julio 09, 2007

Ceremonias - Colaboración desde México


CEREMONIAS
Eduardo Lucio Molina y Vedia

Sin duda en el origen del ambiguo ritual estuvo esa pequeña costura de un ojal de carne sobre la ingle derecha, diminuta cordillera de cicatriz que se iría estirando con los años. (Lo descubrí mucho después, ya lejana la tarde lluviosa que nos mudamos al caserón de Belgrano con muros de 30.) El signo fue esa huella pero el enigma persiste. Porque cada impronta remite a otras lecturas, a nuevas configuraciones, sustratos capaces de callar y decir más de lo que son.

Seguramente hubo anestesia, enfermeras moviéndose en el quirófano, envolviéndome en las suaves toallas de hilo que entonces usaban los hospitales. Contactos experimentados tal vez como primeras caricias no maternas, promesas de plenitud que precedieron al breve corte del bisturí y la posterior sutura. Castigo eventual, quizá, de fantasías informes.

Vivimos rodeados de mitos y rituales. Casi cada día atravesamos agonías, hechizos y resurrecciones. Pero la repetición fascinante de una escena conformada por una serie de actos prefijados, que se presentó de pronto en las postrimerías de mi infancia, sólo pudo obedecer a inciertos núcleos de sentido que buscaba revivir, desentrañar, acaso controlar. Porque algo de aquel ajetreo quirúrgico, grávido de símbolos y vivencias sensoriales, quedó impreso en memorias del inconsciente como un manantial onírico de efecto diferido.

Pudo ser también, entre tantas cosas, el cepo del braguero que me mantuvo sujeta la cintura durante meses para que cerrara la herida. O mi identificación posterior con el cuerpo exánime de Cristo entregado al regazo de María, que me comentaba en casa mi vecina Nené Rondinelli, la hija del zapatero, hojeando con asombro los tomos de “Los Grandes Museos de Europa”: sacro o profano, el mensaje era la cumbre del amor en el martirio, la imagen del dolor vinculando lo humano más allá de géneros o credos.

Es extraño peguntarse cómo un cuerpo resulta aislado de lo real y deja el acaecer de la vida para ingresar a otra dimensión, convertido en campo de pruebas donde el tormento o la ciencia buscan indicios del último secreto y el espíritu cumple su papel de testigo.

Imagino al cirujano como Poncio Pilatos lavándose las manos en alcohol ante una enfermera que le ofrece la toalla blanquísima de lino. Y enseguida el tajo, la incisión de bordes perlados por gotitas rojas, la mano diestra que repara y une, y por fin el zurcido que cierra e inaugura el trayecto de la cicatriz.

Pero ese abandono o condición pasiva del cuerpo, esa inmersión en la nada que lo convierte en ícono de múltiples significaciones, debió grabarse en mí como un glifo a develar. Porque años más tarde, atravesando transiciones y deslumbramientos de la niñez, apareció La Ceremonia, esa misteriosa escena privada, repetida una y otra vez, que me tuvo por único y clandestino protagonista, movido como autómata por algún designio o fuerza superior.

Era desnudarse y despejar la mesa de cuadernos, tinteros y compases, cancelar su historia hasta dejarla también desnuda, inmemorial, en blanco, como la mesa de operaciones donde me sellaron la hernia inguinal; tenderme enseguida de espaldas sobre ella, sentir su frío iniciático y, casi al mismo tiempo, buscar afanosamente las toallas lisas para extenderlas sobre mi cuerpo; simular entonces con brazos y manos los pases mágicos de las oficiantes, en un éxtasis de placer que me desbordaba por completo en sensaciones oceánicas. Semejaba el ensalmo de imantar el aire, de convocar un epitelio virtual ultrasensible que latiera sin contacto y dejara al paso de su oleaje ese brillo final que lame la playa al retirarse la marea. Evocándolo, suspendidos el tiempo y el espacio, tendido en ese limbo, en ese plano intermedio donde la conciencia se hace ensoñación de elusivas sinestesias, veo manchas que surgen para enseguida deshacerse sin construir estructura alguna, sólo poblando el instante. Así vivía la felicidad de no entender nada, de entregar mis coordenadas al azar de la dicha. Convocaba un erotismo a la vez intenso y difuso transformando mis manos en otras etéreas manos bienhechoras a las que me rendía. La excitación desencadenaba el rapto, me hacía actuar como siguiendo un programa, y la escena revelaba áreas desconocidas de mi propia identidad.

Siempre supe, lo recuerdo bien, la carga transgresora de La Ceremonia, su sensualidad desorbitada. Esa exhibición ante mí mismo, o ante quién sabe qué dioses, lo violentaba todo: el ámbito familiar, la mesa de tareas, la luz vespertina que cubría como agua lustral el espacioso cuarto amarillo de altos techos, manchas de humedad y paredes descascaradas. El trance me conmovía igual que los relatos dolientes del Calvario que narraba la Nené al volver de la Iglesia La Redonda. Ella me decía, sin convencerme pero desatando mi imaginación, que todos tenemos un Ángel de la Guarda, que al anochecer nos suelta una arenita en los párpados y vela nuestro sueño. Sostenía que Dios está en todas partes, “hasta en el codo”, y se desconcertaba ante mi pregunta de si sabía que Jesús era judío.

Condición necesaria de La Ceremonia era el aislamiento de mi cuarto. Balcón al jardín del frente con persianas plegables de metal, catre de hierro, mesa de estudio, sillas viejas y, cubriendo los muros, pesados libreros cuyas vitrinas corredizas caían colgando desde rieles al cubrir los estantes, conformaban el austero escenario. Una puerta que daba al dormitorio de mis padres y otra que miraba a la galería de baldosas resquebrajadas, semicubierta por el alero, espiaban ese gran signo de interrogación dormido y oculto en los umbrales de la pubertad.

Al anochecer asomaba, íntima, la luna del jardín lateral, una luna a domicilio. La penumbra de la galería sigue tejiendo en su quietud el misterio de un adentro que es afuera. Cuando las tormentas rebasaban las canaletas la galería cruzada de relámpagos era un útero a la intemperie. Entonces, al escuchar las últimas campanas, rezos silvestres se atropellaban en mí tras una vaga cauda de culpas.

La sórdida cadena de penitencia del catecismo que se arrastraba en las procesiones y sólo embellecían las fábulas pintadas por los renacentistas, era para mí una incursión en el hechizo desafiante de lo irracional. Como cuando veía a la Nené en la calle echándole baldazos de agua a los perros abotonados para separarlos y nos mirábamos interrogantes, ella sonrojándose y yo sin saber por qué.

Con la Nené me visitaba lo que no se puede poner en palabras. Nos sentábamos a hojear las imágenes en el estudio de mi padre bajo un mapa pegado sobre cartón, con banderitas rojas clavadas en alfileres —unas con la svástica, otras con la hoz y el martillo—, que marcaban las vicisitudes de la guerra.

O salíamos a perseguir hormigas en el jardín, que se abría en ele sobre el frente de verjas, con una escuálida palmera ávida de bonanzas tropicales, los malvones, los tacos de reina, el jazmín del cielo y las calas. Hacia el fondo se alineaban la retama, la magnolia rodeada por un banco hexagonal, las higueras a cuya sombra se reunían enjambres de abejas a libar los higos podridos y el cajón de arena donde después de la lluvia mi hermano tallaba torres y paralelepípedos de ciudades imaginarias.

Hizo falta un testigo para cerrar el ciclo. Una tarde (recuerdo más el sobresalto que las imágenes) mi madre se asomó azorada a La Ceremonia, probablemente sin querer. Nadie dijo nunca nada del tema. Desde la irrupción de esa presencia intrusa La Ceremonia no se repitió y pasó a laberintos de olvido que fueron después memoria.

¿Hasta dónde hubo huida de mí mismo, vergüenza, cancelación, perplejidad? ¿Qué clase de eclipse cerró ese otro ojal?

Estamos más lejos de lo que suponemos del niño que fuimos y resulta raro privilegio que un brote del inconsciente sea capaz de burlar tantas esclusas, restituirnos a nuestro origen y abrir ventanas al recuerdo para que el pasado vuelva sobre nosotros.

Tenía con seguridad diez años cuando sobrevino, no menos fundacional, la ceremonia de la razón. Hoy evoco claramente el compromiso de grabarme la cifra como un hito. Asumir esa angustia de afrontar el abismo de la nada desde una irrisoria finitud, sin la red protectora del más allá, sin anestesia ni dolientes fábulas consolatorias, era el lado oscuro, el precio de ese ritual del discurso, hecho de cadenas de pensamientos revisitadas una y otra vez, como sucesivas consagraciones o comuniones ateas.

Durante esos trayectos por galerías interiores el contrapunto de los conceptos cobraba vida propia en tautológicas obstinaciones al atisbar los desfiladeros del escepticismo. El lugar cambiaba con las circunstancias: podía ser tanto mi habitación de siempre, a menudo la cama en los solitarios instantes de ansiedad previos al sueño (acompañados por la charla muriente de las visitas, el rumor de la calle y sordos ruidos de muebles o puertas que se abrían y cerraban), o bien la plaza del mercado, en cuyo suelo cubierto de granito molido me acostaba boca arriba empapado de sudor tras el partido.
Cesaba entonces la fiesta del fútbol, el mágico picar de la pelota, la fantasía del gol. Desde esa posición, registrando en mi dorso el relieve de la grava, mantenía sin desviar la visual directa a las nubes que navegaban el cielo, hasta no ver más que cielo y nubes, concentrado en la sensación sobrecogedora de estar suspendido en el espacio, oscilando entre la idea de ser tangencial al planeta que me sostenía o bien parte indisoluble de él, sintiéndome en ambas instancias una cosa más, una brizna efímera, desasida, flotando en el universo sin límites.

Empuñarme a mí mismo como instrumento al llamar de testigo para recibir semejante iluminación desde el niño que era al adulto que sería más tarde, asistir juntos al advenimiento del logos, era gloria de un orgullo despojado. A partir de entonces el conocimiento fue para mí sólo cosa de seres humanos, travesía ajena por completo a todo halo místico.

Difícil fue después renunciar a las ilusiones de la verdad absoluta y resignarme a la radical ambigüedad de las cosas aceptando los límites del conocimiento: la circunferencia, el diámetro, el deficiente número pi. Entrañarme, mezclar entrañas con el mundo, aceptar mi personal mitología, resultó algo más complejo y entretenido que constatar la incompatibilidad de Dios con la razón.

Hoy puedo ver bajo otra luz aquellas rupturas con la vivencia pueril de la fe y el culto al raciocinio pero guardo con emoción el recuerdo de ese raro sentimiento de lo sagrado al asumir la nada, mi camino hacia la agnosis.

Ahora, ya con la vida hecha, de nuevo en el quirófano, mientras me clavan la anestesia en mi ojo derecho para extraerme el cristalino opaco por un tajo de tres milímetros y sustituirlo con una lente, continúo devanando la madeja de aquellas evocaciones. Me distraigo del corte y las costuras sumergido en un ayer intemporal.

Enhebro, corrijo y acuño las palabras que siempre quise escribir, sabiendo que al terminar la operación habré olvidado su música y no podré reproducirlas, y que será una vez más otro texto laboriosamente no consumado.

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