julio 13, 2008

El secreto de la Abuela - Colaboración desde Buenos Aires, Argentina


EL SECRETO DE LA ABUELA
Carmen Liliana Pintos

Entre los integrantes de uno y otro grupo familiar éramos como treinta y cinco personas de todas las edades. Y formábamos parte del paisaje, como la tipa blanca y los bosquecillos de queñoa a orilla de los arroyos. Ansilta, agosto de 1938.

Desde tiempos inmemoriales los Sosa y los Aguilar nos habíamos peleado “a muerte” por no ponernos de acuerdo en qué días, cada familia, tenía que sacar a pastar y abrevar a las ovejas por determinados senderos de la montaña. Así los pastores no perdían tiempo en enredos de khenas ni encuentros furtivos en el núcleo mismo de la vida.

Por eso, cuando mis hermanos y yo tuvimos uso de razón, escuchamos a los tíos y a papá repetir insistentemente:

—¡Sí, señor: nosotros estamos enojados! La familia entera se siente ofendida desde hace muchos años. Y aunque nadie sepa muy bien por qué y aunque los Aguilar hayan sufrido la pérdida de varios de sus integrantes a consecuencia de no sé qué epidemia que le dicen… nosotros no vamos a cejar en este asunto. Si los abuelos de la abuela lo declararon así cuando ella era mocita nomás, habrán tenido sus buenos motivos.

Al clarear la mañana, la abuela Eulalia contaba con una buena provisión de alimentos secos en el galponcito del fondo… El de barro amasado y techo de cardones.

Allí, los vasijones más grandes guardaban en sus entrañables vientres, con verdadero celo, el producto del trabajo de toda la comunidad YAVI: la cosecha de habas, choclos, jupha y demás variedades de papas y papines…

Y más allá, en el frescor de la oscuridad que prodiga el adobe amasado y bien seco; en la penumbra misma de la habitación en la que dormían los chicos…el charque de llama y de oveja ofrecía generosamente su pulpa seca y viva, a quienes como ella, conocían los secretos para hacer renacer su sabor concentrado y único.

La abuela se detuvo un poco, mirando por la ventanita que daba al camino de tipas. Y decidió que ya era hora.

Fue entonces cuando, de pie en la cocina y secándose las lágrimas de los ojos con la punta del delantal, mientras seguía picando la cebolla en el mortero, me dijo:

—Ansilta: andate de una disparada hasta la casa de los Aguilar y me los invitás para la celebración de esta noche. Cuando lo veas a Don Huberto le decís también que tu agüela está cocinando con una hojita de albahaca verde sobre la oreja izquierda. Él va a entender, de siguro. ¡Ah y no le digás nada a nadie!… no se vayan a enterar ni tu padre ni tus tíos… ¡ellos no conocen nada todavía de la vida! Mirá… Esto es un secreto entre vos y yo, de abuela a nieta… ¡dale, corré rápido y cerrá la bocota esa que tenés…!

Y aunque a mí me dio bastante miedo mentirle a mi padre, decidí “cerrar la bocota” y echar a correr calle abajo, atesorando en mi mente lo que la abuela me había confiado sólo a mí y volé protegiendo sus palabras en un abrazo de antiguas voces ahogadas y besos guardados hasta llegar a la casa de los vecinos que estaba del otro lado del cerro.

Los Aguilar eran poquitos. Habían sido una de las familias más numerosas de Yavi, pero ahora quedaban nada más que el abuelo, junto a tres nietos mozos que labraban la tierra y a la nieta más chica, que apenitas estaba aprendiendo a hilar lana de llama y a tejer en telar parado, siguiendo los consejos del pobre viejo.

Fue a Don Huberto a quien le transmití el recado sin mirarlo a la cara. Sabrá Dios por qué me daba tanta vergüenza. Y me volví bien rápido a casa, antes de que mi padre volviera del campo y descubriera mi ausencia.

En la cocina y cada tanto, la abuela Eulalia secaba el sudor de su frente con la otra punta del delantal y se asomaba con disimulo a la ventana ciclópea de las ollas de barro, murmurando palabras en aymara, como hablándoles en el idioma propio e indisoluble a los alimentos que cocía lenta, sabiamente…

Era entonces cuando su figura alta y su brazo firme y bien proporcionado tenían el poder misterioso de hacer burbujear esos caldos humeantes y perfumados con albahaca y laureles del monte.

Por debajo de las ollas, el fuego se debatía en abrazos apasionados e interminables, alimentándose a base de guano y hojas resinosas…

Mientras tanto, en el fulgor de las montañas multicolores y en el olor a aires propicios y frescos para los cultivos, agosto se anunciaba prometedor. La Madre Tierra estaba en su punto cúlmine de preparación.

La semilla silenciosa y humilde en su simpleza única, sentía bullir en sus entrañas coplas de vida y de amor, ofrendas dignas de la celebración de agradecimientos y pedidos en su nombre.

Y es que cuanto más arriba en el cerro, la ceremonia de la Pachamama adquiere desde siempre, dimensiones trascendentales. Instancias de vida pródiga o de muerte segura, no del grupo humano que la habita sino de la naturaleza toda.

Los que nos habíamos criado allí conocíamos de memoria la sensación que produce en el alma la altura de las montañas, los secretos de la lluvia perezosa en invierno, los murmullos del viento acariciando árboles en el costado de la vida que se desarrollaba impetuosa y calladita, a casi tres mil metros de altura… Y así, las mulas, las llamas con sus crías, el cabrito, la vicuña…

Y también sabíamos de sus comidas antiguas y exquisitas: tamales de choclo y harina de maíz, empanadas de carne cortada a cuchillo, locros, guiso de panza…

Allá, bien arriba, donde la mirada humana y desacostumbrada se turba por la falta de oxígeno y pierde, por fin, la noción del cálculo y de la palabra hablada…

Entonces, aparece él, enseñorado y único: con las alas desplegadas en la redondez de su soberanía absoluta y trágica, en la catadura de su vuelo irreverente y acompasado. Inolvidable.

Y ese día, justamente, se iniciaba el mes de la celebración de la Madre Tierra.

Por eso, la elaboración de comidas adquiría visos de jerarquía central para serle ofrendada. Y para compartirlas con todos los paisanos del poblado. Incluso, con Don Huberto y los Aguilar. Era el momento justo para amigarse con ellos.

Y la abuela Eulalia anticipaba sabores deliciosos a albahaca y limón, a jupha y papines embebidos en la salsa que nadie pero nadie sabía preparar como ella.

Un poco de albahaca y de ajo machacados en morteros de piso. Otro poquito de cebolla arrancada de la quinta familiar por las mujeres más jóvenes, en el momento en que el sol no da de pleno sobre la tierra…. Una pizca de pimentón picante para condimentar chuños y morrones lococo flotando airosos dentro del caldo, convencidos de sus poderes curativos y nutrientes, cosechados por manos cobrizas en la parte más alta del cerro. Alguito de sal y pimienta para azuzar el sabor de las arvejas y la cebada. Y cada tanto, con cuchara de madera, le cosquilleaba en forma de ocho el vientre a las ollas, acariciando así el corazón mismo de la tierra.

Sin cargosear los alimentos… según ella, había que dejarlos largos ratos quietecitos para que se consustanciaran entre sí.

Más aquí, varias piezas de charque remojado desde la noche anterior, esperaban en el fondo de la vasija más vieja por ser la más “curada”, claro. Secretos de la abuela Eulalia, que había escuchado a su abuela… y así para atrás. Y más atrás todavía, hasta el confín de los tiempos aymaras.

Al son de las khenas de los Aguilar, el día se fue convirtiendo en una especie de bromelia abierta y ofrecida a Willca.

Alrededor de la media tarde, la familia enterita fue apareciendo como brotando de entre las piedras de azufre y mica, de a uno en fondo, por el camino que llegaba hasta el patio central. Salimos juntos a recibirlos, casi en respetuosa procesión como cuando vamos a recibir a la virgen de Copacabana.

Don Huberto Aguilar —ceñudo— le esquivaba torpemente la mirada a la abuela, mientras saludaba apretando la mano a todos los que estábamos allí.

Mi papá, que era el mayor de los Sosa, les ajustó con chispas a los ojos de cada uno de los hijos, como buscando reconocer en ellos una pizca de complicidad y gusto por el reencuentro, pero los muchachos se mantuvieron parcos. Y cuando lo tuvo frente a él refregó sus manos una contra otra, se sacó de un manotazo el sombrero tejido y apretándole los dedos en un saludo inicial, le dijo:

—Usté, Don Aguilar, hizo muchas macanas cuando joven… pero creo que la vida se ha encargao de irle mostrando que se equivocó fiero. Y aunque soy sólo un mozo al lado suyo, me animo a decirle lo que le digo porque he visto sufrir en silencio a mi mama…

El viejo agachó la cabeza en un intento de esconder tanto estallido de vergüenza, y por toda respuesta, lo miró pestañeando y reconociéndole su enorme parecido por primera vez, mientras las lágrimas le resbalaban por la cara. La abuela estaba al costado de mi papá y escuché que, de nuevo, murmuraba palabras en aymara.

—Pero hoy —siguió diciendo— usté y su familia están en nuestra casa. Así lo quiere ella, que es una mujer sabia y buena.

Y encontrando la mirada de la abuela, le dijo: —Hace demasiado tiempo de aquel enojo y hoy es día de fiesta… salude al Don Aguilar sin miedo… ¡abrácelo, Mama…! ¿No ve que la está esperando?

Los abuelos se abrazaron bien fuerte por un prolongado instante en el que parecían haberse recortado ellos dos solos sobre el horizonte, expresándose con todo el cuerpo la plenitud de la luna cuando cohabita junto al sol en el mismo cielo. Justo en un día como éste.

Todos nosotros nos quedamos calladitos, tratando de develar tanto misterio de grandes…

En el centro de la mesa de cardón, el olorcito tibio que brotaba de la fuente de barro era una ofrenda de vida y sensaciones, una invitación generosa a compartir la comida, a reanudar el camino. A sentarse a su alrededor para rememorar costumbres y secretos de la comunidad toda. De cada uno.

El aguardiente fresco, recién desenterrado de las entrañas de la tierra y el pan tibio, amasado con harina de maíz, el perejil y el ají picante destellando sabores ocultos sobre la superficie de la carne a punto. Como el IRA y el ARKA de los sikhus…

Como la vida misma: circular y pródiga si uno tiene una abuela como la mía… capaz de sentir la adolescencia hervir en su vientre, de perdonar y de seguir su guía interior, aunque haya pasado tanto tiempo. Y una historia ancestral haciéndose oír desde el alma.

Y enseñándole permanentemente cómo reunir amores alrededor de una mesa tendida. Aún con sus casi noventa y tres años.

(…y treinta y dos de viuda, como nos aclara siempre que puede…)

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