mayo 28, 2007

Zopilotes Exquisitos - Narrativa de uno de nuestros fundadores


ZOPILOTES EXQUISITOS
Alex Acevedo

Hallábanse cierta tarde macilenta dos zopilotes amigos encaramados en un árbol. Por allá en la lejanía, en unos riscos que se perdían en el horizonte, había ocurrido un deshielo, un deshielo de amor, y el río bajaba en consecuencia sumamente turbio, lleno de enseres y bellos cadáveres. Agarrados a una rama privilegiada que parecía un palco de primera, los zopilotes contemplaban la corriente que arrastraba tantos platos deliciosos, tanta carne en suculenta descomposición. Sin embargo, no se atrevían a pegar el salto para extraer del río algún bocado, sino que se conformaban con mirar y comparar las cualidades de cada cuerpo.

—¡Qué desperdicio tanta comida húmeda! —reflexionó uno por fin.

El otro se quedó mirando al que había hablado, y volvió sus ojos sobre ese desfile inclemente de redondeces que cargaba el río.

—Habría que ponerla a secar… —añadió con desgano el otro.

—Y el sabor no es igual; nunca es igual —sentenció el primero.

Pronto la oscuridad se abatió sobre los zopilotes y, dándose un apretón de manos de despedida, cada uno emprendió el vuelo a su respectiva casa. Una vez allí, mientras destapaban su respectiva lata de atún, se imaginaban de nuevo sobre el árbol, brincando repentinamente para sacar de la corriente un cuerpo hermoso que destilara sus gotas a medida que ganaban altura. Y comían su atún con desgano, y seguían imaginando un hartazgo de cadáveres húmedos, plenipotenciarios.

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