mayo 28, 2007

La Sala De Mecanografía - Colaboración desde España


LA SALA DE MECANOGRAFÍA
Daniel Gómez


Mis relaciones con la profesora Rossi —rubia, algo alta, de ojos claros— no podían ser mejores, y nuestro entendimiento era perfecto. No se puede pedir más, pienso yo, de una relación alumno-profesor: yo la despreciaba y ella me despreciaba a mí. Y, por si no fuera suficiente, ella sabía que yo la despreciaba y Dios sabe que yo sabía que ella me despreciaba a mí. Por supuesto que semejante contubernio culminaba en un ambiente idílico, una verdadera luna de miel: yo reprobaba siempre la materia, mecanografía —aunque muchas veces la llaman también taquigrafía—, y tenía que hacer horas a la tarde —porque yo no tenía máquina— en el colegio, practicando en esa larga, ominosa y opresiva sala de máquinas.

Y ahí entraba yo, por las tardes, después del largo viaje en colectivo; asomaba la cabeza en ese lugar y era como si al sol le salieran las nubes y los truenos: porque ahí estaban ellas, mis enemigas, las condenatorias hileras de aterradoras máquinas de mecanografiar, listas para reírse de mi desdicha toda la tarde. No me quedaba más remedio para mi ánimo que Herrmann, el arreglador de las máquinas.

Todavía puedo verlo, inclinado en los misteriosos engranajes del paciente, es decir, de la máquina rota: tenía las manos sucias, como si alguien se las hubiera masticado con los dientes llenos de tinta. Tenía unos anteojos de vidrios gruesos y tan viejos como si los hubieran hecho los antiguos vidrieros de Ámsterdam. Lo recuerdo entrando silencioso, el pelo rubio y desarreglado, y me saludaba con un áspero acento del norte. Una vez, el director del colegio –hombre democrático, dialogante, de soltura en la palabra, un hombre progresista por donde lo mires, siempre que tuviera a mano un público mucho más masivo y poderoso que Herrmann, las máquinas y yo- entraba un rato a la sala y decía con una sequedad imperial:

—Herrmann, mire que ya termina el siglo.

Y entonces Herrmann, y así me enteré yo de su apellido, se afanaba un poco más con sus sucias enfermas de grasa y tinta: las viejas máquinas para escribir que teníamos en el colegio. Y yo, entretanto, también trabajaba duro, trabajaba durísimo, no había segundo en que no estuviera trabajando. Ya que, y no me queda más remedio que confesarlo y vaya a la buena salud de mi probidad y honra, durante cada media hora, más o menos, me decidía, audaz y con el ceño amargo y en un dechado de supremo esfuerzo, a escribir una palabra, mas luego sacaba bonitamente el papel de la máquina y hacía un bollo con él; y así puedo dar mi propia sangre en prueba y honor de que no dejaba en paz el papel, hasta hacer por lo menos cincuenta veces jueguito con los pies. Ya ven que el estudio siempre sirve y la letra con la sangre entra. Después de largas horas de estudio con los bollos de papel, me volví bastante competente en hacer jueguito con la pelota. A mis amigos, claro, les encantaba el arduo y paciente fruto de mis estudios, pero a mi profesora no le hacía chiste verme después, otra vez en los exámenes para recuperar. Porque para la profesora Rossi, no era precisamente uno de los eventos favoritos de su vida el verme a mí en los exámenes de verano, cosa que yo le correspondía vehementemente y de todo corazón, y no le interesaban mis progresos con los bollos de papel. En todo caso, pienso que el fútbol es como una ciencia exacta, y muy fácil de calificar. Un gol es un gol, como uno y uno son dos: nadie podría discutir esas notas. Pero nunca fue el fútbol muy popular en los programas de estudios de los profesorados, y así la profesora Rossi podía proseguir reprobándome con un entusiasmo conmovedor, verdaderamente conmovedor para mí.

Recuerdo la sala de máquinas: a mí me parecía gigantesca, pienso que las paredes de una mazmorra me hubieran parecido igual que esa condenada sala. Tenía el suelo de baldosas tan aseado y pulcro que era como una pista de hielo; pero no para patinar, sino para tener la estupenda e imperdible ocasión de partirte el espinazo por uno de cada tres pasos que dabas ahí. El mismo Herrmann me lo decía. En el piso se reflejaban las luces de los tubos, como la luz de la ciencia. Para confirmar el parangón carcelario, ahí, a un lado, estaban las ventanas, sólidamente prohibitivas con sus barrotes de fierro, que lograban que uno se hiciera agua la boca con el paisaje de afuera. Yo veía el sol, y por ahí se escuchaban, en una plaza cercana, los gritos de los chicos; y parecía que por momentos yo hubiera sido capaz de salir por en medio de la bendita pared de cemento. Así que andaba en cómo escaparme de ahí, mientras el alemán estaba afanado en la labor. Claro que no sabía yo que, en efecto, había una forma en este mundo de superar esa pared, esos barrotes, de traer hasta mí todo ese paisaje de fuera, con árboles y sol, libre de sufrimientos y ataduras y obligaciones. Ese alemán, así taciturno sobre las máquinas, sabía cómo hacerlo; pero, haciendo gala de su reserva germánica, él nada me dijo hasta que yo hube instaurado una silenciosa y extraña confianza de unos meses en común: él trabajando y yo estudiando, o teniendo la intención de estudiar a veces. Mes tras mes, apilado uno sobre el otro; él no me dijo nada, hasta una buena pila de meses amontonados en mi corazón, del verdadero secreto de la sala de mecanografía, y acaso del secreto del mundo…

Yo continuaba, en accesos de honradez, escribiendo; a veces, con un frío tal que esos botones, o teclas o como se digan, eran como yunques helados por debajo de mis dedos, y las palabras en las hojas iban tan lentas y tan mal escritas como los agobiantes discursos que decía nuestro demócrata de marras en el patio del colegio, en las fechas patrias, con su cuidadoso lenguaje progre. Y otras veces hacía ahí un calor tal que no había mejor lugar para freír huevos que el metal de esas dichosas máquinas, o salchichas, o chorizos; seguro que podría haber hecho todo un asado ahí, en verano. Pero yo tenía que trabajar, así que me resultó simpático y un alivio el alemán Herrmann.

Herrmann me hablaba con su acento alemán rioplatense, digamos; tan difícil que ya les digo que no voy a intentar imitarlo acá. Lo recuerdo mientras me charlaba; me iba tirando la jerga así sin mirarme, con las manos metidas en las entrañas de alguna máquina, y yo mientras tanto absorto, distraído de las cadenas y del yugo, por un rato, con el parloteo del alemán. Me hablaba de sus cosas, de cuando era más chico, al llegar al país; después empezó con Alemania. Era muy vago y circunspecto en su condición de alemán, y era tan y tan alemán que parecía dolerle cada una de sus palabras puestas a mi luz, como si tuviera que extirpárselas para mí. Pero seguía y seguía; porque me malicio que él no me debía ver de buen ánimo y trataba de arrimarse un poco a mí.

—Debe ser feo estudiar por las tardes—, me decía a veces, con su simpatía taciturna.

Entonces vuelta a vuelta se me salía por la política. Creo recordar que estábamos en tiempo de elecciones, con carteles y mentiras y esas cosas; encontrabas políticos hasta en las pulgas de los perros. Era un mes intenso en otros sentidos, además: no se por qué, pero los profesores parecían disfrutar con tareas, exámenes y esas aficiones suyas. Estaban sinceramente entusiasmados con el mero y habitual hecho de reprobarme. Se notaba que se empleaban a fondo, que lo hacían de corazón conmigo, de puro amor a su arte, con una intensidad amateur en suma. Y recuerdo a nuestro demócrata, después de incitar un poco a Herrmann, que me decía:

—Giusti, por ahí sus hijos puedan aprobar mecanografía: quién sabe, cosas peores se vieron en la guerra…

Y Herrmann me sonreía, me sonreía cómplice.

Así que el alemán andaba con lo de la política…

—Me acuerdo —me dijo un día, con aire de darse espacio y tiempo —de un político de allá, de Alemania. Se subía a todos lados; si él veía un montoncito de tierra un poco por arriba, se subía nomás y mandaba un discurso. Se lo veía en las iglesias, era protestante y católico a la vez; era de derecha y de izquierda al mismo tiempo. Besaba a los chicos, consolaba a las viudas, daba alegría a los viejos, en fin, toda la melodía. Era un tipo muy simpático, y un completo charlatán. Un día, estaba dando un discurso, creo que era en la plaza del pueblo, subido a unos cajones: yo era muy chico y miraba todo como el astrónomo que encuentra una estrella nueva. Y entonces el tipo estaba dele que dele con las promesas, con las cosas que se podían hacer; no se le podía hacer dar fin a toda esa novela que nos estaba pintando. Y entonces uno del público, no me acuerdo quién, por fin se rió y, habiendo escuchado todas esas raras promesas, le preguntó al político si entonces hasta un río se podía traer al pueblo. Y el político, después de un largo silencio, dijo: sí, hasta un río…

Entonces yo me reí a carcajadas de lo que dijo Herrmann; y pensé que ahí terminaba la historia. Pero el alemán se mantenía serio, muy serio. Y me dijo:

—Yo me reí también entonces —, dijo con rara severidad en la voz; —puede que todos nos reímos. Pero, por alguna razón, y aunque ese político era un perfecto sinvergüenza, la cosa me quedó: de otra manera no te la estaría contando.

Se hizo silencio; yo preguntaba con la mirada.

—Yo estaba muy curioso —me dijo Herrmann, con la misma suave severidad, aunque nostálgica.—Una tarde me lo encuentro al político en la calle; y me acerco, y con mi inocencia, y acordáte que yo no podía votar, le pregunté si era posible eso del río. Si no estaba mintiendo. Y después de un largo y grave silencio, él me dijo que era posible traer un río, en efecto; pero que yo no debía decir a nadie dónde se podía ubicar, agregó. Y yo le pregunté que adónde pensaba poner el río. Y él me dijo: acá.

Y Herrmann, explicándose y sacando las manos de la máquina, se señaló la cabeza…, y luego de otro silencio, más largo y profundo que todos los anteriores, sonrió.

—Supongo que yo le entendí —agregó, mientras yo no sabía para dónde tenía que ayudar a soplar al viento de la charla. —Desde entonces —continuó—, todas las noches sueño con un río: un río lo más agradable que pueda, que me ayude a olvidarme de todo esto.

Y señaló medio distraído la puerta por la que antes había aparecido el demócrata, con la sombra de los barrotes de fierro en sus manos sucias, y agregó:

—Es una especie de paraíso..., acá abajo. Ja, ja.

Pero su rostro serio y sincero lo desmentía. Yo también me reí, pensando —queriendo pensar en realidad— que todo era cosa de broma. Pero lo cierto es que me pareció profundo, muy profundo.

Yo no sé cuánto tiempo lo seguí viendo a Herrmann, porque luego sacaron la materia de mecanografía, y yo al final quedé con el campo de batalla todo para mí y aprobé por abandono del enemigo, digamos. Pero me parece verlo todavía, hace cosa de quince años, con las manos engrasadas, el pelo revuelto, saludándome antes de salir por la puerta; deteniéndose de pronto, como si recordara algo, y entonces me dijo, por última vez y ya creo que no me lo olvido más:

—No te olvidés: está acá —y se señaló la sien, con la sombra de los barrotes de fierro en la cara…, y se fue.

Ahí quedaba yo, con la sala de máquinas, en el secreto de la sala de mecanografía al fin ante mí. Todo se sumió en un profundo silencio, y ahí me di cuenta de la compañía que me hacía el alemán, y lo funesto que era ese lugar: las hileras calladas pero burlonas de las máquinas de botones negros. Largas hileras de máquinas con botones negros como dientes de brea que ríen. Y los dedos helados en invierno, y el sol en el verano, reverberando en el metal de las máquinas. La profesora Rossi, que a veces andaba por ahí, por la tarde, y que entraba y me decía:

—Giusti: por más que no me saludés, el universo sigue funcionando, ja, ja, ja.

Acaso esa especie de mazmorra y cárcel juvenil se pueda confundir con un mundo, con un universo. No sé qué pueden hacer los demás al respecto, no sé qué dirán todos ustedes. Pero yo todavía me veo, sí: me veo encerrado como un símbolo en la sala de mecanografía, y trabajando y trabajando y trabajando y, de tanto en tanto, haciendo jueguito con bollos de papel. Como si estuviera a cielo abierto, rodeado por fieras, tormentas, desastres, líos financieros, desamores, violencias, crímenes, largas hileras de máquinas aguardando con frío o con calor, y que había que teclear. Y yo agachado, hundiendo los dedos en los botones, una y otra vez; a veces con la mirada irónica de la profesora Rossi, lista para reprobarme con el filo malévolo de su bolígrafo rojo. Entretanto, y muy penosamente, yo trataba de pensar en ese río que me había enseñado a soñar el alemán Herrmann…, acá abajo.

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