noviembre 26, 2007

Publicados los resultados del primer ejercicio de Creación Colectiva en Literatura


Las Filigranas de Perder ha publicado ya la totalidad de los textos correspondientes al primer ejercicio de creación colectiva literaria llevado a cabo por los talleristas de los cuatro Talleres de Creación Colectiva en Literatura 2007.

Este ejercicio consistió en lo siguiente: Durante la primera sesión de cada uno de los cuatro talleres, se dictó una charla introductoria sobre cómo escribir un cuento y sobre Creación Colectiva. Luego, los talleristas (la gran mayoría no se conocían entre sí, era la primera vez que se veían las caras) se reunieron en grupos de 2 y 3 personas. A cada grupo le fue entregado el inicio y el final de un cuento de un autor conocido, y un pequeño resumen de la trama del mismo. Cada grupo debió re-escribir el cuento con su propia idea de cómo partir de ese inicio y llegar a ese final.

Teniendo en cuenta que estos talleres son completamente experimentales (no tenemos noticia de que un ejercicio así se haya hecho antes en el mundo), los resultados han sido sorprendentemente positivos: Hemos publicado 24 textos de buena factura, que nos demuestran que sí es posible que dos o tres desconocidos unan sus mentes y su creatividad y hagan literatura en conjunto.

Por supuesto, para llegar a una verdadera literatura de creación colectiva, es necesario que los grupos de creación maduren, encuentren su propia voz, su propio estilo, y desarrollen su propia memoria. Y si bien estos talleres son demasiado cortos para lograr ese proceso, estamos viendo cómo muchos de los grupos lo están logrando en muy poco tiempo, y ese es un buen inicio. Al finalizar los talleres, estaremos publicando los textos totalmente originales producidos por los grupos de cada taller, como muestra de lo que es posible hacer cuando se está dispuesto a abandonar los egos y trabajar en conjunto.

También hemos publicado ya todas las fotografías de las primeras sesiones de cada uno de los cuatro talleres. Este material lo encuentran en el blog del proyecto Talleres de Creación Colectiva en Literatura.

noviembre 04, 2007

Literatura de Vampiros: Charla gratuita, entrada libre




Las Filigranas de Perder invita a todos los amantes de las letras y a todos los interesados en los temas vampíricos, a la última charla sobre literatura de vampiros de su programación de este año.

Néstor Pedraza, en el marco del programa Bogotá, Capital Mundial del Libro 2007, dará su charla "Abismos sanguinolentos entre el amor y el hambre: los aleteos que cubrieron las noches del romántico siglo XIX", en la Biblioteca Virgilio Barco (Avenida Carrera 48 #61-50, Sala de Tareas), el domingo 11 de Noviembre de 2007, a las 9:00 AM.

La biblioteca está ubicada detrás del parque Simón Bolívar y tiene parqueadero propio. La charla tiene una duración aproximada de 2 horas, incluyendo una pequeña pausa.

Esta charla forma parte de la programación de los Talleres de Creación Colectiva en Literatura, y está abierta al público en general. Rogamos puntualidad, pues la charla es extensa.

La biblioteca no abre sus puertas hasta las 9:30 AM, así que es necesario decirle al vigilante de la entrada que se va a ingresar a la conferencia sobre vampiros.

octubre 03, 2007

Inician los Talleres de Creación Colectiva en Literatura


TALLERES DE CREACIÓN COLECTIVA EN LITERATURA
EN BOGOTÁ

Con el apoyo de la Secretaría Distrital de Cultura, Recreación y Deporte de Bogotá, D.C. (SDCRD) y en el marco del programa Bogotá, Capital Mundial del Libro 2007, Las Filigranas de Perder inicia los últimos 2 de los 4 Talleres de Creación Colectiva en Literatura.

Los temas a tratar en cada taller son: Vampirismo, Cyberpunk, Erotismo y Género Negro, todo en el marco de la Creación Colectiva en Literatura. Las inscripciones, el material, el acceso a los talleres y las asesorías son completamente gratuitos. Los talleristas desarrollarán, a lo largo de cada taller, un texto literario, en género cuento o novela breve, dentro de un proceso de creación colectiva, en grupos de dos y tres personas. Se entregará Certificado de Asistencia al finalizar el taller.

Los mejores 10 trabajos que se produzcan en los 4 talleres, serán recopilados en un libro que será publicado en el primer trimestre de 2008, y que será distribuido de forma gratuita.

Los detalles sobre lugares, fechas y horarios, están publicados en el blog que Las Filigranas de Perder ha dispuesto especialmente para ello, en la dirección: http://creacioncolectivaliteraria.blogspot.com/

Biblored nos ha brindado su colaboración para realizar nuestros talleres en las siguientes bibliotecas: El Tunal (Calle 48 B sur No. 21-13, Aulas Múltiples, Tercer piso) Carlos E. Restrepo (Diagonal 19 sur N° 19 – 33, Auditorio tercer piso), Virgilio Barco (Avenida Carrera 48 #61-50, Sala de Tareas) y Colsubsidio Calle 63 (Carrera 24 #62-50, Piso 5, Auditorio).

Talleres de Creación Colectiva en Literatura es uno de los 30 proyectos ganadores entre más de 300 participantes a la convocatoria Bogotá, Un Libro Abierto, organizada por la SDCRD.

Para mantenerse al día en las noticias de este evento, convocatorias, etc, los invitamos a suscribirse a nuestros blogs y a los feeds (RSS) de los mismos, y a nuestro grupo de Google:

Blog de los Talleres de Creación Colectiva en Literatura:
http://creacioncolectivaliteraria.blogspot.com/

Grupo de Google de Las Filigranas de Perder:
http://groups.google.com/group/filigranasdeperder

Blog de Las Filigranas de Perder:
http://lasfiligranasdeperder.blogspot.com/

¿Cómo Formar Parte de Las Filigranas de Perder?


Para hacerse Miembro del Movimiento Literario Independiente Las Filigranas de Perder, sólo debe cumplir con dos requisitos:
  1. Querer que su voz de escritor sea escuchada

  2. Enviar al menos un texto de su propia autoría (cualquier género literario, en español o portugués, extensión máxima 5 páginas) a nuestro correo electrónico lasfiligranasdeperder@gmail.com, incluyendo su nombre o seudónimo y el país desde el que nos contacta.

Nosotros, de manera completamente subjetiva, seleccionamos los textos que más se acoplen al clima dominante o al cauce emocional desbocado que nos arrastre, y los subimos a nuestro blog.

Al enviar sus textos, el autor entra a formar parte de nuestro Movimiento, y autoriza a los miembros fundadores de Las Filigranas de Perder a publicar sus textos en los blogs del Movimiento y a darles difusión. Esto en ningún momento implica cesión de derechos de autor. Tampoco hay interés de lucro en esta actividad.

Igualmente, se hace miembro de nuestro Movimiento toda persona que sea certificada como miembro de la organización Concurso Mundial de Cuento y Poesía Pacifista, y todas las personas con certificación de haber participado en cualquiera de los talleres desarrollados por Las Filigranas de Perder.

Ahora bien, ya sea que desee ser Miembro activo del Movimiento, o seguir de cerca nuestras actividades y mantenerse al día en los cambios y noticias de nuestro blog, le recomendamos lo siguiente, a fin de mantenernos siempre en contacto:

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El Mercado de Invierno - William Gibson


Para quienes están interesados en profundizar en este texto, y para los amantes del cyberpunk, hemos publicado en este mismo Blog un "deshuese" de este cuento. Adicionalmente, nuestro miembro fundador Alex Acevedo hizo el ejercicio de escribir una segunda parte de este cuento, llamada Liz Binaria, el Webmaster Inestable y la Inmortalidad en General, que está publicada en el Blog del Taller "En la Inmunda".



EL MERCADO DE INVIERNO
William Gibson

Llueve mucho, aquí arriba; hay días de invierno en que realmente la luz no llega en absoluto, sólo un gris brillante, indeterminado. Pero en cambio hay días en que parece que corriesen de pronto una cortina para encandilar con tres minutos de montaña suspendida, iluminada por el sol, la marca de fábrica al comienzo de la propia película de Dios. Así era el día en que llamaron sus agentes, desde lo profundo del corazón de su pirámide espejada de Beverly Boulevard, para decirme que ella se había fusionado con la red, que se había pasado al otro lado definitivamente, que Reyes del sueño iba a ganar tres de platino. Yo había editado la mayor parte de Reyes, había hecho los mapas cerebrales y había repasado todo con el módulo de barrido rápido, de modo que estaba en la cola para cobrar mi parte de derechos de autor.

No, dije, no. Y luego sí, sí, y les colgué el teléfono. Agarré la chaqueta y bajé las escaleras de tres en tres, directo al bar más cercano y a un desmayo de ocho horas que terminó en un saliente de hormigón a dos metros por encima de la medianoche. Agua de False Creek. Luces de ciudad, aquel mismo cuenco de cielo gris, más pequeño ahora, iluminado por tubos de neón y de vapor de mercurio. Y nevaba, copos grandes, aunque no muchos, que al tocar el agua negra desaparecían sin dejar rastro. Miré hacia abajo y vi los dedos de mis pies que sobresalían del borde de hormigón, el agua entre ellos. Llevaba zapatos japoneses, nuevos y caros, boas de piel de Ginza con remate de caucho en las puntas. Me quedé allí de pie un buen rato antes de dar aquel primer paso atrás.

Porque ella estaba muerta, y yo la había dejado partir. Porque ahora ella era inmortal, y yo la había ayudado a encontrar ese estado. Y porque sabía que esa mañana me llamaría por teléfono.



Mi padre era ingeniero de sonido, ingeniero de grabaciones en estudio. Hacía mucho tiempo que estaba en el negocio, incluso desde antes de la tecnología digital. Los procesos en los que intervenía eran en parte mecánicos, con esa cualidad aparatosa, casi victoriana que se encuentra en la tecnología del siglo veinte. Él era ante todo operario de torno. La gente le llevaba grabaciones de audio y él pirogrababa los sonidos en surcos sobre una placa circular de laca. Luego, la placa era galvanizada y empleada en la construcción de una prensa que imprimiría discos, esas cosas negras que se ven en las tiendas de antigüedades. Y lo recuerdo una vez, pocos meses antes de morir, contándome que ciertas frecuencias –transitorias, creo que las llamó– podían fácilmente quemar la cabeza, la cabeza cortante, de un torno de grabación. Esas cabezas eran increíblemente caras, así que uno impedía que se quemasen con algo que se llamaba acelerómetro. Y en eso estaba pensando, allí de pie, con los dedos de los pies por encima del agua: la cabeza, ardiendo.

Porque eso fue lo que le hicieron.

Y eso era lo que ella quería.

Lise no tuvo acelerómetro.



Desconecté mi teléfono cuando iba hacia la cama. Lo hice con la punta de un trípode alemán de estudio cuya reparación iba a costar el sueldo de una semana.

Desperté un extraño tiempo después y tomé un taxi de regreso a Granville Island y a la casa de Rubin.

Rubin, en un sentido que nadie entiende del todo, es un maestro, un profesor, lo que los japoneses llaman un sensei. De lo que es maestro, en verdad, es de la basura, de trastos, de desechos, del mar de objetos abandonados sobre el que flota nuestro siglo. Gomi no sensei. Maestro de la basura.

Lo encontré, esta vez, sentado en cuclillas entre dos máquinas de percusión de aspecto cruel que no había visto nunca: herrumbrosas patas de araña dobladas hacia el corazón de constelaciones de latas de acero recogidas en los basureros de Richmond. Nunca llama “estudio” al sitio donde trabaja, nunca se refiere a sí mismo como “artista”. “Perder el tiempo”, dice para describir lo que hace, que aparentemente ve como una extensión de tardes infantiles perfectamente aburridas en patios traseros. Deambula por ese espacio atascado, lleno de basura, una especie de minihangar adosado a la parte del Mercado que da sobre el agua, seguido por la más inteligente y ágil de sus creaciones, como un Satanás vagamente afable empeñado en la elaboración de procesos cada vez más extraños en su continuo infierno de gomi. He visto a Rubin programar sus construcciones para identificar y atacar verbalmente a los peatones vestidos con prendas del diseñador más famoso de una estación dada; otras construcciones se ocupan de misiones más oscuras, y unas pocas parecen construidas con el único propósito de reconstruirse con el mayor ruido posible. Rubin es como un niño; también vale mucho dinero en galerías de Tokio y París.

Así que le conté lo de Lise. Me dejó hablar, sacármelo de adentro, y luego asintió con la cabeza. –Ya sé –dijo–. Un imbécil de la CBC ha llamado ocho veces. –Bebió algo de una taza abollada.– ¿Quieres un Wild Turkey sour?

–¿Por qué te llamaron?

–Porque mi nombre aparece en la contracarátula de Reyes del sueño. En la dedicatoria.

–Todavía no lo he visto.

–¿Ya trató de llamarte?

–No.

–Lo hará.

–Rubin, está muerta. Ya la cremaron.

–Ya lo sé –dijo–. Y te va a llamar.


Gomi

¿Dónde termina el gomi y empieza el mundo? Los japoneses, hace un siglo, ya habían agotado el espacio para gomi alrededor de Tokio, así que propusieron un plan para crear espacio con gomi. Hacia el año 1969 se habían construido una islita en la bahía de Tokio, hecha de gomi, y la bautizaron Isla del Sueño. Pero la ciudad seguía vertiendo nueve mil toneladas diarias, así que construyeron Nueva Isla del Sueño, y hoy coordinan todo el proceso, y nuevas niponas emergen del Pacífico. Rubin ve todo esto en los noticieros y no dice nada.

No tiene nada que decir sobre el gomi. Es su medio, el aire que respira, algo en lo que ha nadado toda la vida. Recorre Greater Van en una especie de camión decrépito construido recortando un antiguo Mercedes utilizado para llevar carga en el aeropuerto, y con el techo oculto bajo una ondulante bolsa de caucho llena de gas natural. Busca cosas que encajen en el extraño diseño garabateado dentro de su frente por lo que sea que le sirve de Musa. Trae más gomi a casa. Algunas piezas son todavía operativas. Algunas, como Lise, son humanas.

Conocí a Lise en una de las fiestas de Rubin. Rubin organizaba muchas fiestas. Nunca parecía disfrutarlas, pero eran fiestas excelentes. Perdí la cuenta, aquel otoño, de la cantidad de veces que desperté en una plancha de gomaespuma oyendo el rugido de la anticuada máquina de exprés, un deslustrado monstruo rematado con una enorme águila cromada, un ruido escandaloso que reverberaba en las paredes de metal corrugado del lugar, pero que era muy reconfortante: había café. La vida continuaría.

La primera vez que la vi: en la Zona de Cocina. No se podía llamar exactamente cocina a aquello, sólo tres refrigeradoras y una placa de calor y un horno de convección roto que había venido entre el gomi. La primera vez que la vi: tenía la refrigeradora sólo-cerveza abierta, la luz salía a raudales y alcancé a ver los pómulos y la determinación de aquella boca, pero también alcancé a ver el brillo negro del policarbono en la muñeca, y la lustrosa llaga que el exoesqueleto le había dejado allí. Estaba demasiado borracho para procesar, para saber qué era, pero sí supe que no era momento para fiestas. Así que hice lo que la gente solía hacerle a Lise, y pasé a otra película. Fui a buscar vino al mostrador junto al horno de convección. En algún momento miré hacia atrás.

Pero ella me encontró de nuevo. Fue a buscarme dos horas más tarde, zigzagueando entre los cuerpos y la basura con esa terrible gracia programada en el exoesqueleto. Supe entonces lo que era, al verla acercarse, demasiado avergonzado ahora para esquivarla, para correr, para balbucear alguna excusa y salir. Clavado allí, rodeando con el brazo la cintura de una chica que no conocía, mientras Lise avanzaba –era avanzada, con esa gracia burlona– directo hacia mí ahora, con los ojos ardiendo de wizz, y la chica se había soltado para marcharse en un silencioso pánico social, se había ido, y Lise estaba allí, frente a mí, apoyada sobre la delgadísima prótesis de policarbono. La miré a los ojos y era como si oyeras los gemidos de la sinapsis, un alarido imposiblemente agudo mientras el wizz le abría todos los circuitos del cerebro.

–Llévame a casa –dijo, y las palabras me golpearon como un látigo. Creo que sacudí la cabeza–. Llévame a casa. –Había allí niveles de dolor, y sutileza, y una crueldad asombrosa. Y supe entonces que nunca me habían odiado, nunca, tan profunda o totalmente como esa niñita perdida me odiaba ahora, me odiaba por la forma en que yo había mirado, y luego apartado la mirada, junto a la refrigeradora sólo-cerveza de Rubin.

Entonces –si ésa es la palabra– hice una de esas cosas que uno hace y nunca sabe por qué, aunque algo dentro de uno sabe que nunca podría haber hecho otra cosa.

La llevé a casa.



Tengo dos habitaciones en un viejo edificio de apartamentos en la esquina de la Cuarta y MacDonald, décimo piso. Los ascensores suelen funcionar, y si te sientas en la baranda del balcón y te inclinas hacia atrás, apoyándote en la esquina del edificio de al lado, ves una pequeña ranura vertical de mar y montaña.

Ella no había dicho una palabra en todo el camino desde la casa de Rubin, y la borrachera se me estaba pasando y yo me sentía muy incómodo mientras abría la puerta y la hacía entrar.

Lo primero que vio fue el módulo portátil de borrado rápido que yo había traído del Piloto la noche anterior. El exoesqueleto la llevó por la polvorienta alfombra con ese mismo paso, el paso de una modelo por una pasarela. Lejos del alboroto de la fiesta, oía los ruidos metálicos que ese movimiento producía. Se detuvo allí, mirando el módulo de borrado rápido. Veía las costillas cuando ella se quedaba quieta así, se las adivinaba en la espalda a través del arañado cuero negro de la chaqueta. Una de esas enfermedades. De las antiguas que nunca han identificado del todo o de las nuevas –todas ellas demasiado evidentemente ambientales– a las que ni siquiera han dado nombre. No podía moverse sin ese esqueleto extra, y lo tenía conectado directamente al cerebro, con un interfaz mioeléctrico. Los tirantes de policarbono de aspecto frágil le movían los brazos y las piernas, pero un sistema más sutil, de incrustaciones galvánicas, le controlaba las manos delgadas. Pensé en patas de rana retorciéndose en un laboratorio de biología de escuela secundaria, y en seguida me odié por pensarlo.

–Esto es un módulo de borrado rápido –dijo, con una voz que yo nunca había oído, distante, y pensé que tal vez el efecto del wizz se estaba desvaneciendo–. ¿Qué hace aquí?

–Edito –dije, cerrando la puerta a mis espaldas.

–No me digas –y se echó a reír–. ¿De verdad? ¿Dónde?

–En la Isla. Un sitio llamado el Piloto Autonómico.

Entonces se dio la vuelta, la mano sobre la cadera echada hacia adelante, se balanceó –esa cosa la balanceó– y el wizz y el odio y una terrible parodia de lujuria saltaron hacia mi como una puñalada desde aquellos descoloridos ojos grises. –¿Quieres hacerlo, editor?

Y volví a sentir el latigazo, pero no iba a tolerarlo de nuevo. Así que la miré fríamente desde algún punto del núcleo aletargado por la cerveza de mi cuerpo andante, parlante, sano y totalmente normal, y las palabras me salieron de adentro como un escupitajo: –¿Sentirías algo si lo hiciera?

Un latido. Tal vez parpadeó, pero su cara no lo registró. –No –dijo–, pero a veces me gusta mirar.



Rubin está de pie frente a la ventana, dos días después de la muerte de ella en Los Ángeles, mirando la nieve que cae en False Creek. –¿Así que nunca te acostaste con ella?

Uno de sus tente-en-pies, una lagartija Escher con ruedas, recorre la mesa delante de mí con el cuerpo encogido.

–No –digo, y es verdad. Entonces me río–. Pero nos conectamos a fondo. La primera noche.

–Estabas loco –dice, con cierta aprobación en la voz–. Te podría haber matado. Se te podría haber parado el corazón, la respiración… –Se vuelve hacia la ventana.– ¿No te ha llamado todavía?



Nos conectamos a fondo.

Nunca lo había hecho. Si me hubieras preguntado por qué, te había dicho que yo era un editor y que eso no era profesional.

La verdad sería más bien algo así.

En el oficio, en el oficio legítimo –nunca he hecho porno– llamamos al producto en bruto “sueños secos”. Los sueños secos son descargas neuronales de niveles de conciencia a los que la mayoría de las personas sólo tienen acceso durante el sueño. Pero los artistas, el tipo de artistas con los que trabajo en el Piloto Autonómico, son capaces de romper la tensión superficial, sumergirse hasta lo hondo, bajar y salir, salir al océano de Jung y traer… pues, eso, sueños. No nos compliquemos. Supongo que algunos artistas siempre lo han hecho, en el medio que sea, pero la neuroelectrónica nos permite tener acceso a la experiencia, y la red lo recoge todo en los cables, de modo que podemos empacarlo, venderlo, ver cómo se mueve en el mercado. Bueno, cuanto más cambian las cosas… Es algo que a mi padre le gustaba decir.

Por lo común recojo el producto bruto después de pasar por un estudio, filtrado a través de varios millones de dólares en pantallas acústicas, y ni siquiera tengo que ver al artista. Lo que le damos al consumidor ha sido estructurado, equilibrado, convertido en arte. Todavía hay gente suficientemente ingenua como para creer que de verdad gozarían conectándose directamente con alguien a quien aman. Creo que la mayoría de los adolescentes lo prueban alguna vez. Desde luego, es muy fácil de hacer; Radio Shack te vende la caja, los trodos y los cables. Pero yo nunca lo había hecho. Y ahora que lo pienso, no sé si podré explicar por qué. Ni siquiera sé si quiero intentarlo.

Sí sé por qué lo hice con Lise, por qué me senté a su lado en mi diván mejicano y le conecté el cable óptico en el enchufe de la columna, el liso risco dorsal del exoesqueleto. Lo tenía muy arriba, en la base de la nuca, escondido bajo el pelo oscuro.

Porque ella aseguraba que era una artista, y porque yo sabía que estábamos trabados, por alguna razón, en combate total, y yo no iba a perder. Tal vez para ti no tenga sentido, pero es que nunca la conociste, o la conoces por Reyes del sueño, que no es lo mismo. Nunca sentiste el hambre que ella tenía, que no era más que una necesidad seca, horriblemente firme. La gente que sabe exactamente lo que quiere siempre me ha asustado, y hacía mucho tiempo que Lise sabía lo que quería, y no quería nada más. Y tuve miedo, entonces, de admitir que tenía miedo, y ya había visto suficientes sueños de desconocidos, en la sala de mezclas de Piloto Autonómico, para saber que los monstruos interiores de la mayoría de la gente no son más que tonterías, cosas absurdas a la tranquila luz de la propia conciencia. Y yo seguía borracho.

Me puse los trodos y moví el conmutador del módulo de borrado rápido. Había desconectado las funciones de estudio para convertir temporalmente ochenta mil dólares en piezas electrónicas japonesas en el equivalente de una de esas cajitas de Radio Shack. –Allá vamos –dije, y toqué el interruptor.

Las palabras. Las palabras no pueden. O quizá sólo un poco, si supiera cómo empezar a describirlo, lo que salió de ella, lo que ella hizo…

Hay un segmento en Reyes del sueño; es como si fueras en moto a medianoche, sin luces, aunque por alguna razón no las necesitas, corriendo a toda velocidad por un tramo de carretera en lo alto de un acantilado, tan rápido que vas suspendido en un cono de silencio y el trueno de la moto se pierde a tus espaldas. Todo se pierde a tus espaldas… No es más que un abrir y cerrar de ojos en Reyes, pero resulta ser una de las mil cosas que recuerdas, que visitas, se incorporan a tu vocabulario particular de sensaciones. Asombroso. Libertad y muerte, allí, el filo de la navaja, para siempre.

Lo que recibí fue la versión para adultos, una ráfaga en bruto, una cascada infernal, sin cortes, que caía estallando en un vacío que hedía a pobreza y a falta de amor y a oscuridad.

Y ésa era la ambición de Lise, esa ráfaga, vista desde adentro.

Quizá haya durado cuatro segundos.

Y, claro, había ganado ella.

Me quité los trodos y miré fijamente la pared; tenía los ojos húmedos, y los carteles enmarcados daban vueltas.

No podía mirarla. Oí que desconectaba el cable óptico. Oí cómo crujía el exoesqueleto al levantarla del diván. Oí cómo hacía tictac, con cierta coquetería, mientras la llevaba a la cocina a buscar un vaso de agua.

Y me puse a llorar.



Rubin inserta una delgada sonda en el vientre de un lento tente-en-pie y examina los circuitos a través de unas gafas lupa con diminutas luces montadas en las sienes.

–¿Y entonces? Quedaste enganchado. –Se encoge de hombros, levanta la vista. Ha oscurecido, y los haces gemelos me hieren la cara, en su granero de metal hay una humedad helada y del otro lado de las aguas ulula una solitaria sirena.– ¿Y entonces?

Ahora me encojo yo de hombros. –Lo hice, eso es todo… No parecía que pudiese hacer otra cosa.

Los haces vuelven a hundirse en el corazón de silicio de su juguete estropeado. –Entonces estás bien. Fue una verdadera elección. Lo que quiero decir es que ella estaba hecha para ser lo que es. Tú tenías tanto que ver con ese sitio donde ella está ahora como el módulo de borrado rápido. Si no te hubiera encontrado a ti, habría encontrado a otra persona…



Hice un trato con Barry, el jefe de edición, y conseguí veinte minutos a las cinco de una fría mañana de septiembre. Lise entró y me disparó con lo mismo, pero esta vez estaba preparado, con los altavoces y los mapas cerebrales, y no tuve que sentirlo. Me llevó dos semanas, juntando los minutos en la sala de edición, reducir lo que ella había hecho a algo que pudiera hacerle probar a Max Bell, propietario del Piloto.

Bell no estaba contento, nada contento, cuando le expliqué lo que había hecho. Los editores inconformistas pueden ser un problema, y la mayoría de los editores terminan por decidir que han encontrado a alguien que será el próximo monstruo, y entonces empiezan a derrochar tiempo y dinero. Asintió cuando terminé el discurso, y entonces se rascó la nariz con la tapa de su rotulador rojo.

–Ajá. Ya entendí. Lo más excitante desde que a los peces le salieron patas, ¿no es así?

Pero se conectó para probar la demostración que yo había montado, y cuando la grabación salió con un clic de la ranura de su consola Braun, se quedó mirando a la pared, sin expresión.

–¿Max?

–¿Eh?

–¿Qué te parece?

–¿Qué me parece? Yo… ¿Cómo has dicho que se llama? –Parpadeó.– ¿Lisa? ¿Quién dices que la tiene contratada?

–Lise. Nadie, Max. Todavía no la ha contratado nadie.

–Santo Dios. –Seguía inexpresivo.



–¿Sabes cómo la encontré? –pregunta Robin, esquivando destartaladas cajas de cartón para buscar el interruptor de la luz. Las cajas están llenas de gomi meticulosamente clasificado: pilas de litio, condensadores de Tántalo, conectores RF, circuitos experimentales, transformadores ferroresonantes, carretes de cable de barra colectora… Hay una caja llena de cabezas cortadas de muñecas Barbie, otra con manoplas blindadas de seguridad industrial que parecen guantes de traje espacial. La luz inunda la sala, y una especie de mantis de Kandinski hecha con lata recortada y pintada balancea su cabeza, del tamaño de una pelota de golf, hacia la bombilla iluminada. –Andaba por Granville, buscando gomi en un callejón, y la encontré allí sentada. Vi el esqueleto, y ella no tenía buen aspecto, así que le pregunté si se sentía mal. Nada. Sólo cerró los ojos. No es asunto mío, me digo. Pero vuelvo a pasar cuatro horas más tarde y ella no se ha movido. “Mira, cariño, le digo, tal vez tengas el hardware apolillado. Yo puedo ayudarte, ¿de acuerdo?” Nada. “¿Cuánto tiempo llevas ahí?” Nada. Así que me largo. –Se acerca al banco de trabajo y acaricia las delgadas patas metálicas de la mantis con un pálido dedo índice. Detrás del banco, colgados de un tablero de herramientas hinchado de humedad, hay alicates, destornilladores, pinzas de atar y envolver, un oxidado rifle Daisy BB, separadores, plegadores, sondas lógicas, pistolas de soldar, un osciloscopio de bolsillo, aparentemente todas y cada una de las herramientas de la historia humana, sin la menor intención de orden, aunque nunca he visto vacilar la mano de Rubin.

–Después volví –dice–. Dejé pasar una hora. La encontré desmayada, sin conocimiento, así que me la traje aquí e inspeccioné el exoesqueleto. Las pilas estaban secas. Se había arrastrado hasta allí cuando se le acabó la corriente y se sentó a morir de hambre, supongo.

–¿Cuándo fue eso?

–Como una semana antes de que tú te la llevaras.

–¿Y si se hubiera muerto? ¿Si no la hubieses encontrado?

–Alguien la encontraría. Ella no podía pedir nada, ¿entiendes? Sólo tomar. No soportaba un favor.



Max encontró agentes, y un trío de socios pasmosamente hábiles llegó al YVR al día siguiente. Lise no quería ir hasta el Piloto a reunirse con ellos, insistió en que los recibiésemos en casa de Rubin, donde seguía durmiendo.

–Bienvenidos a Couverville –dijo Rubin cuando cruzaron la puerta. Su rostro alargado estaba manchado de grasa, la bragueta de sus maltratados pantalones de fajina más o menos sujeta con un gancho de alambre retorcido. Los muchachos sonrieron automáticamente, pero hubo algo ligeramente más auténtico en la sonrisa de la chica.

–Señor Stark –dijo–, estuve en Londres la semana pasada. Vi su montaje en la Tate.

La fábrica de baterías de Marcello –dijo Rubin–. Dicen que es escatológica, los ingleses… –Se encogió de hombros. –Ingleses. Quiero decir, ¿quién sabe?

–Tienen razón. Además es muy graciosa.

Los muchachos, allí de pie con sus trajes, resplandecían como faros. La demostración había llegado a Los Ángeles. Sabían.

–Y tu eres Lise –dijo la chica, avanzando a duras penas por el camino abierto entre el amontonado gomi de Rubin–. Pronto vas a ser una persona muy famosa, Lise. Tenemos muchas cosas de qué hablar…

Y Lise se quedó allí, sostenida por el policarbono, y la expresión de su rostro era la que yo había visto aquella primera noche, en mi edificio, cuando me preguntó si quería acostarme con ella. Pero si la agente se dio cuenta, no lo demostró. Era una profesional.

Me dije que también yo era un profesional.

Me dije que me relajara.



El Mercado está rodeado de fogatas que arden con luz mortecina en latas de acero. Sigue nevando, y los chicos se apiñan junto a las llamas como cuervos artríticos, saltando en uno y otro pie mientras el viento les azota los abrigos oscuros. Más arriba, en las pseudoartísticas, destartaladas chabolas de Fairview se ha congelado en la cuerda la ropa de alguien; los cuadros rosados de sábanas destacan sobre el fondo de mugre y el caos de platos de antena y paneles solares. El molino de viento batidora-de-huevos de algún ecólogo da vueltas y vueltas, vueltas y vueltas a los índices hidrométricos en una burla giratoria.

Rubin camina pesadamente, calzado con zapatos de caucho. L.L. Bean salpicados de pintura, la cabeza abultada hundida en una chaqueta militar demasiado grande. A veces uno de los encorvados adolescentes lo señala mientras pasamos, el tipo ése que construye cosas disparatadas, los robots y esa mierda.

–¿Sabes cuál es tu problema? –dice cuando estamos bajo el puente, ya rumbo a la Cuarta–. Tú eres de los que siempre leen el manual. Cualquier cosa que la gente construye, cualquier clase de tecnología, va a tener una finalidad específica. Es para hacer algo que alguien ya entiende. Pero si es nueva tecnología, abrirá áreas en las que nadie había pensado antes. Tú lees el manual, hermano, y entonces no juegas, no de la misma manera. Y te asombras cuando alguien usa el chisme para hacer algo que a ti nunca se te había ocurrido. Como Lise.

–Ella no fue la primera. –El tránsito retumba encima de nosotros.

–No, pero seguro que sí es la primera persona que tú conoces que se ha traducido a un programa de hardware. ¿No perdiste el sueño cuando el fulano ese lo hizo, hace tres o cuatro años, el chico francés, el escritor?

–En realidad no pensé mucho en eso. Un artilugio. PR…

–Sigue escribiendo. Lo raro del caso es que va a seguir escribiendo, a menos que alguien le haga volar el ordenador central…

Hago una mueca, sacudo la cabeza. –Pero no es él, ¿verdad? Es sólo un programa.

–Buena pregunta. Es difícil saberlo. En cambio, con Lise lo hemos averiguado. No es escritora.



Lo tenía todo allí adentro, Reyes, encerrado en la cabeza de la misma manera que tenía el cuerpo encerrado en aquel exoesqueleto.

Los agentes le consiguieron un contrato con un sello y trajeron un equipo de producción desde Tokio. Ella les dijo que quería que yo lo editase. Yo dije que no; Max me arrastró a su despacho y me amenazó con despedirme en el acto. Si yo no intervenía, no había razón para hacer el trabajo de estudio en el Piloto. Vancouver no era precisamente el centro del mundo, y los agentes la querían llevar a Los Ángeles. Para él significaba mucho dinero, y todo eso podía poner a Piloto Autonómico en el mapa. No podía explicarle por qué me había negado. Era algo demasiado disparatado, demasiado personal: ella me estaba lanzando una última dentellada. O al menos eso fue lo que me pareció entonces. Pero Max hablaba en serio. Realmente no me dejó escoger. Ambos sabíamos que no me iba a caer otro empleo del cielo. Salí de nuevo con él y dijimos a los agentes que lo habíamos resuelto: yo trabajaría.

Los agentes nos enseñaron un montón de dientes.

Lise sacó un inhalador lleno de wizz y aspiró con todas sus fuerzas. Me pareció ver que la agente enarcaba una ceja perfecta, pero hasta allí llegaba su censura. Una vez firmados los papeles, Lizo hizo más o menos lo que quiso.

Y Lise siempre sabía lo que quería.

Hicimos Reyes en tres semanas, la grabación básica. Encontraba muchas razones para evitar la casa de Rubin, incluso me creía algunas. Ella seguía quedándose allí, aunque los agentes no estaban muy complacidos con lo que consideraron una absoluta falta de seguridad. Rubin me dijo después que había tenido que llamar a su agente para que hablase con ellos y les hiciese un escándalo, pero después de eso parece que dejaron de preocuparse. Yo no sabía que Rubin Stark era más famoso, en aquella época, que cualquier otra persona conocida, ciertamente más famoso de lo que yo pensaba que Lise pudiera alguna vez llegar a ser. Sabía que estábamos trabajando en algo fuerte, aunque uno nunca sabe cuanto puede llegar a crecer una cosa.

Pero el tiempo que pasé en el Piloto fue una experiencia. Lise era asombrosa.

Era como si hubiera nacido para la forma artística, aunque la tecnología que hacía posible esa forma ni siquiera existía cuando ella nació. Ves algo así y te preguntas cómo es posible que tantos miles, tal vez millones de artistas fenomenales hayan muerto mudos, a lo largo de los siglos, personas que jamás pudieron ser poetas, o pintores, o saxofonistas, pero que tenían esa cosa adentro, esas formas de ondas síquicas esperando los circuitos adecuados…

Aprendí algunas cosas sobre ella, cosas accesorias, en el tiempo que pasamos en el estudio. Que había nacido en Windsor. Que su padre era norteamericano y había servido en Perú y había vuelto a casa loco y medio ciego. Que lo que le faltaba en el cuerpo era congénito. Que tenía esas llagas porque se negaba a quitarse el exoesqueleto, siempre, porque empezaría a ahogarse y a morirse ante la idea de esa invalidez tan total. Que era adicta al wizz y que diariamente consumía lo suficiente para colocar a un equipo de fútbol.

Los agentes trajeron médicos que le acolcharon el policarbono con gomaespuma y cubrieron las llagas con vendajes microporosos. La fortalecieron con vitaminas y trataron de influir en su dieta, pero nadie intentó nunca quitarle el inhalador.

Trajeron también peluqueros y maquilladores, y especialistas en vestuario y asesores de imagen y pequeños hámsteres PR articulados, y ella soportó todo con algo que casi podía haber sido una sonrisa.

Y a lo largo de esas tres semanas, no hablamos. Sólo conversación de estudio, asuntos artista-editor, un código muy restringido. Sus imágenes eran tan fuertes, tan extremas, que en realidad nunca tuvo que explicarme un efecto dado. Yo tomaba lo que ella emitía y con eso trabajaba, y se lo devolvía otra vez mediante una conexión. Ella decía que sí o que no, y por lo general era sí. Los agentes notaban eso y aprobaban, y le daban a Max Bell golpecitos en la espalda y lo llevaban a cenar, y mi sueldo subió.

Y yo era un profesional, de principio a fin. Útil y minucioso y cortés. Estaba decidido a no volver a quebrarme, y nunca pensaba en la noche en que lloré, y además estaba haciendo el mejor trabajo que había hecho jamás, y lo sabía, y eso, en sí mismo, es una maravilla.

Y entonces, una mañana, a eso de las seis, tras una larga, larga sesión –cuando ella sacó por primera vez aquella secuencia del cotiledón fantasmagórico, la que los niños llaman el Baile de los Fantasmas– me habló. Uno de los dos agentes había estado allí mostrando dientes, pero ya se había marchado, y el Piloto estaba en completo silencio, apenas el zumbido de un extractor cerca del despacho de Max.

–Casey –dijo, con la voz ronca por el wizz–, siento haberte entrado tan fuerte.

Por un instante pensé que me hablaba de la grabación que acabábamos de hacer. Alcé los ojos y la vi allí, y me sorprendió que estuviéramos solos, pues no lo estábamos desde que habíamos hecho la demostración.

No se me ocurría nada que decir. Ni siquiera sabía qué sentía.

Sostenida por el exoesqueleto, su aspecto era peor que el que tenía la primera noche, en casa de Rubin. El wizz se la estaba comiendo debajo del potingue que el equipo de maquilladores repasaba una y otra vez, y a veces era como ver la superficie de la cara de un muerto bajo la cara de una no muy hermosa adolescente. No tenía idea de cuál era su edad verdadera. Ni vieja ni joven.

–El efecto rampa –dije, mientras enrollaba un cable.

–¿Qué es eso?

–El modo que tiene la naturaleza de decirte que pares ya. Una especie de ley matemática, que dice que un estimulante sólo te puede hacer volar muy bien un x número de veces, incluso si aumentas la dosis. Pero nunca llegas a volar tan bien como lo hiciste las primeras veces. O no deberías poder, en todo caso. Ése es el problema con las drogas simétricas: son demasiado listas. Eso que te estás metiendo tiene una cola engañosa en una de sus moléculas, te impide convertir la adrenalina descompuesta en adrenocromo. Si no lo hiciera, a estas alturas estarías esquizofrénica. ¿Tienes algún problema, Lise? ¿Cómo apnea? ¿Se te corta la respiración a veces, al dormirte?

Pero ni siquiera estaba seguro de sentir la rabia que me oía en la voz.

Me miró con aquellos pálidos ojos grises. La gente de vestuario le había cambiado la chaqueta de tienda barata por un blusón negro mate que le escondía mejor las costillas de policarbono. Ella se lo mantenía subido hasta el cuello, siempre, aunque hacía demasiado calor en el estudio. Los peluqueros habían intentado algo nuevo el día anterior, y no había funcionado: su pelo, oscuro y rebelde, era una explosión asimétrica sobre aquel rostro triangular, macilento. Me miró fijamente y sentí aquello de nuevo: la firmeza.

–Yo no duermo, Casey.

Sólo después, mucho después, recordé que me había pedido disculpas. Nunca más lo volvió a hacer, y fue la única vez que le oí decir algo que pareciera fuera de su tono.



La dieta de Rubin consiste en bocadillos de máquina expendedora, comida rápida paquistaní, y café exprés. Nunca lo he visto comer otra cosa. Comemos samosas en un angosto local de la Cuarta que tiene una sola mesa de plástico calzada entre el mostrador y la puerta que da al retrete. Rubin se come su docena de samosas, seis de carne y seis vegetales, en total concentración, una tras otra, y no se molesta en limpiarse el mentón. Es un devoto del local. Aborrece al dependiente griego; el sentimiento es mutuo, una verdadera relación. Si el dependiente se fuera, puede que Rubin no volviese. El griego mira furioso las migas en el mentón y la chaqueta de Rubin. Entre samosa y samosa, Rubin le responde disparando dagas, los ojos entornados detrás de las manchadas lentes de las gafas con montura de acero.

Las samosas son la cena. El desayuno será ensalada de huevos con pan blanco, empacada en uno de esos triángulos de plástico lechoso, además de seis tacitas de exprés venenosamente fuerte.

–No lo viste venir, Casey. –Me mira desde las profundidades de las gafas, cubiertas de huellas digitales.– Porque no eres bueno para el pensamiento lateral. Tú lees el libro de instrucciones. ¿Qué otra cosa pensaste que buscaba? ¿Sexo? ¿Más wizz? ¿Una gira mundial? Ella estaba más allá de todo eso. Y eso era lo que la hacía tan fuerte. Estaba más allá. Por eso Reyes del sueño es tan grande, por eso los chicos lo compran, por eso creen en él. Ellos saben. Esos chicos del Mercado, esos que se calientan el culo junto a las fogatas y se preguntan si esta noche encontrarán un sitio donde dormir, esos lo creen. Es el producto de más éxito que ha salido en ocho años. Un tipo de una tienda de Granville me dijo que le roban más de esas condenadas cintas que lo que vende en total. Dice que hasta almacenarlas es un problema… Lise es grande porque era lo que ellos son, sólo que más. Ella sabía, hermano. Nada de sueños, nada de esperanza. Tú no ves las jaulas de esos chicos, Casey, pero cada vez lo entienden mejor, que no van a ninguna parte. –Se cepilla una miga grasienta de carne que tiene en el mentón, dejando otras tres.– Así que Lise lo cantó para ellos, lo dijo del modo en que ellos no pueden, les pintó un cuadro. Y empleó el dinero en comprarse una salida, eso es todo.

Miro el vapor que se condensa y rueda bajando por la ventana en gotas grandes, vetas en la condensación. Del otro lado de la ventana veo un Lada a medio desmontar, con las ruedas quitadas, los ejes en el pavimento.

–¿Cuántos lo han hecho, Rubin? ¿Tienes una idea?

–No demasiados. Es difícil saberlo, de todas formas, porque muchos de ellos probablemente son políticos que imaginamos confiada y cómodamente muertos. –Me lanza una mirada extraña.– No es un pensamiento muy agradable. En cualquier caso, primero apuntan a la tecnología. Aún cuesta demasiado para docenas de millonarios comunes, pero he oído hablar de al menos siete. Dicen que la Mitsubishi se lo hico a Weinberg antes de que su sistema inmunológico quedara por fin patas arriba. Era jefe del laboratorio de hibridomas de Okayama. En fin, sus existencias de monoclonales son aún muy altas, así que tal vez sea cierto. Y Langlais, el chico francés, el novelista… –Se encoge de hombros.– Lise no tenía el dinero para hacerlo. Ni siquiera ahora lo tendría. Pero se puso en el sitio adecuado en el momento adecuado. Estaba a punto de morirse, estaba en Hollywood, y ellos ya veían lo que Reyes iba a provocar.



El día que terminamos, la banda bajó de un aparato de la JAL que había salido de Londres: cuatro escuálidos chicos que funcionaban como una maquinaria bien lubricada y hacían gala de un hipertrofiado sentido de la moda y una absoluta falta de emotividad. Los instalé en fila en el Piloto, en idénticas sillas blancas Ikea de oficina, les unté crema salina en las sienes, les puse los trodos y pasé la versión borrador de lo que iba a convertirse en Reyes del sueño. Al salir se pusieron a hablar todos a la vez, ignorándome por completo, en la versión británica de ese lenguaje secreto que hablan todos los músicos de estudio, cuatro pares de manos que se agitaban y cortaban el aire.

Entendí lo suficiente para concluir que estaban entusiasmados. Que les parecía bueno. Así que agarré la chaqueta y me fui. Ellos podían quitarse solos la crema salina, gracias.

Y esa misma noche vi a Lise por última vez, aunque no lo tenía pensado.



Caminando de regreso al Mercado, con Rubin que digería cuidadosamente el almuerzo, las luces rojas traseras se reflejaban en los adoquines mojados, la ciudad detrás del Mercado era una límpida escultura de luz, una mentira en la que lo roto y lo perdido se esconde bajo el gomi que crece como humus al pie de las torres de vidrio…

–Mañana tengo que ir a Frankfurt a montar una instalación. ¿Quieres venir? Puedo apuntarte en calidad de técnico. –Esconde más la cabeza en la chaqueta militar.– No puedo pagarte, pero tienes pasaje gratis, ¿quieres…?

Extraña oferta, viniendo de Rubin, aunque conozco el motivo: está preocupado por mí, piensa que ando muy raro con lo de Lise, y es lo único que se le ocurre, sacarme de la ciudad.

–En Frankfurt está haciendo más frío que aquí.

–Quizás te haga falta un cambio, Casey. No sé…

–Gracias, pero Max tiene un montón de trabajo por delante. Piloto está cotizando alto, la gente viene de todas partes…

–Claro.



Después de dejar a la banda en el Piloto me fui a casa. Caminé hasta la Cuarta y allí tomé el troley, pasando frente alas vitrinas de las tiendas que veo todos los días, cada una con su iluminación chillona y lustrosa; ropa y zapatos y software, motos japonesas agazapadas como escorpiones de esmalte, muebles italianos. Las vitrinas cambian con las estaciones, las tiendas vienen y van. Ahora estábamos en temporada prevacacional, y había más gente en la calle, muchas parejas caminando de prisa y con determinación junto a los luminosos escaparates, buscando ese perfecto lo-que-sea para como-se-llame, la mitad de las chicas con esas botas de nailon acolchadas hasta el muslo que habían llegado de Nueva York el invierno anterior, esas que según Rubin les daba un aspecto de padecer elefantiasis. Sonreí al pensar en eso, y de pronto caí en la cuenta de que había realmente terminado, que yo había terminado con Lise, que ella ahora sería aspirada hacia Hollywood tan inexorablemente como si hubiera metido un dedo del pie en un agujero negro, arrastrada por la inimaginable fuerza gravitatoria del Gran Dinero. Creyendo eso, que se había ido –y probablemente para entonces se había ido– bajé una guardia en mi interior y sentí los contornos de mi lástima. Pero sólo los contornos, porque no quería que por nada se me arruinara la noche. Quería diversión. Hacía mucho tiempo que no la tenía.

Me bajé en mi esquina y el ascensor funcionó al primer intento. Buena señal, me dije. Ya arriba, me desvestí y me di una ducha, encontré una camisa limpia, puse unos burritos en el microondas. Siéntete normal, le aconsejé a mi reflejo mientras me afeitaba. Has estado trabajando demasiado. Tus tarjetas de crédito han engordado. Es hora de remediar eso.

Los burritos sabían a cartón, pero llegué a la conclusión de que me gustaban por lo agresivamente normales que eran. Mi coche estaba en Burnaby, donde le estaban reparando las fugas de la célula de hidrógeno, así que no iba a tener que molestarme en conducir. Podía salir, buscar diversión y llamar al día siguiente al trabajo para decir que me sentía enfermo. Max no se enfadaría. Estaba en deuda conmigo.

Estás en deuda conmigo, Max, le dije a la helada botella de Moskovskaya que saqué del congelador. Si lo estarás. Vengo de pasar tres semanas editando los sueños y las pesadillas de una persona que está muy pero muy jodida, Max. Para tu beneficio. Para que puedas crecer y prosperar, Max. Serví tres dedos de vodka en un vaso de plástico que había quedado de una fiesta que había dado el año anterior y volví a la sala.

Algunas veces tengo la impresión de que aquí no vive nadie en particular. No porque esté desordenado: soy un buen amo de casa, aunque un poco robótico, y hasta me acuerdo de quitar el polvo de la parte superior de los marcos de los carteles y de las cosas, pero hay momentos en que la casa me da de pronto un leve escalofrío, con su elemental acumulación de elementales bienes de consumo. No es que desee, en realidad, llenarla de gatos ni de plantas de interior ni nada, pero hay momentos en que veo que cualquiera podría estar viviendo aquí, que cualquiera podría poseer estas cosas, y todas me parecen intercambiables, mi vida y la tuya, mi vida y la de cualquiera…

Creo que también Rubin ve las cosas de ese modo, todo el tiempo, pero para él eso es una fuente de fuerza. El vive en la basura de otras personas, y todo lo que arrastra a casa debe de haber sido nuevo y reluciente alguna vez, debe de haber significado algo para alguien, por muy poco que fuera. Él lo mete todo en su camión loco y se lo lleva a casa y lo deja fermentar allí hasta que se le ocurre hacer algo nuevo con todo eso. Una vez me estaba mostrando un libro sobre el arte del siglo veinte que a él le gustaba, y había una foto de una escultura automatizada llamada Los pájaros muertos vuelven a volar, una cosa que hacía girar y girar a verdaderos pájaros muertos sujetos a un cordel, y él sonreía y asentía, y yo veía que consideraba que el artista era para él una especie de antepasado espiritual. Pero, ¿qué podría hacer Rubin con mis carteles enmarcados y mi diván mejicano traído de la Bahía y mi cama de goma espuma comprada en Ikea? Bueno, pensé, tomando un primer sorbo helado, pues algo se le ocurriría, lo cual explicaba que él fuera un artista famoso y yo no.

Me acerqué a la ventana y apreté la cara contra el vidrio cilindrado, tan frío como el vaso que tenía en la mano. Hora de salir, me dije. Estás mostrando los síntomas de ansiedad del soltero urbano. Hay remedios contra eso. Termina el trago. Sal.

Aquella noche no alcancé un estado de diversión. Tampoco di muestras de sentido común y adulto para resignarme, irme a casa, ver alguna película vieja y quedarme dormido en el diván. La tensión que aquellas tres semanas me habían acumulado adentro me impulsaba como el muelle real de un reloj mecánico, y seguí haciendo tic-tac por la ciudad nocturna, lubricando mi avance más o menos aleatorio con más tragos. Era una de esas noches, concluí rápidamente, en que te deslizas en un continuum alterno, una ciudad que se parece en todo a la ciudad en que vives, excepto por la peculiar diferencia de que no alberga a ninguna persona que ames o conozcas o con la que al menos hayas hablado antes. En noches así, puedes entrar en un bar conocido y descubrir que han cambiado el personal; entonces comprendes que el verdadero motivo para ir allí era simplemente ver una cara conocida, en una camarera o en un barman, quien sea… Se sabe que esas cosas atentan contra la diversión.

Seguí rodando, sin embargo, por unos seis y ocho sitios, y terminé por rodar hacia el interior de un club de West End que tenía aspecto de no haber sido redecorado desde los noventa. Mucho cromo descascarado sobre plástico, hologramas borrosos que te daban jaqueca si tratabas de descifrarlos. Creo que Barry me había hablado de aquel sitio, aunque no logro imaginar por qué. Miré alrededor y sonreí. Si lo que buscaba era deprimirme, había llegado al sitio ideal. Sí, me dije, mientras me sentaba en un taburete en la esquina de la barra, aquello era genuinamente triste, la depresión extrema. Lo bastante horrible para interrumpir la inercia de mi mediocre velada, lo cual era sin duda algo bueno. Me tomaría uno más para el camino, admiraría la caverna, y luego un taxi a casa.

Y entonces vi a Lise.

No me había visto todavía, y yo aún tenía el abrigo puesto, el cuello de paño alzado para protegerme del frío. Ella estaba en la otra esquina de la barra y tenía un par de copas vacías enfrente, de las grandes, de las que vienen con esas sombrillitas de Hong Kong o con una sirena de plástico adentro, y cuando alzó la mirada hacia el chico que estaba a su lado, le vi el destello de wizz en los ojos, y supe que aquellos tragos nunca habían contenido alcohol, porque los niveles de droga que estaba consumiendo no tolerarían la mezcla. El chico, en cambio, estaba ido, borracho, sonriente, entumecido y a punto de resbalarse del taburete, y diciendo algo mientras hacía repetidos intentos por enfocar los ojos y obtener una mejor imagen de Lise, sentada allí con el blusón de cuero negro del equipo de vestuario cerrado hacia el mentón y el cráneo a punto de asomar ardiendo a través de la cara blanca como una bombilla de mil vatios. Y viendo aquello, viéndola allí, supe en seguida un montón de cosas.

Que estaba muriendo de verdad, ya fuera por el wizz o por la enfermedad o por una combinación de las dos cosas. Que lo sabía de sobra. Que el chico estaba demasiado borracho para darse cuenta del exoesqueleto, pero no tan borracho como para no tomar nota de la costosa chaqueta y del dinero que ella tenía para beber. Y que lo que yo estaba viendo era exactamente lo que parecía.

Pero no podía comprender, así de golpe, no podía hacer cálculos. Algo dentro de mí se encogió.

Y ella sonreía, o al menos hacía algo que a ella le debía parecer una sonrisa, la expresión que sabía apropiada para la situación, y asentía a tiempo a las necedades que balbuceaba el chico, y aquella horrible frase suya me vino a la memoria, aquello de que le gustaba mirar.

Y ahora sé algo. Sé que si no hubiera pasado por allí, si no los hubiera visto, habría podido aceptar todo lo que vino después. Hasta podría haber encontrado un modo de disfrutarlo en su nombre, o encontrar una forma de creer en lo que ahora se ha convertido, sea lo que sea, o lo que ha formado su imagen, un programa que finge ser Lise hasta tal punto que cree ser ella misma. Podría haber creído lo que cree Rubin, que ella estaba verdaderamente más allá, nuestra Juana de Arco hi-tech que ardía por la unión con aquella divinidad de Hollywood, que nada le importaba salvo la hora de la partida. Que arrojaba ese cuerpo pobre y triste con un gemido de alivio, liberada de los lazos de policarbono y carne aborrecida. Bueno, después de todo quizá lo logró. Quizá haya sido así. Estoy seguro de que ella esperaba que fuese de esa forma.

Pero viéndola allí, con la mano de aquel borrachito en la suya, aquella mano que ni siquiera podía sentir, supe, de una vez por todas, que ningún motivo humano es completamente puro. Hasta Lise, con ese corrosivo y demencial impulso hacia el estrellato y la inmortalidad cibernética, tenía debilidades. Era humana de una forma que me costaba mucho admitir.

Había salido aquella noche, supe, para darse el beso de despedida. Para encontrar a alguien que estuviera lo bastante borracho como para hacerlo por ella. Porque, supe entonces, era cierto: le gustaba mirar.

Creo que me vio, al salir. Y salí corriendo. Si me vio, supongo que me habrá odiado más que nunca, por el horror y la lástima que había en mi cara.

No la vi nunca más.



Un día le voy a preguntar a Rubin por qué el Wild Turkey sour es el único trago que sabe preparar. Fuerza industrial, esos sours de Rubin. Me pasa la taza de aluminio abollada mientras su casa hace tictac y se agita a nuestro alrededor con la furtiva actividad de sus creaciones más pequeñas.

–Deberías venir a Frankfurt –dice otra vez.

–¿Por qué, Rubin?

–Porque dentro de muy poco ella te va a llamar. Y creo que quizás no estás preparado para eso. Todavía estás confundido, y esa cosa va a sonar como ella y pensar como ella, y tú te vas a poner muy raro. Ven conmigo a Frankfurt para que puedas respirar un poco. Ella no sabrá que estás allá…

–Ya re lo he dicho –insisto, recordándola en la barra de aquel club–: mucho trabajo. Max…

–A la mierda con Max. Hiciste rico a Max. Max puede sentarse a esperar. Tú mismo eres rico, con los derechos de autor de Reyes, pero eres demasiado terco para informarte sobre tu cuenta bancaria. Puedes permitirte unas vacaciones.

Lo miro y me pregunto cuando le contaré lo de la última imagen de ella. –Rubin, te lo agradezco de verdad, hermano, pero es que…

Suspira, bebe. –¿Pero qué?

–Rubin, si ella me llama, ¿es ella?

Me mira un buen rato. –Sólo Dios lo sabe. –La taza hace clic en la mesa.– Mira, Casey, la tecnología está ahí, ¿entonces quién, quién puede saberlo?

–Y tu piensas que me debería ir contigo a Frankfurt?

Se quita las gafas de montura de acero y las pule con eficiencia con la parte delantera de la camisa de franela a cuadros. –Sí. Necesitas ese descanso. Quizá no lo necesites ahora, pero lo necesitarás más adelante.

–¿Cómo es eso?

–Cuando tengas que editar su próxima grabación. Cosa que no tardará en ocurrir, sin duda, porque ella necesita dinero con urgencia. Está contratando un montón de ROM en la computadora central de alguna corporación, y sus derechos por Reyes no le van a alcanzar para pagar lo que tienen que ponerle allí. Y tú eres su editor, Casey. ¿Quién más?

Y yo sólo lo miro mientras vuelve a ponerse las gafas, como si no pudiera moverme.

–¿Quién más, hermano?

Y justo entonces una de sus construcciones hace clic, un ruido limpio y diminuto, y me doy cuenta de que Rubin tiene razón.

septiembre 21, 2007

Digresión - Colaboración desde México


DIGRESIÓN
Eduardo Lucio Molina y Vedia

¿Quién hubiera dicho que Amparo tomaría el atajo de los recuerdos? Entre la amistad y el amor, la calidez de nuestra cita admitía cierta ambivalencia. El lugar inhóspito, de paso, hecho para el ajetreo y la pausa bulliciosa en horas de trabajo, era un desafío. Pero aunque el ambiente se había venido preparando desde hacía tiempo ninguno de los dos pudo prever el abismo que abriría en torno nuestro la barbarie de los tiempos. Y sin embargo, tras algunas vacilaciones y rodeos, como si nada extraordinario estuviera ocurriendo en ese instante, o como si hubiese hallado el tenue exorcismo necesario, Amparo entró de lleno en su relato:

Aunque la traté desde siempre, yo conocí en realidad a mi tía abuela Dorotea Zorrilla, de Guanajuato, leyendo su diario personal. Ahí detalla hasta la minucia seis décadas de resistencia al matrimonio y otros diversos tedios familiares. Fue una mujer ásperamente independiente, obligada a una austeridad afectiva que le agrió el carácter. La recordaba intolerante y odiosa cuando en mi adolescencia me llegó su invitación a visitarla porque, según me adelantaron, quería dejarme su legado espiritual. Y allá fuimos desde Morelia, donde nos habíamos instalado con el clan materno cuando murió mi padre. La herencia eran esos cuatro tomos de recuerdos y reflexiones cuidadosamente encuadernados en piel. Me los dio sin ceremonia ni solemnidad, como entregando el alma.

La evocación de Amparo había creado un remanso de nostalgia en esa mesa de La Veiga que daba al infierno de Insurgentes a la hora del estrés. Acababa de estallar la guerra del Golfo y comencé dándole la noticia que había escuchado en el taxi. Entonces nos dijimos algunos silencios y perplejidades -porque lo que sucedía en el otro extremo del planeta nos desbordaba- hasta que no sé cómo Dorotea salió al quite. Tuvo que ver con la película El ladrón de Bagdad, donde un hombre se transformaba en perro bajo el encantamiento de un hechicero, y estaba hablando cuando las palabras se le convertían en ladridos, y doña Dorotea comentó que así era en la realidad, sin trucos ni brujerías, que sobraban las ocasiones en que los hombres comenzaban hablando y terminaban ladrando. Ahí enganchó Amparo el tren de su memoria y siguió:

Acabé devorándome esas páginas, donde desfilaban generaciones y vertientes de historia viva. Lo primero que me atrajo fue una larga lista de razones por las que jamás se casaría. Databa de sus dieciocho años. No retengo cada apartado pero sí que todos apuntalaban la defensa de un territorio por crear: el de una soltería feliz. Quizá también, aunque no es seguro, el de una homosexualidad impuesta y a la vez reprimida por el entorno provinciano. Una de las cláusulas aduce que un par de individuos capaz de tolerar la simbiosis conyugal no merece la felicidad. Sobre el dilema de la pareja abierta opina que fue superado por la práctica. No condena la infidelidad sino lo que llama "sincericidio", al que define como un harakiri de a dos donde la sinceridad es instrumento y víctima. Hay alguna referencia al deterioro que se cobra el ejercicio del poder y al privilegio de quienes luchan contra él. Aunque para hacerlo -explica- deban contaminarse con un razonable acopio de esa lacra, nunca tan provisoria ni reversible como se imagina. Lo cierto es que los hombres son secundarios en esos textos, y se los trata con el cuidado y la distancia con que se puede manipular a un insecto desconocido.

Mientras Amparo hablaba, yo permanecía en otra frecuencia. No es que a mi edad, una invasión norteamericana me quitara el sueño. Tampoco que el ataque a Irak fuese algo inesperado, con poca publicidad previa. La consternación, el escándalo, eran cualitativos, y apenas me dejaban seguir la historia de Dorotea. Tal vez fuera ese aparente consenso que rodeaba a la masacre. Aunque inducido y hasta simulado por los medios masivos, era obsceno, y tenía pese a todo un efecto aplastante. Una pantalla de televisión mostraba cómo una bomba inteligentísima se metía por la boca de una chimenea. Pasó, como una ironía, la niña que reparte flores. Iba a proponerle a Amparo que lloráramos juntos cuando tuve en cuenta la advertencia de mi amiga Susana, según la cual no hay pareja que sobreviva a un llanto compartido. Así que me dispuse a acompañarla en su incursión por el pasado. El lugar hostil, el ruido de la calle y de las conversaciones, el chasquido de vasos, platos y botellas, no ayudaban. Pero Amparo continuó:

Los hombres no la movieron a Dorotea. Si hay dos o tres que logran ganar los sobresaltos de su sangre, resultan rápidamente neutralizados mediante pulcras estrategias de distanciamiento. Con las mujeres, en cambio, es distinto. Sin que ocurra nada espectacular ni muy comprometedor, lo femenino fluye por cauces de ternura y afecto. Ellas son las verdaderas semejantes, las que pueden robarle espacios de humanidad solidaria al mundo árido de los hombres. Y hay una escena inquietante, narrada con toda la ambigüedad de una buena literatura: cuando, tras un recital en el Teatro Juárez, Gabriela Mistral estuvo un rato charlando con ella y le retuvo largamente las manos entre las suyas. Dorotea no era mujer de dejarse tocar con facilidad por el azar, pero allí descubrió, dice en el diario, "su hambre de un igual", y hubiese deseado poseer crines, y alas, y cola, y otras partes acariciables del cuerpo, para que ese divino instante no tuviera límites. No fue poco para alguien tan escasamente proclive a lo emotivo.

A esa altura del monólogo nos estábamos quedando casi solos. El ruido de la avenida se iba apaciguando y empezaba a apretar el frío. Un voceador de Ovaciones informaba: ¡Arrasan Bagdad, los cabrones! ¡Nomás porque tienen más pistolas!

Adueñada de todo el espacio del encuentro, Amparo prosiguió:

¿Qué podía ser sino cristera una hija de ex hacendados del Bajío a fines de los veintes? Para ella la santidad del padre Pro no era materia de discusión ni dependía de conjeturales gestiones burocráticas en el Vaticano. Y sin embargo, por esas paradojas que se dan entre lo público y lo privado, en lo personal era más librepensadora que muchas mujeres que participaron en la revolución o que profesaban ideas avanzadas. Desde que decidió que se iba a dedicar a sí misma por sobre todas las cosas la lectura fue su ordenada obsesión. Iba a la biblioteca de los jesuitas, junto al templo del siglo dieciocho, donde desayunaba con los filósofos de la antigüedad griega y merendaba con los novelistas del romanticismo. Después emprendió un viaje por las disciplinas exactas y naturales. Durante algún tiempo le dio por estudiar física y me explicaba las diversas manifestaciones de la electricidad, para finalmente corregir: "Eso es lo que dice la ciencia, pero si tú quieres saber qué es la electricidad, qué es en sí, de eso la ciencia no dice nada."

Una existencia severa, casi monacal... — intervine, para sentir menos incómoda mi pasividad de oyente.

Quién sabe. Se me hace que en sus lecturas Dorotea desplegaba una rica sensualidad, una especie de festín del conocimiento y del goce estético. Digamos que no le faltaba qué sublimar. De cuántas vidas y vicisitudes, asombros y reflexiones, no estaría cargado su espíritu cuando la trastornó ese primo segundo llegado de Europa, pintor y esotérico ("un loco de atar", según mi tío Abundio), que la tuvo una semana desnuda frente a su caballete, acariciándola sólo con la mirada y el pincel, casi sin dirigirle la palabra. Ahí pasó algo que el diario omite pero se intuye por su gravitación en los hechos posteriores. Consumado o no, el sexo se hizo presente sin pedir permiso y la respuesta de Dorotea, o el resultado de esa previsible confusión, fue un rechazo inmisericorde y atroz. Pierre, como se hacía llamar ese diletante, no aparece más en el segundo tomo y apenas vuelve, pero bajo una imagen esperpéntica, al final del tercero. Había resuelto no asearse más, la barba y el pelo le daban un aspecto cavernario y, por último, cuando la mugre de la ropa se volvió insoportable, optó por quemarla en el baño y se paseaba en cueros a través de la enorme habitación donde se recluyó por propia voluntad. Entonces las familias no se desentendían con tanta impavidez de sus locos y marginales, de modo que el fenómeno terminó siendo parte del folklore local. La gente que pasaba ante esa casa de altos por el Callejón de la Gritería no dejaba de lanzar una mirada hacia el balcón donde esporádicamente podían atisbarse fugaces exhibiciones. Pierre no hablaba a su pueblo. Sólo gesticulaba con lenta sobriedad, como diciendo algo que las palabras jamás podrán expresar.

¿Y ahí se corta la historia?

Ésa historia, porque las hay por decenas, unas más insólitas que las otras. Dorotea y Pierre no se vieron más. Él murió desorientado, sin tantear sus coordenadas, tan perdido quizá como nosotros. Sus telas, incluso el fatídico desnudo, quedaron arrumadas en un olvidado sótano de la Calzada San Marcos y se las tragó una demolición. Dicen que ejercía un realismo desolado.

Se hizo un vacío espeso. Entonces Amparo añadió:

El último tramo del diario de Dorotea es un lúcido y despojado trayecto hacia la aceptación de la muerte. Envejeció como había vivido, sin hacerle mucho caso a la gradual decrepitud, descreyendo de las contingencias de la materia. No le importaba su cuerpo, donde se habían simulado tantas batallas inútiles. Lo que la anonadaba era el cese de los sueños que urdieron su vida. Más aún, la certeza de que esa clausura sería seguida por otras, hasta la total extinción de los ámbitos que le fueron entrañables. Temía a la nada, pero lo disimulaba diciendo: "Soy una anciana que se extingue despacio y eso no tiene nada de extraordinario." Al revés de lo que suele suceder, su fe se fue apagando con los años y concluyó diluyéndose en un resignado agnosticismo. Ya postrada, pronunció, como confiándome un secreto: "Me tiene intrigada la supervivencia de las religiones." En las páginas finales se insinúa una voz más profunda, como la de un viento de grave melodía. Las circunstancias se diluyen y prevalecen los grandes trazos, frases simples y densas, depuradas por la decantación de la edad. En un pasaje cita: "La virginidad no se pierde, se gana." Y algo curioso. Yo, que sin duda fui, aunque oscuramente, una persona importante en su vida, no aparezco para nada en esos textos.

Amparo se soltó la cabellera y con el rostro iluminado por una sonrisa cómplice observó: Pero mira dónde nos llevó la evocación. Había caído la noche. Bagdad amanecía bajo las bombas.

Valdivia 37 - Colaboración desde Chile


VALDIVIA 37
Galo Ghigliotto

el guionista que escribe mis sueños
me habla al oído
dice algo que no alcanzo a escuchar
cuando me volteo ya no está y me despierto
tengo un papel adentro de la boca
y tiene escrita la palabra basta!
entonces entiendo:
es tiempo de irse de Valdivia

La Superproducción - Colaboración desde Nicaragua


LA SUPERPRODUCCIÓN
Héctor Avellán

"...y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esta colosal superproducción en la que todos hemos trabajado."
Ernesto Cardenal.

en el canal del tiempo
el pronóstico para Nueva York
no anuncia que las nubes se inclinarán
como a dar un beso
una hecatombe a los rascacielos

ante últimos eventos
de índole mundial

¿es preciso que un poeta se pronuncie?

yo sólo pienso
en los que nos salpicará este lado del mundo
el frenético despertar de quien cuenta las ganancias
y descuida el rebaño
dormido sobre el teclado de la computadora
sobre la calculadora y el dinero ficticio

se trata de la última superproducción
superior a Titanic

donde los edificios que caen
no caen

y las superestrellas que protagonizan este gran filme
esperan las luces las cámaras
la orden de acción
el momento oportuno
para salir con el ketchup sobre el rostro
sin herida alguna
para firmar autógrafos y saludar a los fans
que lloran consternados ante los últimos reportes

porque también es ficción
Realismo mágico
los bombardeos a Sudán
Palestina
Afganistán...

son sólo pequeñas producciones del cine alternativo y
tercermundista
de bajo presupuesto
con actores que no son actores
sino personas de la vida real
amas de casa sin maquillaje
niños y niñas al salir del colegio
sorprendidos por bombas como cámaras in fraganti
muertos de forma anónima
y sin CNN

yo no pienso en los que han muerto
sino en nosotros
el público
hemos visto al financiero tomar la última decisión

¿a cuántos metros de caída libre se muere?

¿sobre mierda de qué perro newyorkino
se reventará el cráneo y
cuánto nos salpicará
a este lado del mundo?

es preciso que un poeta se pronuncie
hable suponga especule y
calle

Juansel y Margaretchel - Colaboración desde Madagascar


JUANSEL Y MARGARETCHEL
Alex Schlenker

...Es que no estoy arreglada señor periodista... entramos en dos, abre el plano, que se vea la pared mordisqueada... listo sonido 5, 4, 3, 2 ...¿jovencito ya están filman... Nos encontramos con la señora Mora quien ha sido víctima del maltrato de dos jóvenes pandilleros quienes, tras despedazar a mordiscos una de las paredes de esta humilde casa, han huido...

Juansel, aún tienes el sabor de las Proistac Forte en la lengua. Tu temblorosa mano sostiene el periódico con el índice y el pulgar. El varón de corbata no te ha notado y comienza lentamente a enrumbarse hacia la salida del metro. Cuando el vagón de la línea San Juan – Luluncoto se ha detenido por completo el hombre afloja brevemente (por fortuna para ti, con la otra mano) el nudo de esa horrible corbata de líneas grises con fondo rojo, como anunciando el fin de otro día de difícil trabajo prejubiláico. Cuando el bulto humano emigra a borbotones del tren, es muy difícil para el hombre sentir cómo ese periódico, su periódico, sustraído de la oficina para ser leído antes de la comida, comienza a deslizarse, aunque éste, en los más estrictos términos matemáticos y físicos —sujeto entre tus dedos— no se mueva, despidiéndose suavemente de su dueño que se aleja en medio del convoy de pasajeros. Para cuando el hombre descubre que bajo su brazo habita una mezcla de sustancias gaseosas y ningún sólido —ni hablar de un periódico— las puertas del M8 se han cerrado para dar paso a la continuación de la ruta. En la última fila de la serpiente de metal y vidrio vas tu, Juansel, indeciso aún si devolverás el bolígrafo que te han prestado para hacer círculos en la sección de clasificados del diario de la tarde con fecha 06 de abril.

El pequeño no ha visto en sus diez años de vida la ciudad y nunca entenderá por qué se llena los bolsillos de granos de maíz, ni por qué al arrojarlos uno por uno al camino —soltándolos lentamente por la ventanilla del expreso San José con rumbo a la capital— las semillas abren sus alas y se alejan volando, negándose a ser signos de un mapa de retorno. Para cuando los padres sacan al niño del bus se ha acumulado una densa nube de amarillas mariposas con cara de grano de maíz sobre las cabezas de los provincianos. Juansel siente que eso no es una buena señal. Aún así piensa que pronto las olvidará.

Señora, háblenos de ella. ¿Es cierto que estaba embarazada cuando llegó?... Ciérrame el puto plano... Que se le vean los ojos vidriosos carajo, todo hay que repetirlo... Está demasiado fuerte la de mil watts...

La señora tartamudea y mira a cámara. Eso molesta, pero no impide. Roberto Rangarotti del Canal 6 responde por ella.

Se alquila habitación Barrio El Maizal Alto Informes calle 5 la tienda de Doña Gertrudis la puerta negra del callejón.

Juansel, has quedado inmóvil, mientras el bolígrafo casi por sí solo ha dibujado un círculo con apariencia de corazón. Ahora presientes una señal —tal vez por el círculo con el que marcaste el anuncio de la sección, o por la sensación de déja vu que te produce el nombre del barrio.

¿Pero es cierto señora que la ataron? Lo que pasa es que... ¿Con cuántas monedas vive Usted al día señora? Y bueno yo tengo.... Otra triste historia de las tantas que a diario nos producen horror y repulsión. ¿Hasta cuándo tendremos que seguir consintiendo que nuestros pobres sean víctimas de la barbarie y el abandono? Corte. Gracias. ¿No estaba un poco lento? Estudio dice que no, que está bien. Marisela quiere unos planos de la cama y del baño. Y tenemos que repetir lo del llanto. Se cruzó un avión en el sonido. ¿Le digo que llore otra vez, o qué? Espera, yo te aviso. Señor, me puede ayudar. Necesito ir a la farmacia. El médico me dio esta receta. ¿Cuando Ustedes bajen, me pueden llevar hasta la Avenida Paño? No, señora. Es que de aquí vamos a entrevistar a la hermana del Congo Martínez, el delantero de la selección.

¿Está alquilando la habitación? Mi novia y yo vamos a tener un bebé y en la casa no había espacio. La anciana te ha mirado con ternura Juansel. Y tú has sabido seducirla con tu cortesía. Le pago apenas consiga trabajo señora. Usted sabe lo duro que está esto. El cubo es romano y tiene dos por dos por dos. El sueño de todo matemático. La única ventana da al patio hilvanado de alambres adornados con ropas de colores. ¿Tienes hambre mi amor?, te pregunta mientras finge no tener un ojo morado. Juansel, has salido a trabajar. En las calles de esta ciudad, mientras Margarechtel lava tu ropa, has visto a un turista caminando con su novia a lo very yes. Sin pestañear has ofrecido mostrarle la plaza desde lo alto de la torre de la catedral y en sus escaleras le has robado la mochila. Toda. Completa. Con sus veiticuatro cierres y sus once velcros. El bulto rojo te ha adornado la espalda durante tu caminata por el centro. Te has sentido importante. Llamó Marisela. Hay que repetir lo del llanto para estar seguros que haya lágrimas. Mejor ahora. Señora, le vamos a poner un poco de sombras bajo los ojos. Algo de rimmel. Así se ven mejor las lágrimas. ¿Me pueden llevar luego a la farmacia? Al rato le preguntamos al chofer de la móvil si la puede acercar. Mire para acá señora, un poco más alto. Así.

Buenas noches señora has dicho. Margaretchel ya se durmió, te ha respondido la dueña de casa mientras te sientas en la silla de alambre y miras cómo la anciana te sirve dos cucharones de esa sopa que aún humea y que seguramente neutralizará el aliento a cerveza. Orgulloso sacas el sobre con los billetes y le pasas la mitad a doña Gertrudis, colocándole los verdes al filo de la mesa, como queriendo que se caigan o que vuelen y te hagan sentir su amo y señor. Amorcito, despiértate un poquito. Oye mamita. La has besado varias veces y ahora no sabes si está realmente dormida o se hace la muerta. Estás excitado. Quieres cinco minutos de carne caliente y suave. Nada más. ¿Acaso uno no ha trabajado todo el día y ahora merece un poco de cariño? A ver señora. ¿Se acuerda que nos contó cómo la amarraron y se llevaron el dinero? Cuéntelo otra vez y trate de llorar como la primera vez. Espera, hay otro avión. Un minuto. Puto barrio. Parece un aeropuerto. Ayayay me haces daño. Me duele. ¿Qué te pasa? No me hagas esto. Juansel, has durado sobre tu mujer escasos tres minutos. El récord de este mes. Ahora apagas la luz y te duermes sudado y agotado. Tratas, eso si, de recordar todo lo sucedido en este día. El inventario se te diluye entre las ovejas que lentamente invaden el recuento. Entre sonidos nasales y bilabiales roncas. Siempre roncas. Señora, no ha hablado del dinero. Apágame esa luz, mierda. ¿Quién es esta? Es la practicante, la que mandaron de la Universidad. Señora, nos tenemos que ir pronto. Hágame un favor, diga claro y fuerte que Usted tenía todos sus ahorros y que ellos se lo llevaron todo y qué se yo. Has tomado el café solo, Juansel. Margaretchel ya está en el patio colgando la ropa. Antes de salir te ha preguntado dos veces de dónde ha salido ese dinero y tú le has gritado que es malagradecida. Ella ha guardado silencio ante los gritos y tú sabes que ella te ha descubierto. Está claro: ella conoce tus movidas antes que las inicies. Sabe que le pegarás en cualquier momento y no le importa. Señora, por favor, no tenemos todo el día. Ya, ya se fue el avión. Pobre Juansel, te has despertado con rabia. Te has enterado que no está y te has vuelto loco. Has roto la pared del cuarto y por ende de la casa. Se ha ido para siempre, añadirá esa señora a la que tanto respetaste y ahora detestas con toda tu fuerza varonil. Partió con tu dinero, y el suyo, con los escasos dineros de este miserable mundo. Aún así se ha ido sola. Y tú la odias por eso. Has abierto la pared a mordiscos y ahora corres por todas las avenidas de esta ciudad, buscando los rastros de tus granos de maíz con alas, aunque sea uno. Uno solo. Corte. Así queda. En la edición le montamos la voz y la música. Empaquen que nos vamos.

La Cadena Que Sujeta Tu Muñeca - Colaboración desde Argentina


LA CADENA QUE SUJETA TU MUÑECA
D. R. Mourelle

Veo venir la vieja y
por vieja
conocida
pasión por las jaulas
propia mansión y ajena
adornada con fausto de cerrojo versado
y telas carnívoras

la veo venir
de la mano de gesto tan humilde como falso
y el olor
que se anuda por sus pliegues
ahora un poco abiertos
lava el mundo y le agradezco
que me haya dado
apenas
tiempo para retirar mi ropa
y conservar las manchas
mi tesoro

Llega la fabulosa pasión por las jaulas
y — los cuadros
se van descolgando ...

Queda — eso sí — la sombra de los bordes
el decir de días y días
infusiones calientes recibidas por espíritu de entraña
lecciones previas al cenit
incluso cuando invierno se agachaba detrás
del arbusto fundido con la pared
de ladrillo puesto en desorden

Y detrás ... lo que llega detrás ... los cascos
a galope del ruido
polvareda
el temblor contra suelo enrejado
perfume de los hierros
el cuero embebido en sal
las cintas
el aire cautivo a la sombra
quietud de asilo
tanta demora detrás
tanto reloj de arena gruesa
de sol reseco
detrás

Veo venir la pasión por las jaulas ...
ya era vieja hace siglos
la recuerdo
vieja cuando — repetidamente
dijera adiós y jugara a no ser
la recuerdo — casi
un poco más

En su no ser
tan de conquistador que abandona el frente
la línea resiente sus doce cromosomas

uno más y el verano se habría rajado al medio
justo al medio
entre la crisma y el martillo
justo antes de chuparse la última gota del árbol que enfriara la infancia
vereda recién baldeada y ya
nuevamente
lozana de tierra de jaulas a cumplir

Y llega
consentida en fuegos varios
consumiendo el brillo de lo ... intrascendente
detrás — hacinada en las ruecas de su detrás
defendida su espalda por muchedumbres cargosas y adictas
al calor de unas pocas retinas
sobrevivientes

Y llegan estas jaulas
apasionadas
a darnos la herramienta que construya
el futuro
bajo sencillo rigor de lo sensato

las veo venir pero no me muevo pues
para hacerlo
debería dejarte sola
en esta mesa
cubierta de libros
que se incendia
y — en lugar de correr
acaricio la cadena que sujeta tu muñeca
y me pregunto si la piedra que reluce contra tu cuello
será fósforo atrapado en los nudos de la profunda
así de roja
y oscura
y enjaulada

y no importa si mantiene la silueta
de la flor que supimos vestir en la guerra
olvidaremos todo menos eso
lluvia que arreciaba el corazón
en otra tarde que perdíamos

Y la vieja pasión por las jaulas vuelve cada año
justo cuando hablamos — en esta mesa
encontrados — detrás y bien encontrados
igual que los chicos cuando cantan el himno por primera vez
e inventan con qué llenar los huecos
o mueven la boca sobre lo que ignoran
primera vez — auténtica — como pocas

Allí — donde la pasión no puede
ni jaula se quiere
aquí
donde cierro un ojo y me abrazo
a tu cadena

Simas - Poesía de uno de nuestros fundadores


SIMAS
Néstor Pedraza

Inicio la inmersión bajo tu ropa y encuentro mi túnel de Alicia hacia lo onírico, hacia la contundencia de tu piel que me da la bienvenida, que me fascina en la invitación a zarpar tras tu resplandor, directo a tus abismos, sin más brújula que tus pasos. La marea de tus palabras en ascenso diluye el tiempo, inunda los canales de tus rutas para que pueda seguirlos, y me libera a mi abandono, a la fantasía de mi boca transustanciándose en la tuya, mis labios felices entre los tuyos felices entre los míos. Tu piel acoge mis manos, categórica me define la realidad para hacerse sueño tras encender el resplandor de tus ojos, que me conduce hacia tus abismos por los socavones inundados de mi conciencia.

Falta - Colaboración desde Argentina


FALTA
Julieta Santos

Harán falta balbuceos turbios
para nombrar lo no-dicho.

Intentaré trazar líneas en fuga
que capturen lo inasible,
tan resistido.

El tímido reflejo que se niega,
vendrá a convertir lo simple
en algo ambiguo...

Sólo confusión
dejaré en tus pupilas asombradas,
y una catártica risa
liberará angustias arcaicas,
para definir un sentido espasmódico,
tibiamente desdibujado
entre pliegues de tu memoria.

Con algunos puntos dispersos,
estará jugando una línea imaginaria
intencionalmente lúdica,
a reunir la múltiple figura de algo inédito.

Quisiera reunir en palabras
los sentidos de estas letras,
pero cada una es sola
y no juega en cuerpo,
sólo en ideas.

Con paciencia
atraviesa esta ondulación:
verás desde cada curva otra imagen,
que acudirá a representarse
en pronombres cautos,
para escandalizar tu estable certeza
sin recaudos.

Cierta latencia se insinúa.
No le creas,
siempre miente...

Juega a la paz
mientras corrompe tu insomnio,
para llenar de tópicos turbios
una fantasía simple.

Sustantivamente,
otra cosa.

Avanza e irrumpe en cada pulso:
infantil y antagónica falta,
sucumbe si te nombro pero...
nunca faltes.

En Noches - Colaboración desde Argentina


EN NOCHES
Rolando Revagliatti

Con gran bochorno de la primavera
las prostitutas reverberan
mofletudas y desabotonadas

En noches de pizarra
saturan los balcones amarillos

Y se arrojan por fin cuando paso
conspicuamente a las tinieblas

Testigo - Colaboración desde Argentina


TESTIGO
Marga Seoane

Sos testigo del cambio de actitud
y no podes contener la sonrisa
que escapa complice del pensamiento,
y las miradas evasivas,
un renovado color rojo en mis mejillas,
te pienso y el mandato es
inmolatorio...
lo que vale se sacrifica
sin miedo a dejar la coherencia
que quiero conquistar...

Otra Historia - Colaboración desde Chile


OTRA HISTORIA
Pablo Cassi

Mi casa seguirá siendo una calle miserable
en cualquier esquina de la vida
un signo de vaguedad extrema
un vaivén de tardes innumerables.

Veinticinco años exactamente transcurrieron
para inventarte en otra historia,
una más de tus grotesca partidas,
dar cuerda a tu reloj imaginario.

De enero a diciembre vivo esta absurda peregrinación
una lágrima ensimismada en el recuerdo
con la soledad que me empuja hacia tu cuerpo.

Trazo una línea en medio del aire,
algo de nuestra existencia sobra en todas
partes.

¿Qué recuerdo nos queda del mundo que
tuvimos,
sumar a la eternidad el infinito?

Respuesta a una Barroca Declaración de Amistad - Colaboración desde Cali, Colombia


RESPUESTA A UNA BARROCA DECLARACIÓN DE AMISTAD
Beatrice Aguirre Zúñiga

Difícil me ha quedado
enfrentarme a ti, genio de la mayéutica,
y claro, ¡a tan adornados lenguajes!

Pero haré todo mi esfuerzo
para componerte un verso
porque tú, mi querido menso
no mereces algo diferente de eso.

Me llena de alegría
saber que no eres una porquería
porque con esa salamería
contigo hasta el cielo iría

Tu amistad y tu compañía
son una majadería,
por la primera
una patada te daría
y por la segunda
¡desde mi ventana te botaría!

Luego corriendo bajaría
y en la sepultura te dejaría,
con un letrero enorme que diga
que todo esto es una mentirilla
porque realmente por ti moriría
y entera mi vida por ti daría.

Historia de Damián - Colaboración desde Israel


HISTORIA DE DAMIÁN
Andrés Aldao

…comprendí que no podíamos
entendernos. Éramos demasiado
distintos y demasiado parecidos.
No podíamos engañarnos,
lo cual hace difícil el diálogo.

Jorge Luis Borges, "El Otro"

Era un tipo enjuto por vocación y figura. Apareció una mañana envuelto en su enjutez, sosteniendo el cigarrillo con esa pulcritud que luego iba a ser la comidilla del personal. Sobrio en el hablar, frugal, ojos ceniza de mirada abatida y huidiza, también su manera de pitar el cigarrillo, difícil definirla, era como distinguida, algo lacónica tal vez. No sonreía excepto un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta. Lo conocí allá por la década del setenta. Yo era secretario de redacción de una revista de la industria maderera y necesitaba un redactor: me había decepcionado de los muchachos que se enganchaban como periodistas y a los dos meses se mandaban mudar sin siquiera avisarme.

Damián Domínguez se presentó con un hilo de voz. Dos veces tuve que pedirle que me repita el nombre.

—Vengo por el aviso —precisó luego.

—Usted no es un pibe —le insinué— y aquí no pagan mucho sueldo, ¿sabe?

—Necesito trabajar, pruébeme. No tengo pretensiones.

Lo mandé hacer una nota a un aserradero. No perdía nada. Volvió después del mediodía y preguntó si podía pasar la nota en la Olivetti 44. Estaba en un rincón de la oficina, arrumbada sobre una mesa tumefacta y gris. Lo escuché teclear con la misma módica elegancia que empleaba para todos sus actos y gestos. Estaba sumido en la corrección de pruebas de galera cuando el flamante redactor, sigiloso, casi en punta de pies, me acercó su artículo. Podía percibir su mirada tratando de descifrar mis sensaciones, penetrar en mi masa encefálica y descubrir las reacciones que me generaba la lectura. Terminada ésta, hice como que aún leía el texto, levanté la vista y regresé a la hoja de papel: quería confundirlo, poner distancia entre los dos. Luego —tal vez porque le di la oportunidad contrariando mi primera reacción— le dije con algo de fastidio:

—No lo tome a mal, Domínguez, pero esta nota tiene demasiada calidad para nuestra publicación: nosotros hacemos periodismo —esto último lo dije con cierta ironía.

—Podría retocarla, hacerla más simple: necesito el trabajo —respondió impasible.

—Escúcheme, lo que usted escribió tiene nivel, pero es demasiado lírico para describir las actividades de un aserradero. No sé que decirle... ¿Sabe qué? ¡lo tomo! —le dije. Fue un impulso que aún hoy no me explico.

Así comenzamos nuestra relación, resaltada por la parquedad de Damián, su labor silenciosa, la capacidad de escribir buenos artículos periodísticos y la fluidez de sus conocimientos en política e historia

Es curioso: por regla general los lugares de trabajo se convierten en un vivero de amistades transitorias y perecederas, en una fuente de compañerismo que a veces enhebra la vida de las personas, o une como pareja a un hombre y una mujer. Damián no era hosco: por el contrario, irradiaba generosidad. Sus buenas maneras no parecían una pose o el ejercicio meticuloso de la simulación. Empero, una delgada hebra de duda se interponía entre su conducta cotidiana y cierta reticencia que emanaba de su persona: como una delgada malla imposible de explicar.

Hombre taciturno y soñador, dejó Montevideo para buscar ocupación. Trabajó como oficinista y escribía por las noches cuentos y poemas. Al perder ese empleo se convirtió en vendedor de colecciones de libros a domicilio (por lo que sé, jamás vendió alguna). Luego encontró ocupación en una librería céntrica. En realidad, nunca me dijo en qué lugares precisos trabajó. Tampoco mencionaba a su familia. Eran sus conos de sombra, el eclipse que dejaba en tinieblas los lados más íntimos de su personalidad.

Pasaron algunos meses; Damián y yo hicimos buenas migas. Comentábamos temas de historia, literatura o hechos políticos y con frecuencia cenábamos en el Pipo o Bachín. Eran los tiempos del cine Lorraine, los bares La Paz y El Foro, la facultad de Filosofía y Letras, la polémica ruso–china, el espejo fruncido de la revolución cubana y los grupos de izquierda que actuaron en las grandes tormentas del sesenta y el setenta.

Lector de MARCHA, admiraba las notas de Quijano y Ángel Rama. Pero Damián jamás se enzarzaba en discusiones que pudieran conducir a encontronazos irreparables; prefería quedarse silencioso, algo ido, como ausente. Tiempo después descubrí que esos silencios eran huidas de la realidad. En ciertas ocasiones parecía un hombre sin vida, las cuencas de sus ojos resaltaban oquedad, permanecía estático, como en estado de catalepsia. Luego se recuperaba, su rostro cobraba vida y daba la impresión de que regresaba de una larga travesía, o que trepaba desde un profundo precipicio. Nunca se me había ocurrido reflexionar sobre el carácter y la personalidad de Damián. En definitiva, Domínguez era un integrante más del personal.

Una tarde, antes de retirarse de la oficina, me comentó que se sentía sin fuerzas y angustiado. Fue un comentario impropio de su personalidad retraída.

—Necesitaría algunos días de licencia —agregó—, mañana me confirma si es posible.

—Lo voy a considerar, Damián… ¿Quiere venir a tomar un café a Sorocabana?

—Gracias, pero estoy apurado, me esperan. Déjelo para otro día. Chau.

Agarró su desvencijado portafolio y salió de la oficina —se evaporó más bien—, pulcro y discreto como un duende. Al día siguiente, jueves primero de noviembre, día de todos los Santos, Damián no apareció por la oficina. Tampoco el viernes. El lunes no se hizo presente en la redacción y eso ya nos preocupó. Llamé a la pensión en la que vivía y la dueña me dijo que Damián no había regresado desde la mañana del miércoles 31. Un desvanecimiento total y misterioso.

Después de un tiempo el asunto Damián pasó al archivo de sucesos extraños. Una personalidad como la suya no podría borrarse con liviandad cortesana. Retornaba de vez en cuando envuelta en un signo de interrogación y luego se disipaba, hasta que otro hecho fortuito rescataba su imagen. Pero con el tiempo fue empalideciéndose hasta quedar borrada.

Cuando me convencí de que no regresaría, decidí sacar sus pertenencias personales del escritorio haciéndole lugar al nuevo cronista. Había sido un día tranquilo y el último número de la revista se estaba distribuyendo. De lo que había allí me llamó la atención una carpeta: le eché una ojeada y hallé en su interior varios cuentos rubricados por Damián. Llamó mi atención uno de ellos titulado El Laberinto. Lo tomé y comencé a leerlo. No pude dejarlo: fue como introducirme en un mundo tétrico, disparatado y enfermizo. Finalicé la lectura y me quedé tamborileando sobre el escritorio. Era un cuento extraño, la alucinación desbordada de un beato cuyo fanatismo lo situaba en el umbral del absurdo. No sabía qué pensar aunque traté de atar algunos cabos, engarzar la personalidad del personaje con lo que sabía de Damián. Era como hilar muy fino y mi imaginación, bajo llave, no captaba esa dimensión tan abstrusa.

Retirado del periodismo, hace unos meses fui a escuchar una disertación sobre historia. Al salir de la sala vislumbré en la puerta de un bar a un tipo enjuto de maneras muy suaves, hablando con otra persona. No lo podía creer… me acerqué y le dije: “Perdone, ¿usted no es Damián Domínguez?”. Contemplé los ojos ceniza del tipo y recordé a alguien cuya desaparición me intrigó durante años. El hombre quedó callado; apenas esbozó una sonrisa. Me sentí conmovido contemplando aquella sonrisa (un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta). Ya no tuve dudas. Extendiéndole la mano le dije:

—Tantos años Damián, ¿qué le pasó, che? ¿Por dónde anduvo?

—Perdóneme —susurró—, usted me confunde con mi hermano. Mi nombre es Walter, Walter Domínguez: Damián y yo éramos gemelos.

—No sabía que tenía un hermano. Es asombroso: fíjese que hace por lo menos un cuarto de siglo que le perdí la pista a Damián y al verlo a usted parado en la puerta de este bar me pareció estar delante de una visión. ¿Qué se hizo de Damián? Nunca más supimos de él. Incluso su último sueldo quedó en la redacción. Mire, si tiene unos minutos lo invito a tomar un café. Venga, vamos a ese bar de la esquina.

Se despidió de su interlocutor. Cruzamos hacia el bar de Montevideo y Corrientes y pedimos dos cortados. Mientras esperábamos él encendió un cigarrillo; lo contemplé a través de la densa bruma de humo. Un tipo muy envejecido. Las arrugas en la comisura de los ojos me hicieron recordar a Damián. Un detalle fugaz llamó mi atención: cierto resplandor difuso en la retina.

—Cuénteme por favor lo ocurrido con Damián —le dije.

—Es una historia larga y muy compleja. Mi hermano era un muchacho culto, incluso escribió muy buenos cuentos y poemas en Montevideo. No teníamos buenas relaciones: Damián era talentoso y yo un fiasco muy grande, siempre resentido y envidioso. Envidiaba su capacidad para escribir y hacer amistades. También el éxito con las mujeres me provocaba rencor. Una noche —ya éramos muchachos grandes— lo vi leyendo la novela de Benedetti La Tregua y para mortificarlo le dije que era una basurita romántica. Damián no era capaz de alzar la voz pero esa vez lo vi empalidecer: “Andáte, Walter, ¡sos un hijo de puta!” me gritó. Damián se fue de casa. Vivía en una pensión de la calle San José y la Río Negro, en Montevideo, y de tanto en tanto visitaba a nuestra madre.

Sonrió apenas e hizo una pausa. Ansioso, sorbió el cortado de un tirón, como desesperado. Sus ojos contemplaban a los peatones, escasos, que caminaban por Corrientes recorrida por la brisa de la medianoche. Entonces le dije:

—Perdóneme: ¿nunca se reconciliaron, o al menos llegaron a una especie de armisticio?

—Al tiempo me encontré con Damián en Buenos Aires. Le traje algunas cosas que le mandó nuestra madre y no volvimos a pelearnos. Para mí la cosa no fue tan sencilla. Usted sabrá que esas rencillas entre hermanos se fundan en nimiedades, celos, futilezas de la edad. El tiempo hace lo suyo, pero en mi caso había sobrevivido el rencor.

—¿También Damián tenía ese sentimiento?

—No lo sé, pero supongo que en Damián era más dolor que rencor. Mire, un día viajé para arreglar asuntos de la herencia. Yo quería vender la propiedad de mis padres pero Damián no estaba convencido y entonces discutimos. A la semana volví a Buenos Aires y lo cité en el Once. Yo había arribado esa mañana en el vapor de la carrera, pero Damián nunca llegó a la confitería La Perla: tuvo un accidente trágico… Fue a tomar el subte en la estación Piedras y cayó a las vías cuando entraba el tren. No tenía documentos encima y nadie lo reclamó. Eso ocurrió el 31 de octubre de 1974.

—¡Qué barbaridad, pobre muchacho! ¿Pero usted cuándo se enteró?

—La misma tarde en que desapareció —me dijo con aquel hilo de voz y la languidez que parece ser una característica de los hermanos Domínguez. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para captar las últimas palabras.

—No lo entiendo, ¿y porqué no nos avisó?

—Fue imposible, créame —susurró con suavidad, casi con desgano—. Estuve preso.

Me sorprendió. No sabía cómo encararlo pero me animé:

—Disculpe que me entrometa en sus cosas, ¿qué le ocurrió, porqué estuvo preso?

El hermano de Damián, mirando hacia la calle, agregó:

—¿Quiere saber porqué estuve preso? Damián no se cayó: fui yo el que lo empujó a las vías del tren. Hace unos días que recobré la libertad. Pasé en la cárcel veintisiete años —murmuró con dulzura mientras esbozaba un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta.

—¿Dónde está enterrado? —le pregunté confundido. No me respondió.

Atiné a decirle que lo lamentaba. Pagué la cuenta y salimos. Dejé a Walter Domínguez en la esquina de Rodríguez Peña y Corrientes. Mientras se perdía en la noche, su modo de caminar me retrotrajo a la imagen del hermano, aquellos pasos suaves y módicos. El viento del río era fresco; eché a andar hacia el Obelisco. Tenía ganas de caminar por la Corrientes fantasmal mientras mi mente reelaboraba lo ocurrido. No podía dejar de pensar en la muerte de Damián y en la personalidad del hermano cuyas frustraciones, probablemente, lo llevaron al fraticidio.

Me eché sobre la cama, las manos detrás de la cabeza, el pucho colgando de los labios y la ceniza columpiándose, a punto de caer. Mi mujer dormía con placidez y yo reabría la historia de los hermanos Domínguez. La imaginé una parábola montevideana de Abel y Caín. Una idea maligna se me ocurrió, una idea para sobresaltar a viejitas que toman el té con masas en Las Violetas a las cinco de la tarde. Pero el sueño me tumbó.

A la mañana siguiente fui a visitar a Félix, un amigo que trabaja en los archivos de LA NACIÓN. Le pedí que revisara las noticias policiales aparecidas en el mes de noviembre del año 1974. Nada: nadie caído entre las vías del subte A, ningún accidente en la estación Piedras, ningún Damián, ningún crimen, ningún uruguayo, ningún extraño. Nada.

Volví a mi casa y le conté a mi mujer el raro encuentro con el hermano de Damián, la historia que me narró y el resultado negativo de mi búsqueda. Contemplándome con malicia susurró: “Averiguá en el depósito de fiambres”. No entendí dónde estaba la gracia, pero le hice caso.

Llegué temprano a la morgue. Le mostré mi carné de periodista al empleado del archivo, un tipo alto de rostro pálido, piel agrietada y amarilla. Sólo el guiño involuntario de sus párpados me convenció de que pertenecía al mundo de los vivos. Le pedí que buscara en el libro de entradas los datos de cadáveres llevados a la morgue entre el 31 de octubre y los primeros días de noviembre de 1974. Revisó entre las páginas mustias y resecas de un bibliorato lleno de polvo y telas de araña, luego se encogió de hombros y me dijo: “Durante esos días no hubo ningún caso de NN recogido en las vías del subterráneo”. Exánime, el tipo alto de rostro pálido volvió a sus guiños involuntarios.

Regresé a mi casa y le conté a Odina, mi mujer, el fracaso de esas averigüaciones: “Ninguna noticia en los diarios —le dije—, en la morgue no recibieron tipos caídos en las vías del subte: creo que voy a mandar todo el asunto al diablo”. Con los ojos puestos en la jaula donde el canario efectuaba sus piruetas, me insinuó: “Dejá a los muertos en paz y buscá algo que tenga relación con los vivos…”. Sus palabras fueron acompañadas de sugerencias concretas. Me parecieron razonables. Decidí que éste sería mi último intento. Escribí una nota, la fotocopié enviándola a diversos institutos de Buenos Aires y la periferia. Y me dispuse a esperar un milagro.

A las dos semanas llegó un sobre. Lo abrí con impaciencia y leí: “A su pedido se le informa que una persona de ese nombre está internada en este hospital desde hace veintiocho años y padece un tipo singular de esquizofrenia. Por sus reiterados períodos de agresividad fue recluido en un pabellón de internos peligrosos”. La frase final decía: “En el último año fue autorizado a salir de este nosocomio los fines de semana por el término de setenta y dos horas. A pesar de su mejoría, al paciente Damián W. Domínguez no se le puede dar el alta”. Lo firmaba un tal doctor Alberto Inchauspe, director del Departamento de Psiquiatría del Hospital Borda.

 
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