abril 12, 2007

Mar Dulce - Colaboración desde México


MAR DULCE
Eduardo Lucio Molina y Vedia
A Lautaro
Chapotean óleos obscuros del río
silencios de madrugada.

Costanera desierta junto al espigón de pescadores
al borde intemporal de Buenos Aires.

Ausencia de luna nueva
deja la esfera celeste a merced del alba.

Todo es quietud
en la boca desmesurada del Plata.

“Tengo miedo”
—dice el Laucha, mi nieto—,
y le respondo:
“De eso se trata...”

La brisa congela la espera.
y el tren de luz fluvial insinúa el horizonte,
tempo lento sobre el lomo saurio.

Tinta china y musculatura ocre,
sombríos tornasoles nocturnos,
láminas ondulantes de acero a cobalto.

Los primeros aviones del día
abren rumbos dispersos;
una que otra,
rondan aves de pico encorvado.

La ciudad duerme,
la ciudad despierta.

(¿Amanecerá?)

Faros y boyas no responden;.
(el Clarín dice que a las 8:01.)

La cadena rompe su eslabón de calma,
esa ola que no cae,
esa rama que no oscila.

(“Aquí la gente no está para ver amaneceres.”)

Y despunta un sol
apenas encarcelado de nubes,
un sol de todos los días,
mirada que se va y nos abandona,
asombro que se pierde interrogante.

La pequeña bola ígnea
asciende rauda,
liviana,
por la escala arpegiada de Firpo,
y nos regala sombras largas del sur
para leer destinos.

Es nuestra estrella que aparece
cada aurora
disfrazada de verdad.

Giganta roja,
enana blanca,
agujero negro.

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