julio 20, 2007

Aunque Nos Maten - Colaboración desde México


AUNQUE NOS MATEN
Eduardo Lucio Molina Y Vedia

A Juan Nicolás Curci, el Tucumano

A los danzantes nos hallan luego en los pueblos porque andamos de aquí para allá. Eso es bueno, pero no siempre. Ya ve usted que cuando uno topa de golpe con alguien querido después de mucho tiempo la verdad salta a los ojos. Y esa vez que me encontré de nuevo a la Rufina no me gustó. Quién sabe por dónde andaría todos aquellos años. Yo no me pude quitar la huella de su aroma a quemado desde que el destino nos juntó. Por eso cuando nos volvimos a ver lo quise revivir, pero no se logró. Todavía siento sus pelos en mi lengua, el remolino de polvo en la tierra seca, el afán de la carne ardiente entre la ropa mojada. Desde que me tumbó junto a la yuca dejé de oír el ladrido de los perros. Sólo su voz que me decía: "Ya sabes, aunque nos maten."

Usted querrá que le cuente cómo era esa mujer. Pero apenas si la conocí esa noche en las fiestas de San Vicente Juquila y al rato ya andábamos correteados por el monte.

Después no la había vuelto a ver. Sólo me estuvo acompañando como un sabor del recuerdo.

Aquel día habíamos llegado a la obligación con el jefe Cuitláhuac bien temprano. Estábamos más tranquilos que agua de charco, pero desde que me dieron mi danza tropecé con sus ojos. Me miraban como si yo fuera el mismo Tezcatlipoca, el Espejo Humeante pues. Siempre te miran, pero fue distinto. Terminé el saludo a los Cuatro Vientos y me metí en la danza de Xipe, el Desollado. El latido del huéhuetl me brotaba dentro, como si el corazón se me saliera para que el sol entrase. Ya ve que esa dancita es larga, de ocho pasos, y en los giros uno experimenta que a cada rumbo se le da lo suyo. Cuando bailé no la miraba, no la sentía mujer; sólo sus ojos. Ya sabe usted que son cosas distintas. Uno es danzante. Pero esa vez noté que su aire me rodeaba y me movía cobijado por su sombra.

El caso es que por la tarde, cuando todos estaban echándose un taco, la busqué como distraído por el atrio y hasta pensé que ya no la vería. Pero con todo y eso conseguí jabón y me bañé para la noche. No quise regresar con los demás y me quedé con mis cuatro primos para volver a la madrugada en su camioneta.

Éramos los fuereños y ya con unos mezcales empezamos a presumir de entrones. Cuando llegamos a la fiesta la banda tocaba "Dios nunca muere" y Rufina esperaba de blanco entre todas las mujeres, coronada por una trenza negra y brillosa. Esa costumbre de los pueblos: las hembras sentadas por un lado, los hombres de pie junto a los tragos, y nosotros aparte, viendo cómo se acomodaban las cosas.

Si no hubieran empezado tan pronto las cumbias tal vez nos vamos temprano con mis primos a seguirla entre nosotros, a barajar de nuevo nuestras pobres vidas, como si perder tuviera su encanto.

Lo malo fue que cuando acordamos todos estaban bailando y Rufina me rozaba con la falda al pasar sin dejar de prestarle el rostro a su pareja. Esperé que el mezcal hiciera su trabajo y la saqué.

Desde que nuestros olores se aparearon a la vista de todos las cosas comenzaron a cambiar. Lo suave se fue poniendo duro, por así decir, y vale la intención, porque así fue por donde se lo mire.

Primero cesó ese ruido de fondo que revuelve la música y el jolgorio de las fiestas con el murmullo de las conversaciones; después hubo algunos cruces de miradas entre los lugareños.

Nos habían dejado solos en el patio, a mis primos y a mí, con unas muchachas trémulas entre nuestros brazos. “Quieren ver cómo le damos a la salsa los danzantes", me dije burlón, pero no había motivo alguno de risa.

Nada quisimos saber de si eran solas o no las mujeres que estábamos alborotando hasta que empezaron a pararse sus maridos con las manos a la cintura, donde relucían unos pistolones profundos. Hubo gritos y zamarreos, algunos disparos al aire para ponerle un alto a mis primos, que salieron como si los llevara el diablo, y otros que se perdieron en la negrura de la noche. Unas señoras mayores se afanaban en guardar vasos y botellas, impasibles, como si esas balaceras fueran cosa cotidiana. Todo lo estuvimos viendo la Rufina y yo bajo una mesita, cual si nos hubiera tragado la tierra.

Pero cuando el ambiente se fue serenando y la única que no apareció fue ella la cosa se puso color de hormiga, compadre.

Mire que soy valiente —alguna vez lo he demostrado—, pero lo cierto es que se me aflojaron las piernas. Si no fuera por la calentura que me soltó Rufina clavándome sus pezones en el pecho, ahí me quedo quietito a esperar quién sabe qué.

Las otras se apretaron al centro del patio para compartir la culpa. Los hombres las fueron arrancando a jaloneos de su isla de vergüenza, una a una, entre insultos y golpes.

Cuando vieron solo a Chema, el marido de Rufina, suspendieron el mitote y sacaron a los perros. Pero nosotros ya habíamos saltado la cerca del chiquero dejando atrás la escandalera de los cerdos.

En ese momento pensé que si nos alcanzaban nos matarían. Corrimos a campo abierto buscando algún matorral donde meternos, pero eran puros nopales y magueyes rodeados por la tierra pelona y apenas si pudimos esquivar las espinas. La jauría se nos acercó tanto que en un momento de terror creímos oír su jadeo. Seguimos sin parar para librar el apremio, hasta que vadeamos el arroyo y se volvieron a escuchar algo más lejos las voces y los ladridos.

Ya en la otra orilla, exhaustos, reunimos las fuerzas que nos quedaban para continuar adelante.

El miedo nos empujó pendiente abajo hacia el caserío cercano cuando el cuerpo de ella se me vino encima y rodamos trenzados bajo la yuca.

Ahí despertó el acoso que llevábamos dormido entre las piernas. A horcajadas sobre mí, Rufina se sacó el vestido húmedo liberando sus pechos carnosos y calientes para darme a chupar entre mordiscos la sal que le escurría del cuello y endulzaba sus pezones endurecidos. Sus dedos luchaban por zafarme el cinto. Yo la tiré de espaldas y me sumergí entre sus muslos a saborear la guanábana tersa y olorosa que se abría a mi lengua, mientras mis manos seguían exprimiéndole la leche del deseo. No me dio tiempo a desvestirme. Su grito de placer me hizo montarla con la furia de quien cabalga su sabida muerte. Me enardecía aquel olor polvoso, casi amargo, como a sangre quemada. "Aunque nos maten", gemía junto a mi oído cuando sus labios escapaban a mi boca. No paré hasta sacarle todas las ganas que traía en el vientre.

Después, quietos uno dentro del otro, sentimos en silencio que ya nadie nos seguía. La noche espesa olía nuestros humores y una brisa piadosa confirmó que el peligro había pasado de largo como un escalofrío.

Despertamos abrazados y sedientos; se veía muy cerca la Iglesia de la Merced saludando con sus campanas a gallos y trenes. Al dejarla en casa de su hermana, muy callada, Rufina se despidió de mí como si no me conociera. Nunca supe qué le dijo a la familia, ni cómo convenció a su Chema de que no pasó nada.

Cuando después de varios años me buscó en la fiesta patronal de Yerbasanta, no hablamos de eso ni de ninguna otra cosa. Tuvimos la vista clavada dentro de nosotros mismos, trabados de los nervios, husmeando un tiempo que se fue, tratando de revivir la noche bajo la yuca. Pero no se pudo.

No fue fácil entender aquella noche, aunque tampoco sirve de nada. Con los años supe que los de San Vicente Juquila nunca matan a nadie. Sólo querían humillar a los forasteros y sentirse muy machos. Demostrarle a las viejas que los otros son gallinas y darles una buena madriza antes de cogérselas. Que los fuereños se escaparan como maricas después de ilusionarse con sus mujeres. Y que ellas se conformaran por la madrugada pensando en el taco de ojo que se dieron y lo bien que las culearon sus maridos.

Así que cuando huíamos éramos parte de ese circo. Sólo la avidez que nos unió un instante pudo hacer lucir la dignidad. El orgullo de amar, se dirá.

Nos hubieran matado. Para que la rutina no se tomara su revancha. Para que no se encarnizara con nuestro recuerdo, con nuestro pedazo de eternidad carajo, la vez que nos volvimos a encontrar. No estaría yo hablando solo en esta habitación vacía, conversando con las paredes como un loco, contándole de nuevo la misma historia casi con idénticas palabras a quién sabe quién, a nadie pues, ahora que se me olvidaron las cosas y apenas me quedan las palabras.

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