LAS FILIGRANAS DE PERDER
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julio 13, 2008

El Ojón - Colaboración desde México


EL OJÓN
Eduardo Lucio Molina y Vedia

“Así le decían al huerfanito porque casi no tenía cara. Todos lo quisieron, tan desamparado como vino. Había llegado de por ahí cuando estaba chamaco y luego luego se lo consintió. Nunca pedía nada y siempre tuvo lo que quiso. Menos padres, pues...”

Estaba lleno el local esa tarde soleada y me instalé a esperar con paciencia mientras el peluquero terminaba de podar una tupida melena negra y contaba su historia al viejito sentado junto a mí. Era como si estuviera amasando el relato en la cabeza muda del cliente mientras estiraba y medía el cabello con mirada experta para enseguida rebanarlo de un tijeretazo.

“Callado el muchacho pero rápido de entendederas. Hacía los mandados a los vecinos del mercado y dormía entre los costales. Ahí le hizo su lugarcito un puestero al que apodaban Miserias, por lo tacaño, a cambio de limpiar en la madrugada mientras descargaban la fruta nueva. Y «la pisaba», como decía el argentino de la parrilla. Agregaba «no se crea», que quería decir «aunque no lo crea». Así hablan ellos, pues... En las cascaritas el Ojón siempre metía algún gol y el che lo seguía con la mirada moviendo la cabeza: «La lleva atada... », decía, pero eso sí no sé decirle lo que quiere decir.”

El sol se iba acostando, filtrándose por las cortinas, y entraba ya gratamente moteado de sombras. Se adivinaba el viento entre el ramaje de la arboleda florida acompañando la voz del maestro y el chasquido de las tijeras. Afuera, como en película muda, hervía algo más lejos el infierno de la avenida.

“La verdad, no sé por qué carambas un día lo llevamos al río. Queríamos que nuestros hijos vieran cómo uno solito se hace hombre. Desde abajo, chingao... Entonces fue el resbalón ése que lo metió en la mera crecida. Y ahí va dando marometas entre las piedras. Y nosotros corre y corre por la orilla cortando camino. Que si no se estrangula la corriente en el Socavón de Ánimas, se lo lleva la cascada. Lo vi rebotar en los escollos como si el mismo demonio estuviera jugando a desarmarle el cuerpo, pero quedó enterito trabado en unos troncos. Habrán sido cinco, diez minutos, quién sabe. A mí se me hizo un siglo cuando lo perdí de vista en medio de la maleza. Porque es sabido que el tiempo hace lo que quiere con uno. Se junta y se estira como chicle, amigo, y cuando nos damos cuenta ya pasó y ni cuenta nos dimos. Pero yo confiaba en el estrechamiento de las ánimas, ahí donde angosta el cauce. Y que voy teniendo razón. Una felicidad cuando lo abrazamos. Temblaba de frío y miedo, los ojos reteabiertos, más grandotes que nunca.”

Bordes carcomidos del espejo diluían siluetas de indeciso contorno. Junto a la puerta el cilindro acaramelado del antiguo gremio de los barberos (blanco, azul, rojo) parecía girar en espiral como bailarina de agua.

“Cuando se fue del pueblo lo extrañamos. Al año se supo que lo habían matado quién sabe cómo ni por qué, en la quebrada de Nativitas.”

La voz del peluquero se fue haciendo más clara y pausada. Reverberó contra espejos y paredes sin ruido de fondo, ya no vi al viejito que esperaba turno a mi lado. Ahora el público era yo. Solo, increíblemente solo, me vi de pronto en ese espacio aromado de reflejos, talco y tinieblas. Pensé entonces que había llegado mi turno, pero el de la tijera ni en cuenta. Limpiaba peines, navajas, brochas, metía bandejas de metal en las gavetas y barría los mechones negros, güeros, canos, todo mezclado, a la basura.

Cayó la noche y no sé a santo de qué yo seguía ahí. Apenas se vislumbraban unos contornos como fosforescentes que no acertaban a configurar cosa alguna y un murmullo en borbotón de sílabas con que las palabras del peluquero se atropellaban unas a otras encabalgándose y comiéndose los bordes del sentido, pariendo en curiosas conjunciones significados truncos, hebras de discurso que desafiaban al entendimiento. Un lenguaje oblicuo, medio torcido, como tijeretazos del inconsciente. Así buscaba el pensamiento callejones sin salida. Se precipitaba, pensé, hacia un desenlace insinuado más que presentido.

Supe entonces que no me había puesto el destino en ese lugar para entender lo que estaba pasando sino para vivirlo. Sin juzgar, toreando el riesgo de sus complicidades, de sus ambiguas aproximaciones. Pero toda confusión acaba siendo claridad en el desafío del tiempo que se agota. Es cuando ya no importa porvenir ni memoria, momento desamparado de trascendencia, opaco, vacío de todo registro y prestigio, instancia desnuda.

La voz del fígaro sonaba ahora hueca, recortada en un hoyo de silencio. Entre un restallar de filos sentenció: “El pelo crece siempre, amigo, hasta en los muertos. Por eso nunca descansamos.”

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septiembre 21, 2007

Digresión - Colaboración desde México


DIGRESIÓN
Eduardo Lucio Molina y Vedia

¿Quién hubiera dicho que Amparo tomaría el atajo de los recuerdos? Entre la amistad y el amor, la calidez de nuestra cita admitía cierta ambivalencia. El lugar inhóspito, de paso, hecho para el ajetreo y la pausa bulliciosa en horas de trabajo, era un desafío. Pero aunque el ambiente se había venido preparando desde hacía tiempo ninguno de los dos pudo prever el abismo que abriría en torno nuestro la barbarie de los tiempos. Y sin embargo, tras algunas vacilaciones y rodeos, como si nada extraordinario estuviera ocurriendo en ese instante, o como si hubiese hallado el tenue exorcismo necesario, Amparo entró de lleno en su relato:

Aunque la traté desde siempre, yo conocí en realidad a mi tía abuela Dorotea Zorrilla, de Guanajuato, leyendo su diario personal. Ahí detalla hasta la minucia seis décadas de resistencia al matrimonio y otros diversos tedios familiares. Fue una mujer ásperamente independiente, obligada a una austeridad afectiva que le agrió el carácter. La recordaba intolerante y odiosa cuando en mi adolescencia me llegó su invitación a visitarla porque, según me adelantaron, quería dejarme su legado espiritual. Y allá fuimos desde Morelia, donde nos habíamos instalado con el clan materno cuando murió mi padre. La herencia eran esos cuatro tomos de recuerdos y reflexiones cuidadosamente encuadernados en piel. Me los dio sin ceremonia ni solemnidad, como entregando el alma.

La evocación de Amparo había creado un remanso de nostalgia en esa mesa de La Veiga que daba al infierno de Insurgentes a la hora del estrés. Acababa de estallar la guerra del Golfo y comencé dándole la noticia que había escuchado en el taxi. Entonces nos dijimos algunos silencios y perplejidades -porque lo que sucedía en el otro extremo del planeta nos desbordaba- hasta que no sé cómo Dorotea salió al quite. Tuvo que ver con la película El ladrón de Bagdad, donde un hombre se transformaba en perro bajo el encantamiento de un hechicero, y estaba hablando cuando las palabras se le convertían en ladridos, y doña Dorotea comentó que así era en la realidad, sin trucos ni brujerías, que sobraban las ocasiones en que los hombres comenzaban hablando y terminaban ladrando. Ahí enganchó Amparo el tren de su memoria y siguió:

Acabé devorándome esas páginas, donde desfilaban generaciones y vertientes de historia viva. Lo primero que me atrajo fue una larga lista de razones por las que jamás se casaría. Databa de sus dieciocho años. No retengo cada apartado pero sí que todos apuntalaban la defensa de un territorio por crear: el de una soltería feliz. Quizá también, aunque no es seguro, el de una homosexualidad impuesta y a la vez reprimida por el entorno provinciano. Una de las cláusulas aduce que un par de individuos capaz de tolerar la simbiosis conyugal no merece la felicidad. Sobre el dilema de la pareja abierta opina que fue superado por la práctica. No condena la infidelidad sino lo que llama "sincericidio", al que define como un harakiri de a dos donde la sinceridad es instrumento y víctima. Hay alguna referencia al deterioro que se cobra el ejercicio del poder y al privilegio de quienes luchan contra él. Aunque para hacerlo -explica- deban contaminarse con un razonable acopio de esa lacra, nunca tan provisoria ni reversible como se imagina. Lo cierto es que los hombres son secundarios en esos textos, y se los trata con el cuidado y la distancia con que se puede manipular a un insecto desconocido.

Mientras Amparo hablaba, yo permanecía en otra frecuencia. No es que a mi edad, una invasión norteamericana me quitara el sueño. Tampoco que el ataque a Irak fuese algo inesperado, con poca publicidad previa. La consternación, el escándalo, eran cualitativos, y apenas me dejaban seguir la historia de Dorotea. Tal vez fuera ese aparente consenso que rodeaba a la masacre. Aunque inducido y hasta simulado por los medios masivos, era obsceno, y tenía pese a todo un efecto aplastante. Una pantalla de televisión mostraba cómo una bomba inteligentísima se metía por la boca de una chimenea. Pasó, como una ironía, la niña que reparte flores. Iba a proponerle a Amparo que lloráramos juntos cuando tuve en cuenta la advertencia de mi amiga Susana, según la cual no hay pareja que sobreviva a un llanto compartido. Así que me dispuse a acompañarla en su incursión por el pasado. El lugar hostil, el ruido de la calle y de las conversaciones, el chasquido de vasos, platos y botellas, no ayudaban. Pero Amparo continuó:

Los hombres no la movieron a Dorotea. Si hay dos o tres que logran ganar los sobresaltos de su sangre, resultan rápidamente neutralizados mediante pulcras estrategias de distanciamiento. Con las mujeres, en cambio, es distinto. Sin que ocurra nada espectacular ni muy comprometedor, lo femenino fluye por cauces de ternura y afecto. Ellas son las verdaderas semejantes, las que pueden robarle espacios de humanidad solidaria al mundo árido de los hombres. Y hay una escena inquietante, narrada con toda la ambigüedad de una buena literatura: cuando, tras un recital en el Teatro Juárez, Gabriela Mistral estuvo un rato charlando con ella y le retuvo largamente las manos entre las suyas. Dorotea no era mujer de dejarse tocar con facilidad por el azar, pero allí descubrió, dice en el diario, "su hambre de un igual", y hubiese deseado poseer crines, y alas, y cola, y otras partes acariciables del cuerpo, para que ese divino instante no tuviera límites. No fue poco para alguien tan escasamente proclive a lo emotivo.

A esa altura del monólogo nos estábamos quedando casi solos. El ruido de la avenida se iba apaciguando y empezaba a apretar el frío. Un voceador de Ovaciones informaba: ¡Arrasan Bagdad, los cabrones! ¡Nomás porque tienen más pistolas!

Adueñada de todo el espacio del encuentro, Amparo prosiguió:

¿Qué podía ser sino cristera una hija de ex hacendados del Bajío a fines de los veintes? Para ella la santidad del padre Pro no era materia de discusión ni dependía de conjeturales gestiones burocráticas en el Vaticano. Y sin embargo, por esas paradojas que se dan entre lo público y lo privado, en lo personal era más librepensadora que muchas mujeres que participaron en la revolución o que profesaban ideas avanzadas. Desde que decidió que se iba a dedicar a sí misma por sobre todas las cosas la lectura fue su ordenada obsesión. Iba a la biblioteca de los jesuitas, junto al templo del siglo dieciocho, donde desayunaba con los filósofos de la antigüedad griega y merendaba con los novelistas del romanticismo. Después emprendió un viaje por las disciplinas exactas y naturales. Durante algún tiempo le dio por estudiar física y me explicaba las diversas manifestaciones de la electricidad, para finalmente corregir: "Eso es lo que dice la ciencia, pero si tú quieres saber qué es la electricidad, qué es en sí, de eso la ciencia no dice nada."

Una existencia severa, casi monacal... — intervine, para sentir menos incómoda mi pasividad de oyente.

Quién sabe. Se me hace que en sus lecturas Dorotea desplegaba una rica sensualidad, una especie de festín del conocimiento y del goce estético. Digamos que no le faltaba qué sublimar. De cuántas vidas y vicisitudes, asombros y reflexiones, no estaría cargado su espíritu cuando la trastornó ese primo segundo llegado de Europa, pintor y esotérico ("un loco de atar", según mi tío Abundio), que la tuvo una semana desnuda frente a su caballete, acariciándola sólo con la mirada y el pincel, casi sin dirigirle la palabra. Ahí pasó algo que el diario omite pero se intuye por su gravitación en los hechos posteriores. Consumado o no, el sexo se hizo presente sin pedir permiso y la respuesta de Dorotea, o el resultado de esa previsible confusión, fue un rechazo inmisericorde y atroz. Pierre, como se hacía llamar ese diletante, no aparece más en el segundo tomo y apenas vuelve, pero bajo una imagen esperpéntica, al final del tercero. Había resuelto no asearse más, la barba y el pelo le daban un aspecto cavernario y, por último, cuando la mugre de la ropa se volvió insoportable, optó por quemarla en el baño y se paseaba en cueros a través de la enorme habitación donde se recluyó por propia voluntad. Entonces las familias no se desentendían con tanta impavidez de sus locos y marginales, de modo que el fenómeno terminó siendo parte del folklore local. La gente que pasaba ante esa casa de altos por el Callejón de la Gritería no dejaba de lanzar una mirada hacia el balcón donde esporádicamente podían atisbarse fugaces exhibiciones. Pierre no hablaba a su pueblo. Sólo gesticulaba con lenta sobriedad, como diciendo algo que las palabras jamás podrán expresar.

¿Y ahí se corta la historia?

Ésa historia, porque las hay por decenas, unas más insólitas que las otras. Dorotea y Pierre no se vieron más. Él murió desorientado, sin tantear sus coordenadas, tan perdido quizá como nosotros. Sus telas, incluso el fatídico desnudo, quedaron arrumadas en un olvidado sótano de la Calzada San Marcos y se las tragó una demolición. Dicen que ejercía un realismo desolado.

Se hizo un vacío espeso. Entonces Amparo añadió:

El último tramo del diario de Dorotea es un lúcido y despojado trayecto hacia la aceptación de la muerte. Envejeció como había vivido, sin hacerle mucho caso a la gradual decrepitud, descreyendo de las contingencias de la materia. No le importaba su cuerpo, donde se habían simulado tantas batallas inútiles. Lo que la anonadaba era el cese de los sueños que urdieron su vida. Más aún, la certeza de que esa clausura sería seguida por otras, hasta la total extinción de los ámbitos que le fueron entrañables. Temía a la nada, pero lo disimulaba diciendo: "Soy una anciana que se extingue despacio y eso no tiene nada de extraordinario." Al revés de lo que suele suceder, su fe se fue apagando con los años y concluyó diluyéndose en un resignado agnosticismo. Ya postrada, pronunció, como confiándome un secreto: "Me tiene intrigada la supervivencia de las religiones." En las páginas finales se insinúa una voz más profunda, como la de un viento de grave melodía. Las circunstancias se diluyen y prevalecen los grandes trazos, frases simples y densas, depuradas por la decantación de la edad. En un pasaje cita: "La virginidad no se pierde, se gana." Y algo curioso. Yo, que sin duda fui, aunque oscuramente, una persona importante en su vida, no aparezco para nada en esos textos.

Amparo se soltó la cabellera y con el rostro iluminado por una sonrisa cómplice observó: Pero mira dónde nos llevó la evocación. Había caído la noche. Bagdad amanecía bajo las bombas.

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septiembre 04, 2007

Mascarón de Proa - Colaboración desde México


MASCARÓN DE PROA
Eduardo Lucio Molina y Vedia

(Inspirado en poemas de Iliana Godoy)

Sobre mi precaria barca de madera carcomida por las sales, mástil y remos interrogan al mar preguntándole hacia dónde vamos. Aunque no me parezco a la figura caprichosa que corona aldabas, fuentes y proas, llevo empotrado en mí el firme espolón de antiguas embarcaciones, símbolo del horror y los placeres de mi errancia.

Soy Lilith, la primera mujer de Adán, exiliada por exigir un erotismo pleno y negarme al automatismo animal del sexo, esa sorda gimnasia de la confusión. Vago sin fin por submundos oceánicos uniéndome a íncubos, súcubos y demonios andróginos con quienes engendro una progenie exánime.

He conquistado mi dura y espléndida inmortalidad desafiando los Poderes Supremos. Estoy condenada a la furia y la vehemencia de una eternidad sin frutos pero fértil en su propio juego, en su propio fuego.

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Gitano - Colaboración desde México


GITANO
Eduardo Lucio Molina y Vedia

Al Gitano Ruiz, que jugaba de centrojás y la pisaba

Sentado en las desechadas cajas de cartón del Mercado Viejo, cartones apilados que habían contenido huevos o latas de conserva, miraba al Gitano Ruiz, que bajo el chorro del piletón de los pescaderos, acentuando la carnosidad anhelante de sus labios, imploraba borracho: “Quiero más café.”

La barra se divertía con su módico drama y yo me hundía más y más en los cartones, y les iba dando la forma complementaria de mi cuerpo, la forma de un sillón retacón y cómodo, armado por las capas superpuestas de una especie de hojaldre corrugado.

(Una obra de arte precursora del diseño escandinavo, se diría hoy, si se hubiese conservado en algún museo del mueble efímero.)

La módica tragedia del Gitano cobraba un grave patetismo ante mis azorados ojos infantiles. Los gritos, las risas, las burlas afectuosas de la muchachada, volvían la escena más absurda y escarnecedora, hasta que se fueron convirtiendo en un balbuceo incomprensible, que semejaba la parodia de un idioma inexistente.

Entonces me quedé dormido.

Fue un sueño de cartón. De cartón y mimbre.

Repetía, con el ligero matiz irónico de los sueños, una secuencia única, conocida, cómoda como zapato viejo: la escena de la Celebración del Mimbre.

Era el atardecer y pasaba frente a la puerta de mi casa el recargado carretón del mimbrero, con sus percherones de tiro, el farol a querosén bailando abajo y un infaltable perrito seguidor. El barrio se llenaba de una solar luz vegetal. Las canastas y canastones, las sillas y mecedoras, las mesas oblongas que se retorcían e interpenetraban en incesantes curvas, mantenían en tenue balanceo su increíble equilibrio, como si llevaran a conciencia, delicada y muellemente, la pausada tardanza de los artesanos.

El carretón pasaba una y otra vez en cámara lenta, interminable. Yo lo veía pasar, sentado en el umbral de mi caserón de higueras y magnolias, como décadas después al buque de Fellini.

Se hizo noche y me anduvieron buscando.Cuando volví a mi casa el alivio era bronca, amor, silencio.

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agosto 05, 2007

Festín - Colaboración desde México


FESTÍN
Eduardo Lucio Molina y Vedia

A la mirada de Emilia

San Luis Ocotlán era un pueblo como tantos, perdido entre áridas serranías, antes que hiciera historia su última fiesta patronal.

Nadie hubiese imaginado que su destino conmoviera a otras regiones, que su nombre se silenciaría desde entonces con recelo para protegerlo del oprobio.

El ocote que se quemaba en el sahumerio había desaparecido con los bosques, convertidos en tablones, por la nueva ruta de tierra apisonada que iba a la capital. El beneficio de café del vasco Azcona, un usurero sordomudo que prestaba dinero para agrandar sus campos por vía de los remates judiciales, era la principal actividad productiva fuera de los cultivos de subsistencia. El único y exótico vínculo con el exterior eran los programas de radio y TV, que descargaban sobre los lugareños historias y escenarios inverosímiles.

Desde que el vasco aprendió por carta el lenguaje de las manos, junto con los otros dos sordomudos de la comunidad se la pasaban hablando todo el tiempo como unos charlatanes. Todo transcurría sin sobresaltos ni amenidad entre rutina, hábitos y costumbres.

Pero la tarde de la ignominia, el pulque que corría de buche en buche los había embriagado hasta hacerles perder el sentido y tenderlos a todo su largo sobre el lodazal de orines del atrio.

Frente a ellos y otros borrachos que se recargaban en las bardas, bajo las tiras de papeles de China, los danzantes cubiertos con máscaras de ancianos y animales fabulosos repetían incansables los movimientos del ritual, aturdidos por el ajetreo bullicioso y el derrape desafinado de la banda, entre gritos, alboroto de peleas, risas superpuestas y llanto de niños.

Las cosas empezaron a cambiar cuando primero algunos, después la mayoría y más tarde casi todos, levantaron la mirada con cierta inquietud hacia el pajarraco negro, aparentemente solo, lejos de su bandada, que observaba inmóvil la vasta escena desde el campanario.

Su plumaje brillaba como un liviano espejo de tinieblas sobre la pesada campana de bronce, exhibiendo una apostura entre soberbia y amenazante.

Después de la sequía interminable del lustro anterior, los zopilotes ya no caían por las tardes sobre la tierra blanquecina y dura de los campos a limpiar de carne los esqueletos de las vacas muertas.

Ya casi no había animales en el pueblo, salvo la yunta de don Regino, que ahora deambulaba por el atrio, y la escuálida ternera que solía abrevar conducida por Emilia, una adolescente de pesadas trenzas negras, en el hilo de agua que sobrevivió a la presa.

Así que se había acabado el espectáculo de las aves de rapiña disputándose los jirones flacos de las reses, desgarrándolas minuciosas y voraces contra la puesta de sol.

Sólo restaba la fiesta patronal para perderse en el pulque entre el sonido confuso de la banda, la salmodia de las alabanzas, el monótono baile de los danzantes y la indiferencia del santo de palo, cuyos ojos absortos parecían sorprendidos por la desgracia general.

Esa desgracia sin cuento que los perseguía a todos de mil formas. Porque después de la sequía vino el ejército sembrando muerte y escarmiento entre los jóvenes, la presa que desvió las aguas y la peste de los niños panzones, que se llevó a decenas hasta que mandaron las enfermeras y los camiones con suero y maíz.

De modo que cuando al primer zopilote se le fueron agregando un segundo, y otro, y otros más, clavándose exultantes hasta cubrir de negro los techos y la cúpula del templo, la inquietud se hizo pavor.

Tal vez llegaban atraídos por los aromas de fritura que despedían los puestos de comida, pensaron al principio algunos, mientras se alejaban cada vez más presurosos de la iglesia entre restos de alimentos, máscaras grotescas y el barro meado por los varones.

Cuando el viento se fue deteniendo poco a poco hasta extinguirse cesaron también, como bajo un conjuro, el griterío de los vendedores, la danza, la música y los rezos.

Inmovilidad y silencio fueron otra vez el horror en ese instante previo al desprenderse brusco de los zopilotes y su descenso convergente sobre la decena de cuerpos ebrios y dormidos, que libraron su lucha desigual contra los ávidos picos.

Los demás huyeron despavoridos dejando allí abandonados a sus borrachos bajo la hambruna de las aves rapaces, como si no los unieran a ellos historias comunes, lazos de vecindad y parentesco, o la simple piedad por los semejantes que predican los sacerdotes en los templos.
Regino alcanzó a levantarse a duras penas y escapó tras su yunta antes de perderla. Llegó al paradero de los autobuses con toda la ropa desgarrada, a tiempo para sumarse al éxodo con el cura y el monaguillo en la camioneta municipal.

Cuando al día siguiente el pueblo amaneció bajo el maleficio de la ausencia, aparecieron la Cruz Roja y la policía para llevarse los despojos, junto al grupo anhelante de periodistas y camarógrafos. Uno de la televisión que repartía billetes entre los policías, puso en medio de la escena de los esqueletos al santo de madera. “Para darle realismo”, dijo.

El cielo estaba despejado y la brisa volvía a revolver la polvareda y a balancear las cuerdas con los papeles recortados de pálidos colores.

En la calle central de tierra quedó el carro de una de las víctimas, el frutero de nombre Pulido, con una leyenda pintada en la defensa trasera que decía: "No me compares".

Eran las cinco en punto de la tarde cuando Emilia, como todos los días sin lluvia, cruzó espectral por el pueblo con su magra vaquilla y su mirada oscura y filosa hasta el arroyuelo que llegaba del cerro.

Se habían ido los zopilotes, el cura, los policías, las cámaras de televisión y la Cruz Roja.

Quedaban los muertos en el camposanto, las piedras del crucero mágico embrujadas por el mito de los ancestros y las casas vacías, como detenidas en el tiempo.

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julio 20, 2007

Aunque Nos Maten - Colaboración desde México


AUNQUE NOS MATEN
Eduardo Lucio Molina Y Vedia

A Juan Nicolás Curci, el Tucumano

A los danzantes nos hallan luego en los pueblos porque andamos de aquí para allá. Eso es bueno, pero no siempre. Ya ve usted que cuando uno topa de golpe con alguien querido después de mucho tiempo la verdad salta a los ojos. Y esa vez que me encontré de nuevo a la Rufina no me gustó. Quién sabe por dónde andaría todos aquellos años. Yo no me pude quitar la huella de su aroma a quemado desde que el destino nos juntó. Por eso cuando nos volvimos a ver lo quise revivir, pero no se logró. Todavía siento sus pelos en mi lengua, el remolino de polvo en la tierra seca, el afán de la carne ardiente entre la ropa mojada. Desde que me tumbó junto a la yuca dejé de oír el ladrido de los perros. Sólo su voz que me decía: "Ya sabes, aunque nos maten."

Usted querrá que le cuente cómo era esa mujer. Pero apenas si la conocí esa noche en las fiestas de San Vicente Juquila y al rato ya andábamos correteados por el monte.

Después no la había vuelto a ver. Sólo me estuvo acompañando como un sabor del recuerdo.

Aquel día habíamos llegado a la obligación con el jefe Cuitláhuac bien temprano. Estábamos más tranquilos que agua de charco, pero desde que me dieron mi danza tropecé con sus ojos. Me miraban como si yo fuera el mismo Tezcatlipoca, el Espejo Humeante pues. Siempre te miran, pero fue distinto. Terminé el saludo a los Cuatro Vientos y me metí en la danza de Xipe, el Desollado. El latido del huéhuetl me brotaba dentro, como si el corazón se me saliera para que el sol entrase. Ya ve que esa dancita es larga, de ocho pasos, y en los giros uno experimenta que a cada rumbo se le da lo suyo. Cuando bailé no la miraba, no la sentía mujer; sólo sus ojos. Ya sabe usted que son cosas distintas. Uno es danzante. Pero esa vez noté que su aire me rodeaba y me movía cobijado por su sombra.

El caso es que por la tarde, cuando todos estaban echándose un taco, la busqué como distraído por el atrio y hasta pensé que ya no la vería. Pero con todo y eso conseguí jabón y me bañé para la noche. No quise regresar con los demás y me quedé con mis cuatro primos para volver a la madrugada en su camioneta.

Éramos los fuereños y ya con unos mezcales empezamos a presumir de entrones. Cuando llegamos a la fiesta la banda tocaba "Dios nunca muere" y Rufina esperaba de blanco entre todas las mujeres, coronada por una trenza negra y brillosa. Esa costumbre de los pueblos: las hembras sentadas por un lado, los hombres de pie junto a los tragos, y nosotros aparte, viendo cómo se acomodaban las cosas.

Si no hubieran empezado tan pronto las cumbias tal vez nos vamos temprano con mis primos a seguirla entre nosotros, a barajar de nuevo nuestras pobres vidas, como si perder tuviera su encanto.

Lo malo fue que cuando acordamos todos estaban bailando y Rufina me rozaba con la falda al pasar sin dejar de prestarle el rostro a su pareja. Esperé que el mezcal hiciera su trabajo y la saqué.

Desde que nuestros olores se aparearon a la vista de todos las cosas comenzaron a cambiar. Lo suave se fue poniendo duro, por así decir, y vale la intención, porque así fue por donde se lo mire.

Primero cesó ese ruido de fondo que revuelve la música y el jolgorio de las fiestas con el murmullo de las conversaciones; después hubo algunos cruces de miradas entre los lugareños.

Nos habían dejado solos en el patio, a mis primos y a mí, con unas muchachas trémulas entre nuestros brazos. “Quieren ver cómo le damos a la salsa los danzantes", me dije burlón, pero no había motivo alguno de risa.

Nada quisimos saber de si eran solas o no las mujeres que estábamos alborotando hasta que empezaron a pararse sus maridos con las manos a la cintura, donde relucían unos pistolones profundos. Hubo gritos y zamarreos, algunos disparos al aire para ponerle un alto a mis primos, que salieron como si los llevara el diablo, y otros que se perdieron en la negrura de la noche. Unas señoras mayores se afanaban en guardar vasos y botellas, impasibles, como si esas balaceras fueran cosa cotidiana. Todo lo estuvimos viendo la Rufina y yo bajo una mesita, cual si nos hubiera tragado la tierra.

Pero cuando el ambiente se fue serenando y la única que no apareció fue ella la cosa se puso color de hormiga, compadre.

Mire que soy valiente —alguna vez lo he demostrado—, pero lo cierto es que se me aflojaron las piernas. Si no fuera por la calentura que me soltó Rufina clavándome sus pezones en el pecho, ahí me quedo quietito a esperar quién sabe qué.

Las otras se apretaron al centro del patio para compartir la culpa. Los hombres las fueron arrancando a jaloneos de su isla de vergüenza, una a una, entre insultos y golpes.

Cuando vieron solo a Chema, el marido de Rufina, suspendieron el mitote y sacaron a los perros. Pero nosotros ya habíamos saltado la cerca del chiquero dejando atrás la escandalera de los cerdos.

En ese momento pensé que si nos alcanzaban nos matarían. Corrimos a campo abierto buscando algún matorral donde meternos, pero eran puros nopales y magueyes rodeados por la tierra pelona y apenas si pudimos esquivar las espinas. La jauría se nos acercó tanto que en un momento de terror creímos oír su jadeo. Seguimos sin parar para librar el apremio, hasta que vadeamos el arroyo y se volvieron a escuchar algo más lejos las voces y los ladridos.

Ya en la otra orilla, exhaustos, reunimos las fuerzas que nos quedaban para continuar adelante.

El miedo nos empujó pendiente abajo hacia el caserío cercano cuando el cuerpo de ella se me vino encima y rodamos trenzados bajo la yuca.

Ahí despertó el acoso que llevábamos dormido entre las piernas. A horcajadas sobre mí, Rufina se sacó el vestido húmedo liberando sus pechos carnosos y calientes para darme a chupar entre mordiscos la sal que le escurría del cuello y endulzaba sus pezones endurecidos. Sus dedos luchaban por zafarme el cinto. Yo la tiré de espaldas y me sumergí entre sus muslos a saborear la guanábana tersa y olorosa que se abría a mi lengua, mientras mis manos seguían exprimiéndole la leche del deseo. No me dio tiempo a desvestirme. Su grito de placer me hizo montarla con la furia de quien cabalga su sabida muerte. Me enardecía aquel olor polvoso, casi amargo, como a sangre quemada. "Aunque nos maten", gemía junto a mi oído cuando sus labios escapaban a mi boca. No paré hasta sacarle todas las ganas que traía en el vientre.

Después, quietos uno dentro del otro, sentimos en silencio que ya nadie nos seguía. La noche espesa olía nuestros humores y una brisa piadosa confirmó que el peligro había pasado de largo como un escalofrío.

Despertamos abrazados y sedientos; se veía muy cerca la Iglesia de la Merced saludando con sus campanas a gallos y trenes. Al dejarla en casa de su hermana, muy callada, Rufina se despidió de mí como si no me conociera. Nunca supe qué le dijo a la familia, ni cómo convenció a su Chema de que no pasó nada.

Cuando después de varios años me buscó en la fiesta patronal de Yerbasanta, no hablamos de eso ni de ninguna otra cosa. Tuvimos la vista clavada dentro de nosotros mismos, trabados de los nervios, husmeando un tiempo que se fue, tratando de revivir la noche bajo la yuca. Pero no se pudo.

No fue fácil entender aquella noche, aunque tampoco sirve de nada. Con los años supe que los de San Vicente Juquila nunca matan a nadie. Sólo querían humillar a los forasteros y sentirse muy machos. Demostrarle a las viejas que los otros son gallinas y darles una buena madriza antes de cogérselas. Que los fuereños se escaparan como maricas después de ilusionarse con sus mujeres. Y que ellas se conformaran por la madrugada pensando en el taco de ojo que se dieron y lo bien que las culearon sus maridos.

Así que cuando huíamos éramos parte de ese circo. Sólo la avidez que nos unió un instante pudo hacer lucir la dignidad. El orgullo de amar, se dirá.

Nos hubieran matado. Para que la rutina no se tomara su revancha. Para que no se encarnizara con nuestro recuerdo, con nuestro pedazo de eternidad carajo, la vez que nos volvimos a encontrar. No estaría yo hablando solo en esta habitación vacía, conversando con las paredes como un loco, contándole de nuevo la misma historia casi con idénticas palabras a quién sabe quién, a nadie pues, ahora que se me olvidaron las cosas y apenas me quedan las palabras.

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Versus - Colaboración desde México


VERSUS
Eduardo Lucio Molina Y Vedia

Siempre quise que el hombre que me amara no fuera de aquellos que se jactan de extraer de las mujeres sus máximas posibilidades de realización.

Esos voluntariosos feministas son el ejército de salvación del tedio y una fuente inagotable de culpas y obligaciones.

Resulté fea, pero tengo mi estilo. Sé muy bien lo que puedo dar y sería feliz con mucho menos.

“Soy tuyo”, me decía el cabrón, pero le hablaba a su fantasía. Y yo no soy una fantasía sino un pedazo de carne con ojos.

Como la mujer colgada de la pared, odio que se fijen en la maestría de la pincelada y el equilibrio cromático en lugar de mirarme.

Los años pasarán y entonces nadie en verdad verá la obra y no importará tanto la consagrada técnica pictórica, sino mi realidad disecada por el arte.

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julio 09, 2007

Ceremonias - Colaboración desde México


CEREMONIAS
Eduardo Lucio Molina y Vedia

Sin duda en el origen del ambiguo ritual estuvo esa pequeña costura de un ojal de carne sobre la ingle derecha, diminuta cordillera de cicatriz que se iría estirando con los años. (Lo descubrí mucho después, ya lejana la tarde lluviosa que nos mudamos al caserón de Belgrano con muros de 30.) El signo fue esa huella pero el enigma persiste. Porque cada impronta remite a otras lecturas, a nuevas configuraciones, sustratos capaces de callar y decir más de lo que son.

Seguramente hubo anestesia, enfermeras moviéndose en el quirófano, envolviéndome en las suaves toallas de hilo que entonces usaban los hospitales. Contactos experimentados tal vez como primeras caricias no maternas, promesas de plenitud que precedieron al breve corte del bisturí y la posterior sutura. Castigo eventual, quizá, de fantasías informes.

Vivimos rodeados de mitos y rituales. Casi cada día atravesamos agonías, hechizos y resurrecciones. Pero la repetición fascinante de una escena conformada por una serie de actos prefijados, que se presentó de pronto en las postrimerías de mi infancia, sólo pudo obedecer a inciertos núcleos de sentido que buscaba revivir, desentrañar, acaso controlar. Porque algo de aquel ajetreo quirúrgico, grávido de símbolos y vivencias sensoriales, quedó impreso en memorias del inconsciente como un manantial onírico de efecto diferido.

Pudo ser también, entre tantas cosas, el cepo del braguero que me mantuvo sujeta la cintura durante meses para que cerrara la herida. O mi identificación posterior con el cuerpo exánime de Cristo entregado al regazo de María, que me comentaba en casa mi vecina Nené Rondinelli, la hija del zapatero, hojeando con asombro los tomos de “Los Grandes Museos de Europa”: sacro o profano, el mensaje era la cumbre del amor en el martirio, la imagen del dolor vinculando lo humano más allá de géneros o credos.

Es extraño peguntarse cómo un cuerpo resulta aislado de lo real y deja el acaecer de la vida para ingresar a otra dimensión, convertido en campo de pruebas donde el tormento o la ciencia buscan indicios del último secreto y el espíritu cumple su papel de testigo.

Imagino al cirujano como Poncio Pilatos lavándose las manos en alcohol ante una enfermera que le ofrece la toalla blanquísima de lino. Y enseguida el tajo, la incisión de bordes perlados por gotitas rojas, la mano diestra que repara y une, y por fin el zurcido que cierra e inaugura el trayecto de la cicatriz.

Pero ese abandono o condición pasiva del cuerpo, esa inmersión en la nada que lo convierte en ícono de múltiples significaciones, debió grabarse en mí como un glifo a develar. Porque años más tarde, atravesando transiciones y deslumbramientos de la niñez, apareció La Ceremonia, esa misteriosa escena privada, repetida una y otra vez, que me tuvo por único y clandestino protagonista, movido como autómata por algún designio o fuerza superior.

Era desnudarse y despejar la mesa de cuadernos, tinteros y compases, cancelar su historia hasta dejarla también desnuda, inmemorial, en blanco, como la mesa de operaciones donde me sellaron la hernia inguinal; tenderme enseguida de espaldas sobre ella, sentir su frío iniciático y, casi al mismo tiempo, buscar afanosamente las toallas lisas para extenderlas sobre mi cuerpo; simular entonces con brazos y manos los pases mágicos de las oficiantes, en un éxtasis de placer que me desbordaba por completo en sensaciones oceánicas. Semejaba el ensalmo de imantar el aire, de convocar un epitelio virtual ultrasensible que latiera sin contacto y dejara al paso de su oleaje ese brillo final que lame la playa al retirarse la marea. Evocándolo, suspendidos el tiempo y el espacio, tendido en ese limbo, en ese plano intermedio donde la conciencia se hace ensoñación de elusivas sinestesias, veo manchas que surgen para enseguida deshacerse sin construir estructura alguna, sólo poblando el instante. Así vivía la felicidad de no entender nada, de entregar mis coordenadas al azar de la dicha. Convocaba un erotismo a la vez intenso y difuso transformando mis manos en otras etéreas manos bienhechoras a las que me rendía. La excitación desencadenaba el rapto, me hacía actuar como siguiendo un programa, y la escena revelaba áreas desconocidas de mi propia identidad.

Siempre supe, lo recuerdo bien, la carga transgresora de La Ceremonia, su sensualidad desorbitada. Esa exhibición ante mí mismo, o ante quién sabe qué dioses, lo violentaba todo: el ámbito familiar, la mesa de tareas, la luz vespertina que cubría como agua lustral el espacioso cuarto amarillo de altos techos, manchas de humedad y paredes descascaradas. El trance me conmovía igual que los relatos dolientes del Calvario que narraba la Nené al volver de la Iglesia La Redonda. Ella me decía, sin convencerme pero desatando mi imaginación, que todos tenemos un Ángel de la Guarda, que al anochecer nos suelta una arenita en los párpados y vela nuestro sueño. Sostenía que Dios está en todas partes, “hasta en el codo”, y se desconcertaba ante mi pregunta de si sabía que Jesús era judío.

Condición necesaria de La Ceremonia era el aislamiento de mi cuarto. Balcón al jardín del frente con persianas plegables de metal, catre de hierro, mesa de estudio, sillas viejas y, cubriendo los muros, pesados libreros cuyas vitrinas corredizas caían colgando desde rieles al cubrir los estantes, conformaban el austero escenario. Una puerta que daba al dormitorio de mis padres y otra que miraba a la galería de baldosas resquebrajadas, semicubierta por el alero, espiaban ese gran signo de interrogación dormido y oculto en los umbrales de la pubertad.

Al anochecer asomaba, íntima, la luna del jardín lateral, una luna a domicilio. La penumbra de la galería sigue tejiendo en su quietud el misterio de un adentro que es afuera. Cuando las tormentas rebasaban las canaletas la galería cruzada de relámpagos era un útero a la intemperie. Entonces, al escuchar las últimas campanas, rezos silvestres se atropellaban en mí tras una vaga cauda de culpas.

La sórdida cadena de penitencia del catecismo que se arrastraba en las procesiones y sólo embellecían las fábulas pintadas por los renacentistas, era para mí una incursión en el hechizo desafiante de lo irracional. Como cuando veía a la Nené en la calle echándole baldazos de agua a los perros abotonados para separarlos y nos mirábamos interrogantes, ella sonrojándose y yo sin saber por qué.

Con la Nené me visitaba lo que no se puede poner en palabras. Nos sentábamos a hojear las imágenes en el estudio de mi padre bajo un mapa pegado sobre cartón, con banderitas rojas clavadas en alfileres —unas con la svástica, otras con la hoz y el martillo—, que marcaban las vicisitudes de la guerra.

O salíamos a perseguir hormigas en el jardín, que se abría en ele sobre el frente de verjas, con una escuálida palmera ávida de bonanzas tropicales, los malvones, los tacos de reina, el jazmín del cielo y las calas. Hacia el fondo se alineaban la retama, la magnolia rodeada por un banco hexagonal, las higueras a cuya sombra se reunían enjambres de abejas a libar los higos podridos y el cajón de arena donde después de la lluvia mi hermano tallaba torres y paralelepípedos de ciudades imaginarias.

Hizo falta un testigo para cerrar el ciclo. Una tarde (recuerdo más el sobresalto que las imágenes) mi madre se asomó azorada a La Ceremonia, probablemente sin querer. Nadie dijo nunca nada del tema. Desde la irrupción de esa presencia intrusa La Ceremonia no se repitió y pasó a laberintos de olvido que fueron después memoria.

¿Hasta dónde hubo huida de mí mismo, vergüenza, cancelación, perplejidad? ¿Qué clase de eclipse cerró ese otro ojal?

Estamos más lejos de lo que suponemos del niño que fuimos y resulta raro privilegio que un brote del inconsciente sea capaz de burlar tantas esclusas, restituirnos a nuestro origen y abrir ventanas al recuerdo para que el pasado vuelva sobre nosotros.

Tenía con seguridad diez años cuando sobrevino, no menos fundacional, la ceremonia de la razón. Hoy evoco claramente el compromiso de grabarme la cifra como un hito. Asumir esa angustia de afrontar el abismo de la nada desde una irrisoria finitud, sin la red protectora del más allá, sin anestesia ni dolientes fábulas consolatorias, era el lado oscuro, el precio de ese ritual del discurso, hecho de cadenas de pensamientos revisitadas una y otra vez, como sucesivas consagraciones o comuniones ateas.

Durante esos trayectos por galerías interiores el contrapunto de los conceptos cobraba vida propia en tautológicas obstinaciones al atisbar los desfiladeros del escepticismo. El lugar cambiaba con las circunstancias: podía ser tanto mi habitación de siempre, a menudo la cama en los solitarios instantes de ansiedad previos al sueño (acompañados por la charla muriente de las visitas, el rumor de la calle y sordos ruidos de muebles o puertas que se abrían y cerraban), o bien la plaza del mercado, en cuyo suelo cubierto de granito molido me acostaba boca arriba empapado de sudor tras el partido.
Cesaba entonces la fiesta del fútbol, el mágico picar de la pelota, la fantasía del gol. Desde esa posición, registrando en mi dorso el relieve de la grava, mantenía sin desviar la visual directa a las nubes que navegaban el cielo, hasta no ver más que cielo y nubes, concentrado en la sensación sobrecogedora de estar suspendido en el espacio, oscilando entre la idea de ser tangencial al planeta que me sostenía o bien parte indisoluble de él, sintiéndome en ambas instancias una cosa más, una brizna efímera, desasida, flotando en el universo sin límites.

Empuñarme a mí mismo como instrumento al llamar de testigo para recibir semejante iluminación desde el niño que era al adulto que sería más tarde, asistir juntos al advenimiento del logos, era gloria de un orgullo despojado. A partir de entonces el conocimiento fue para mí sólo cosa de seres humanos, travesía ajena por completo a todo halo místico.

Difícil fue después renunciar a las ilusiones de la verdad absoluta y resignarme a la radical ambigüedad de las cosas aceptando los límites del conocimiento: la circunferencia, el diámetro, el deficiente número pi. Entrañarme, mezclar entrañas con el mundo, aceptar mi personal mitología, resultó algo más complejo y entretenido que constatar la incompatibilidad de Dios con la razón.

Hoy puedo ver bajo otra luz aquellas rupturas con la vivencia pueril de la fe y el culto al raciocinio pero guardo con emoción el recuerdo de ese raro sentimiento de lo sagrado al asumir la nada, mi camino hacia la agnosis.

Ahora, ya con la vida hecha, de nuevo en el quirófano, mientras me clavan la anestesia en mi ojo derecho para extraerme el cristalino opaco por un tajo de tres milímetros y sustituirlo con una lente, continúo devanando la madeja de aquellas evocaciones. Me distraigo del corte y las costuras sumergido en un ayer intemporal.

Enhebro, corrijo y acuño las palabras que siempre quise escribir, sabiendo que al terminar la operación habré olvidado su música y no podré reproducirlas, y que será una vez más otro texto laboriosamente no consumado.

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junio 16, 2007

Simulacro - Colaboración desde México


SIMULACRO
Eduardo Lucio Molina y Vedia

El inicio de mi inclusión paulatina en el espanto de la muerte, la primera noticia de la finitud de las formas, fue esa imagen que no me abandona desde la infancia, hace medio siglo. Una enorme yegua insolada de pelaje rojizo oscuro, boqueando, tendida a todo su largo sobre la vereda de la ochava, a la que daba la ventana del cuarto donde me despertaron de la siesta las voces y los baldazos, el castañetear de los cascos desesperados sobre las baldosas.

Belfos anhelantes, desenfrenada dentadura equina, agua inútil brillando entre las crines bajo el sol vertical del verano porteño, fuelles abriendo y cerrando costillares, afán de los hombres por salvar a la bestia.

La escena atravesó las décadas asomándose por los entresijos de la conciencia como una señal cruda y diáfana, sin énfasis.

Fue preciso que la idea de los finales, del propio fin, encarnara en la región de las certidumbres, para que la tácita interrogación sobre ese acotado destino animal, como el mío, sobre ese episodio que el recuerdo rescató de entre olvidos y memorias familiares, tuviera su ambigua respuesta.

Murió allí la yegua insolada, que unos evocaban blanca y otros overa. Hacía unos meses, me contaron con el tiempo, habían pavimentado las calles de tierra con unas maderitas duras que devolvían el calor. Una causa plausible: la bestia y los hombres que la manejaban no midieron los efectos combinados del trabajo de tiro, el sol calcinante y el reflejo del calor del suelo, arrastrando quizá un carro con frutas o verduras por las calles de Villa Ortúzar.

Pero a aquel niño de dos años y medio en ese enero del 42 la imagen le había dicho otra cosa, algo más de fondo. Que tras las causas está una causa, elusiva, desconcertante, inverosímil.

Se lo siguió diciendo, persuasiva, a través de los años, las geografías, las amistades y las discordias del mundo y de la gente, de un modo discreto y tenaz, como disculpando el exabrupto, fijándolo a aquella ochava como al lugar de su destino, soleado y letal.

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junio 14, 2007

Simulacro I - Colaboración desde México


SIMULACRO I
Eduardo Lucio Molina y Vedia

Cota liminar de vago espanto,
la yegua insolada de mi infancia
boquea hace medio siglo
bajo golpes de agua inútil.

Desmesurada dentadura equina,
cascos castañeteando las baldosas,
desesperado brillo de llovidas crines
siguen iluminando la abismal escena.

Los belfos anhelantes,
el ajetreo y los gritos,
el afán del hombre por salvar la bestia,
primer amago de infinita nada.

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mayo 14, 2007

Caribús - Colaboración desde México


CARIBÚS
Eduardo Lucio Molina y Vedia

Tiempo tuvieron
de rumiar su odio,
asidos, frente a frente,
al ramaje trabado
de las cornamentas.

Adrenalina convertida en hiel
corpulencia desecada en costillares
de sangre y sed
bajo último sol.

Apaga el forcejeo estéril
un ensamble de muerte.

Jadeo de la brama,
el apareamiento colectivo
ignora el ritual
de los machos en celo.

Une dos terrores
la parálisis,
bestia de ojos enfrentados.

Arroyos y pastizales
del trópico africano
ven músculos y vísceras
reducirse a osamenta.

La manada se va.

Quedan dos obstinaciones,
dos tristezas animales.

Un par de esqueletos
que el viento cruza
en la desierta llanura.

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Vitral - Colaboración desde México


VITRAL
Eduardo Lucio Molina y Vedia

Primero fue tal vez
un ciego pulso mineral
de contraria simetría,
el reto de un desdoblamiento
bajo oceánicas tinieblas,
la minúscula alquimia del azar
duplicando pequeños universos.

Después quizá un desglose
en secreto fulgor de nervaduras,
el remedo vicario de la fuente,
la fantasmal repetición
que el eco prolonga
(fugaz sucedáneo de lo otro),
la trémula superficie descifrada
desde el lejano incendio
en el inicial asombro
de la bestia junto al lago.

Más tarde acaso un día
dos miradas,
el brillo de unos ojos,
íntima colisión de lo diverso,
mágica travesía de amor y odio
en gravidez de luz.

Entonces,
reflejo de abismos invertidos,
apenas deletreado el lenguaje de las cosas,
llegaron infalibles
diálogos sobre diálogos,
la ficción de lo múltiple,
el fracaso de suscitar la imagen ida
en concepto y carnadura,
la remota discordia de lo semejante.

Como símbolo de algo que ignoramos,
tras el tiempo circular de los relojes
se fueron las estrellas del sur,
el río mar adentro
con sus aguas color de león,
la rosa sangrienta del ocaso,
la pampa desmedida.

Ahora soy sólo yo,
frente al espejo,
preguntándome por qué.

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abril 12, 2007

Real de Catorce - Colaboración desde México


REAL DE CATORCE
Eduardo Lucio Molina y Vedia

Carbón de exhaustos músculos
amasa el adobe de los muros.

Un aura fantasmal enigma
las traslúcidas calles de tierra
y se cuelga de los humildes tejados
como minero en pena.

El sol somete a fuego vivo
el suelo maldito de riquezas
y celebra el esplendor del día.

Vamos a la deriva
por cuestas y barrancas.

Alucinamos socavones de historia
para alcanzar la comunión
de los pulmones calcinados.

Ríos de oro y plata cruzaron siglos de océano
y dejaron la joya gris
del pueblo abandonado
en filones de montaña.

La clemencia de los vivos
acuna el testimonio de los muertos

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Mar Dulce - Colaboración desde México


MAR DULCE
Eduardo Lucio Molina y Vedia
A Lautaro
Chapotean óleos obscuros del río
silencios de madrugada.

Costanera desierta junto al espigón de pescadores
al borde intemporal de Buenos Aires.

Ausencia de luna nueva
deja la esfera celeste a merced del alba.

Todo es quietud
en la boca desmesurada del Plata.

“Tengo miedo”
—dice el Laucha, mi nieto—,
y le respondo:
“De eso se trata...”

La brisa congela la espera.
y el tren de luz fluvial insinúa el horizonte,
tempo lento sobre el lomo saurio.

Tinta china y musculatura ocre,
sombríos tornasoles nocturnos,
láminas ondulantes de acero a cobalto.

Los primeros aviones del día
abren rumbos dispersos;
una que otra,
rondan aves de pico encorvado.

La ciudad duerme,
la ciudad despierta.

(¿Amanecerá?)

Faros y boyas no responden;.
(el Clarín dice que a las 8:01.)

La cadena rompe su eslabón de calma,
esa ola que no cae,
esa rama que no oscila.

(“Aquí la gente no está para ver amaneceres.”)

Y despunta un sol
apenas encarcelado de nubes,
un sol de todos los días,
mirada que se va y nos abandona,
asombro que se pierde interrogante.

La pequeña bola ígnea
asciende rauda,
liviana,
por la escala arpegiada de Firpo,
y nos regala sombras largas del sur
para leer destinos.

Es nuestra estrella que aparece
cada aurora
disfrazada de verdad.

Giganta roja,
enana blanca,
agujero negro.

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noviembre 11, 2006

Alcira - Colaboración desde México


ALCIRA
Eduardo Lucio Molina y Vedia

Era fea pero flameaba la llamarada de su cabellera pelirroja, hirsuta, suelta o abigarrada de horquillas. Se acercó a mi mesa en la redacción, tímida, para hablar de no se qué nota, y recordé un ansia pelirroja naufragada en la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras.

Vestía insólita Alcira. Medias blancas tres cuartos de colegiala y una expresión en el rostro como de asco placentero, si es posible algo semejante. Pero una confianza de aplomo íntegro envolvía su entorno y era como haberla conocido.

En la plaza San Martín, una tarde fuera del tiempo o robada al tiempo pautado de las obligaciones, sentí su piel y su aroma dulzón, insoportable en cualquier otro contexto e incorporado lentamente a mi mundo de lo femenino a lo largo de esos años cabales de amistad y amor.

Ella era triste y cordial como una auténtica argentina y recorrimos juntos, como si fuera la primera vez, los trayectos de nuestra repensada vida, eludiendo los escollos y los abismos mutuamente respetados. Nos veíamos en la redacción y en unos oscuros depósitos de libros de la editorial donde ella trabajaba por las mañanas. Había en nuestros encuentros una comunión que disolvía las circunstancias, los accidentes de nuestra existencia. El diálogo y los abrazos discurrían por los caminos de un ensueño concreto, más real que el mundo, trascendente de una sabiduría nueva pero reencontrada.

Me contaba de Rosario, de su amigo poeta y periodista, un idealizado Romeo hacia el que habían tendido incuestionablemente sus anhelos de aquellos años, de sus comienzos en la bohemia de un diario provinciano. Narró, minuciosa, el lento suicidio de un amigo alcohólico y edípico que ahora también vivía en Buenos Aires, con la misma magnanimidad con que su mujer intentaba apuntalarlo, lacerante y piadosa, hundida en la catástrofe de su amor.

Las horas eran todas buenas en aquellos tiempos y nos vieron mañanas, tardes y noches, confundidos en la vorágine de una cama, gozando nuestra inédita complicidad entre amigos, escuchando música en su pieza. Yo la veía joven e íntegra, tan mujer, tan sola en el Buenos Aires crispado y tenso de comienzos de la guerra, que ella crecía en medio de los edificios y la rutina, solemne y humilde, como un ídolo civil.

Leíamos horas un libro de Prévert que me había regalado, ella espectando mi descubrimiento de una poesía alzada y popular, también reelaborando ella su propia adhesión en el énfasis de otra lectura. Compartimos la soledad de la soltería y del matrimonio, la modesta repugnancia hacia el éxito, el cotidiano latir de dos vidas.

Mi amigo Daniel no se parecía a mí cuando se enamoró de Alcira. Como éramos compañeros del sindicato, y él se obstinaba en ser un joven discreto y reverente, me preguntó sobre ella como si me solicitara cierta aquiescencia, también discreta. Nos habíamos alejado sin darnos cuenta, ya no nos veíamos tan seguido, aunque para mí Alcira había penetrado definitivamente en el ámbito de lo que jamás me dejará. Le dije a Daniel que sí, en el lenguaje tácito de los elogios sin cálculo, salidos de las entrañas como los insultos y las lamentaciones, y después me enteré, con una tenue y vaga tristeza del alma, de mi inevitable sustitución.

La vi hermosa con él, dinámico y pragmático, un marxista positivo de los que ahogan la utopía. Pero ella había cambiado sorprendentemente a un Áfricalook pelirrojo, inesperado, y yo la elogié con imprudencia, sin que él supiera mi riguroso respeto por los límites y hasta mi agradecimiento por lo que pudiera caberle en la transformación.

Meses más tarde el cerco se hizo mortal. Huíamos como ratas acorraladas en medio de la masacre y los perdí de vista. Visitarlos hubiese sido contaminarlos con nuestro destino, asumido en la tempestad de la derrota. Después un intercambio de cartas MéxicoBuenos Aires, meramente informativo, sin el calor de lo nuestro, y varias cartas mías sin respuesta, perdidas en la incertidumbre de una mudanza, del terror represivo, tal vez de una sórdida reyerta conyugal.

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noviembre 09, 2006

Tumbaga - Coraboración desde México


TUMBAGA
Eduardo Lucio Molina y Vedia

La fiesta es cada día
en la plaza de los portales.

Cruzan los jóvenes
cargando el gastado discurso de Occidente
en sus mochilas de arpillera
y la voz me dice
suave, lenta,
milagrosa:
"Escribamos algo..."

Clase de baile en el patio del museo.
Las señoras danzan su hermandad.

Por unas monedas
el pobrerío ambulante
desvive su rutina
y los turistas prueban el hartazgo.

En extraña arqueología
niños cirqueros se apilan en pirámide
sobre el fondo Azul de la marimba.

Oaxaca despliega su alegría.

Desfila la calenda
entre el corrillo celebratorio.
Su rítmica gracia displicente
bambolean los enormes muñecos cabezones
entre porras y fanfarrias de la banda.

Desde el borde de la calle
unos ojos celestes esbozan
la sonrisa del asombro
bajo una grácil cabellera áurea.
La cámara apunta
cuando el alma ha sido ya
herida para siempre.

Noche cerrada.

"¿¡Cuáles derechos!?"
clama la manta indígena
ante el Palacio Municipal.
Los avioncitos pintados
perforan la palabra genocidio,
bombardean la plaza.

Sobre el suelo se extiende
y respira acompasado
un tendal de cuerpos dormidos.

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