septiembre 04, 2007

David & Goliat - Colaboración desde Colombia


DAVID & GOLIAT
Pablo Estrada

—Mire, lo que pasa es que no podría arreglar este asunto “de hombre a hombre” con un sujeto que usa los pantalones abajo del culo como Cantinflas y que tiene rayitos rubescentes en la parte trasera de una pingüe cresta de pelo—, dije.

—Pues, me extraña eso proviniendo de un tipo con el pelo largo (el que le queda) y que usa aretes.

—Este hijo de put… —balbucí y le conecté un buen par de golpes secos en rápido juego de manos e inmediatamente me puse en guardia.

El primero fue un garrotazo cómodo en uno de sus blandos mofletes. Fue como apalear un cadáver, como dejar caer un riñón al piso. Lo malo fue que cuando le pegué en su abotagado carrillo de Kiko, salpicó saliva en mi mano. ¡Qué asco! El otro puñetazo fue en la mandíbula, más recio para mí, el impacto aporreó duro mis nudillos, y yo que creía que con eso iba a abatirle, pero ni siquiera le hice recular un paso. Se quedó allí, tan campante.

Hice una finta y le descargué una desordenada andanada de trompadas que en su mayoría no atiné a encajar.

—¡Cáigase, gordo hijueputa! —, rugí a todo pulmón y le empujé como un enano que trata de mover una enorme roca.

El impávido coloso siguió allí como una puta columna de piedra que ni el paso del tiempo afecta. Yo ya quería que toda aquella triste función acabara, que apagaran las luces y todo el mundo fuera a casa: no me gusta pelear. Odio golpear y más aún que me golpeen. Me encanta el boxeo y las peleas limpias que se resuelven con un par de hits bien dados como hacía Colt Seavers en Profesión peligro o The fall guy, pero eso jamás sucede en la vida real. Y aquello casi era la vida real.

El gordo hijueputa me dio un golpe con la mano abierta en el costado izquierdo de la cabeza. Y me derribó. Un zumbido incisivo como los feed-backs de las guitarras eléctricas de Sonic Youth, Pixies o Nirvana se instaló en mi oído sin que pudiera disfrutarlo a gusto. ¡Mierda: estaba completamente perdido! ¿Qué seguiría? ¿Me patearía la cara, el gordo hijueputa, con esas zapatillas deportivas que yo jamás usaría?... Sólo me gustan las clásicas, Adidas Country por ejemplo… ¿Defecaría sobre mí sin necesidad de bajarse esos pantalones de cagar parado que se pone?... No lo sabía.

El gordo hijueputa, sin embargo, no se movía. Parecía exhausto como un toro de lidia al final de la corrida con las banderillas clavadas en el lomo. Fue entonces que me di cuenta que de uno de sus morros escurría un hilillo de sangre y saliva: le había, yo, reventado la jeta. Si lo notaba, seguro iba a aplastarme como a la cucaracha que en ese momento era. Me puse de pie tan rápido como pude sin ayuda ni arengas de las posibles porristas, las chicas a quienes yo trataba puerilmente de impresionar, acusando, ofendiendo y desafiando al gordo hijueputa que en ese instante seguía de pie frente a mí como un animal estúpido.

—Yo creo que esto no va para ninguna parte —me atreví a decir. Todos a mi alrededor me miraron como si fueran el jurado de una corte y yo el acusado que se declara culpable.

—Lo mejor es que se vaya y nos deje resolver esto a nosotros —dijo una de las chicas.

—Pero yo sólo trataba de ayudar —alegué en mi defensa.

—¡Pues vaya forma de ayudar! —comentó otra chica. La que a mí me gusta.

—Si lo único que hice fue denunciar a este… (¿qué expresión usar: granuja, bribón, truhán o tunante?, todas terriblemente anacrónicas y que seguro me convertirían en el hazmerreír) oportunista, que se aprovecha de la ausencia de mi amigo y pone la situación a su favor…

—¡Ay! Eso no se lo cree ni usted mismo —dijo la chica que acababa de cortar con mi amigo, que además de novio era administrador del lugar donde ahora estábamos y del que se había ido después de que la pusiera a decidir (como mujer y como propietaria) entre él y sus amigos y ella vacilara…

—¡Claro que sí! —afirme como si hiciera pataleta.

—¿Por qué mejor no se va? —preguntó otro sujeto allí presente, manzana de una discordia diferente.

El corrillo que se había formado se disolvió. El gordo hijueputa se limpió la boca como si nada. La chica que me gusta me miró mal antes de dar media vuelta y alejarse.

—¿Qué les pasa a todos? ¿Ustedes han visto La estrategia del caracol, la película de Sergio Cabrera? Pues esto también es por la dignidad, la del amigo… ¿Acaso es que la dignidad no vale? ¿Acaso es que esa palabra no existe?

Todos se rieron. Y no era una risa falsa, era auténtica y espontánea. Se burlaban de mí, de lo que decía. Todos: las cuatro chicas, los dos sujetos y el viejo prestamista. ¡Todos!

Pues un día encontrarán este lugar destrozado y un letrero que ponga: “Ahí tienen su hijueputa sala de ensayos pintada”, y sólo podrán entenderlo los que hayan visto algo de cine colombiano, pensé.

Agarré mi maleta del suelo y me largué dando un portazo. Oprimí el botón para pedir el ascensor. No subió. Bajé el primero de los cuatro pisos por las estrechas escaleras de aquel viejo edificio del centro de Bogotá. En el camino me tropecé con un gordo enorme. Me preguntó algo, no le oí bien, el pitido en mi oído iba en aumento. Repitió su pregunta más alto. Quería saber dónde quedaba el lugar del que yo acababa de salir. Buscaba a su hermano David. Alguien había llamado a su celular para decirle que se estaba peleando. Demasiadas explicaciones para mi gusto.

—Es arriba… pero por lo que sé ya no está peleando.

El gordo enorme siguió su rumbo de prisa. Ni siquiera me dio las gracias por la información: estas nuevas generaciones se han olvidado las viejas malas costumbres como saludar, agradecer o pedir el favor… ¡Hijos de puta!

Bajé el resto de las escaleras pensando que si yo hubiese escrito la Biblia, David y Goliat serían un par de hijueputas que se olvidan de sus diferencias para unirse en contra de un pobre diablo filisteo como yo al que detestarían por impertinente y entrometido.

Antes de llegar al primer piso rogué para que el ascensor siquiera descompuesto y no bajaran en él los dos gordos a partirme el alma y para que el zumbido en mi oído desapareciera pronto.

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