julio 13, 2008

El hijo de la compañera de trabajo de mi mami - Colaboración desde Bogotá, Colombia


EL HIJO DE LA COMPAÑERA DE TRABAJO DE MI MAMI
Fernando Marquín

Algo en él siempre me había llamado la atención. Me gustaba su mirada, era tímida y distante, nunca la sostenía cuando hablaba con alguien, algunas veces parecía que le daba pena mirar a los ojos a su interlocutor, otras veces parecía que no le importaba lo suficiente ninguna conversación; fuera lo que fuera nunca miraba a los ojos por largo rato. Al comienzo pensaba que lo hacía únicamente conmigo, pero después me di cuenta que también era así con mi mami, mi papi, y con el resto de los vecinos.

Su nombre era Diego. Era el hijo de una compañera de trabajo de mi mami; era un par de años mayor que yo, y a mí al igual que a mis amigas del edificio nos parecía guapo. Vivía con sus padres en el apartamento contiguo al mío desde hacía poco más de un año. En el tiempo que llevaba siendo mi vecino sólo habíamos hablado una vez. Fue una ocasión en que lo encontré sentado en las escaleras de nuestro bloque de edificios, me dijo que se había quedado sin llaves y que estaba esperando que llegara alguno de sus padres para poder entrar, quise preguntarle por qué no iba donde algún amigo, pero intuí que no tenía ninguno, así que preferí invitarlo a pasar. Aceptó con algo de reticencia, y pasamos un par de horas en mi cuarto escuchando música y hablando menos de lo que a mi me hubiera gustado porque él era muy callado. Yo quería preguntarle muchas cosas, quería saber por qué siempre estaba solo en su casa, por qué no trabajaba ni estaba en la universidad, por qué nunca lo veía con amigos, o por qué era tan distante con las muchachas del conjunto. Quería preguntarle todo eso, pero no le pregunté nada, al final terminé sintiendo que nuestro silencio era otra forma de diálogo. Cuando sintió que alguien había llegado a su apartamento me agradeció por haberlo acompañado y se despidió. Yo quise darle un beso en la mejilla pero me contuve.

Esa fue la única vez que hablamos, a pesar de que nos veíamos muy seguido. Casi todos los fines de semana nuestras mamás se reunían en mi casa con el pretexto de tomar té, pero con la firme intención de intercambiar chismes de oficina. Él y yo también éramos invitados a las reuniones, pero sólo en el momento de tomar té porque no nos interesaba escuchar el resto de la charla.

Una de esas tardes un hecho inesperado me permitió entender lo que pasaba por la cabeza de ese muchacho que me parecía tan intrigante. Estábamos los cuatro en la sala soplando para enfriar nuestras tazas, nuestras mamás hablaban entre ellas como si los demás no estuviéramos presentes, Diego siempre tan distante sólo miraba su taza, como si nada más le importara, como si nada más fuera digno de su atención. Yo lo miraba a él, tenía ganas de invitarlo a mi cuarto, de conocerlo, de preguntarle por qué nunca sonreía, de coquetearle un poco.

De un momento a otro el crucifijo de plata de nuestra sala empezó a moverse inquietamente en su sitio, y a producir un ligero sonido cuando golpeaba contra la pared que lo sostenía, todos miramos y nos sorprendimos, y nuestra extrañeza aumentó cuando las porcelanas de los estantes empezaron a moverse ellas también, al igual que las tazas de té, y el piso sobre el que estábamos. Y entonces creo que todos comprendimos pero mi mami fue la primera en decirlo:

—¡Está temblando!

Yo inmediatamente corrí a buscar la salida, y las señoras me siguieron como esperando que las guiara. De pronto escuché a la amiga de mi mami decir:

─¡Diego, levántate, salgamos!

Entonces vi que Diego seguía sentado en la sala, había puesto su taza en la mesita y miraba fijamente el crucifijo de plata, como embelesado por el sonido que producía al golpear la pared.

─¡Diego! ¡Diego! ¡Apúrate! ─le decía su mamá con un tono de voz muy alto producto de los nervios.

Cuando vio que su hijo no respondía, y que se limitaba a mirar el Cristo de plata, la señora rápidamente cruzó la sala, lo sujetó por el brazo e intentó levantarlo, mientras le gritaba:

─¡Vamos mi cielo tenemos que salir! ¡Se nos cae el techo encima!

Con una voz tajante Diego le respondió:

─¡Suéltame mamá! ─en su rostro, a diferencia de los nuestros, no había nada de miedo, había decisión, tranquilidad, seguridad en si mismo. Con total serenidad añadió unas palabras que me sorprendieron demasiado porque irradiaban tristeza y sinceridad por partes iguales: ─¡Mamá déjame aquí! ¡No me importa! ¡Yo quiero morir!

Cuando Diego terminó su fría respuesta la tierra detuvo su movimiento con la misma facilidad con que lo había iniciado. El Crucifijo de plata se desprendió y chocó contra el suelo con un golpe seco. Un incómodo silencio se apoderó del lugar. Diego por fin se levantó de su silla, nos miró a mí y a mi mami, en su cara había una expresión difícil de explicar, como de decepción o de vergüenza, o de ambas cosas no sé. Abrió la puerta y se marchó sin despedirse.

Desde ese momento para mi Diego perdió todo su atractivo. Después de esa tarde ya no había nada misterioso en él. Era sólo un muchacho depresivo que no encontraba nada valioso en la vida, nada digno de su atención. Ahora es tan obvio todo eso para mí.

Mi mami siguió invitando a su amiga de oficina a tomar el té. Diego también fue invitado un par de veces más, pero su mamá siempre llegaba con una excusa de su parte para no asistir. Mi mami intuyó que se sentía incómodo y dejó de invitarlo a nuestra casa. No creo que regrese nunca a tomar el té con nosotras.

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