julio 09, 2007

Concursos - Colaboración desde Molinos de Papel, España


CONCURSOS
Julio Fernández Peláez

Para acceder a cualquier asunto que pudiera imaginarse, hacía falta superar la prueba del concurso. No era extraño que para poder trabajar como dependiente en un simple comercio, el gerente del mismo sacara al público las bases, y sin pudor alguno realizara una prueba selectiva para la cual invitaba como calificadores a otros dependientes ya experimentados, conocidos y ciertamente competentes.

Fueron muchos los aspectos cotidianos, culturales, territoriales y laborales en los que se impuso esta descabellada idea de establecer obstáculos arbitrarios a medida del público y del convocante (que a menudo sólo llevaban a la endogámica estrechez de los canales).

Pero donde con más pasión se extendió la concursitis fue en el ámbito de la literatura contemporánea. Cualquier editorial que se preciara, se dotaba de medios para inverosímiles concursos, en los que los jurados solían ser los ganadores anteriores, y en su ausencia ganadores de otros concursos (que a veces nada tenían que ver con las letras; por ejemplo, ganadores en carreras de sacos, ganadores de lotería o ganadores innatos). Los nuevos afortunados pasaban, tras superar la prueba, a formar parte de una lista de diplomados por tal o cual año y en tal o cual concurso. Esto les permitía dar infames conferencias aquí y allá a las que sólo acudían los organizadores y algunos voluntarios aspirantes a funcionarios locales.

A raíz de esta fiebre concursada, ninguna editorial se atrevía a editar si no era a través de un examen entre cientos y cientos de literatos concursantes. "Absténganse escritores sin premio”, solían advertir estas empresas.

Pero no sólo las editoras participaban en esta desenfrenada acumulación de inútiles títulos. Incluso los bancos, los ayuntamientos, las iglesias, las televisiones, las páginas web, las asociaciones más extravagantes (recuerdo una asociación de jubilados exalcohólicos que convocó el premio al mejor escritor jubilado en lengua vernácula, con el tema de la dependencia a los concursos, para recibir de esta forma una ayuda del Estado). Todas estas organizaciones, como digo, tenían sus propios concursitos de literatura y su particular orla de premiados, ya fuera en la modalidad de poesía elemental, cuento realista o novela vanguardista, tradicional o metanovela, ya fuera sólo para mujeres o sólo para adolescentes o sólo para nacionales.

Todo lo cual no quería decir que se leyera mucho (sino más bien lo contrario). La mayoría de los títulos de escritor/a premiado/a pasaban a encuadrarse dentro de dorados marcos que embellecían las habitaciones de ufanos galardonados. Y sin embargo, de todos ellos, sólo algunos títulos llegaban a ser generosamente comprados (se ha de admitir que la mayoría de los premios servían sólo que para desgravar y evadir impuestos, pues era un modo fácil de engrosar facturas con volúmenes inexistentes).

Si bien es verdad que lo poco que en general se leía correspondía a los concursos más afamados y mejor dotados del país. Los ganadores de estos Premios con mayúscula, como el Planetaris, el Sol de las letras y la cadena de salchichas Hut, solían ser pésimos escritores que necesitaban de una legión de escritores subalternos que les aportaran los ingredientes necesarios para una mascada trama policíaca-romántica-histórica con pinceladas filosofales que el gran público pudiera digerir de manera irreflexiva (para pensar ya está la televisión, solían excusarse los premiados).

En realidad, los contados libros que se leían, eran los ganadores de los susodichos premios, gracias al día de la madre, las despedidas de solteras, los aniversarios de los enamorados y por supuesto el día del libro, fecha en la que era tradición atrangantarse con letras.

Para mar de desdichas, los poquísimos lectores no convencionales que quedaban, habían renunciado a leer literatura y se habían pasado a los jeroglíficos, en una intimista búsqueda de cifrados poemas de amor.

Y por si fuera escasa toda esta farsa, no había día que no se publicasen las memorias de un ministro, de un ex alto cargo o un afamado cantante de eurovisión. Por lo que buscar un libro entre tanto libro resultaba una labor titánica y con frecuencia infructuosa.

Todo esto fue así, como lo cuento, hasta que una tarde un pastor de cabras decidió editarse por su cuenta y riesgo los poemas que ya llevaba escribiendo durante más de diez años. Vendió cincuenta de sus animales e invirtió las ganancias en publicar su propio poemario.

Al tratarse de un hecho insólito, el pastor tuvo mucho éxito, salió en los noticieros y se vio obligado a reeditarse una y otra vez.

Vendió millones de libros. El boom literario fue macanudo, y se cree que este hecho marcó la inflexión, el derrumbe de la industria basada en los concursos. Aunque él mismo reconociera en más de una ocasión que sus poemas eran malos, bastante malos.

Los críticos, desde luego, no opinaban lo mismo.

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