agosto 05, 2007

Festín - Colaboración desde México


FESTÍN
Eduardo Lucio Molina y Vedia

A la mirada de Emilia

San Luis Ocotlán era un pueblo como tantos, perdido entre áridas serranías, antes que hiciera historia su última fiesta patronal.

Nadie hubiese imaginado que su destino conmoviera a otras regiones, que su nombre se silenciaría desde entonces con recelo para protegerlo del oprobio.

El ocote que se quemaba en el sahumerio había desaparecido con los bosques, convertidos en tablones, por la nueva ruta de tierra apisonada que iba a la capital. El beneficio de café del vasco Azcona, un usurero sordomudo que prestaba dinero para agrandar sus campos por vía de los remates judiciales, era la principal actividad productiva fuera de los cultivos de subsistencia. El único y exótico vínculo con el exterior eran los programas de radio y TV, que descargaban sobre los lugareños historias y escenarios inverosímiles.

Desde que el vasco aprendió por carta el lenguaje de las manos, junto con los otros dos sordomudos de la comunidad se la pasaban hablando todo el tiempo como unos charlatanes. Todo transcurría sin sobresaltos ni amenidad entre rutina, hábitos y costumbres.

Pero la tarde de la ignominia, el pulque que corría de buche en buche los había embriagado hasta hacerles perder el sentido y tenderlos a todo su largo sobre el lodazal de orines del atrio.

Frente a ellos y otros borrachos que se recargaban en las bardas, bajo las tiras de papeles de China, los danzantes cubiertos con máscaras de ancianos y animales fabulosos repetían incansables los movimientos del ritual, aturdidos por el ajetreo bullicioso y el derrape desafinado de la banda, entre gritos, alboroto de peleas, risas superpuestas y llanto de niños.

Las cosas empezaron a cambiar cuando primero algunos, después la mayoría y más tarde casi todos, levantaron la mirada con cierta inquietud hacia el pajarraco negro, aparentemente solo, lejos de su bandada, que observaba inmóvil la vasta escena desde el campanario.

Su plumaje brillaba como un liviano espejo de tinieblas sobre la pesada campana de bronce, exhibiendo una apostura entre soberbia y amenazante.

Después de la sequía interminable del lustro anterior, los zopilotes ya no caían por las tardes sobre la tierra blanquecina y dura de los campos a limpiar de carne los esqueletos de las vacas muertas.

Ya casi no había animales en el pueblo, salvo la yunta de don Regino, que ahora deambulaba por el atrio, y la escuálida ternera que solía abrevar conducida por Emilia, una adolescente de pesadas trenzas negras, en el hilo de agua que sobrevivió a la presa.

Así que se había acabado el espectáculo de las aves de rapiña disputándose los jirones flacos de las reses, desgarrándolas minuciosas y voraces contra la puesta de sol.

Sólo restaba la fiesta patronal para perderse en el pulque entre el sonido confuso de la banda, la salmodia de las alabanzas, el monótono baile de los danzantes y la indiferencia del santo de palo, cuyos ojos absortos parecían sorprendidos por la desgracia general.

Esa desgracia sin cuento que los perseguía a todos de mil formas. Porque después de la sequía vino el ejército sembrando muerte y escarmiento entre los jóvenes, la presa que desvió las aguas y la peste de los niños panzones, que se llevó a decenas hasta que mandaron las enfermeras y los camiones con suero y maíz.

De modo que cuando al primer zopilote se le fueron agregando un segundo, y otro, y otros más, clavándose exultantes hasta cubrir de negro los techos y la cúpula del templo, la inquietud se hizo pavor.

Tal vez llegaban atraídos por los aromas de fritura que despedían los puestos de comida, pensaron al principio algunos, mientras se alejaban cada vez más presurosos de la iglesia entre restos de alimentos, máscaras grotescas y el barro meado por los varones.

Cuando el viento se fue deteniendo poco a poco hasta extinguirse cesaron también, como bajo un conjuro, el griterío de los vendedores, la danza, la música y los rezos.

Inmovilidad y silencio fueron otra vez el horror en ese instante previo al desprenderse brusco de los zopilotes y su descenso convergente sobre la decena de cuerpos ebrios y dormidos, que libraron su lucha desigual contra los ávidos picos.

Los demás huyeron despavoridos dejando allí abandonados a sus borrachos bajo la hambruna de las aves rapaces, como si no los unieran a ellos historias comunes, lazos de vecindad y parentesco, o la simple piedad por los semejantes que predican los sacerdotes en los templos.
Regino alcanzó a levantarse a duras penas y escapó tras su yunta antes de perderla. Llegó al paradero de los autobuses con toda la ropa desgarrada, a tiempo para sumarse al éxodo con el cura y el monaguillo en la camioneta municipal.

Cuando al día siguiente el pueblo amaneció bajo el maleficio de la ausencia, aparecieron la Cruz Roja y la policía para llevarse los despojos, junto al grupo anhelante de periodistas y camarógrafos. Uno de la televisión que repartía billetes entre los policías, puso en medio de la escena de los esqueletos al santo de madera. “Para darle realismo”, dijo.

El cielo estaba despejado y la brisa volvía a revolver la polvareda y a balancear las cuerdas con los papeles recortados de pálidos colores.

En la calle central de tierra quedó el carro de una de las víctimas, el frutero de nombre Pulido, con una leyenda pintada en la defensa trasera que decía: "No me compares".

Eran las cinco en punto de la tarde cuando Emilia, como todos los días sin lluvia, cruzó espectral por el pueblo con su magra vaquilla y su mirada oscura y filosa hasta el arroyuelo que llegaba del cerro.

Se habían ido los zopilotes, el cura, los policías, las cámaras de televisión y la Cruz Roja.

Quedaban los muertos en el camposanto, las piedras del crucero mágico embrujadas por el mito de los ancestros y las casas vacías, como detenidas en el tiempo.

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