septiembre 04, 2007

Tolerancia Total - Colaboración desde Chile


TOLERANCIA TOTAL
Loreto Silva

La señora Caracol era diferente a los de su especie. Esto causaba escozor entre los miembros de su comunidad, sobre todo entre las otras caracolas. Como era simpática, los machos le tenían cierto aprecio, pero ellos no lo reconocían delante de sus esposas. A los jóvenes les parecía valiente, ella hacia lo que quería sin molestarse en dar explicaciones y la admiraban por ello; a los niños les parecía muy entretenida, claro, excepto cuando dormía.

Y ese era su pero. A diferencia de los de su especie, su herencia genética debía tener alguna información confusa o errónea porque insistía en ponerla a hibernar todos los otoños cuando las hojas caían. Bastaba este simple fenómeno para que el sueño la consumiese y se enroscase en su concha, guardara su cola, cerrara la puerta y a dormir se ha dicho. ¡Qué habría sido de ella si el amoroso señor topo no hubiese asumido su cuidado! Él vigilaba a su amiga cual centinela leal y con los dedos de sus manos peludas le sacudía el caparazón y la protegía de los extraños. Durante el invierno, cuando llovía, él la llevaba rodando al lado más alto del jardín, y si nevaba se preocupaba de ponerla al interior de su madriguera para que no se congelara.

Ella, ajena a todos los cuidados que su situación requería, obedecía a su naturaleza diferente y dormía profundamente al interior de su caracola, tan profundo era su sueño que a veces el señor topo se asustaba de su letargo, pero había descubierto que bastaba con sacarla al aire primaveral para que la luminosidad de los días más largos y cálidos le avisara a este ser extraño que era hora de despertarse.

El había visitado la biblioteca para investigar todo lo referido a enfermedades sicosomáticas y mentales, y hasta estudió un tratado sobre hibernación, pero nada le daba luces para entender por qué su adorada amiga Caracol se dormía al llegar el invierno. Terminó por considerarla un "caso", todo un "caso", y finalmente la aceptó, entendió que la vida junto a ella era de sólo primavera y verano porque en cuanto el otoño llegaba ella caía presa de su profundo sopor. Y nada importaban sus deseos y soledad. Así pues, se tornaba nuevamente en su cancerbero.

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