septiembre 21, 2007

Digresión - Colaboración desde México


DIGRESIÓN
Eduardo Lucio Molina y Vedia

¿Quién hubiera dicho que Amparo tomaría el atajo de los recuerdos? Entre la amistad y el amor, la calidez de nuestra cita admitía cierta ambivalencia. El lugar inhóspito, de paso, hecho para el ajetreo y la pausa bulliciosa en horas de trabajo, era un desafío. Pero aunque el ambiente se había venido preparando desde hacía tiempo ninguno de los dos pudo prever el abismo que abriría en torno nuestro la barbarie de los tiempos. Y sin embargo, tras algunas vacilaciones y rodeos, como si nada extraordinario estuviera ocurriendo en ese instante, o como si hubiese hallado el tenue exorcismo necesario, Amparo entró de lleno en su relato:

Aunque la traté desde siempre, yo conocí en realidad a mi tía abuela Dorotea Zorrilla, de Guanajuato, leyendo su diario personal. Ahí detalla hasta la minucia seis décadas de resistencia al matrimonio y otros diversos tedios familiares. Fue una mujer ásperamente independiente, obligada a una austeridad afectiva que le agrió el carácter. La recordaba intolerante y odiosa cuando en mi adolescencia me llegó su invitación a visitarla porque, según me adelantaron, quería dejarme su legado espiritual. Y allá fuimos desde Morelia, donde nos habíamos instalado con el clan materno cuando murió mi padre. La herencia eran esos cuatro tomos de recuerdos y reflexiones cuidadosamente encuadernados en piel. Me los dio sin ceremonia ni solemnidad, como entregando el alma.

La evocación de Amparo había creado un remanso de nostalgia en esa mesa de La Veiga que daba al infierno de Insurgentes a la hora del estrés. Acababa de estallar la guerra del Golfo y comencé dándole la noticia que había escuchado en el taxi. Entonces nos dijimos algunos silencios y perplejidades -porque lo que sucedía en el otro extremo del planeta nos desbordaba- hasta que no sé cómo Dorotea salió al quite. Tuvo que ver con la película El ladrón de Bagdad, donde un hombre se transformaba en perro bajo el encantamiento de un hechicero, y estaba hablando cuando las palabras se le convertían en ladridos, y doña Dorotea comentó que así era en la realidad, sin trucos ni brujerías, que sobraban las ocasiones en que los hombres comenzaban hablando y terminaban ladrando. Ahí enganchó Amparo el tren de su memoria y siguió:

Acabé devorándome esas páginas, donde desfilaban generaciones y vertientes de historia viva. Lo primero que me atrajo fue una larga lista de razones por las que jamás se casaría. Databa de sus dieciocho años. No retengo cada apartado pero sí que todos apuntalaban la defensa de un territorio por crear: el de una soltería feliz. Quizá también, aunque no es seguro, el de una homosexualidad impuesta y a la vez reprimida por el entorno provinciano. Una de las cláusulas aduce que un par de individuos capaz de tolerar la simbiosis conyugal no merece la felicidad. Sobre el dilema de la pareja abierta opina que fue superado por la práctica. No condena la infidelidad sino lo que llama "sincericidio", al que define como un harakiri de a dos donde la sinceridad es instrumento y víctima. Hay alguna referencia al deterioro que se cobra el ejercicio del poder y al privilegio de quienes luchan contra él. Aunque para hacerlo -explica- deban contaminarse con un razonable acopio de esa lacra, nunca tan provisoria ni reversible como se imagina. Lo cierto es que los hombres son secundarios en esos textos, y se los trata con el cuidado y la distancia con que se puede manipular a un insecto desconocido.

Mientras Amparo hablaba, yo permanecía en otra frecuencia. No es que a mi edad, una invasión norteamericana me quitara el sueño. Tampoco que el ataque a Irak fuese algo inesperado, con poca publicidad previa. La consternación, el escándalo, eran cualitativos, y apenas me dejaban seguir la historia de Dorotea. Tal vez fuera ese aparente consenso que rodeaba a la masacre. Aunque inducido y hasta simulado por los medios masivos, era obsceno, y tenía pese a todo un efecto aplastante. Una pantalla de televisión mostraba cómo una bomba inteligentísima se metía por la boca de una chimenea. Pasó, como una ironía, la niña que reparte flores. Iba a proponerle a Amparo que lloráramos juntos cuando tuve en cuenta la advertencia de mi amiga Susana, según la cual no hay pareja que sobreviva a un llanto compartido. Así que me dispuse a acompañarla en su incursión por el pasado. El lugar hostil, el ruido de la calle y de las conversaciones, el chasquido de vasos, platos y botellas, no ayudaban. Pero Amparo continuó:

Los hombres no la movieron a Dorotea. Si hay dos o tres que logran ganar los sobresaltos de su sangre, resultan rápidamente neutralizados mediante pulcras estrategias de distanciamiento. Con las mujeres, en cambio, es distinto. Sin que ocurra nada espectacular ni muy comprometedor, lo femenino fluye por cauces de ternura y afecto. Ellas son las verdaderas semejantes, las que pueden robarle espacios de humanidad solidaria al mundo árido de los hombres. Y hay una escena inquietante, narrada con toda la ambigüedad de una buena literatura: cuando, tras un recital en el Teatro Juárez, Gabriela Mistral estuvo un rato charlando con ella y le retuvo largamente las manos entre las suyas. Dorotea no era mujer de dejarse tocar con facilidad por el azar, pero allí descubrió, dice en el diario, "su hambre de un igual", y hubiese deseado poseer crines, y alas, y cola, y otras partes acariciables del cuerpo, para que ese divino instante no tuviera límites. No fue poco para alguien tan escasamente proclive a lo emotivo.

A esa altura del monólogo nos estábamos quedando casi solos. El ruido de la avenida se iba apaciguando y empezaba a apretar el frío. Un voceador de Ovaciones informaba: ¡Arrasan Bagdad, los cabrones! ¡Nomás porque tienen más pistolas!

Adueñada de todo el espacio del encuentro, Amparo prosiguió:

¿Qué podía ser sino cristera una hija de ex hacendados del Bajío a fines de los veintes? Para ella la santidad del padre Pro no era materia de discusión ni dependía de conjeturales gestiones burocráticas en el Vaticano. Y sin embargo, por esas paradojas que se dan entre lo público y lo privado, en lo personal era más librepensadora que muchas mujeres que participaron en la revolución o que profesaban ideas avanzadas. Desde que decidió que se iba a dedicar a sí misma por sobre todas las cosas la lectura fue su ordenada obsesión. Iba a la biblioteca de los jesuitas, junto al templo del siglo dieciocho, donde desayunaba con los filósofos de la antigüedad griega y merendaba con los novelistas del romanticismo. Después emprendió un viaje por las disciplinas exactas y naturales. Durante algún tiempo le dio por estudiar física y me explicaba las diversas manifestaciones de la electricidad, para finalmente corregir: "Eso es lo que dice la ciencia, pero si tú quieres saber qué es la electricidad, qué es en sí, de eso la ciencia no dice nada."

Una existencia severa, casi monacal... — intervine, para sentir menos incómoda mi pasividad de oyente.

Quién sabe. Se me hace que en sus lecturas Dorotea desplegaba una rica sensualidad, una especie de festín del conocimiento y del goce estético. Digamos que no le faltaba qué sublimar. De cuántas vidas y vicisitudes, asombros y reflexiones, no estaría cargado su espíritu cuando la trastornó ese primo segundo llegado de Europa, pintor y esotérico ("un loco de atar", según mi tío Abundio), que la tuvo una semana desnuda frente a su caballete, acariciándola sólo con la mirada y el pincel, casi sin dirigirle la palabra. Ahí pasó algo que el diario omite pero se intuye por su gravitación en los hechos posteriores. Consumado o no, el sexo se hizo presente sin pedir permiso y la respuesta de Dorotea, o el resultado de esa previsible confusión, fue un rechazo inmisericorde y atroz. Pierre, como se hacía llamar ese diletante, no aparece más en el segundo tomo y apenas vuelve, pero bajo una imagen esperpéntica, al final del tercero. Había resuelto no asearse más, la barba y el pelo le daban un aspecto cavernario y, por último, cuando la mugre de la ropa se volvió insoportable, optó por quemarla en el baño y se paseaba en cueros a través de la enorme habitación donde se recluyó por propia voluntad. Entonces las familias no se desentendían con tanta impavidez de sus locos y marginales, de modo que el fenómeno terminó siendo parte del folklore local. La gente que pasaba ante esa casa de altos por el Callejón de la Gritería no dejaba de lanzar una mirada hacia el balcón donde esporádicamente podían atisbarse fugaces exhibiciones. Pierre no hablaba a su pueblo. Sólo gesticulaba con lenta sobriedad, como diciendo algo que las palabras jamás podrán expresar.

¿Y ahí se corta la historia?

Ésa historia, porque las hay por decenas, unas más insólitas que las otras. Dorotea y Pierre no se vieron más. Él murió desorientado, sin tantear sus coordenadas, tan perdido quizá como nosotros. Sus telas, incluso el fatídico desnudo, quedaron arrumadas en un olvidado sótano de la Calzada San Marcos y se las tragó una demolición. Dicen que ejercía un realismo desolado.

Se hizo un vacío espeso. Entonces Amparo añadió:

El último tramo del diario de Dorotea es un lúcido y despojado trayecto hacia la aceptación de la muerte. Envejeció como había vivido, sin hacerle mucho caso a la gradual decrepitud, descreyendo de las contingencias de la materia. No le importaba su cuerpo, donde se habían simulado tantas batallas inútiles. Lo que la anonadaba era el cese de los sueños que urdieron su vida. Más aún, la certeza de que esa clausura sería seguida por otras, hasta la total extinción de los ámbitos que le fueron entrañables. Temía a la nada, pero lo disimulaba diciendo: "Soy una anciana que se extingue despacio y eso no tiene nada de extraordinario." Al revés de lo que suele suceder, su fe se fue apagando con los años y concluyó diluyéndose en un resignado agnosticismo. Ya postrada, pronunció, como confiándome un secreto: "Me tiene intrigada la supervivencia de las religiones." En las páginas finales se insinúa una voz más profunda, como la de un viento de grave melodía. Las circunstancias se diluyen y prevalecen los grandes trazos, frases simples y densas, depuradas por la decantación de la edad. En un pasaje cita: "La virginidad no se pierde, se gana." Y algo curioso. Yo, que sin duda fui, aunque oscuramente, una persona importante en su vida, no aparezco para nada en esos textos.

Amparo se soltó la cabellera y con el rostro iluminado por una sonrisa cómplice observó: Pero mira dónde nos llevó la evocación. Había caído la noche. Bagdad amanecía bajo las bombas.

No comments yet

 
Theme By Arephyz, Modified By: §en§ei Magnu§ and Powered by NEO