tanguitas!

—Mejor ni me la presentes; no me vaya a dar un infarto.

—Qué más quieres, mueres contento.

—Muerto, pero feliz.

—Mmm.

Claudia volvió a arreglarse la tira del sostén. Arjona cantaba Mujeres. Ya era de noche. Ni un carro pasaba por la autopista.

—Me imagino que habrás vivido mil aventuras como taxista.

—Uff, si este carro hablara. Una vez subió una joven mujer que tenía una historia de amor bien triste: un tipo la había embarazado, y cuando ella se lo dijo, la mandó al diablo. Me pidió que la lleve a Miraflores. Al día siguiente salió en los diarios que se había tirado del Puente Villena.

—Mentiroso. Te va a crecer la nariz más que Pinocho.

—En serio. La reconocí por las fotos que salió en los periódicos.

—¿Y te dijo que pensaba matarse?

—No. No la hubiera dejado.

—Pobrecita, pero así es la vida; por eso yo no creo en los hombres.

—Ni yo en las mujeres, porque todas sois iguales.

—No todas, Agustín. Ya verás que yo no me parezco a nadie.

—Ojalá. En otra ocasión las hice de partero: subió una señora embarazada, estaba con sus dolores, no aguantó más y en el trayecto dio a luz a un robusto bebé que hoy es mi ahijado.

—No es tan aburrido tu trabajo como dices.

—Pero hay días en que no pasa nada.

—Y te aburres a morir —dijo Claudia. Tenía los dos pies puestos sobre el asiento, sus muslos se veían en toda su plenitud.

—Ah.

—¿Y nunca te has encontrado una billetera, tarjetas de crédito?

—Claro que sí. A veces la gente baja apurada y se olvida de sus cosas. Qué no he encontrado en este carro.

—¿Hasta preservativos?

—Hasta eso. A veces suben parejas que creen que este carro es el Leo’s.

—Y tú feliz ganándote.

—Ah.

—¿Y nunca has atropellado a alguien, Agustín?

—Una vez, a un borrachín. Ni me di cuenta cómo se apareció en la pista. Frené, pero de todas maneras lo hice volar por los aires.

—¿Lo mataste, Agustín?

—No creo. Volteé y vi que se movía.

—¿Lo dejaste botado en la pista como a un perro? —dijo la chica con un tono de reproche en la voz.

—Estaba misio. Ese día no había sacado ni para la gasolina. Me iba a costar un ojo de la cara llevarlo al hospital.

—¿Y nunca te has chocado por malo?

—Hasta ahora, no. Denantes ya viste mi pericia para esquivar el peligro.

—Eres el rey de las pistas.

—Tampoco tampoco. Hago lo que puedo con el timón.

Claudia sonrió. El auto seguía avanzando a toda velocidad por la Ramiro Prialé rumbo a La Realidad. Arjona cantaba Quién diría. Claudia sacó un espejito y empezó a maquillarse. Agustín le miraba solapa las piernas, los muslos.

—Cualquiera pensaría que tienes una cita.

—Ya te dije que no.

—¿Y entonces a qué vas a La Realidad?

—Quédate con la curiosidad —dijo Claudia, estirando su vestidito, acomodándose las tiras del sostén.

—Algún día contaré que una vez llevé a una chica que tenía un par de buenas piernas.

—Me halagas —dijo ella, estirando otra vez su vestidito—. ¿Cuál es tu tipo de mujer, Agustín?

—Ninguna es especial. Con tal que sea mujer y me quiera un poquito.

—¿Y yo, no te gusto? —preguntó Claudia, poniendo una mano sobre el sexo del taxista.

—Tienes bonitas piernas —dijo él, acariciándole los muslos.

—¿Te gustan?

El taxista asintió.

—Vamos allá —pidió ella, señalando una trocha en medio de los maizales.

***

El taxista estaba metido entre las piernas de Claudia, cuando ella sacó una pistola y la puso en la cabeza del hombre.

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