julio 09, 2007

Gángsters de las Vías Urinarias - Prosa de uno de nuestros fundadores


GÁNGSTERS DE LAS VÍAS URINARIAS
Alex Acevedo

ADVERTENCIA: Si usted es de los que creen que una película se le daña si le cuentan el argumento, mejor absténgase de leer lo que sigue, porque aquí sólo encontrará los detalles de una película de principio a fin.


¿Qué mueve a un ser humano a escribir? ¿Cuáles son las motivaciones primigenias de un escritor? Unos dirán que la contemplación de un acantilado, otros dirán que la simple presencia de una insoportable hoja en blanco, y otros más que la convicción de poseer los poderes de Dios, y así. En efecto, las motivaciones del escritor pueden ser tan variadas como un abanico de razas, de olores picantes o de sensaciones táctiles, pero al final, luego de la mirada depredadora y el análisis devastador, quizás lleguemos con Faulkner a la conclusión de que muchas veces uno termina escribiendo para exorcizar un amorío trunco o para amansar un amorío rebelde. Así es al menos el caso de Chimo, en esa riquísima película de Ziad Doueiri que lleva por título “Lila dit ça” (“Lo que Lila decía”, 2004).

La cámara nos transporta a Marsella, llegamos a un barrio bajo, un barrio de extranjeros, principalmente de esa ralea que habla árabe con acento francés, un barrio de desempleados, de ladrones, de vagos. Y en una esquina tenemos a Mouloud El Prepotente junto a sus tres secuaces —Bakary, Big Jo & Chimo—, jóvenes, vagos, ladrones, mientras que en la otra esquina aparece Lila La Rubia y su tía desalmada. Ahora revelemos el dato clave: Lila es bellísima, tiene dieciséis carnudos años y usa unas faldas de puro ensueño. La vemos pasar frente a nuestros ojos taciturnos, va caminando lenta y segura, remolcando su bicimoto, en una tarde llena de luz, y parece como si el mundo se fuera a acabar.

En la siguiente escena aparecen Lila y Chimo, tragándose a sorbos enormes la tarde, en un parquecito del barrio. Cruzan un par de monosílabos de donde uno debe deducir que se están hasta ahora presentando, y a continuación viene una pregunta completamente casual de parte de la angelita rubia: “¿Quieres que te la muestre? ¿Quieres vérmela?”. Y Chimo, igualmente angelical, cree que ha sido cogido fuera de base por primera vez; pensará si acaso: “¿Cómo así? Esta vieja qué o cómo, pero a qué horas, o por qué, y cómo, o mejor dicho de qué mierda me está hablando... Espere. ‘Mostrármela’. ¿Cómo así?”. Y Lila, para enredar más la confusión de Chimo, le aclara que es que a ella le fascina mostrársela a los tipos, a ciertos tipos, pero que la pregunta no es acertijo, ni adivinanza, ni desafío, y él simplemente tiene que decir sí o no antes de que la promoción se acabe, y justamente ya se está acabando. Entonces Chimo sonríe y dice que sí, que sí, que bueno. Y ella vuelve a preguntarle que si mucho o poco, porque hay esas alternativas. Y Chimo dice, pues mucho, mucho, muchísimo, lo más que se pueda. Entonces Lila se monta en un columpio, le dice a Chimo que se haga justo al frente, se impulsa, se sube un poco la falda, abre las piernas y ofrece a los ojos de Chimo ese pedazo de piel labial y vello rubio que tiene forma de cepo, o grillete, o mala suerte, pésima suerte. Pobre Chimo...

¿Y qué puede hacer Chimo luego de semejante villanía? Pues... ¡escribir! O enamorarse, o escribir enamorado, que ya es el colmo. Chimo empieza pues un diario con todas las cosas que le ha dicho Lila. Días después, en un arrebato, le muestra un par de hojas a su maestra en el colegio, y ella, muy seria, muy amable, picada también por la habilidad del cabro, se atreve a hacerle la típica visita al hogar, para decir delante de la madre de Chimo, que su hijo, mi señora, quién lo creyera, tiene talento, tiene futuro, puede servir para ese oficio tan complicado de escribir, y por eso, sin más, le recomienda, mi señora y Chimo, le recomienda presentar solicitud para una escuela en París, una academia donde auténticos escritores le podrán enseñar más y mejor. Chimo le contesta que muy bueno sí suena y todo, pero con qué plata, y ella, la maestra, le dice que no se preocupe por esa bobada, que plata no se necesita, que lo que hace falta es escribir unas cuantas hojas de buena calidad y el resto vendrá por añadidura.

Mientras lo piensa y lo piensa, Chimo decide contarle a sus compinches lo que le dijo la maestra, y ellos —Mouloud sobre todo— cómo no, le recomiendan bajarse de la nube, aterrizar, qué va a ser escritor un pobre hijueputa como él, si los escritores son todos gente de mucho billete, gente que huele bien, tipos correctos como García Márquez, o ¿no lo ha visto al cuchito, todo portable, todo endomingado, de visita en el Comando de Policía de Cartagena? No, Chimo, mijo, lo suyo es otra cosa: el fracaso, el desempleo, las drogas, el hurto calificado, el chuleo, y mirá esta hembra como está de rica... En efecto, va pasando delante de los amigos la bella Lila, pero ahora es la mata del orgullo y no les dirige ni la pizca de una mirada, y con todo y todo, Mouloud siente que ha sido tocado por una mano divina, y se cree por lo tanto en la obligación de casarse con esa mamacita, o por lo menos meterse su buen revolcón con ella. Y Chimo no dice nada, pero sabe que ya va lejos de Mouloud en la conquista de la rica; aún más, sabe que Mouloud nunca tendrá ni el más remoto chance con ella.

Total que otro día, a la salida del supermercado, por pura casualidad, se encuentran el escritor y la musa, y ella le pone su motoneta a disposición, como para acercarlo a la casa o así. ¿Y como hacen para caber los dos en esa máquina de miniatura donde sólo caben cabalmente dos enanos muy flacos? Pues... ¡apercollados, muy juntitos! Ay, y mientras ruedan por el puerto —porque la gracia de llevar a Chimo a su casa era hacerlo por el camino más largo, y ese camino es el que incluye una vuelta entera por Marsella—, Lila le dice que está feliz, que mire si no el rubor que le enciende las mejillas, o el brillo tremendo que le alumbra los ojos, y a que no adivina por qué. Y Chimo no sabe qué decir, parco como es, pero ella le revela el secreto: el sillín de la moto. ¿El sillín? Sí, es que ella acomoda su partes de modo primaveral sobre el sillín, es decir, de forma que la espuma encuentre el acople perfecto con su clítoris, así, a cada salto o desnivel del pavimento, pues... “¿Ya se te paró?”, le pregunta entonces Lila, y Chimo sonríe, y bueno... A veces es difícil ser un buen musulmán, a veces duele de verdad ser hasta un buen inmigrante musulmán en tierras de los bárbaros franchutes, a veces incluso cuesta demasiado ser simplemente humano... Claro, ocurre la pajita más fotogénica de cuantas hayan maquinado los cineastas, una que ejecuta la primorosa mano de Lila mientras ruedan en la motoneta por el puerto de Marsella a plenas cuatro de la tarde. Y lo mejor es que ni usted ni yo vemos nada, nada que no sea la cara adolorida de Chimo, o el rostro sonrosado de Lila. Y su conclusión, y la mía, y la de Chimo, es que Lila no puede ser otra cosa que una mentira ardiente de aquí a Pekín; es decir, esta Lila tan rica y tan puta y tan angelita no puede existir sino en la torcida mente de un pornógrafo avezado, digamos un Steve Hirsch, el de Vivid, por ejemplo cuando se refería a Savanah hablando de un ángel inocente que sólo hacía porquerías. En fin, volvamos, recojamos, un trozo de papel higiénico, si son tan amables...

Sí, efectivamente, así cualquiera escribe, y no una hoja o dos, sino los montones que piden en la escuela de París para admitirlo a uno sin pagar. Pero ahora saltémonos todos los otros detalles del film, y pasemos directo a la curva que busca el final. La desalmada tía de Lila ha salido enloquecida a la calle pidiendo auxilio. Chimo la ve pasar y corre a ver que fue lo que le pasó a Lila esta vez. Mouloud ve pasar como una exhalación a la tía enloquecida, ve luego a Chimo correr a casa de Lila, y dice para sí: “¡Te pillé, malparido! Lo de siempre, el que no parte un plato es porque ya rompió hace rato toda la vajilla. Este puto mínimo se está machucando lo que es mío por derecho natural”, y se va detrás de Chimo. Se hace ahí pegado a la puerta como cualquier vieja chismosa de telenovela criolla, y desde ahí escucha lo que le dice Lila a su amigo: que estaba acostada en su pieza hace un ratico, cuando en ésas se le apareció el diablo a molestarla y amenazarla, y joda y joda hasta que a ella no le quedó otra alternativa que chupárselo; un miembro enorme, tieso, candente, baboso, lleno de azufre; le contó eso a su tía, y ya, salió enloquecida a buscar un sacerdote. Mouloud, elemental, instantáneo, pobre de neuronas, se imagina lo que nunca ha pasado por la cabeza de Chimo: “Esa Lila es tremenda bataclana que no merece otra cosa que una buena tanda de clavo. ¡Y parecía una oveja mansa! ¿¡Cómo es que semejante puta de siete suelas no me para bolas a mí y sí a ese güevonazo que ni siquiera aprovecha!? Ya va a ver. Esto no se queda así. Etc.”

A la noche siguiente, Mouloud se amarra una rasca para cubrirse de valor, arma la gresca de rigor en el bar del barrio y arranca más arrecho que nunca para donde Lila. Un rato después llega al lugar de los hechos Chimo, presintiendo lo mismo que usted y yo, que el perro de Mouloud no aguantó más e irrumpió con la fuerza bruta dentro de la musa rubia. Allí la encuentra, en efecto, Chimo, con el rostro cubierto de lágrimas, la tía desalmada amarrada y amordazada en un rincón, el estropicio, los olores tradicionales llenando la estancia, y lo peor, lo inaudito, lo más triste del puto mundo: una mancha de sangre en la sábana blanca, es decir, la prueba reina de que Lila había creado para Chimo y nadie más que Chimo un personaje lúbrico capaz de enamorarlo. Esa Lila que decía que iba a hacer una película porno como homenaje de amor a Chimo, que decía que se soñaba tirando con un millar de machos arrechos, que decía que no podía creer que en su boca tan pequeña cupieran los enormes vergones que se comía, esa Lila que decía que había estado en los graneros rojos de Estados Unidos y había tirado delicioso sobre una cama de heno, esa Lila era sólo una fantasía que había creado la Lila virgen para seducir al escritor. Pobre Chimo, ahora le toca llorar doble, por la Lila Candente y por la Lila Blanca, ¡qué tristeza infinita! Un par de arabescos más, quizás innecesarios, y empieza el desfile de los créditos.

Claro, no podemos terminar sin hacer el chiste flojo con el nombre verdadero de la protagonista. La rica se llama Vahina Giocante, y más de uno, gente de mal gusto a fin de cuentas, lee Vagina Chocante, o Vagina Crocante, y empiezan a suspirar otra vez. Pero bueno, a parte de nuestro mal gusto, también tenemos que admitir que esta película es sumamente virtuosa en el hecho de narrar tanta vorágine sexual sin apenas mostrar nada para tentar a los censores de imágenes.

Por último vamos a abordar el tema del homenaje de amor. En algún momento, dijo Lila que ella sería capaz de hacerle un regalo de amor inconmensurable a Chimo: lo dejaría filmarla mientras ella fornicaba a placer con un tercero. Entonces la pregunta obligada es: ¿Cómo así? ¿En dónde está la prueba de amor, el regalo de amor? Chimo, con toda razón, dice que eso sería lo más doloroso que pudiera pasarle, ver a la mujer adorada compartiéndose con otro, y que no entiende el punto de vista de Lila. Puede ser que ella considerara que el dolor del observador potenciaba el amor de los dos, o que el amor de los dos se disparara a partir de la contemplación del gozo de ella con el tercero, o puede ser en fin que el regalo de amor consistiera solamente en llevar al observador a la comprensión de que nadie pertence a nadie, o puede ser que… Al final, todo parece indicar que con esta propuesta Lila solamente pretendía hacer que Chimo dejara la quietud y la timidez y se decidiera a actuar en consonancia con el amor que sentía por ella, sólo que por culpa del tercero entrometido de Mouloud todo se fue al carajo, y en consecuencia el señor director Ziad Doueiri tendría que rodar una segunda parte, “Lo que Lila decía II” en donde todo entre Lila y Chimo será bello y perpetuo por los siglos de los siglos, mientras el malandro de Mouloud es sometido a infinitas vejaciones en La Picota o La Modelo, o aunque sea la Cárcel Distrital.

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