noviembre 11, 2006

Alcira - Colaboración desde México


ALCIRA
Eduardo Lucio Molina y Vedia

Era fea pero flameaba la llamarada de su cabellera pelirroja, hirsuta, suelta o abigarrada de horquillas. Se acercó a mi mesa en la redacción, tímida, para hablar de no se qué nota, y recordé un ansia pelirroja naufragada en la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras.

Vestía insólita Alcira. Medias blancas tres cuartos de colegiala y una expresión en el rostro como de asco placentero, si es posible algo semejante. Pero una confianza de aplomo íntegro envolvía su entorno y era como haberla conocido.

En la plaza San Martín, una tarde fuera del tiempo o robada al tiempo pautado de las obligaciones, sentí su piel y su aroma dulzón, insoportable en cualquier otro contexto e incorporado lentamente a mi mundo de lo femenino a lo largo de esos años cabales de amistad y amor.

Ella era triste y cordial como una auténtica argentina y recorrimos juntos, como si fuera la primera vez, los trayectos de nuestra repensada vida, eludiendo los escollos y los abismos mutuamente respetados. Nos veíamos en la redacción y en unos oscuros depósitos de libros de la editorial donde ella trabajaba por las mañanas. Había en nuestros encuentros una comunión que disolvía las circunstancias, los accidentes de nuestra existencia. El diálogo y los abrazos discurrían por los caminos de un ensueño concreto, más real que el mundo, trascendente de una sabiduría nueva pero reencontrada.

Me contaba de Rosario, de su amigo poeta y periodista, un idealizado Romeo hacia el que habían tendido incuestionablemente sus anhelos de aquellos años, de sus comienzos en la bohemia de un diario provinciano. Narró, minuciosa, el lento suicidio de un amigo alcohólico y edípico que ahora también vivía en Buenos Aires, con la misma magnanimidad con que su mujer intentaba apuntalarlo, lacerante y piadosa, hundida en la catástrofe de su amor.

Las horas eran todas buenas en aquellos tiempos y nos vieron mañanas, tardes y noches, confundidos en la vorágine de una cama, gozando nuestra inédita complicidad entre amigos, escuchando música en su pieza. Yo la veía joven e íntegra, tan mujer, tan sola en el Buenos Aires crispado y tenso de comienzos de la guerra, que ella crecía en medio de los edificios y la rutina, solemne y humilde, como un ídolo civil.

Leíamos horas un libro de Prévert que me había regalado, ella espectando mi descubrimiento de una poesía alzada y popular, también reelaborando ella su propia adhesión en el énfasis de otra lectura. Compartimos la soledad de la soltería y del matrimonio, la modesta repugnancia hacia el éxito, el cotidiano latir de dos vidas.

Mi amigo Daniel no se parecía a mí cuando se enamoró de Alcira. Como éramos compañeros del sindicato, y él se obstinaba en ser un joven discreto y reverente, me preguntó sobre ella como si me solicitara cierta aquiescencia, también discreta. Nos habíamos alejado sin darnos cuenta, ya no nos veíamos tan seguido, aunque para mí Alcira había penetrado definitivamente en el ámbito de lo que jamás me dejará. Le dije a Daniel que sí, en el lenguaje tácito de los elogios sin cálculo, salidos de las entrañas como los insultos y las lamentaciones, y después me enteré, con una tenue y vaga tristeza del alma, de mi inevitable sustitución.

La vi hermosa con él, dinámico y pragmático, un marxista positivo de los que ahogan la utopía. Pero ella había cambiado sorprendentemente a un Áfricalook pelirrojo, inesperado, y yo la elogié con imprudencia, sin que él supiera mi riguroso respeto por los límites y hasta mi agradecimiento por lo que pudiera caberle en la transformación.

Meses más tarde el cerco se hizo mortal. Huíamos como ratas acorraladas en medio de la masacre y los perdí de vista. Visitarlos hubiese sido contaminarlos con nuestro destino, asumido en la tempestad de la derrota. Después un intercambio de cartas MéxicoBuenos Aires, meramente informativo, sin el calor de lo nuestro, y varias cartas mías sin respuesta, perdidas en la incertidumbre de una mudanza, del terror represivo, tal vez de una sórdida reyerta conyugal.

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