agosto 05, 2007

Ayer, Hoy y Mañana - Colaboración desde España


AYER, HOY Y MAÑANA
Senén Rodriguez Perini

No creía lo que veía. La menor de las Arrospide, Cristinita, con la que jugamos tanto de chicos, con la que enloquecíamos a las maestras, aquella amiga entrañable de mis lejanas épocas de niñez e incipiente adolescencia, estaba otra vez frente a mí: el destino nos había juntado a la entrada de un teatro en la ciudad vieja.

Nos habíamos dejado de ver muy jóvenes, cuando mis padres se vinieron para Montevideo y su familia quedó en nuestro Salto natal. Luego —y qué bien lo recordaba—, nos encontramos de pura casualidad cuando apenas pasábamos los veinte años; una vez, una sola vez, en plena dictadura, después de una pintada contra los fascistas.

Había sido una sola noche, pero quedó marcada al fuego en mi recuerdo para siempre. Fue un encuentro con un amigo en un boliche del centro. Él vino acompañado por la novia y una amiga. Vos eras esa amiga y allí nos volvimos a ver, aunque realmente nos reconocimos cuando estábamos frente a frente sentados en la mesa del café. "¿Cristinita?... ¡No puede ser, Cristina Arrospide!, ¿sos vos? ¿Y dónde esta la rubia de trenzas, aquella con la que jugábamos a las escondidas, la de pecas y cachetes colorados?"

"Sí, soy yo. La rubia creció, Carlos, los años pasan". Y siguieron los recuerdos en avalancha.
Eran tiempos duros, de plomo, por eso no pudimos permitirnos mucho tiempo. Quedamos en vernos, me diste tu teléfono y yo prometí llamarte, pero vino la cárcel, el exilio, la separación, y otra vez dejamos de vernos, hasta ahora.

Habían pasado casi treinta años más, pero el reencuentro renovó las picardías de aquellos tiempos. Seguramente también ella recordaba cada detalle en esa especie de carrusel mental que tenía los engranajes oxidados y que ahora el reencuentro lubricaba, haciéndolos girar incansablemente, generando imágenes tan queridas, desempolvando los recuerdos casi olvidados, girando y girando sin parar.

Concordamos que este encuentro no podía ser casual, tendría un motivo. Del hoy y del nosotros a los lugares conocidos y los que tenemos por conocer y por la necesidad de recomponer nuestras existencias y cómo se nos fueron nuestros viejos, y los pibes que han volado y hecho nidos propios y la soledad que nos avanza, y cómo es feo sentirnos solos, y este soplo de vida, de aire fresco el estar otra vez juntos, que de tan chicos nos hacía tan felices y que de jóvenes la vida no nos había permitido disfrutar mejor, y, y...

Por eso estamos ahora reviviendo. Ahora parece que siguiésemos jugando desde nuestra madurez con la vida, enloqueciendo ya no a profesores y maestros, sino a los hijos, las hijas y los nietos. Nadamos en un mar de coincidencias, empapándonos en todo lo que antes no podíamos reconocer, lo que antes no sabíamos.

Por fin dejamos de lado el Teatro y nos fuimos al mismo boliche, ese en el que nos habíamos reencontrado aquella noche, lejano 1974, otoño, un día de frío húmedo que avisaba la proximidad del invierno. Buscamos instintivamente la misma mesa, sin haberlo programado.
Caballero, separé la silla y vos dijiste: "Me parece un deja vú", porque era la misma silla y yo, casi cuatro décadas mas joven, también supe repetir ese movimiento. Ella no lo había olvidado.

"Fue cerveza, ¿no es cierto?", dije mirándola fijo, repasando que aunque los años habían pasado para los dos, esos ojos caramelo tenían la misma, exactamente la misma mirada de aquel tiempo "Sí —aseguré canchero sin esperar la contestación—, estoy bien seguro que los dos tomamos cerveza."

"Doble Uruguaya —dijiste enseguida—, aquella de botella barrigona, ¿no te acordás? Y vos pediste un sandwiche caliente y yo..."

"¡Pizza... vos pizza, dos porciones de pizza con fainá!, cómo no me voy a acordar —retruqué retomando la iniciativa en los recuerdos— si me llamó la atención la cantidad de pimienta que le pusiste, casi estornudo de mirarte", terminé entre risas. "Por el frío, la pimienta por el frío, me encanta ponerle mucha pimienta a la pizza ‘a caballo’, y ese día hacia un frío increíble... mirá cómo te acordabas... y yo puedo decirte que cuando llegaste, la primera vez que te vi traías puesta una boina como el Che, que te quedaba hermosa. Eras tan guapo, alto, elegante..."

"Y tenía un susto impresionante —le confesé—, los milicos habían estado a punto de agarrarnos con cantidad de publicidad y unos crayones negros que me ensuciaron las manos". "Me acuerdo —dijiste entrecerrando los ojos—, las tenías negras del carbón, estabas todo sucio... ¡que días tan feos nos tocó vivir!, más vale ni acordarse de eso." Bajaste la mirada y la dejaste fija en la mesa, como presa en recuerdos tristes.

Yo te traje otra vez al presente: "¡Y ahora me lo venís a decir, veinticinco años después! Pero no me jodás Cristinita... ¡veinticinco años después!"

Asombrada volviste a mirarme y preguntaste: "¿Qué fue lo que te dije veinticinco años después, me podés decir? Y yo: "Lo de la boina, eso que decís de que me quedaba linda, eso de que era alto, elegante, que era un pintún bárbaro a tus ojos, eso". Sin quererlo me quedé medio pensativo, entonces intentando retomar la alegría le pregunté: "¿Y cómo vas a decir ‘eras’... mira que la pinta todavía la tengo, vengo siendo un galán recio maduro, vengo siendo", dije de un tirón con voz tanguera, haciendo un gesto con los ojos y sugiriendo que me tocaba el borde del sombrero como Carlitos Gardel.

"¡Seguro que seguís siendo!, ¿quien te ha dicho lo contrario?", dijiste sin anestesia, y quedé en la lona completamente noqueado, tanto que el árbitro podía contar hasta mil que no me levantaba. Es cierto que no esperaba tanta sinceridad, pero lo que más me había impactado era el tono de voz con que habías dicho todo. El "seguro que seguís siendo" casi te había salido con bronca, como reprochándome que pudiese pensar que vos no lo creías, y el "¿quién te ha dicho lo contrario?", con un cariño reconcentrado de años, que era como una caricia sostenida, más cuando la acompañaste con un cambio en el brillo de los ojos, que casi parecían estar a punto de llorar, desbordados de amor.

"Y de vos... ¿qué puedo decir de vos...?”, le dije casi susurrando. “Que a mis ojos sos mucho más hermosa que aquella maldita vez en que te volví a tener y te volví a perder en mi vida, oculta por la gorrita coqueta marrón —mira cómo me acuerdo— y la cara tapada por la bufanda hasta los ojos. Parecías una afgana con los burkas esos que ahora vemos en la televisión. Pensar que sólo fueron unas horas y después cada uno a sus tareas y dejamos de vernos otra vez, ¡que destino maldito! Pero te cuento que pese al tiempo, esos ojitos siguen igual de hermosos y vos toda estas tan, tan..."

"¡Pará un poquito!”, me cortaste. “¿Qué te pasa?, nos conocemos desde niños... ¿te me estás declarando ahora?", propusiste a las risas y después ya mas seria: “¿Y por qué decís eso de ‘aquella maldita vez en que nos volvimos a ver?’

"Lo de maldita es porque te dejé ir, ¿entendés?, porque te dejé ir y desde hace veinticinco años he lamentado no haberte dicho lo que descubrí en ese momento, allí en el boliche, en el medio del remolino que ha sido nuestra vida, decirte que fue verte y descubrir que el cariño de niños era amor. Te lo repito, quizás no pude decírtelo —quizás ni tiempo tuvimos para nosotros— había que seguir la militancia, pero era —y es— amor. Te aseguro que hasta hoy te he extrañado, que jamás te olvidé, siempre te quise."

Quedaste confundida pero enseguida te repusiste: "¿Vos no acabás de retrucar el por qué no te lo hice ver hace tantos años?, la vida se nos va Carlos, el tiempo es cada vez mas breve... ¡y no pienso repetir esa equivocación de nuevo! Decís bien, no tuvimos tiempo para nosotros, nuestros destinos se han cruzado ya tres veces y ahora con la madurez me doy cuenta que en esas poquitas horas vos no entendiste mis mensajes y yo no supe manejar tu timidez... porque me pareciste tan heroico en ese entonces, tan valiente... quizás casi tan valiente como tímido, porque eras muy tímido..."

Seguramente me puse colorado, porque señalándome acusadoramente con el índice de la mano derecha moviéndolo para arriba y abajo me dijiste entre carcajadas: "¡Se puso colorado!, seguro que le acerté, lo seguís siendo! ¡Seguís siendo tímido pese a los años!

Entonces no me pude aguantar: "¡Carajo!, pensar que yo me quise dar de canchero... pero tenés razón, pese a los años sigo siendo un tímido de mierda, un tímido que no va a dejar que pase de nuevo lo que nos pasó en aquellos días tristes."

"¿Y que nos pasó?”, dijiste intrigada. "Que no aproveché esas pocas horas de calma en la tormenta para decirte de frente cuanto te quería, que no las aproveche para abrazarte, besarte, amarte. Cristina... fui un miserable tonto que nos hizo perder media vida juntos y bien decís, ¡no nos va a pasar de nuevo, te lo juro!", y sellé mi declaración agarrándole fuerte las manos sobre la pequeña mesa del boliche. Vos las dejaste en las mías con un leve temblor y ese morderte lentamente el labio inferior mientras me traspasabas al mirarme, me dieron la contestación sin necesidad de palabras. Los dos sentimos que la mesa nos separaba molestándonos y casi la pateo a un lado cuando llegó el mozo con las cervezas y tuvo que carraspear varias veces, cada vez más fuerte, para que nos soltáramos y así poder servirnos.

"¿Qué son casi treinta años?", te pregunté, y vos, triste contestaste: "Toda una vida Carlos, toda una vida". Entonces yo te hice ver, siempre alegre: "Una vida, decís bien, pensalo: una vida, esa fue una vida. Esta que empieza hoy es otra, no lo dudes. ¿Qué cuanto durará? Sólo Dios lo sabe, pero lo que dure, ¿sabés? Lo que dure será todo nuestro, todito."

Vinieron otra vez las risas, las sonrisas, los abrazos, los cuentos, las desgracias, su viudez, mi divorcio, nuestros hijos, los nietos que no tuvo y los que me regalan su alegría día con día, sus estudios, mi carrera de arquitecto, el viejo Uruguay, la vieja España, Suecia, todas las experiencias, hasta el hoy.

Por primera vez en mucho tiempo no me sentí solo. Cuando salimos rumbo al futuro abrazados como dos adolescentes del boliche, no pensábamos perder tiempo lamentando el ayer, lo que había podido ser, lo que habría sido. Las vivencias de antaño no eran más que recuerdos, ahora la prioridad era vivir el hoy. Y vivirlo febrilmente, disfrutando cada hora, cada minuto, cada segundo.

El ayer ya fue, y pos... ni modo, como dicen los hermanos mexicanos, el hoy es hoy y hay que vivirlo a plenitud, y para nosotros es algo invalorable. Y el mañana, sea como sea, dure lo que dure, venga como venga, el mañana para dos almas enamoradas será intenso, será hermoso, será inmenso. ¿Quién puede decir cuánto nos queda?, fue desafortunado no haber tenido estas vivencias casi treinta años antes, pero peor seria no haberlas tenido nunca.

—Te das cuenta —le dije filosófico—, la vida nos está dando una nueva oportunidad... ¿Sabes a qué poquita gente le sucede?

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