abril 12, 2007

Un Alma Oscura Encuentra la Luz - Colaboración desde Bogotá


UN ALMA OSCURA ENCUENTRA LA LUZ
Pablo Estrada

—Yo no soy como la mayoría de los que están acá y quizá por eso no tenga mucho que contar —fue lo primero que dijo Joel.

Enseguida aclaró, con una particular inclinación suya a justificar todos los actos de las personas, que él no ha tenido que vivir lo que los demás y por eso no es como ellos. Proviene de una familia de clase media; solo una vez en su vida ha consumido alguna sustancia y fue una torta de marihuana que él ignoraba de qué estaba hecha y que sencillamente no le gustó; su pasión es la música y precisamente por ello está en el programa, en el patio, en Idipron. Se interesa por la lectura, por la cultura, por el arte. Cuida su aspecto, incluyendo su larga cabellera. Una de las mayores dificultades que enfrenta es la del transporte público, que le obliga a anticiparse mínimo dos horas antes de llegar a cualquier parte: vive en Soacha con sus padres y hermanos, de quienes no ha recibido, según cuenta, ningún maltrato o rechazo y sí afecto y comprensión. La otra es la constante presión que recibe en el trabajo por parte de compañeros e incluso jefes debido a su comportamiento.

Tan pronto se le ve, comienzan las sospechas. Algo en él es diferente.

Cuando comenzó a trabajar y los otros se dieron cuenta que no era como ellos: no fuma, no dice groserías, está limpio y es educado en cuanto a modales y formación: ha cursado 3 semestres de música en la universidad, de inmediato le rechazaron, luego pretendieron transformarle, les resultaba inaceptable por ser tan ‘diferente’. Y la pugna es constante, lo que hace que el ambiente laboral a veces se torne incómodo, además que para alguien como él que no estaba acostumbrado a una dura labor, resulta un trabajo demasiado pesado. Sin embargo, lo hace llevadero en la medida en que sirve a su propósito, que está bien claro: mostrar la luz a través de la música que hace. Joel toca la guitarra y pertenece a una agrupación de metal pesado de orientación cristiana que paradójicamente se llama Dark Soul —alma oscura—, con la que tuvo una de las más gratas experiencias vividas en sus diecinueve años: un ‘toque’ en Zipaquirá. Se presentó con su banda en un teatro del municipio al norte de la Sabana de Bogotá, llevando su mensaje positivo. Invitan a la gente a que vea la luz, una luz que ilumina el camino, una luz que no ciega como la que vio Dante al final de su Comedia y que descubran a Cristo, un Cristo que ama y acepta a cada uno como es y sólo le pide que cambie un poco y si no lo hace, le deja a su libre albedrío, no como quienes quisieran un Joel que no es y no aceptan al que encuentran: ciegos de los que no quieren ver…

Este joven además de librar la dificultad que le implica ser distinto a la mayoría que ahora le rodea, como alguien de su edad y con sus convicciones, debe enfrentar duras batallas con la tentación, con la duda, con la soledad. Y hacerlo precisamente solo, sin contar con nadie, sin contárselo a nadie y lejos de su familia que ha sido siempre su apoyo. Pero sabe que cada uno de sus compañeros, igual que él, tiene otra vida más allá del programa que no siempre sale a flote cuando está en la unidad educativa o el sitio de trabajo o que solamente se manifiesta de forma subrepticia…

¿Y por qué un chico que podría tener las posibilidades acepta voluntariamente transitar el difícil camino que deben recorrer los que no?

Joel decidió apartarse concientemente de una sociedad que conciente pero no es consciente. Él quiere ganarse las cosas, luchar por ellas, ser independiente, no convencer a sus padres para que le den lo que él bien puede obtener con su propio esfuerzo. Es curioso que en medio de puñados de manos que se tienden esperando recibir algo, haya una que se aparta para empuñar una herramienta como otros agarran con fervor un arma para defender o arrebatar bienes ajenos y use como escudo una férrea convicción que los demás juzgan como débil sólo porque no es obtusa. Él siente que muchos de los fanáticos del black metal y otras corrientes musicales e ideológicas similares —los metaleros— son personas inteligentes pero que están enfocados hacia la oscuridad y eso los hace destructivos. En su caso él se enfoca hacia la iluminación, que entiende por sabiduría, por bondad pero sobre todo por comprensión y reconciliación. Por eso no tiene problema con escuchar jazz o música clásica ni tocar algo suave o popular. Y considera que muchos de los problemas de los jóvenes en el programa se deben precisamente a que en sus hogares o donde viven no han recibido esa comprensión y necesitan esa reconciliación, con ellos mismos, con los otros, con los que son diferentes o con quienes les han hecho sentir diferentes. Entre tanto Joel sobrelleva la situación que vive desde hace tres meses que entró en el programa y dice que es mejor sufrir un rechazo temporal que una caída de la cual no pueda levantarse jamás, por eso no cede a la tentación, no se deja dominar por la curiosidad (frente a las drogas por ejemplo), no se amilana por el trato que le dan, ni abandona sus creencias y le indigna que unos pocos ‘pudran’ a los demás, es decir sean una mala influencia, les desvíen de sus buenos propósitos. También ha aprendido a superar los prejuicios que tenía frente a personas como aquellas con las que ahora convive…

En lo que dice no hay asomo de irritación, no hay la fatiga del sacrificio forzado. Hay devoción, hay serenidad, acaso un poco de resignación frente a lo que por más esfuerzo no cambiará. Como el suspiro que exhalaría un exhausto Jesús, harto de predicar a gentes que esperan tan solo su punto final para que comience a hacer los milagros por los que vinieron desde tan lejos y que han soportado su homilía, por la multiplicación de los peces y los panes de la que oyeron hablar.

Al terminar, guarda silencio un momento, esboza una afable sonrisa y se retira con gentileza.

—Gracias —, me dice antes de irse. —A veces es bueno tener alguien con quien hablar.

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