septiembre 21, 2007

Historia de Damián - Colaboración desde Israel


HISTORIA DE DAMIÁN
Andrés Aldao

…comprendí que no podíamos
entendernos. Éramos demasiado
distintos y demasiado parecidos.
No podíamos engañarnos,
lo cual hace difícil el diálogo.

Jorge Luis Borges, "El Otro"

Era un tipo enjuto por vocación y figura. Apareció una mañana envuelto en su enjutez, sosteniendo el cigarrillo con esa pulcritud que luego iba a ser la comidilla del personal. Sobrio en el hablar, frugal, ojos ceniza de mirada abatida y huidiza, también su manera de pitar el cigarrillo, difícil definirla, era como distinguida, algo lacónica tal vez. No sonreía excepto un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta. Lo conocí allá por la década del setenta. Yo era secretario de redacción de una revista de la industria maderera y necesitaba un redactor: me había decepcionado de los muchachos que se enganchaban como periodistas y a los dos meses se mandaban mudar sin siquiera avisarme.

Damián Domínguez se presentó con un hilo de voz. Dos veces tuve que pedirle que me repita el nombre.

—Vengo por el aviso —precisó luego.

—Usted no es un pibe —le insinué— y aquí no pagan mucho sueldo, ¿sabe?

—Necesito trabajar, pruébeme. No tengo pretensiones.

Lo mandé hacer una nota a un aserradero. No perdía nada. Volvió después del mediodía y preguntó si podía pasar la nota en la Olivetti 44. Estaba en un rincón de la oficina, arrumbada sobre una mesa tumefacta y gris. Lo escuché teclear con la misma módica elegancia que empleaba para todos sus actos y gestos. Estaba sumido en la corrección de pruebas de galera cuando el flamante redactor, sigiloso, casi en punta de pies, me acercó su artículo. Podía percibir su mirada tratando de descifrar mis sensaciones, penetrar en mi masa encefálica y descubrir las reacciones que me generaba la lectura. Terminada ésta, hice como que aún leía el texto, levanté la vista y regresé a la hoja de papel: quería confundirlo, poner distancia entre los dos. Luego —tal vez porque le di la oportunidad contrariando mi primera reacción— le dije con algo de fastidio:

—No lo tome a mal, Domínguez, pero esta nota tiene demasiada calidad para nuestra publicación: nosotros hacemos periodismo —esto último lo dije con cierta ironía.

—Podría retocarla, hacerla más simple: necesito el trabajo —respondió impasible.

—Escúcheme, lo que usted escribió tiene nivel, pero es demasiado lírico para describir las actividades de un aserradero. No sé que decirle... ¿Sabe qué? ¡lo tomo! —le dije. Fue un impulso que aún hoy no me explico.

Así comenzamos nuestra relación, resaltada por la parquedad de Damián, su labor silenciosa, la capacidad de escribir buenos artículos periodísticos y la fluidez de sus conocimientos en política e historia

Es curioso: por regla general los lugares de trabajo se convierten en un vivero de amistades transitorias y perecederas, en una fuente de compañerismo que a veces enhebra la vida de las personas, o une como pareja a un hombre y una mujer. Damián no era hosco: por el contrario, irradiaba generosidad. Sus buenas maneras no parecían una pose o el ejercicio meticuloso de la simulación. Empero, una delgada hebra de duda se interponía entre su conducta cotidiana y cierta reticencia que emanaba de su persona: como una delgada malla imposible de explicar.

Hombre taciturno y soñador, dejó Montevideo para buscar ocupación. Trabajó como oficinista y escribía por las noches cuentos y poemas. Al perder ese empleo se convirtió en vendedor de colecciones de libros a domicilio (por lo que sé, jamás vendió alguna). Luego encontró ocupación en una librería céntrica. En realidad, nunca me dijo en qué lugares precisos trabajó. Tampoco mencionaba a su familia. Eran sus conos de sombra, el eclipse que dejaba en tinieblas los lados más íntimos de su personalidad.

Pasaron algunos meses; Damián y yo hicimos buenas migas. Comentábamos temas de historia, literatura o hechos políticos y con frecuencia cenábamos en el Pipo o Bachín. Eran los tiempos del cine Lorraine, los bares La Paz y El Foro, la facultad de Filosofía y Letras, la polémica ruso–china, el espejo fruncido de la revolución cubana y los grupos de izquierda que actuaron en las grandes tormentas del sesenta y el setenta.

Lector de MARCHA, admiraba las notas de Quijano y Ángel Rama. Pero Damián jamás se enzarzaba en discusiones que pudieran conducir a encontronazos irreparables; prefería quedarse silencioso, algo ido, como ausente. Tiempo después descubrí que esos silencios eran huidas de la realidad. En ciertas ocasiones parecía un hombre sin vida, las cuencas de sus ojos resaltaban oquedad, permanecía estático, como en estado de catalepsia. Luego se recuperaba, su rostro cobraba vida y daba la impresión de que regresaba de una larga travesía, o que trepaba desde un profundo precipicio. Nunca se me había ocurrido reflexionar sobre el carácter y la personalidad de Damián. En definitiva, Domínguez era un integrante más del personal.

Una tarde, antes de retirarse de la oficina, me comentó que se sentía sin fuerzas y angustiado. Fue un comentario impropio de su personalidad retraída.

—Necesitaría algunos días de licencia —agregó—, mañana me confirma si es posible.

—Lo voy a considerar, Damián… ¿Quiere venir a tomar un café a Sorocabana?

—Gracias, pero estoy apurado, me esperan. Déjelo para otro día. Chau.

Agarró su desvencijado portafolio y salió de la oficina —se evaporó más bien—, pulcro y discreto como un duende. Al día siguiente, jueves primero de noviembre, día de todos los Santos, Damián no apareció por la oficina. Tampoco el viernes. El lunes no se hizo presente en la redacción y eso ya nos preocupó. Llamé a la pensión en la que vivía y la dueña me dijo que Damián no había regresado desde la mañana del miércoles 31. Un desvanecimiento total y misterioso.

Después de un tiempo el asunto Damián pasó al archivo de sucesos extraños. Una personalidad como la suya no podría borrarse con liviandad cortesana. Retornaba de vez en cuando envuelta en un signo de interrogación y luego se disipaba, hasta que otro hecho fortuito rescataba su imagen. Pero con el tiempo fue empalideciéndose hasta quedar borrada.

Cuando me convencí de que no regresaría, decidí sacar sus pertenencias personales del escritorio haciéndole lugar al nuevo cronista. Había sido un día tranquilo y el último número de la revista se estaba distribuyendo. De lo que había allí me llamó la atención una carpeta: le eché una ojeada y hallé en su interior varios cuentos rubricados por Damián. Llamó mi atención uno de ellos titulado El Laberinto. Lo tomé y comencé a leerlo. No pude dejarlo: fue como introducirme en un mundo tétrico, disparatado y enfermizo. Finalicé la lectura y me quedé tamborileando sobre el escritorio. Era un cuento extraño, la alucinación desbordada de un beato cuyo fanatismo lo situaba en el umbral del absurdo. No sabía qué pensar aunque traté de atar algunos cabos, engarzar la personalidad del personaje con lo que sabía de Damián. Era como hilar muy fino y mi imaginación, bajo llave, no captaba esa dimensión tan abstrusa.

Retirado del periodismo, hace unos meses fui a escuchar una disertación sobre historia. Al salir de la sala vislumbré en la puerta de un bar a un tipo enjuto de maneras muy suaves, hablando con otra persona. No lo podía creer… me acerqué y le dije: “Perdone, ¿usted no es Damián Domínguez?”. Contemplé los ojos ceniza del tipo y recordé a alguien cuya desaparición me intrigó durante años. El hombre quedó callado; apenas esbozó una sonrisa. Me sentí conmovido contemplando aquella sonrisa (un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta). Ya no tuve dudas. Extendiéndole la mano le dije:

—Tantos años Damián, ¿qué le pasó, che? ¿Por dónde anduvo?

—Perdóneme —susurró—, usted me confunde con mi hermano. Mi nombre es Walter, Walter Domínguez: Damián y yo éramos gemelos.

—No sabía que tenía un hermano. Es asombroso: fíjese que hace por lo menos un cuarto de siglo que le perdí la pista a Damián y al verlo a usted parado en la puerta de este bar me pareció estar delante de una visión. ¿Qué se hizo de Damián? Nunca más supimos de él. Incluso su último sueldo quedó en la redacción. Mire, si tiene unos minutos lo invito a tomar un café. Venga, vamos a ese bar de la esquina.

Se despidió de su interlocutor. Cruzamos hacia el bar de Montevideo y Corrientes y pedimos dos cortados. Mientras esperábamos él encendió un cigarrillo; lo contemplé a través de la densa bruma de humo. Un tipo muy envejecido. Las arrugas en la comisura de los ojos me hicieron recordar a Damián. Un detalle fugaz llamó mi atención: cierto resplandor difuso en la retina.

—Cuénteme por favor lo ocurrido con Damián —le dije.

—Es una historia larga y muy compleja. Mi hermano era un muchacho culto, incluso escribió muy buenos cuentos y poemas en Montevideo. No teníamos buenas relaciones: Damián era talentoso y yo un fiasco muy grande, siempre resentido y envidioso. Envidiaba su capacidad para escribir y hacer amistades. También el éxito con las mujeres me provocaba rencor. Una noche —ya éramos muchachos grandes— lo vi leyendo la novela de Benedetti La Tregua y para mortificarlo le dije que era una basurita romántica. Damián no era capaz de alzar la voz pero esa vez lo vi empalidecer: “Andáte, Walter, ¡sos un hijo de puta!” me gritó. Damián se fue de casa. Vivía en una pensión de la calle San José y la Río Negro, en Montevideo, y de tanto en tanto visitaba a nuestra madre.

Sonrió apenas e hizo una pausa. Ansioso, sorbió el cortado de un tirón, como desesperado. Sus ojos contemplaban a los peatones, escasos, que caminaban por Corrientes recorrida por la brisa de la medianoche. Entonces le dije:

—Perdóneme: ¿nunca se reconciliaron, o al menos llegaron a una especie de armisticio?

—Al tiempo me encontré con Damián en Buenos Aires. Le traje algunas cosas que le mandó nuestra madre y no volvimos a pelearnos. Para mí la cosa no fue tan sencilla. Usted sabrá que esas rencillas entre hermanos se fundan en nimiedades, celos, futilezas de la edad. El tiempo hace lo suyo, pero en mi caso había sobrevivido el rencor.

—¿También Damián tenía ese sentimiento?

—No lo sé, pero supongo que en Damián era más dolor que rencor. Mire, un día viajé para arreglar asuntos de la herencia. Yo quería vender la propiedad de mis padres pero Damián no estaba convencido y entonces discutimos. A la semana volví a Buenos Aires y lo cité en el Once. Yo había arribado esa mañana en el vapor de la carrera, pero Damián nunca llegó a la confitería La Perla: tuvo un accidente trágico… Fue a tomar el subte en la estación Piedras y cayó a las vías cuando entraba el tren. No tenía documentos encima y nadie lo reclamó. Eso ocurrió el 31 de octubre de 1974.

—¡Qué barbaridad, pobre muchacho! ¿Pero usted cuándo se enteró?

—La misma tarde en que desapareció —me dijo con aquel hilo de voz y la languidez que parece ser una característica de los hermanos Domínguez. Tuve que hacer un verdadero esfuerzo para captar las últimas palabras.

—No lo entiendo, ¿y porqué no nos avisó?

—Fue imposible, créame —susurró con suavidad, casi con desgano—. Estuve preso.

Me sorprendió. No sabía cómo encararlo pero me animé:

—Disculpe que me entrometa en sus cosas, ¿qué le ocurrió, porqué estuvo preso?

El hermano de Damián, mirando hacia la calle, agregó:

—¿Quiere saber porqué estuve preso? Damián no se cayó: fui yo el que lo empujó a las vías del tren. Hace unos días que recobré la libertad. Pasé en la cárcel veintisiete años —murmuró con dulzura mientras esbozaba un leve rictus, una línea combada parecida a una sonrisa de personaje de historieta.

—¿Dónde está enterrado? —le pregunté confundido. No me respondió.

Atiné a decirle que lo lamentaba. Pagué la cuenta y salimos. Dejé a Walter Domínguez en la esquina de Rodríguez Peña y Corrientes. Mientras se perdía en la noche, su modo de caminar me retrotrajo a la imagen del hermano, aquellos pasos suaves y módicos. El viento del río era fresco; eché a andar hacia el Obelisco. Tenía ganas de caminar por la Corrientes fantasmal mientras mi mente reelaboraba lo ocurrido. No podía dejar de pensar en la muerte de Damián y en la personalidad del hermano cuyas frustraciones, probablemente, lo llevaron al fraticidio.

Me eché sobre la cama, las manos detrás de la cabeza, el pucho colgando de los labios y la ceniza columpiándose, a punto de caer. Mi mujer dormía con placidez y yo reabría la historia de los hermanos Domínguez. La imaginé una parábola montevideana de Abel y Caín. Una idea maligna se me ocurrió, una idea para sobresaltar a viejitas que toman el té con masas en Las Violetas a las cinco de la tarde. Pero el sueño me tumbó.

A la mañana siguiente fui a visitar a Félix, un amigo que trabaja en los archivos de LA NACIÓN. Le pedí que revisara las noticias policiales aparecidas en el mes de noviembre del año 1974. Nada: nadie caído entre las vías del subte A, ningún accidente en la estación Piedras, ningún Damián, ningún crimen, ningún uruguayo, ningún extraño. Nada.

Volví a mi casa y le conté a mi mujer el raro encuentro con el hermano de Damián, la historia que me narró y el resultado negativo de mi búsqueda. Contemplándome con malicia susurró: “Averiguá en el depósito de fiambres”. No entendí dónde estaba la gracia, pero le hice caso.

Llegué temprano a la morgue. Le mostré mi carné de periodista al empleado del archivo, un tipo alto de rostro pálido, piel agrietada y amarilla. Sólo el guiño involuntario de sus párpados me convenció de que pertenecía al mundo de los vivos. Le pedí que buscara en el libro de entradas los datos de cadáveres llevados a la morgue entre el 31 de octubre y los primeros días de noviembre de 1974. Revisó entre las páginas mustias y resecas de un bibliorato lleno de polvo y telas de araña, luego se encogió de hombros y me dijo: “Durante esos días no hubo ningún caso de NN recogido en las vías del subterráneo”. Exánime, el tipo alto de rostro pálido volvió a sus guiños involuntarios.

Regresé a mi casa y le conté a Odina, mi mujer, el fracaso de esas averigüaciones: “Ninguna noticia en los diarios —le dije—, en la morgue no recibieron tipos caídos en las vías del subte: creo que voy a mandar todo el asunto al diablo”. Con los ojos puestos en la jaula donde el canario efectuaba sus piruetas, me insinuó: “Dejá a los muertos en paz y buscá algo que tenga relación con los vivos…”. Sus palabras fueron acompañadas de sugerencias concretas. Me parecieron razonables. Decidí que éste sería mi último intento. Escribí una nota, la fotocopié enviándola a diversos institutos de Buenos Aires y la periferia. Y me dispuse a esperar un milagro.

A las dos semanas llegó un sobre. Lo abrí con impaciencia y leí: “A su pedido se le informa que una persona de ese nombre está internada en este hospital desde hace veintiocho años y padece un tipo singular de esquizofrenia. Por sus reiterados períodos de agresividad fue recluido en un pabellón de internos peligrosos”. La frase final decía: “En el último año fue autorizado a salir de este nosocomio los fines de semana por el término de setenta y dos horas. A pesar de su mejoría, al paciente Damián W. Domínguez no se le puede dar el alta”. Lo firmaba un tal doctor Alberto Inchauspe, director del Departamento de Psiquiatría del Hospital Borda.

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