julio 09, 2007

El Instalador - Capítulo 4


EL INSTALADOR
Carlos Ayala, Néstor Pedraza, Alex Acevedo



MANIFIESTO DEL DESCARRIADO


La rutina de tratamiento de la interrupción 08H de la ROM BIOS también envía la interrupción de software 1CH, que está proyectada para ser utilizada en aquellos programas que desean que se les notifique que ha ocurrido un tic del contador de tiempo del sistema.

Peter Norton (El Libro Rosado).


Nicolás pasó al estrado, probó el micrófono con un golpe de dedos y sus palabras se empezaron a escuchar nítidas más allá de la banca del último Sinisterra, en otros mausoleos, en otros cementerios incluso:

—Primero que todo quiero aclarar que si estoy aquí, en este micrófono, es más por un acto de lealtad con Víctor, por no dejarlo solo en este momento en que necesita de mucha compañía, de toda la compañía del mundo, y no tanto por cumplir con el rito de siempre, con la obligación y el formalismo de las despedidas. Y quiero también decir que voy a hablar no a nombre de Nicolás Sinisterra o de la familia Sinisterra Falcón, de mi padre o mi primo o mi abuela, sino a nombre de todos los Sinisterra que nos encontramos reunidos hoy aquí, y hasta de los que prefirieron disculparse arguyendo otras urgencias. Sabrán perdonar si acaso se me quiebra la voz.

Nicolás sacó de su chaqueta unas hojas mecanografiadas en las que se notaban huellas de gotas de agua salada, manchas de tinto, tachones en rojo y aclaraciones con flechas, correcciones hechas a último momento, quizás cuando estaban todavía en la funeraria. Se aclaró la voz y empezó a leer con tono decidido:

—Nos hemos congregado para juntar el pensamiento y el recuerdo de Víctor Sinisterra, de la misma manera que hemos vuelto a componer su cuerpo en este cajón, luego de haber sido brutalmente despedazado por ramificaciones de instituciones y hombres tan oscuros como la noche. Nunca fue nuestro fuerte armar rompecabezas, y en esta ocasión de tristeza incalculable en que las circunstancias nos obligan a reconstruir las convicciones de Víctor, no queremos aspirar tampoco al cuadro perfecto, al ensamble sin errores; nos conformaremos, será nuestra dicha, si alcanzamos a dar de Víctor el retrato de alguien humano, humano y nada más.

Gustavo estaba pensando que Nicolás no tenía ninguna necesidad de pasar adelante a leer sus parrafadas, puesto que nadie se lo había pedido, puesto que tampoco las merecía el insulso a quien iban dirigidas. Entretanto, la tía Eulalia miraba alternativamente hacia la silla de ruedas en que se adormecía la abuela y hacia el cielo gris, las nubes con su pesada carga de agua, como buscando la confirmación de la gota que sintió caer sobre su sien.

—Muchos de los que nos encontramos aquí, seguramente recordaremos los mensajes de correo electrónico (o emilios, como él los llamaba) que Víctor nos enviaba en los últimos años, luego de haber sido relegado al ostracismo de la familia, y que eran su única prueba de supervivencia. Citas de Rimbaud, proverbios chinos, chistes flojos, fotografías de accidentes aéreos, pero nunca un texto relativo a su intimidad, a sus desdichas o sus logros, ni siquiera un llamado de auxilio. Los más perturbadores eran los que titulaba “Linda es mi Tierra”, que contenían siempre un collage de noticias de la última semana: bombazos, tomas guerrilleras, masacres, inundaciones, secuestros, corrupción y desfalcos multimillonarios, todo narrado y comentado muy a su estilo, con ese humor crítico que uno no sabía si interpretar como rechazo a los medios de comunicación, como simple odio contra este país, o como franca invitación al suicidio.

Gustavo intuía que pronto su sobrino estaría ventilando las intimidades de toda la familia. No era la primera vez que lo hacía, que tomaba partido para defender a la piltrafa llamada Víctor, abogado de los pobres, intruso sin invitación ni derecho ni estilo. Sus mejillas empezaban a velarse de rojo, su papada a temblar, su pie izquierdo a encalambrarse.

—Víctor se distinguió siempre por la entereza de su espíritu. Si hubo alguien en el mundo que pudiera preciarse de haber acogido la civilización moderna y haber creído de verdad, de corazón, que las nuevas tecnologías suavizaban su existencia, fue él. Y a la vez, nadie comprenderá en su real medida el violento conflicto que enfrentaba su pasión por el mundo digital y su siempre creciente hambre de cariño, su ina¬gotable sed de vida sencilla, alejada del acelere de la era del silicio, vida monacal, en suma.

Gustavo tosió con fuerza, una tos que pretendía contradecir, llamar al orden, dejar de lado la ensoñación de su sobrino Nico sobre su sobrino Víctor. La tos gritaba que esos dos, el muerto en el cajón y el vivo en el micrófono, eran sólo un par de güevones que jugaban a fantoches. Se retorcía en su asiento como si tuviera chinches entre el pantalón, y todos comenzaban a observarlo con incomodidad. Eulalia sostenía el pañuelo en sus manos difíciles, temblorosas.

—De Víctor se podría jurar sin excesos que fue engullido por los vacíos que dejaron abiertos esas mismas tecnologías a las que rendía culto. Su vida, péndulo que se mecía siempre de un exceso a otro, podría describirse como una búsqueda continua de esa seguridad que le fue esquiva, y que creyó encontrar en el anonimato de los bits y los bytes. Y sin embargo o por la misma razón, Víctor murió solo, luego de haber huido de la soledad como quien huye de una nueva variedad de lepra. Buscó en todo momento la compañía en la pantalla de un computador. ¿A quién debemos culpar por ello? ¿Acaso a esta sociedad desalmada que catapultó la televisión a un trono? O quizás a nosotros mismos, que no supimos escucharlo, que no fuimos la compañía que tanto necesitó, que lo dejamos a la deriva de mundos virtuales y autopistas informáticas. Lo abandonamos, simplemente por haber ridiculizado nuestra hipocresía con la teatralidad de sus farsas espontáneas, donde lo chabacano era nuestro decoro y lo risible, la seriedad con que enfurecíamos por sus desafueros. Víctor, la oveja rosada de la familia.

Todo tiene un límite. Gustavo se levantó de manera absolutamente intempestiva, a su estilo tipo siglo diecinueve, novela de Balzac, dando a entender que ese gesto que había ejecutado al ponerse de pie era orden suficiente y perentoria para que alguien más bajara a ese palurdo de Nicolás y se lo llevara para otro lado a terminar sus discursos baratos, a una fonda de grasosos mecánicos, a una cantina de mala muerte llena de meretrices, a cualquier lado, menos aquí. Entonces los rumores, las voces bajas que se preguntan qué pasó. Pero Nicolás seguía como si nada, tenía los ojos nublados, los oídos taponados de tristeza, y ni levantaba la cabeza de sus hojas ni prestaba atención a las convulsiones de su tío Gustavo.

—Pero caer en la tentación de presentar a Víctor ahora como un nuevo profeta de los tiempos futuros, días por venir en los que cada paso que demos, cada cucharada de sopa que nos llevemos a la boca, tenga que estar asistida por un ordenador, sería tomar un atajo falso, sería una burda mixtificación. Víctor, a la par que furibundo fanático de los intrusos electrónicos en el hogar, fue un tipo terco, un irreflexivo que se aferraba a doctrinas y credos con la facilidad de un soplador de botellas, y con la misma facilidad se podía levantar un día denostando de todo aquello que había estado defendiendo hasta la noche anterior. Estaba desorientado, perdido en sus propios laberintos, y por tanto mal haríamos en elegirlo como nuestro faro, puesto que nosotros también pasamos nuestras vidas preguntando por la dirección a seguir.

—¡Malhaya sea! —Gustavo no pudo contenerse más. Gritó, sí. Liberó un alarido, a la par que se descargó una violenta palmada en el muslo. También una presa sometida a una carga excesiva, termina por poblarse de rajaduras y de repente irrumpe con vida propia el chorro de agua furioso que va a inundar la aldea, a ahogar a las reses y anegar los cultivos—. Yo no me aguanto más esta vaina. ¡Que respete ese mocoso! Malhaya la hora en que se les ocurrió darle la palabra a este desvergonzado.

Viendo que la furia de Gustavo superaba las escasas fuerzas de Eulalia, Eduardo se le acercó y echándole un brazo sobre la espalda, abrazo de contención, volvió a sentarlo. Se quedaron los tres hablando por lo bajo. Nicolás, ciento por ciento en lo suyo, seguía adelante como si nada.

—Preferimos entonces no hacer ahora un panegírico de una ideología o un modo de vida en las cuales él probablemente no gastaría una sola palabra para defender. Es mejor aprovechar esta ocasión luctuosa para retratar al ser humano falible y lleno de defectos que luchaba continuamente por mantener la cabeza fuera del agua. Muchos dirían que Víctor no era más que un inmoral, un pornógrafo que iba siguiendo los pasos del tío Gustavo, con la diferencia de que el famoso tío Tavo se regodeaba en las cabinas de Video Suecia de la Décima, mientras que Víctor prefería la soledad de un cuartucho con las facilidades de Internet.

Al escuchar su nombre salir de los parlantes, premonición confirmada, Gustavo saltó de su silla, y esta vez no empleó la etiqueta de una tos o el gesto súbito de ponerse en pie y murmurar, sino que acudió al berrido directo:

—¡¡A mí no, Nicolás Alberto, a mí no, que se va a meter en problemas serios, Nicolás!! ¡Conmigo no se meta, por su bien, no se meta conmigo, mocoso comemierda!

Otro tío se encaminó a las escaleritas para rogarle a Nicolás que no siguiera, que ya había estado bien, que mejor dejar así. Sin embargo, Carmenza se le atravesó en el camino, se prendió de su brazo, no lo quiso dejar avanzar más y exhortó a Nico a continuar, si acaso cabía dar ánimos a alguien dispuesto a llegar a la última palabra de su discurso por encima de toda la familia.

—No dejemos de observar la intencionalidad ingenua de los actos de Víctor, desprevención que difícilmente hallaremos en la saña con que el tío Tavo consumió la preadolescencia de nuestras primas y hermanas. Víctor quizá soñaría y dedicaría muchas tardes a planearlo, pero en el momento de la ejecución, su mano no se atrevería a perturbar la oscuridad de las faldas y los encajes materiales. Y aún más importante, Víctor sería capaz siempre de presentarse a sí mismo, sin rubor en el rostro, como un pedófilo o un fetichista, en lugar de apelar al traje y la corbata o el crucifijo del próspero empresario que algunos veían y otros siguen viendo en el tío Tavo.

—¡Nicolás, se calla la jeta ya! ¡No más! No quiero oír ni una sola palabra más. Yo soy abogado, pendejito, usted no me va a sacar los dientes a mí. ¿¡Qué tal, ah!? Este mocoso recién salido de la casa, ¿¡ah!? Está jugando con la honra y el buen nombre de un hombre respetable. Yo también puedo inventar muchas cosas suyas, maricón de mierda.

Y Gustavo quiso aproximarse al atril, a lo mejor para bajar de allí a Nicolás a punta de coscorrones y puntapiés, pero Eduardo lo detuvo a tiempo, asiéndolo muy fuerte de un brazo, y entonces la furia de Gustavo fue a descargarse también sobre Eduardo en forma de disimulado patadón a la altura de la canilla. Así, a la vez que Eduardo se doblaba de dolor, Gustavo siguió su camino, pero sólo un par de metros más, pues fue detenido ahora por un cordón infranqueable que formaron Carmenza y otras dos tías más. Nicolás, mientras su antagonista vociferaba por el respeto y la dignidad, se hacía el que no se daba por enterado del zafarrancho; apenas si subía el tono de voz a modo de amonestación, gente que no sabe escuchar.

—Otros querrán olvidar los bochornosos escándalos en que Víctor solía involucrarnos, como el día de la primera comunión de Diana, cuando llegó enloquecido gritando incoherencias y recitando a Papini y a Verlaine, y luego nos enteramos de que estaba inundado de narcóticos. Pero cómo olvidar la ira bestial del sacerdote, las lágrimas de la prima y los deseos asesinos de la mitad de los hombres de la familia, contenidos apenas por la defensa de la abuela, mujer incuestionable y cabeza prima de los Sinisterra, que con dos berridos aplacó los ánimos mientras un par de tías sacaban al sacrílego de la iglesia con la cabeza escondida bajo sus chales. Había que ver la cara de todos cuando después de eso, Víctor se presentó en el cumpleaños de Marcelita, sin la más mínima muestra de vergüenza, bien vestido y hasta afeitado, acompañado por una muchacha de lo más agradable, Paula, que se convertiría en la obsesión más dramática y pérfida de Víctor. Una obsesión que lo arrastraría a una existencia cada vez más angustiosa e insatisfecha, pero que a la vez parecía constituir su tabla de salvación, su estrella de Belén, o ese símbolo que todos ostentamos para dar sentido a nuestras vidas.

“Hipócrita, malnacido, una escoria loando a otra peor”, Gustavo todavía alcanzaba a escuchar las palabras de Nicolás amplificadas en los parlantes. Avanzaba por el parqueadero a zancadas furiosas, maldiciéndose a sí mismo por haber cometido la gran estupidez de asistir a este ceremonial de confabulación en su contra. Víctor no se merecía su presencia allí, no sabía ni por qué había accedido a venir a amargarse. Y para rematar, ahora no encontraba las llaves del carro.

—Si acaso Víctor nos observa, ahora que algunos lloramos sinceramente y otros ocultan tras sus lágrimas de cocodrilo una sonrisa de satisfacción o de mera tranquilidad, estará riéndose a carcajadas, envuelto en llamaradas y protegido bajo el nickname con el que alcanzó merecido reconocimiento entre los piratas informáticos del mundo entero: X-Ray Asylum. Sólo nos resta desearle suerte en el otro mundo, donde no encontrará el refugio de sus aparatos electrónicos y sus sustancias prohibidas. Dediquémosle, pues, un último pensamiento, y confiemos en que la familia genere muy pronto otro catalizador de tanto valor como él, otra fuente de rayos equis que nos ofrende radiografías veraces de todos nosotros. Que así sea.

Entonces se desgajó la llovizna, una brisa que apenas si humedecía los vestidos de luto, las mejillas secas, y todos los Sinisterra se movieron, con sus mujeres y sus hijos, hacia la carpa para buscar refugio, mientras el agua cubría a parches la longitud en vinotinto del cofre con los restos de Víctor. Y en el afán por guarecerse, muchos agradecieron para sí que Nico no hubiera tocado en su discurso el tema de la agonía de Víctor, esas horas que pasó bajo tortura, pidiendo clemencia, mendigando una brizna de compasión a su verdugo: “Por favor, no más.”

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