julio 13, 2008

Hallar a Dulcinea - Relato de uno de nuestros fundadores


HALLAR A DULCINEA
Néstor Pedraza

Lo que nunca nos contaron es que cuando Dédalo dirigió la construcción del laberinto que mantendría prisionero al Minotauro, envió consciente a sus trabajadores a una muerte segura. Cada obrero, cada albañil, cada decorador que convirtió esta prisión en una joya que hacía brillar a la ciudad entera, se perdió sin remedio dentro de su obra: El arquitecto no develó nunca los misterios de aquellos corredores intrincados que no conducían a lugar alguno.

Cuatro mil años más tarde, el leproso se internó en aquella maraña imposible de ángulos y callejones sin salida, con el convencimiento místico de que hallaría sus respuestas en los antiguos aposentos de la bestia. Fue dejando trozos de su carne en el camino para guiarse luego hacia la salida. Al llegar por fin al corazón del laberinto, se encontró con una piscina de azul tranquilo, un paisaje pletórico de vegetación y una promesa de mirada brillante.

Extendió sus brazos al cielo, a punto de reventar de felicidad, flotando en el agua. Acababa de lamer la esencia misma del amor sobre sábanas de blanco impecable, y ahora dos pájaros cantores le sonreían, posados sobre su pecho. Las estrellas le vaticinaron un festival inagotable de estrenos.

—¿Crees en el dolor? —le disparó ella a quemarropa.

El amanecer los encontró entrelazados una vez más. La última quizás estaba a tres o dos meses de distancia. Quizás a un día de distancia. A él no le importó. Los laberintos tienen una particularidad: se está perdido, y aún así se cree que es posible hallar una salida.

—Lo duradero sólo se consigue a sangre y fuego —divagó él mirando al techo.

Sin música danzaron como dos locos, parecía el inicio de lo eterno. No hubo miedo, eso vendría después. Ahora estaban bailando, sus ojos se encontraban, se conectaban. El día se fue estirando de a poco, hasta hacerse un único día, o mejor, una única noche sin nubes ni ataques de insectos. El aire se fue haciendo espeso y el cielo rojizo.

—No fue fácil llegar hasta aquí, pero eso ni lo imaginas.

—En cambio, para mí fue demasiado fácil —contestó ella.

—Al menos, terminemos este baile.

Los cuervos siempre se comen primero los ojos. La carne se pudre y desaparece sin dejar rastro. Un ciego de apariencia monstruosa danza entre los huesos milenarios de obreros y artesanos, es el vals alucinado de sus últimas ensoñaciones.

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