julio 20, 2007

Iguanas Expulsadas del Trópico - Colaboración desde Argentina


IGUANAS EXPULSADAS DEL TRÓPICO
D. R. Mourelle

aferrar la pala
y poner
un orden a la muerte

El odio tenía su propia canción
no le importaba
qué tan jóvenes fuéramos

Tendidos bajo la lluvia
atrincherados en aquel barrial
pedíamos que no hubiera deslizamiento
algunos sabían a quién
yo no

poco me habría torcido el futuro
haber encarado al mismísimo Diablo de las Cañas
poco me habría cambiado
la suerte
de aquella noche inclinada

Cada tanto miraba hacia arriba
para que la lluvia me lavara
el barro de los ojos
Allá abajo el griterío seguía
algún tiro
antagónicamente seco
como si una rama se quebrara acertada por un rayo

La derrota hundía el valor de la tormenta
achataba incluso el miedo
nada más nos quedaba el odio
miserable campana que nunca falta
al funeral de los perdidos

Había que estarse quieto ...

Ninguno de aquellos héroes
elegidos de la patria
se habría sentido tan arrojado
como para subir los cien metros que lo separaban de nosotros
menos aún con la noche así
a punto de saltarnos encima
como nube de langostas que huele el maíz

Y así
aquella patria los quiso en otro lado:
subieron a los camiones y dejaron a los changos donde habían caído
de a dos
de a tres ...

La Antonia estaba sola
la cabeza entera pero sola
sobre el borde acuchillado
panza abajo
en aquella roca cuyo brillo se apagaba junto con el día

Hay un escalón peor que el miedo: el después
ese goteo de aceite que satura la luna
mucho más cuando nueva
esa fuerza que falta —no mucho— lo justo
para dejar el músculo tieso a media uña del mover
parpadeo previo al incesto
tan común en aquel monte

El arrojo: mismo para limar las balas
que para la noche del cuerpo y
si familiar
lo dulce permanecía como exitosa redoblona
más allá del candado
y las rejas
y el taco de metal

Inmóviles

de regreso al barro corrompido por Adán
allí estábamos
iguanas expulsadas del trópico
farsantes
a fuerza de querer un día más

De un salto
nos delató la mañana
y la oscura se quedó —para siempre
con las voces de aquellos hermanos
y no lo sé
me lo contaron
fui el primero en buscar la pala y tallar el suelo más arriba
donde apenas se podía
cunas deficientes para sueños fríos
graciosamente fríos
según también me contaran veinte años más tarde

La tarea de poner orden a la muerte nunca terminaría
cada paso arrancaba una capa a la cebolla infinita
seca como lágrima de azufre
como aquellos tiros
perdidos junto con la tarde

Los meses que siguieron
implacables por desborde
nos tornaron
expertos en la huida
nunca del todo libres

animales que cambiábamos de jaula
comprendimos finalmente aquella voz de la Antonia:
Hay que olvidar al cazador
borrarlo de la historia que
contándonos
aprieta nuestros pasos como cauce al río
quitarle la palabra

Habría bastado con aquélla que limaba el filo a nuestras horas
borronearle el contraste que infectaba el fondo
pero
cuesta reconocerlo
tampoco nosotros resultamos capaces de achicar aquellos cien metros
deslizamiento de orden diferente
para sellar las cuevas del temblor

Al miedo
tampoco le importó qué tan jóvenes fuéramos
y su canción siguió sin detenerse para vernos envejecer

Muchas más lluvias barrieron el monte
incluso después de mi partida
y cada tanto me llega alguna carta
donde me avisan que un diablo
todavía pregunta por mí entre las cañas

De mi parte
recién ahora les cuento
que las noches siguen mostrándose inclinadas
incluso aquí —cinco paralelos al sur
o más cuando soplan las nubes de enero

El griterío
en cambio
ha cesado

Las quejas que se escuchan
me provocan una sonrisa que aprieta a contramarea
en este futuro torcido

Con los ojos de la Antonia pasa diferente
cada vez que su voz se me viene
se cierran —y se quedan así hasta que me duermo
callados
igual que cuando sonaba el último disparo de la jornada
y agradecíamos el zumbido de los mosquitos
tan molesto al principio

Sigue al acecho un escalón peor
el precio que delata lo inútil
pues siempre le falta un cinco al esfuerzo
y vuelve para cobrar
envuelto en la cálida nostalgia del incesto
y me dice que le muera fuego al olvido
y que me cuide.

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