septiembre 04, 2007

¿Quién Putas es Edgar Ping Vélez? - Colaboración desde Colombia


¿QUIÉN PUTAS ES EDGAR PING VÉLEZ?
Lina María Medina

Por ahí dicen que escribí un "soneto" con un tal Edgar Ping Vélez. En realidad no he conocido nunca a dicho personaje, pero tratando de revelar aquel misterio, me acordé de Edgardito, un Don Juan de Sierra Adentro, nativo de Riohacha, con voz de vallenato pelao y mulato de rizos negros. El compadre Edgardito, que así le decíamos de cariño, se llamaba Edgar José y seguramente no podría ser el mismo Ping, pues en el norte del país los apellidos no suenan a apelativo gringo.

Su segundo apellido, Vélez, me suena a presidente colérico que no permite una refutación argumentada. Y pensándolo bien, dicho carácter coincide con un sospechoso que ya distinguía. Un compositor capaz de inventarse un alias con tal de no volverme ver. Un artista que no tuvo las huevas de escribir su verdadero nombre, pero que sin duda las tiene muy grandes. Es más, me atrevería a decir que tiene algo mucho más grande, y es su exquisita habilidad para convertir las ideas en pura literatura excelsa.

No nos hagamos, entonces, los pendejos. A ese Ping —que rima con ruin—ya lo conozco, o al menos creo conocerlo. Es como cuando uno se encuentra en un bar de mala muerte y sin aún estar tan inundado del elixir antioqueño, conoce al de la barra, al amigo que siempre quiso tener, al hombre con el que siempre quiso vivir, al espejismo que vino a inventar para eludir a los idiotas serviles del amor. Es así como ocurre: hablas un par de horas y parece que lo conocieras desde hace mucho tiempo, te pasa la mano por la espalda y parece que el deseo atragantara tus palabras, te deja de llamar y enloqueces pensado que sólo te quiere utilizar. ¡Qué estilos pictóricos podríamos crear entorno a esa supuesta confianza que profesan los humanos, que anhelan los hombres o que critican los desconfiados! Al final nada interesa, pues terminamos actuando conforme al agite que esta ciudad nos revuelva.

El tal Ping —que en inglés significa sonido metálico— emana también algunas sonoridades que perturban o enternecen hasta la más rigurosa. Él, que no es tan polifónico y le da más bien a los soliloquios, a la meditación silenciosa y a su introvertido ensimismamiento, prefiere creer que no le importa si lo leen o lo ven, pero en verdad yo lo pongo en duda. A veces lo recuerdo y me lo imagino exitoso, rodeado de personajes ilustres y cenas elegantes. Tal vez me equivoque y por alguna otra extraña razón haya decidido cambiarse el nombre y no reconocer como suyo ese soneto que era supuestamente de los dos. De todas formas, eso es lo que menos importa ahora. Me pregunto si todavía se acuerda de mi y hasta si aún le hago falta, así sea para hacerlo reventar de rabia.

A Edgar o a Ping o a Vélez o a *** lo conozco hace unos cuantos meses, pero desde que lo vi hubo una complicidad tan perfecta que terminamos abusando de nuestras demencias. El último mensaje que recibí del Señor Vélez fue de ensoñación, y supe que había conseguido perturbarlo y que al final la vida se tenía que tratar de eso: de perturbarnos, de movernos, de abandonar esa estaticidad de conformismo o ignorancia, de lanzarnos a contracorriente en un kayak (como decía uno de sus hijastros), de abrazar el caos con festejos de bienvenida, de aceptar que eso es lo único que nos hace sentirnos verdaderamente vivos.

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