marzo 29, 2007

Teresa o de nuestras vidas para siempre - Colaboración desde Argentina


TERESA O DE NUESTRAS VIDAS PARA SIEMPRE
Rolando Revagliatti

Estaba buena, mediana estatura, empilchaba. Urso celoso el marido, ella nos lo contaba a nosotros, sus compañeros en la empresa. Teresa (pagos), linda piel, bocucha. Yo andaba con mi alianza que me la dejo, que me la saco. Me entero por Anahí (secretaria técnica) que el vulgar espécimen apellidado Ormaechea (facturación), un muchacho, rebosaba tras haberse acostado con Teresa. ¿Ormaechea con Teresa? ¡¿Ése?!... Ella también lucía contenta. Venía a mi escritorio, me preguntaba por mi curso de cesación de fumar, hacía así con los labios, sus manos depositaban sin urgencia planillas cuyos datos yo volcaría en libros rubricados.

Esa noche dormí pésimo. Horas después, a mediamañana, compartiendo el mate cocido, le insinúo a Teresa que irnos a bailar por Ramos Mejía podría no ser una propuesta a ser desestimada. Asimila e inquiere sobre la ocasión.

Al día siguiente, a los ochenta minutos de levantarla (a un par de cuadras de la oficina) en mi Citröen, éramos la ardiente única pareja en ese night club consternado por el dramatismo de Olga Guillot. Y la llevé a su casa (por San Cristóbal). Convinimos que transcurrido el inminente fin de semana, nos lanzaríamos a un hotel.

Por poco todo se va a la mierda: el lunes, apenas subiendo Teresa al Citröen, me avisa que ese 404 que nos sigue está siendo conducido por su esposo. Una maniobra espectacular, después de varias denodadas pero insuficientes, me permite despistar al chofer de ese más potente rodado. Con lo cual a los siete minutos penetramos ufanos a una playa de estacionamiento cubierta, oscureli y colorinche de la avenida Segurola, y enseguida a una habitación relativamente sobria del primer piso. Jamás había estado tan verborrágico como en esa briosa encamada. El tercer conato casi no culmina para mí. La vicisitud persecutoria nos había estimulado. No me habló de Ormaechea ni de otros. No le hablé de otras ni de mi mujer. Teresa, sabíamos, la ligaría al llegar.

Quedé confuso: entusiasta y preocupado. Ella no se presentó el martes ni el miércoles. Y el jueves retornó al yugo con los machuques empolvados. Con Teresa no volví a salir, eso es muy cierto. El cadete de la empresa fue su último affaire antes de irse de nuestras vidas para siempre.

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